¿Garbiel o Grabiel?

En esto de poner nombres a los críos hay que andarse con mucho ojo. Yo creo, y esto es muy personal, que la originalidad hay que dejarla de lado, que un nombre es para toda la vida. Bueno, ahora ya se puede cambiar pero, por lo menos, le va a acompañar durante la infancia y la adolescencia, y no es plan de causarles traumas a las pobres criaturas. Ya os conté en otro post cómo a mi padre, cuando fue al registro, le dio por añadir un segundo nombre, nada convencional, a dos de mis hermanos. Ellos, trauma no tienen pero algún que otro cachondeíto sí que se han traído.

A pesar de haber elegido unos nombres bastante comunes para mis hijos, independientemente de que gusten o no, el de Gabriel trae serios problemas a mucha gente. Lo sabía cuando lo elegí, soy consciente de que mi hijo más de una vez tendrá que repetir su nombre, es más, es posible que él mismo tenga problemas para decirlo cuando sea pequeño pero eso entra dentro de lo normal. Lo mismo pasa con Rodrigo; la R, la dichosa R, trae de cabeza a más de uno. Entiendo que mi hijo Rafa llame a su hermano Babriel, porque dos vocales tras una R suponen una dificultad para cualquier peque. Comprendo que Alfonso, al principio, dijese Garbiel pero ¿soy la única a la que le sangran los oídos cuando oye decir a un adulto cocreta en lugar de croqueta? Esto no es como en las matemáticas donde el orden no altera el producto. Una letra, una coma o una palabra pueden cambiar el sentido de una frase, de un nombre, de una historia…

Ya en el mismo hospital, cuando dí a luz, supe que esto de llamar Gabriel a mi hijo va a fomentar mi paciencia, no es plan de ir riñendo al personal cuando no pronuncien bien el nombre del crío. Una de las enfermeras ya me dijo directamente que era un nombre muy difícil y, ante la imposibilidad de vocalizar bien, optó por llamar Miguel a mi churumbel. Así, sin más, cambió Arcángel por Arcángel. Lo cierto es que la pobre era bien cariñosa y a mí lo de que le transformase el nombre me hizo hasta gracia, no os voy a engañar. ¿Algún otro nombre que cause problemas? Mal de muchos….

Viajar con tres niños, ¿se puede?

Viajar con tres niños, ¿se puede?

Lo confieso, estoy temblando. En esta casa vamos batiendo récords; si Alfonso viajó por primera vez con 7 semanas de vida, Gabriel lo hará con sólo 20 días. Esto de que maridín sea de fuera tiene sus ventajas y desventajas, y entre éstas últimas, está el tener que hacer maletas cada cierto tiempo. Y ahí está la causa de mi estrés: las maletas y demás enseres que tenemos que llevarnos con tres churumbeles. Diré que los dos mayores ya no suponen mucha inquietud, porque a cada uno le hago su equipaje donde ya meto pañales, peluche y lo que viene siendo ropa. Por suerte, ya nos hemos olvidado de algunos artilugios y, según van creciendo, la cosa se va simplificando. Eso sí, al final compramos silla gemelar de segunda mano y ¡madre del amor hermoso! Vaya si pesa y ocupa el armatoste por muy plegable que sea.

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Por cierto, estamos encantados con la adquisición. Alfonso no protesta diciendo todo el rato que está cansado y Rafa no protesta por ir sentado ya que imita todo lo que hace Alfonso. Y todos contentos.

La cosa se complica seriamente con un bebé. Ya sabéis lo que son las primeras semanas de vida de semejantes criaturillas; yo, por ejemplo, tengo la habitación y el baño literalmente tomados por sacaleches, discos de lactancia, bolsas de megacompresas, la bañerita del crío, muselina, hamaquita…vamos, un caos al que en cuestión de días iré poniendo orden. Pero ahora me tengo que ir una semana fuera, y me toca «tomar» otra casa que no es la mía, en concreto la de mis suegros. A todo eso añádele el esterilizador y los bibes (ya os contaré en otro post el misterio de mi lactancia), el Bugaboo, la maleta de Gabriel y qué sé yo cuántas cosas más. Vamos, que los gitanos (con todos mis respetos) son amateurs a nuestro lado.

Por supuesto, hace un par de meses ya que maridín cambió de coche. Sí, aunque no lo creáis teníamos el típico ranchera que en mis tiempos mozos servía para meternos allí ciento y la madre. Pero ahora no te caben tres sillas reglamentarias. No es fácil encontrar un automóvil donde poner las tres sillitas en la parte de atrás sin comerte el maletero… Los que dicen que notas más cambio con el segundo hijo que con el tercero, ¡ja! Me río yo de eso. En fin, todo es una odisea. Y nosotros tenemos más moral que el Alcoyano, para qué negarlo. Y vosotras, ¿cómo lleváis lo de viajar con niños? Por cierto, el lunes empezamos sorteo.

