Final oficial del postparto: como nueva

Final oficial del postparto: como nueva

Esta tercera maternidad me ha dado la oportunidad de ver cómo muchas cosas están cambiando. El miércoles tuve una revisión con la matrona coincidiendo, más o menos, con el período en el que se da por finalizado el postparto. Aunque yo me encuentre como unas castañuelas desde hace más de un mes y el tema sangrados quede en el olvido, los «bajos fondos» necesitan un tiempo de recuperación. El caso es que es la primera vez que tenía esta cita con la matrona a estas alturas del puerperio. Vamos, que en los anteriores me vieron sólo a los 4 ó 5 días después de parir, con la excusa también de hacerle la «prueba del talón» al recién nacido (ahora se hace en el mismo hospital cuando nacen), y en este tercer postparto, las matronas me han visto en dos ocasiones.

Por tanto, para mí, esta cita era una novedad; una nunca deja de aprender en esto de la maternidad. Tras unas preguntas sobre si sentía algún tipo de dolor, en las que casi me entra la risa porque habló de una cosa llamada sexo ( ¿sexo?, ¿qué es eso?) me tocó tumbarme. Supuse que sería un simple revisión de cómo iban las cosas por ahí abajo. Y oye, fue un examen concienzudo con las explicaciones pertinentes de cada parte. Lo mejor es que, para mi sorpresa, estoy como si no hubiera parido nunca. Y me voy a ahorrar la palabra con la que definió la matrona mi matriz porque este blog lo lee hasta mi padre. Lo dicho, que servidora ha nacido para ser madre y a las pruebas me remito 😉 En cualquier caso, la exploración no se quedó ahí. Como sabéis, el suelo pélvico sufre bastante en el embarazo así que estuvo palpando hasta el diafragma. Y todo para enseñarme a hacer los ya famosos abdominales hipopresivos. No os lo voy a negar, soy negada para esto de las respiraciones, me hago un lío del demonio con las apneas, el tórax y la madre del cordero…

hipopresivos1-ok Y ahí estaba yo, sudando la gota gorda y desesperando a mi matrona por la falta de conocimiento de mi propio cuerpo. Y ya no os cuento cuando Gabriel se despertó de su letargo y tuvo que venir la otra matrona a cogerle en brazos. En fin, que ahora me tengo que poner yo a hacer hipopresivos en casa hasta que empiece el curso en el Centro de Salud dentro un mes, ya os contaré entonces si funciona esto y mi vientre se hace de hierro para el verano porque, señores, tres embarazos pasan factura en la zona abdominal. Y muy seriamente. Y desde mi blog, nuevamente, gracias a las matronas de mi Centro de Salud. ¿habéis tenido revisión postparto con la matrona o sólo con ginecólogo?, ¿os han hablado ya de hipopresivos?

Y de paso, este post va de agradecimientos. El primero, a una mamá que conocí a través de Instagram que tiene una tienda on line de regalos personalizados (www.chocolate.es) y que me envió esta preciosa canastilla con toalla, muselina, pijama… e incluso, tazas para Alfonso y Rafa.

Y gracias también a Hero Baby por llenarme la cocina decosas ricas y buenas para todos: mermeladas, barritas de cereales, leche, bolsitas de fruta…

 

Perdonad por no haber respondido a muchos comentarios, estoy ayudando a una amiga con un trabajo y además habrá algunos cambios en el blog. Eso, y que tengo un bebé super demandante (esto también es una novedad para mí) no me deja mucho tiempo para casi nada. Gracias por seguir ahí y el lunes vuelvo con un sorteo que os encantará. ¡Buen fin de semana!

Miedos y otras fobias infantiles

Miedos y otras fobias infantiles

Creo que no hago ningún descubrimiento al decir que casi todos los niños tienen miedo a algo. Y me refiero a niños, no a bebés. Vamos, ahora mismo preferiría dejar en brazos de Papá Noel a Gabriel antes que a Alfonso. Sí, porque los bebés, y no hace falta que sean tan pequeños como el que tengo en casa, no suelen tener miedo a casi nada. Vamos, que gatean y no hacen otra cosa que ir a los sitios más peligrosos mientras que, con la edad, van «cogiendo respeto» a según qué situaciones. En cualquier caso, lo de mis hijos mayores es ya algo patológico. Sí, Alfonso y Rafa tienen miedo al ruido y, claro, eso implica muchas cosas. Eso sí, ellos ya pueden hablar y gritar a mil decibelios que eso no les molesta en absoluto.

La última coyuntura en la que el temor les paralizó fue el viernes pasado durante un partido de fútbol de Alfonso. Allí estábamos la «family» al completo chupando frío (a cubierto pero en exterior) en uno de esos días en lo que cayeron chuzos de punta y los rayos y truenos daban pavor. Vamos, con deciros que yo me había puesto hasta calcetines térmicos… De repente, empezó a caer una granizada del demonio y la cubierta de chapa de la pista de fútbol hacía un ruido un tanto atronador pero tampoco como para que uno de mis hijos se pusiera a llorar y el otro se tapara los oídos.Ver a un portero con las manos pegadas a las orejas resulta extraño 😉

A Alfonso le dije que la cubierta de la pista era vieja y por eso hacía mucho ruido y más o menos se tranquilizó. Eso hasta que sonó un trueno tremendo y el pobre salió corriendo y llorando de la pista para subirse a los brazos de su padre. Los demás niños se quedaron un poco paralizados pero ninguno se fue del campo cual torbellino. Menos mal que quedaban sólo unos minutos de partido. Y mientras tanto, Rafa lloraba en brazos de mi padre. Se pasó el partido entero diciendo «llueve mucho» y «Rafa asustan truenos». Una vez, nos dijeron en la guardería que el niño es «constante» cuando quiere algo. No, la palabra para definir al niño es pesado 😉 Y cuando se le mete algo en la cabeza puede pasarse media hora diciendo lo mismo. No exagero. Pero ni un pelo estoy adornando esto de que el niño repite las cosas.