Y gracias a Tubebebox porque ya he recibido mi caja con un montón de cosas para el peque y para mí. La presentación es bestial y me ha encantado todo el contenido. Es un placer poder formar parte de su grupo de madres expertas.

 

Rabietas: qué he aprendido

Rabietas: qué he aprendido

Hace unos días tuve una conversación con una mamá que estaba pasándolo bastante mal con los berrinches de su niña. Nos confesamos, mutuamente, que en alguna ocasión, aquello nos hacía derramar lágrimas. No es fácil enfrentarse a la pataleta de un niño o bebé. Es cierto que ellos lo pasan mal pero, ¿y nosotros, los padres? La primera vez que tuve que hacer frente a una rabieta fue hace más o menos un año, cuando Alfonso empezó el colegio y estaba a punto de cumplir tres años.

Y aún así, no me puedo quejar porque estoy hablando de un niño, no de un bebé, que ya había pasado por otro evento importante en su vida: la llegada de un hermano un año antes. Pero oye, era tan sumamente bueno, que la presencia de Rafa no le afectó negativamente y tenía un carácter que daba gusto. Las rabietas duraron un mes y reconozco que para mí fue duro, perdí los nervios en más de una ocasión y acababa a grito pelao o lanzando un zapato al aire cuando se negaba a que le vistiera. Aquello se le pasó de la noche a la mañana y aprendí que chillar no servía de nada.

Con Rafa, esto de las rabietas, lo he vivido mucho antes; desde que tenía año y medio ha tenido algún que otro berrinche pero, al ser de forma ocasional, no le das importancia y lo «soportas». Lo malo es cuando entran en una etapa en la que esto sucede a diario, en cualquier momento y, en muchas ocasiones, no tienen una causa aparente que lo justifique. De repente, el crío te monta un pollo porque no quiere que los cojines estén en un sitio o porque quiere tirar la sillita al suelo. Intentas dialogar, le abrazas, le ofreces algo que le guste, un juguete, una galleta, yogur, lo que sea para que intente distraerse…pero da igual, el niño está fuera de sí y además, no sólo llora, sino que se agarra a tus piernas para que no puedas moverte. Y claro, el día que se pasa así una hora de reloj, sin exagerar, acabas por gritarle e intentas despegarle de tus piernas con un zarandeo. Y no, no es eso lo que quiero porque, cuando se me pasa el estrés de ese trago, me siento mal conmigo misma.

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Y si encima las rabietas van acompañadas de despertares nocturnos o de que el niño o bebé, que siempre ha comido como un elefante, se niegue a zampar, pues la situación puede llegar a superarte. Eso es lo que nos ha pasado las últimas semanas con Rafa y reconozco que me he sentido abrumada nuevamente. Todo a la vez acaba haciendo mella y esas situaciones generan mucho estrés. Personalmente, asocio esta etapa con el comienzo de la guardería, quizás porque Alfonso vivió una etapa similar al empezar el cole, lo cual demuestra que, a mis hijos, lo de la adaptación les cuesta lo suyo. Hay quien dice que es por la inminente llegada de un nuevo hermanito pero yo creo que no es del todo consciente de eso.

De cualquier manera, después de un etapa así se quedan como la seda. Yo ayer mismo alucinaba viendo a Rafa sin intentar quitarle el balón a su hermano, o de repente me abrazaba y daba besos en la barriga diciéndome «te quiero». Llevamos dos días de paz y confío en que la mala racha haya pasado. ¿Qué sentís en plena rabieta de vuestros hijos?, ¿cómo actuáis?, ¿alguna vez la situación os ha hecho perder los nervios?

Primer día de natación con la guardería

Cada día tengo más claro que una de las profesiones que no está lo suficientemente bien remunerada es la de maestra en una guardería. Sí, sí… los niños y bebés son una monada y muy agradecidos pero también conllevan un trabajo bestial y, cuando lloran, no es fácil mantener la calma. Ayer Rafa fue por primera vez a natación y aquello era cual ópera de Viena: de 15 niños, 10 lloraban. Por supuesto, mi peque era uno de ellos. Aunque no tengo claro si era por la natación en sí, ya que el primer día tiene bien poco de acuático y de hecho mientras estaba en el agua permanecía calladito, o por verme allí, que aún le cuesta cada mañana despedirse de mí o de maridín.