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Cara de susto previa a la tragedia al notar que suben los decibelios hace un año y medio…

 

Lo del miedo de mis hijos ya no me sorprende, no me impactan sus reacciones porque les pasa a menudo. En verano, cada vez que vamos a una fiesta de prao y hay voladores, ya tenemos el drama montado y hay veces que hay que alejarse del «peligro» para hacer terapia. Por no hablar del hecho de que Alfonso no quiera ir al estadio de fútbol a ver al Sporting porque le da miedo. Lo dice abiertamente: es que la gente grita. Fue una vez hace más de un año y aún lo tiene en mente, no hemos vuelto. Y yo tengo en la cabeza la de veces que me pedía ir al baño con tal de no tener gente gritando alrededor.

Y Rafa más de lo mismo en según qué sitios. Es entrar en los típicos salones del niño (tipo Mercaplana) y querer salir huyendo. O en sitios donde hay muchas atracciones. En la Semana Negra de Gijón el verano pasado, su cara era un poema. En fin, no sé a quién han salido estos niños porque servidora, de temerosa, no tenía nada de pequeña. Y los vuestros, ¿a qué tienen miedo?

Recordad que seguimos de sorteo hasta el domingo.

Dolor de la lactancia materna: mastitis subaguda

Dolor de la lactancia materna: mastitis subaguda

Durante el embarazo de Alfonso, tenía muy claro que quería darle el pecho al bebé. Fui a los cursos de preparación al parto y allí hablaron de la lactancia materna; supuse que con aquellas clases tenía información suficiente ya que creía que, tratándose de algo natural, sería sencillo. Ilusa de mí. A día de hoy, conozco a muchas más mujeres que han tenido problemas para amamantar que las que han podido criar a sus niños sin ninguna dificultad.

En cualquier caso, ya en el mismo hospital, le dí al peque biberones a la vez que le ponía al pecho. Sé que dicen que con el calostro es suficiente para los primeros días del bebé pero yo sentía que el peque pasaba hambre y lo hice puntualmente pensando en que no necesitaría más bibes cuando me subiese la leche. Y subió, pero coincidiendo con el inicio de unos dolores insoportables por culpa de la episiotomía. Y además, también empezaba a dolerme el amamantar. La matrona me dijo, tras vernos al niño y a mí, que estaba todo bien. De todas formas, mi única obsesión era que se acabase el dolor de los puntos del parto; no veía más allá. Y cuando se terminó, ya no tenía ganas de más tormentos, así que opté por la lactancia mixta, que cada vez era más artificial que materna porque tener al niño al pecho me dolía mucho.

Con Rafa opté ya por la fórmula de la lactancia mixta pero, más de lo mismo, con más bibes y menos pecho. Y abandonando a los tres meses. No me sentí mal en ninguno de los dos casos, soy de las que pienso que, cuando no se puede, no hay que amargarse. Y que no compensa que una madre esté sufriendo innecesariamente. No sé dónde o a quién le oí una vez que "vale más dar bibe con amor que teta con dolor".

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Alfonso con el bibe

 

Durante este último embarazo, le di vueltas al tema. No por culpabilidad, ni mucho menos, sino porque quería volver a intentarlo a ver si a la tercera iba la vencida. Tanto a Alfonso como a Rafa no les di el pecho hasta varias horas después de nacer así que pensé que, si lo hacía inmediatamente después del parto, la cosa sería más fácil. Tampoco supe de la existencia de pezoneras en aquellos momentos así que ya tenía otro factor a mi favor en caso de que me doliese.

Dicho y hecho. Pude amamantar a Gabriel poco después de que naciese. Ya al día siguiente empecé a sentir dolor y me trajeron pezoneras pero nada, aquello seguía igual. En esta ocasión, pedí ayuda a una matrona, experta en lactancia, en el mismo hospital. Estuvimos probando, cual vaquita lechera, distintas posiciones para dar el pecho, con pezoneras, sin ellas... El pediatra también comprobó que el frenillo de Gabriel estuviera bien. Así que, después de todo, la matrona me dijo que podía tener algo que ver una bacteria y que en el Centro de Salud me podían hacer un exudado para comprobarlo.

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Con Gabriel

 

Diez días después, en los que obviamente le daba bibes al peque porque no soportaba más de 5 minutos con el niño al pecho, tuve una revisión con las matronas del Centro de Salud, a las que no puedo estar más que agradecida por cómo nos tratan y su disponibilidad en cualquier momento. Tras verme amamantar y comprobar que todo estaba bien (agarre del bebé, nada de grietas, etc...) me cogieron muestras de leche y diez días después teníamos los resultados. Efectivamente, era cosa de bacterias.