Observando el panorama

Una de las ventajas que tiene la guardería de Rafa es que, durante todo el curso, pueden ir un día a la semana a natación en horario escolar. Nuestra idea inicial era apuntar a los dos peques juntos los sábados pero para Rafa no conseguimos plaza en la piscina municipal, así que optamos por la guarde. También tuvimos nuestras dudas de si era o no necesario que aprendiese ya a nadar pero, en este momento, Rafa es la sombra de Alfonso, le sigue a todas partes y monta lío si no puede hacer lo mismo que él. Y como el verano que viene, el mayor se meta en la piscina grande, ya sé a dónde va a tener que ir el otro.

Todos en el borde de la piscina, en la misma en la que yo aprendí a nadar. Todo se repite 😉

Y vuelvo a la crónica de ayer porque aquello era para armarse de paciencia. Lo bueno es que es en un sitio deportivo muy conocido de Gijón así que los padres podemos ir allí a vestirles y a ayudar; por suerte para las profes, éramos unos cuantos, sobre todo mamás y abuelos. Pero claro, en cuanto les dejas preparados en el vestuario, los adultos nos vamos a verles desde la grada. Rafa, de primeras, ya no quería ponerse el gorro. Después su guerra fue con los manguitos, acostumbrado a ellos todo el verano y miraba para mí con lágrimas de cocodrilo para decirme que no los quería.

Fin de la clase, fin de los nervios. Luego le tocó llorar para volver a la guardería, quería venirse conmigo.

Con tanta llantina, les pusieron a todos sentados y cantaron una canción. Y luego les dieron a cada uno una regadera con agua para que jugaran. Enseguida les sentaron a todos en el borde de la piscina para que se mojaran los pies mientras dos monitores iban metiéndoles uno a uno en el agua. Ya os digo que Rafa, dentro de la piscina genial, pero el resto del tiempo lo pasó estresado. Entre estar en un sitio que no conocen, que varios lloraban y que servidora ya no estaba pegada a él… pues para qué quería más 😉 En fin, una odisea para ellos.

No tengo muy claro que acabe el curso sabiendo nadar pero todo lo que avance de cara a que en verano esté más seguro, mejor. Son tres peques a los que no voy a quitar el ojo y no será fácil. ¿A qué edad llevasteis a vuestros peques a natación?, ¿os ofrecen esta actividad en guarderías y colegios?

Bautizos de todo tipo

Hoy en día tenemos Bautizos de lo más variado. Por tener, hay hasta Bautismo civil, lo cual me parece una contradicción en sí misma; haz una reunión, comida o festejo del tipo que quieras para «presentar en sociedad» al churumbel pero llamemos a las cosas por su nombre. También se ven celebraciones que más parecen un bodorrio que el «acristianamiento» de un bebé. Lo digo porque ya he visto «listas de Bautizo» tipo listas de boda. Que digo yo que, si tu abuela, tía o padre te preguntan qué quieres, pues les dices con total confianza lo que te vendría bien para el crío pero, en este tipo de celebraciones más familiares y reducidas, yo soy de las que piensan que con un detalle basta. Pero es mi opinión, ehhh….

Nosotros, por primera vez, tuvimos el sábado un Bautizo comunitario. Ahora se estila menos pero vamos, a mí me bautizaron con más críos y antes era algo habitual en ciudades. Y la verdad es que no es muy distinto a los bautizos «individuales», incluso lo encontré más animado. Como curiosidad, además de mi sobrino, se bautizaba otro niño con el mismo nombre: Jorge. También bautizaron a un peque cuya mamá vive en una casa de acogida así que había unas cuantas monjas entre las acompañantes. Y lo que más me llamó la atención fue, sin duda, coincidir con una bebé de otro país. Bueno, lo que me sorprendió fue el tema de la indumentaria de la pequeña, desconocía que en otros lares se llevaba el vestir a la bautizada como una dama de honor y con pamela, tal cual. Pero oye, en todos los eventos puedes aprender algo de otras culturas.

Aquí se lleva el traje de cristianar, que en nuestro caso es familiar, o los bebés vestidos de calle un poco «elegantes»
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Rafa y su habitual persecución a los bebés

Luego están las distintas reacciones de los niños cuando les bautizan. Los hay que lloran, lo cual no me sorprende; otros sencillamente alucinan, como fue el caso de Alfonso, y los hay, como mi sobrino, que siguió con su siesta porque aquello no le pareció nada interesante.