Si la concentración bacteriana rebasa los límites biológicos, la presión que ejerce la leche sobre los conductos es mayor. A esto se le llama mastitis subaguda. El hecho de que no se suelan acompañar de enrojecimiento ni de otros síntomas, como la fiebre, confunde frecuentemente el diagnóstico y provoca que se trate de un problema tan infravalorado como infradiagnosticado.

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Así que me recetaron antibiótico, con lo que enseguida noté mejoría, pero leve. Es más, como el dolor no se iba del todo, dos semanas después me cambiaron a otro más fuerte pero ya no noté más alivio. A día de hoy, hay tomas en las que me duele un poco y otras en las que me molesta bastante. En cualquier caso, sí que estoy dando más cantidad de leche materna a Gabriel que a Alfonso y Rafa, pero no he conseguido una lactancia materna exclusiva. Tampoco es fácil siendo el tercero y teniendo que atenderles a todos.

Pues ésta es mi experiencia con la lactancia, no he conseguido ninguna de las tres veces que fuera exitosa, y ésta tercera vez lo he intentado más que ninguna. Que conste, y aclaro, que lo hago exclusivamente por las defensas que transmito al niño, ya que sus hermanos vienen de cole y guardería y el pobre es carne de cañón. Para nada es una cuestión, en mi caso, de conexión con el peque. Escucho en algunas ocasiones que la lactancia crea un vínculo especial entre madre e hijo que yo no siento ni he sentido. Con el simple hecho de tenerlos entre mis brazos, ya creo ese nexo y experimento una sensación inigualable.

A veces leo, oigo... que siempre es posible amamantar y luego, la realidad que vivo y que veo a mi alrededor, es muy distinta. Espero que este post os sirva. ¿Cómo fue vuestra experiencia con la lactancia?, ¿os sonaba este tipo de mastitis?

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¿Garbiel o Grabiel?

En esto de poner nombres a los críos hay que andarse con mucho ojo. Yo creo, y esto es muy personal, que la originalidad hay que dejarla de lado, que un nombre es para toda la vida. Bueno, ahora ya se puede cambiar pero, por lo menos, le va a acompañar durante la infancia y la adolescencia, y no es plan de causarles traumas a las pobres criaturas. Ya os conté en otro post cómo a mi padre, cuando fue al registro, le dio por añadir un segundo nombre, nada convencional, a dos de mis hermanos. Ellos, trauma no tienen pero algún que otro cachondeíto sí que se han traído.

A pesar de haber elegido unos nombres bastante comunes para mis hijos, independientemente de que gusten o no, el de Gabriel trae serios problemas a mucha gente. Lo sabía cuando lo elegí, soy consciente de que mi hijo más de una vez tendrá que repetir su nombre, es más, es posible que él mismo tenga problemas para decirlo cuando sea pequeño pero eso entra dentro de lo normal. Lo mismo pasa con Rodrigo; la R, la dichosa R, trae de cabeza a más de uno. Entiendo que mi hijo Rafa llame a su hermano Babriel, porque dos vocales tras una R suponen una dificultad para cualquier peque. Comprendo que Alfonso, al principio, dijese Garbiel pero ¿soy la única a la que le sangran los oídos cuando oye decir a un adulto cocreta en lugar de croqueta? Esto no es como en las matemáticas donde el orden no altera el producto. Una letra, una coma o una palabra pueden cambiar el sentido de una frase, de un nombre, de una historia…

Ya en el mismo hospital, cuando dí a luz, supe que esto de llamar Gabriel a mi hijo va a fomentar mi paciencia, no es plan de ir riñendo al personal cuando no pronuncien bien el nombre del crío. Una de las enfermeras ya me dijo directamente que era un nombre muy difícil y, ante la imposibilidad de vocalizar bien, optó por llamar Miguel a mi churumbel. Así, sin más, cambió Arcángel por Arcángel. Lo cierto es que la pobre era bien cariñosa y a mí lo de que le transformase el nombre me hizo hasta gracia, no os voy a engañar. ¿Algún otro nombre que cause problemas? Mal de muchos….

No tengas un bebé… en Navidad

No tengas un bebé… en Navidad

Que yo sé que esto de los embarazos no se puede planificar con exactitud; mes arriba, mes abajo y bien, puede que te acerques un poco a la época que mejor te venga por motivos laborales, familiares o lo que sea. Pero atinar con la fecha debe ser algo complicado. Lo que tengo claro es que dar a luz a las puertas de la Navidad o en plenas fiestas es una locura. Puede que muchas penséis que es muy bonito tener un bebé en estas fechas… pues no. Tener un churumbel es bonito siempre pero se disfruta más en épocas de tranquilidad, sin festejos, sin trasnoches y… sin comilonas. Desde luego, esta es la lista de cosas que no apetecen cuando tienes un recién nacido en casa:

1. Posibles viajes: No habían pasado tres semanas desde que había dado a luz y ya estaba haciendo las maletas para pasar parte de estas fechas con la familia política. Lo sé, a muchas no se os pasaría por la cabeza pero yo soy así de buena con maridín. Evidentemente, cuando acabas de parir, te apetece estar en tu casa.

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Pues eso, que me gusta Zaragoza pero hubiera preferido ir con un bebé de dos o tres meses (no de días) como me pasó con Alfonso y Rafa en su momento.

 

2. Cenas, comidas y eventos varios: teniendo en cuenta que las primeras semanas de vida de una criatura es casi imposible tener ningún tipo de rutina, es complicado llegar a la hora a determinados acontecimientos. ¿Cómo os lo explicaría? El lunes día 5, víspera de Reyes, nos invitó una prima de mi madre, que adora a los niños, a ver desde su casa la llegada de los Magos en helicóptero a la playa. ¿Y a qué hora llegaban? Pues a las 11 de la mañana. ¿Cómo se sale de casa a las 10:15 de la mañana con tres criaturas? No lo sé, porque Alfonso directamente durmió la noche anterior en casa de mis padres. Yo me veía incapaz de vestir tres niños, dar el pecho a uno, los desayunos a otros, ducharme yo…. Así que bastante conseguí al salir a esas horas de casa con dos; por no hablar del momento en que te encuentras que el ascensor no funciona y tienes que bajar 5 pisos con la sillita. Sudar es poco…

No lo puedo evitar, nunca quiero perderme nada y no quiero que los mayores dejen de hacer algo porque haya un bebé en casa, ¡nos adaptamos unos a otros! Y este momento merece cualquier esfuerzo. Foto de El Comercio

 

3. Inflarse a comer: que ahora mismo me sobren más kilos que hace 15 días, cuando el parto era más reciente, no me mola nada. Sí, esto es lo que pasa cuando das a luz antes de estas fechas, que estás mejor recién parida que pasadas las Navidades. Es duro 😉

4. Ponerse vestidos: creo que, por primera vez en mi vida, no llevé un vestido en Nochevieja. La lactancia complica un poco el tema vestimenta, a lo que se suma que las carnes, sobre todo las abdominales, están blandas. Mucho mejor un pantalón que sujete bien la tripilla y una blusa, fácil para sacar la pechera cuando sea necesario. Que conste que yo para eso siempre busco intimidad pero, aún así, lo del vestido es poco práctico.

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Una blusina, pantalón y unos tacones y apañamos el look divinamente 😉

 

5. Dar el pecho: alimentar a la criaturilla en plena Cabalgata, en las Campanadas o en medio de una maratón de compras navideñas se complica seriamente. En mi caso, aproveché esos momentos, si coincidía que el peque tenía hambre, para dar bibes. Ya os he comentado que tengo pendiente un post para contaros el tema de mi lactancia pero aún estoy con las matronas indagando.

6. Tener a los niños de vacaciones: y para rematar, cuando no es el primer hijo, tienes a los otros de recreo, siempre merodeando como satélites, con una agitación superior a los días de cole y guardería, tomándote por el «pito del sereno»… Esto merece un post aparte; señoras, no es lo mismo dos que tres, pero vamos, hay un abismo, créanme.

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Pues si ya con tres he tenido los días completitos, imaginaos con cuatro. Alfonso, Rafa y Gabriel con su primo Jorge.

 

En fin, ya sabéis como son estas fechas, una vorágine de eventos, comidas y compras que complica bastante cualquier intento de rutina o descanso. Que mira que disfruto de la Navidad pero, este año, necesitaba que terminase. En cualquier caso, los bebés llegan cuando llegan y son siempre bienvenidos. Aún así, creo que hay épocas mejores para dar a luz y no es lo mismo un primer hijo que un segundo, tercero... Yo desde luego, prefiero la tranquilidad de la época en la que di a luz a Alfonso y Rafa. ¿En qué mes nacieron vuestros peques?, ¿qué ventajas o desventajas encontrasteis?

Orden en el caos: primer mes

Y así, sin comerlo ni beberlo, ayer Gabriel cumplió su primer mes de vida. No voy a repetirme con eso de que el tiempo pasa volando cuando eres madre porque ya lo sabéis de sobra. Hoy me centro en las cosas que han cambiado en tan sólo un mes; sí, en un mes completamente caótico en el que los días y las noches no tienen horarios pero que, cada jornada que transcurre, vas viendo poco a poco la luz. Y cuando han pasado 30 días desde que diste a luz, estas son las cosas que han cambiado:

1. Adiós al postparto: aunque oficialmente no haya pasado la famosa «cuarentena», lo más probable es que ya hayas dejado de lado cualquier dolor, las megacompresas e, incluso, has olvidado el suplicio de los puntos.

2. Lactancia más o menos establecida, o abandonada: Una de esas cosas con las que te encuentras tras el alumbramiento es que lo de dar el pecho no es tan fácil como pensabas. Cuando ha pasado un mes desde que diste a luz, lo más probable es que hayas superado las dificultades o que hayas desistido en el intento. En mi caso, os debo un post sobre esto porque mi experiencia y mi caso creo que pueden ser verdaderamente útiles. Ya os adelanto que, una vez más, estoy con lactancia mixta porque soy muy cabezona.

3. Los cólicos mejoran: si tienes la mala suerte de que tu bebé tenga cólicos, cuando ha pasado un mes, el asunto ha progresado para bien. Y si la cosa se alarga en el tiempo, lo que conseguirás es que la situación ya no te desespere como al principio. No hablo por propia experiencia pero sí que hemos tenido ratos en los que el peque ha estado muy molesto con gases y ahora es más llevadero.

4. Un atisbo de orden: tanto mental, porque te has hecho a la nueva situación tras la revolución de los primeros días, como físico, ya que tu casa empieza a estar medianamente decente. Y si a la una de la tarde, hace un mes, no estaba ni duchada, ahora soy capaz de salir de casa dos horas antes y dar un paseo.