Tuvimos muchísima suerte el fin de semana con el tiempo; aún así, no decidí el modelín hasta una hora antes del evento. Básicamente porque en octubre una no sabe qué ponerse, por la mañana estábamos a 25 grados y por la tarde se preveía lluvia así que no sabía si ir o no con la pierna al aire aunque, si os digo la verdad, no tengo medias de embarazada así que no tenía mucha opción. Repetí con un vestido que ya me puse en dos bodas: hace 4 años embarazada de Alfonso y hace dos, de Rafa. Para nada hay que ir a un Bautizo como a una boda, sino mucho más discreta pero este traje es bastante sencillo así que para las bodas añadí tocado. Como es un evento religioso, es obvio que hay que evitar escotazos o ir con mini vestidos.

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Vestido de Cortefiel de hace 4 temporadas. Yo creo que, al contrario que en una boda, en los bautizos no hay que darle muchas vueltas al tema ropa.

Intentar hacer una foto a los niños, ¿perdón?

Y poco más sobre Bautizos aunque he de decir que a Alfonso lo bautizamos en Zaragoza, a maridín le hacía ilusión. Y que con Rafa tuvimos un jaleo tremendo con las fechas porque no bautizan bebés en Cuaresma, que es casi mes y medio; no era fácil teniendo que juntar a familiares de dos ciudades a 600 kilómetros de distancia. ¿Habéis hecho algo especial en el Bautizo de vuestros peques?, ¿creéis que hoy en día las celebraciones son excesivas?

Ir a la playa con niños, ¿misión imposible?

Aclaración: vivo en el norte, en verano no solemos tener más de 25 grados en la costa y aquí se va a la playa cuando sale el sol, no cuando nos apetece. Vamos por la mañana, no solemos llevar sombrillas, si no se nubla comemos allí y no nos movemos hasta que las mareas o la temperatura nos echan de la arena. Resumiendo, todas esta pautas y consejos que menciono a continuación varían si estás en el sur, o más bien, si estás en cualquier sitio de la la Cordillera Cantábrica pa’bajo.

Dicho esto, hago una confesión: cada año y con cada niño que sumes, es más duro ir a la playa. La primera vez que llevamos a Alfonso tenía 8 meses e íbamos con todo tipo de artilugios: sombrilla, hamaquita, sillita, gorro, pañales… Al final del verano, ni gorro ni sombrilla ni hamacas, sólo silla para dormir la siesta y crema solar. Aprendimos que el pañal, cuando gatean, se llena de arena y les deja el culo como un tomate así que, si hay escape, se recoge y está. Con el pañal llegan, duermen y se van, el resto del tiempo, al libre albedrío.

SAM_1097Su primer día de playa fue en Vigo y ahí estaba, con gorro y debajo de una sombrilla, que usamos dos veces más. Obsérvese su color de manos, ya se intuía un pequeño negrito.

Si me preguntáis qué hice con Rafa su primer verano y qué hago ahora con los dos, la respuesta es sencillamente untarles de crema solar hasta las orejas, siempre protección máxima y aplicándosela varias veces. Pero ya no me «peleo» con ellos para ponerles un gorro, entre otras cosas porque nunca «toman el sol», es decir, están en la arena o en el agua jugando por lo que la parte que menos morena se les pone es precisamente la cara. La espalda, y las piernas cuando aún no gatean, son las zonas en las que más incido con la crema. Y eso que lo de ponérsela ya ha empezado a convertirse en una guera.

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El primer verano de Rafa en la playa, al principio no gateaba y cuando eso ocurre ¡¡aprovecha!! Aún puedes tomar el sol teniéndolo a tu lado. Como veis, siempre están mirando hacia abajo.

Tanto Alfonso como Rafa nacieron en octubre, lo que significa que ni me planteé que no fueran a la playa porque creo que, en el momento en que son capaces de estar sentados sin caerse, pueden disfrutar mucho de la arena y del mar, les suele encantar. Las dudas sobre si ir o no, entran cuando son bebés más pequeños. Y la respuesta creo que es «depende». He visto bebés de uno o dos meses en la playa, sobre todo en los casos en que tienen hermanos mayores; eso sí, siempre metidos en el capazo y con sombrilla, jamás dándoles el sol, es obvio. Entiendo que si es el primer hijo, prefieras ir de paseo hasta que tenga medio año. Pero lo dicho, no creo que haya una edad en concreto para empezar a ir.

Lo que es innegable es que a los más pequeños les gusta la playa, es un sitio perfecto para explorar, la orilla es genial para el gateo.