5. La tomas de la noche se han alargado: este punto reconozco que es sólo para las que parimos niños dormilones. Ahora mismo, Gabriel ya está hasta 6 horas sin comer por la noche. Esto no quiere decir que yo disponga de ese tiempo para dormir ya que lo más habitual es que, después de una toma, quiera un rato de juerga que se puede alargar más de una hora . Así que al final, lo máximo que consigo reposar del tirón son 4 horas, pero no me quejo. Es más, confío en que, a los tres meses, ya me deje dormir 10 horas seguidas. Sí, ya sé que algunas creéis que soy muy optimista pero… es que los otros dos lo hicieron. Por eso repito con esto de la maternidad 😉

Y este es, en resumen, el progreso del primer mes de vida de Gabriel. Obviamente, nos ha tocado revisión en el pediatra y todo va sobre ruedas, ha ganado un kilo desde que nació y tengo otro niño mega alto. Lo que sí que reconozco que es una suerte es que las cosas van repitiéndose por tercera vez y que los tres, con sus diferencias en el carácter, repiten patrones de comportamiento. De ahí mi optimismo con el sueño, luego ya se verá.

Desde aquí, quiero daros las gracias por acompañarme otro año más y aguantarme este 2014, sabéis que le pongo mucho empeño y dedico muchas horas a este blog. Se acaba para mí un gran año en el que pude volver temporalmente a la tv y en el que, lo más importante, fue la llegada de mi tercer hijo; no puedo estar más que agradecida. De corazón, ¡Feliz Año!

Vacaciones en casa ajena

Casi todo en la vida tiene su parte buena y su lado malo pero es obvio que lo interesante es quedarse con lo positivo y aprender de lo negativo para evitarlo en futuras ocasiones. Como veis, me he puesto un poco filosófica, parece que me voy a poner a hablar de cosas muy profundas y ¡nada más lejos de la realidad! De hecho, irse de vacaciones y meterse en casa de tus padres o suegros a muchas os sonará. Y como todo, tiene pros y contras. Empecemos por los últimos:

1. Los niños se alteran: las vacaciones de por sí ya les perturban bastante pero si a eso le sumas irte a casa de algún familiar, aquello es el «no va más». Alfonso se pasó la semana en Zaragoza como una moto; a Rafa lo que le ocurre es que se vuelve irascible, algo así como la niña del exorcista.

Ahí veis a Alfonso, fuera de sí con sus primas riéndole las gracias. Y aunque Rafa esté sonriendo, os aseguró que pasó más tiempo protestando.

 

2. Los niños te toman por el «pito del sereno»: De repente, no sabes qué fuerza extraña les invade pero no quieren comer lo que engullen habitualmente y directamente llaman a sus abuelos cuando quieren conseguir algo, vamos, es que ni te miran cuando persiguen un objetivo. En fin, que Rafa rechace unas lentejas es como para ponerse de los nervios.

3. Los niños se ponen malos: no falla, tienen un radar para eso. Es oler las vacaciones y pasa algo. Por primera vez, Rafa tuvo conjuntivitis y, algún que otro día, décimas de fiebre. Mientras tanto, Alfonso cogió una buena tos, ¡y mira que desde febrero no se ponía malo de nada! Y yo cruzando los dedos y rezando todas las oraciones para que Gabriel sobreviviese a todos los virus. Porque además, mi cuñado estaba con gastroenteritis, los hijos de nuestro amigos con fiebre… Pero Gabriel ha vuelto sano y salvo a Gijón, es un superviviente a los microorganismos… y al frío de Zaragoza.

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De esta guisa íbamos con los pequeñuelos. Vale, no todos los días hizo tanto frío pero cuando les hice la foto, los termómetros marcaban 0 grados.

 

4. Hay que tener orden: cuando estás en casa ajena, no puedes dejar los coches y las piezas de lego por ahí. Más que nada porque, aunque tú ya estés acostumbrada a ir saltando por tu casa, los demás no. Y porque si tú pisas cualquiera de eso objetos, ya tienes el pie acorazado y acostumbrado, por lo que el dolor es soportable. Pero no, ni tus padres ni tus suegros podrían soportar tal envite.

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Teniendo en cuenta que te vas con la casa a cuestas, ¡qué menos que tenerlo ordenado! Y como veis, maridín es experto en organización del espacio.

 

Pero no todo va a ser malo. Alojarte en casa de tus suegros, en mi caso, tiene sus cosas positivas. Yo no me puedo quejar porque me tratan muy bien aunque es obvio que, como decía Dorita en «El Mago de Oz»: se está mejor en casa que en ningún sitio. Vamos allá:

1. Tienes ayuda con los niños: Ya os podéis imaginar cuál es mi percal mañanero con Alfonso y Rafa de vacaciones estos días. Preparar desayunos a unos, dar el pecho al otro, vestirles a todos, ducharme, volver a dar el pecho, cocinar, hacer camas… Así que, si tienes quien te ayude con esas labores, la mañana no será como subir el Everest.

2. Ni cocinas ni limpias: Estar en casa de nuestras madres o suegras implica olvidarse de ciertas tareas; ya sabéis lo mucho que les gusta aprovechar las visitas para preparar suculentas comidas. Supongo que no todas son iguales, pero la madre que parió a maridín no deja que hagamos nada, lo cual no quiere decir que yo no eche una mano a la hora de poner la mesa o recoger platos pero vamos, enseguida me «obliga» a sentarme de nuevo.

3. Vacaciones baratas: pues sí, te vas una semana y te dejas el dinero en gasolina y peajes pero una vez llegas a tu destino, tus padres o suegros, invitan a todo o casi todo. Y no sólo eso, sino que además, amigos de la familia te dan algunos eurillos para que le compres algo al recién nacido.

Y hasta aquí la lista de ventajas y desventajas de meterte en casa de la suegra. Como veis, no es que me motive el tema de que los niños se alteren porque la que se altera después soy yo, pero por otro lado, la ayuda y olvidarme de ciertas tareas, me ha tenido menos agobiada. Y a vosotras, ¿os agobia pasar las vacaciones en casa de familiares o, por el contrario, os tranquiliza el desentenderos de ciertas labores? Por cierto, si vais a Zaragoza en estas fechas con niños tenéis que:

Ir a Neverland, en Puerto Venecia, el centro comercial más grande de Europa. Preparaos para que cada atracción os deje el bolsillo temblando.

Subir en el tranvía.

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Ir a la plaza del Pilar a ver el mercadillo.

Allí podréis ver un Belén enorme y esta pista para atrevidos.

 

Viajar con tres niños, ¿se puede?

Viajar con tres niños, ¿se puede?

Lo confieso, estoy temblando. En esta casa vamos batiendo récords; si Alfonso viajó por primera vez con 7 semanas de vida, Gabriel lo hará con sólo 20 días. Esto de que maridín sea de fuera tiene sus ventajas y desventajas, y entre éstas últimas, está el tener que hacer maletas cada cierto tiempo. Y ahí está la causa de mi estrés: las maletas y demás enseres que tenemos que llevarnos con tres churumbeles. Diré que los dos mayores ya no suponen mucha inquietud, porque a cada uno le hago su equipaje donde ya meto pañales, peluche y lo que viene siendo ropa. Por suerte, ya nos hemos olvidado de algunos artilugios y, según van creciendo, la cosa se va simplificando. Eso sí, al final compramos silla gemelar de segunda mano y ¡madre del amor hermoso! Vaya si pesa y ocupa el armatoste por muy plegable que sea.

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Por cierto, estamos encantados con la adquisición. Alfonso no protesta diciendo todo el rato que está cansado y Rafa no protesta por ir sentado ya que imita todo lo que hace Alfonso. Y todos contentos.

La cosa se complica seriamente con un bebé. Ya sabéis lo que son las primeras semanas de vida de semejantes criaturillas; yo, por ejemplo, tengo la habitación y el baño literalmente tomados por sacaleches, discos de lactancia, bolsas de megacompresas, la bañerita del crío, muselina, hamaquita…vamos, un caos al que en cuestión de días iré poniendo orden. Pero ahora me tengo que ir una semana fuera, y me toca «tomar» otra casa que no es la mía, en concreto la de mis suegros. A todo eso añádele el esterilizador y los bibes (ya os contaré en otro post el misterio de mi lactancia), el Bugaboo, la maleta de Gabriel y qué sé yo cuántas cosas más. Vamos, que los gitanos (con todos mis respetos) son amateurs a nuestro lado.

Por supuesto, hace un par de meses ya que maridín cambió de coche. Sí, aunque no lo creáis teníamos el típico ranchera que en mis tiempos mozos servía para meternos allí ciento y la madre. Pero ahora no te caben tres sillas reglamentarias. No es fácil encontrar un automóvil donde poner las tres sillitas en la parte de atrás sin comerte el maletero… Los que dicen que notas más cambio con el segundo hijo que con el tercero, ¡ja! Me río yo de eso. En fin, todo es una odisea. Y nosotros tenemos más moral que el Alcoyano, para qué negarlo. Y vosotras, ¿cómo lleváis lo de viajar con niños? Por cierto, el lunes empezamos sorteo.

Y gracias a Tubebebox porque ya he recibido mi caja con un montón de cosas para el peque y para mí. La presentación es bestial y me ha encantado todo el contenido. Es un placer poder formar parte de su grupo de madres expertas.

 

Cuando los hermanos se conocen

Cuando los hermanos se conocen

Desde que Gabriel entró por la puerta de casa, el proceder de Alfonso y Rafa con él sólo se puede describir de una manera: acoso y derribo. No puedo decir que esto me haya sorprendido; eso de haber tenido un sobrino hace unos meses y ver cómo se abalanzan sobre él cada vez que le ven, me había puesto sobre aviso. Lo único que espero es que la emoción se les vaya pasando poco a poco, porque veo que corre peligro la integridad física del pequeño.

Su primer contacto fue en el hospital, pero se trató de un encuentro furtivo ya que no dejan entrar niños en la planta de maternidad. Como tuve la suerte de no compartir habitación y que además fuera la primera estancia según sales del ascensor, maridín hizo una pequeña incursión con ellos. La tranquilidad y el silencio duraron dos minutos, el tiempo que tardó Rafa en comerse un donut (que obviamente era para mí). En cualquier caso, se mostraron entusiasmados y no querían hacer otra cosa más que tocar a Gabriel. Pero insisto, el encuentro fue de lo más breve porque estaban de “ilegales”.

El primer acercamiento en casa fue más efusivo aún. Rafa empezó a tirar de la manta que envolvía al bebé y me exigió, porque Rafa sólo habla en tono exclamativo o interrogativo, que me agachase para «dar besín». Y así, entre mimos y besos, fue recibido Gabriel por sus dos hermanos, que también tienen la santa manía de tocarle la cabeza.El tema de los celos reconozco que no me preocupa ahora, ya viví esta situación hace dos años al nacer Rafa y no hubo ningún problema. Creo que los niños pequeños no ven en un recién nacido mucha competencia, al fin y al cabo, hacen poca cosa. Pero me imagino que habrá casos de todo tipo. Yo misma tengo una foto en la que aparezco con morritos cuando conocí a mis hermanos mellizos, ¡anda que no sabía yo la que se me venía encima!

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Apasionado momento cuando llegaron a casa y se encontraron con su nuevo hermano.

Alfonso ya ha adquirido totalmente su papel de hermano mayor y reconozco que en él no me sorprende, tiene ya muchas tablas con Rafa y ha desarrollado una virtud muy importante: la paciencia. Pero el que me llama la atención es el mediano, sencillamente porque, con dos años, lo normal es que les atraigan los niños más mayores y, sin embargo, siente una fascinación irrefrenable por los bebés. Pide jugar con él y sufre cada vez que oye el llanto de Gabriel y nos llama con verdadera sensación de agobio: “Gabel tá llorando”.

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Y ésta es una de sus primera fotos juntos. No les puedo querer más.

Ahora, las «peleas» en casa no son sólo por los juguetes; como uno diga que quiere coger al bebé, el otro va raudo y veloz a pedir lo mismo, como si fuera un muñeco. Y así estamos, con pies de plomo porque son muy pequeños para saber qué pueden o no hacer con el churumbel. Cuando me descuido, Rafa está asomado a la minicuna para tocarle, pero vamos, que le podría dar por meterle un mendrugo de pan en la boca. Las que tenéis más de un hijo, ¿cómo fue el momento en que se conocieron?

Síndrome del nido, ¿realidad o ficción?

Síndrome del nido: se dice de un tipo de conducta que se produce con frecuencia en las embarazadas que consiste en incrementar el tiempo dedicado al orden y limpieza de la casa. Este tipo de comportamiento se da principalmente en el tercer trimestre del embarazo y algunos expertos explican esta conducta como una forma de afrontar la ansiedad ante la llegada del nuevo bebé. ¡Para que luego digan de las embarazadas!

Pues oye, a pesar de ser algo muy frecuente, porque sé que a algunas les ha dado por ahí, debe ser que lo de ordenar o limpiar no me motiva nada y lo hago por obligación porque, aquí donde me veis (a tres días de FPP), aún no me ha dado por ponerme a ello más de lo normal en mí. Y si no me ha dado hasta ahora, no me va a dar por ello mañana 😉 Vale, es el tercer hijo; que ya una está en ese punto en el que empieza a darle igual encontrar unas migas de galletas en la cocina sin ir corriendo a por la escoba, o encontrarse coches en esquinas insospechadas sin que te molesten y que sigan ahí día tras día. Pero vamos, con Alfonso tampoco me pasó algo parecido.
En otros casos, el síndrome del nido se manifiesta en tener todo listo para la criatura con cierta celeridad. Y cuando digo todo, es todo. Vamos, sé de alguna que compró pañales estando embarazada de 6 meses, o que ya tenía el carrito en casa estando de 5 meses… No me considero agorera, no soy de las que piensan que las cosas puedan ir mal si no hay motivos reales, pero hay cosas que me parecen desproporcionadas. Cuando nació Alfonso, había comprado lo imprescindible, no de todo «por si acaso». Con la cuna, el carrito, la silla reglamentaria del coche, el cambiador y algo de ropa ya me daba por satisfecha. También me habían regalado una trona, bibes, esterilizador y algún chupete, pero ni siquiera sabía antes de dar a luz si los bibes iba a usarlos o no. Luego, poco a poco, fui comprando según las necesidades del bebé porque, obviamente, fue precisando otras cosas.
Lo cierto es que, los últimos dos fines de semana, no por el síndrome sino porque el tiempo se nos echaba encima, hemos tenido que hacer muchos recados; desde sacar la ropa de bebé de las cajas, comprar un nuevo armario en Ikea (tarea de maridín, yo lo odio) hasta cambiar el Bugaboo del modo silla al capazo. También nos ha tocado ir a comprar zapatos nuevos a Alfonso porque lo de ir con agujero ya era para detenernos, o mirar sillas gemelares de segunda mano, recuperar la minicuna que estaba en casa de mi hermano… entre otras muchas cosas. Como veis, prisa la justa. Cierto es que no es lo mismo el primer hijo que el tercero. Y a vosotras, ¿os dio por limpiar como locas antes de dar a luz?, ¿comprasteis de todo para el bebé y la mayoría casi ni lo usasteis? Por cierto, mañana empezamos nuevo sorteo, esté de parto o no 😉
Monitores o cómo hacer que el crío no se inmute

Monitores o cómo hacer que el crío no se inmute

No falla; aunque tengas la criatura interior más agitada del mundo, que te despierta algunas noches a base de patadas y que hace que tu tripa adquiera vida propia (véase vídeo aquí porque no exagero), es llegar a la sala de monitores y el churumbel decide que es momento de relajación, que no se va a inmutar, que pasa de que le toquen las narices. Por si alguna no lo sabe, llamamos «monitores» a una prueba para evaluar el bienestar fetal cuando se aproxima la fecha probable de parto. Te tumbas en una camilla, te ponen unas correas en la panza con unos electrodos y los datos que recogen salen a través de un monitor.

Mi tripilla sin señales de movimiento alguno.

Así dicho es todo muy sencillo pero claro, si el crío decide que hay que cambiar de posición cada vez que intentan plantarte uno de esos electrodos mientras la matrona mueve tu mini barriga de melón como si fuese un cóctel, pues ya empiezas la prueba en modo «no estoy para esto por mucho que vaya a clases de zumba». Cuando ya consiguen detectar el latido, el crío determina acabar con la marcha. Y lo que quieren para esta prueba es que la criatura se mueva, cuanto más mejor… pero nada, no hay manera. ¡Y mira que había desayunado napolitana de chocolate!

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Tumbadita con cara de felicidad esperando movimiento.

Recuerdo que tanto con Alfonso como con Rafa me dieron mosto, por aquello de animar a las criaturas pero esta vez, nada de nada, porque la matrona andaba liada. Eso sí, fue salir de la sala y aquí el pequeñajo empezó con la juerga. ¡Cómo saben ellos cuándo no hay personal sanitario delante! Y cuando ella volvió 20 minutos después, encontró que su ausencia había sido muy productiva para su prueba porque, efectivamente, el enano no había parado mientras la otra chica que estaba en la sala no conseguía su objetivo.

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Y para muestra, un botón. Así empezó y así acabó, de relajación a juerga interior.

Eso sí, mientras esperaba para hacerme la prueba, al ver la entrada de la planta de maternidad, fui consciente por fin de que en cuestión de días me tocará estar allí y, por unos minutos, me puse nerviosa. No por el parto, porque estoy más tranquila que otra cosa, si no por conocer a mi tercer pequeño. Bueno, ¿cómo vivisteis lo de los monitores?, ¿también entraron en «modo off» vuestros churumbeles? Y perdonad por no poder responder a todos los comentarios estos días, tengo muchos temas en la cabeza para el blog y por fin estoy organizando un poco las cosas del bebé.

¿Preparar o no Baby Shower?

Hace poco más de 4 años, sólo sabía de la existencia de las «baby showers» gracias al Hola! o a Sexo en Nueva York. No tenía ni la más remota idea de si en España se estaba empezando a poner de moda o ya estaba el festejo bien asentado. Lo cierto es que, como mis amigas aún no tenían hijos, ni me planteé organizar una reunión de este tipo. Vamos, es que ni siquiera sabía si la organizaba la propia embarazada o sus amigas. Pero tres semanas antes de dar a luz a Alfonso, un fin de semana en el que maridín estaba de casa rural en una despedida de soltero, llegué a mi casa y, por sorpresa, allí estaban algunas de mis amigas y unos cuantos paquetes. Mi cara fue como la de una niña que ve a los Reyes Magos.

Me habían preparado una cena y me regalaron una trona que, a día de hoy, sigue intacta tras 4 años de uso ininterrumpido. Y no sólo eso, sino que además se quedaron a dormir esa noche en casa, así que fue algo parecido a una fiesta de pijamas. Sinceramente, aquello me pareció lo más y no puedo estar más que agradecida por aquel detalle así que, obviamente, comprendí que lo de las «baby showers» era todo un planazo. Dos años más tarde me volvieron a organizar una cena sorpresa en casa unos días antes de que naciese Rafa, previa colaboración con maridín para que llevase a Alfonso a dormir a casa de mis padres.

Por entonces me regalaron un saco para la silla y hasta hicieron una tarta de pañales.

El caso es que las organizadoras de los eventos, Ceci y Ana, no tienen hijos así que hace ya un tiempo que le dije a maridín que, si se les ocurría ponerse en contacto con él para intentar organizarme una tercera «baby shower», les dijese que ni se les pasase por la cabeza hacer ni fiesta ni regalos. Pero no, ellas son así de cabezonas y, por supuesto, tuvieron que hacerme mi festejo. Eso sí, esta vez, mucho más discreto: sólo nosotras tres, con mis peques por medio y no se quedaron a dormir. Otra vez me llenaron la mesa de comida, sobre todo de dulces (cómo saben que me pierden y que soy de las que me puedo comer 4 donuts seguidos sin pestañear), y pasamos un rato estupendo entre amigas. Además, ahora que nos vemos algo menos que cuando no tenía niños, estos momentos son impagables. ¡Gracias chicas!

He desayunado y he merendado dulces todo el fin de semana. Y la bolsa para el carrito ¡no me puede gustar más!

He pasado de no saber cómo eran estos festejos a vivir tres en cuatro años y ahora me declaro fan absoluta. En el fondo, es una buena excusa para juntarse con tus amigas y que, si ellas quieren, te hagan un regalo en común de algo que te puede venir muy bien, en lugar de hacerte obsequios por separado. Y a vosotras, ¿qué os parece lo de las «baby showers»?, ¿habéis organizado para alguna amiga?, ¿os han organizado la vuestra?

Por cierto, ya tenemos ganadora del sorteo de la funda nórdica, ¡ENHORABUENA A SONIA APALATEGUI! Muchísimas gracias a las demás por participar y que haya suerte en próximos sorteos. La ganadora debe escribir un mensaje privado a través de Facebook para facilitarnos sus datos. Gracias.