¿Qué llevamos a la playa? Pues reconozco que vamos cargaditos, llevamos en una bolsa sus toallas y bañadores de repuesto, en otra las comidas y bebidas, en otra los pañales y las toallitas, y por último, mi capazo «playero» con nuestras toallas y un neceser repleto de cremas. Ah, ¡y la sillita! Así que no es fácil la movilización. Esa es otra de las razones por las que, cuando vamos, es para estar muuuuucho tiempo. Cierto es que, cuando estamos en Tarragona o en el sur, nos ahorramos la bolsa de la comida, allí pocos se plantean comer en la playa, y como además sabes que el sol no se irá de repente 😉

Sobre cuándo bañarles en el mar, diría que eso sin ningún  problema siempre y cuando no les dé mucho el sol. Aquí no nos andamos con miramientos con la temperatura del agua, este fin de semana no creo que el Cantábrico estuviese ni a 20 grados (yo ni me planteo bañarme) y los peques se pasaron el día sentados en la orilla, como si nada. Además, eso tiene que ser buenísimo para evitar refriados, bronquitis y demás historias.

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¿Cara de frío? No, se les hace una piscinita natural y aunque no lo parezca, el agua va calentando un poco.

Y creo que poco más me queda por contar, dejo para otro post la comida que me resulta más cómoda para llevar ya que aún no «tiro» de bocadillos, es cuestión de tiempo 😉 De cualquier manera, cada playa a la que vayamos os iré contando lo que más nos gusta y las pegas para ir en familia. ¿Cómo os organizáis para ir a la playa con los niños?, ¿a qué edad les llevasteis por primera vez?

Las cenas de los niños

No penséis por el título del post que hoy voy a poneros aquí un montón de recetas e ideas para que vuestros peques coman variado, sano y sabroso. La verdad es que después de escribirlo, una se da cuenta de lo difícil que es reunir esas tres cualidades en los platos de todos los días. De hecho, a mí lo que me ocurre es que tengo la sensación de que siempre doy las mismas cosas a los niños para cenar, ¿os pasa lo mismo?

Bueno, para que podáis darme ideas y recetas, os cuento lo que cenan Alfonso y Rafa antes de su bibe y vaso de leche. Las cenas se resumen en:

– Pechuga de pollo empanada.

– Merluza.

– Tortilla francesa con queso (este es el único plato con el que me da guerra Rafa, y eso que hoy probó por primera vez un pincho de setas y queso Cabrales y como si llevase toda la vida, oiga).

– Albóndigas con tomate.

– Croquetas.

Cuando llega el fin de semana, abro un poco la veda y pongo salchichas (las devoran), hamburguesas (Rafa se come una entera con 17 meses que tiene, prometo post sobre el misterioso caso del niño que podría pasarse la vida comiendo), palitos de merluza congelados…

Por supuesto, vía libre en cumpleaños o reuniones familiares para comer gusanitos y dulces.

El caso es que no les doy muchas más cosas porque, a mediodía, zampan casi todos los demás alimentos. Alfonso come en el cole y veo su menú en la web del centro, que incluye legumbres, pasta, paella, potajes, carnes o pescados siempre de segundo y fruta o yogur de postre. Y Rafa come a diario verduras (judías, brócoli, calabacín, zanahoria…) en los purés, en los que también meto legumbres y carne.

Un sábado por la mañana tomándose una manzana cada uno.

Además, los dos meriendan fruta todos los días, Rafa toma dos piezas en la papilla y Alfonso prefiere una pera o manzana troceada. A priori, tengo la impresión de que por el día comen bastante sano y variado. Sin embargo, con la cena no me pasa lo mismo, ¿qué dais a vuestros peques?, ¿debería también darles por la noche verduras, pasta, arroces?, ¿alguna recetina sencilla y sana? Que sea sencilla es importante porque Dios no me ha dotado con el don de los buenos cocineros.

El lenguaje de los peques

Este es uno de esos posts que disfruto especialmente al escribirlo, es más, es posible que me entre algún ataque de risa y maridín ponga cara de incredulidad desde el sofá. Hace justo un año os contaba cómo era de divertida la jerga de mi hijo Alfonso, cuando por entonces no tenía todavía dos años y medio. La verdad es que al leerlo ahora, 12 meses después, me doy cuenta de la cantidad de cosas que había olvidado, ¡ya no me acordaba de su vena afrancesada!

Un niño de dos años conoce entre 20 y 200 palabras, mientras que a los tres años ya sabe 1000 vocablos, son verdaderas esponjas. En este momento, ya no nos llama la atención cómo dice las palabras Alfonso, porque le entendemos perfectamente, sino la manera en que cuenta las cosas o la confusión que tiene con el significado de algunos términos. En el punto en el que está, no hay un solo día que no me haga reír con alguna ocurrencia porque además es de los que no calla y ya se sabe, a más conversación, más posibilidades de risas.

Cuando un niño es charlatán, lo sabes desde que es pequeño, no hace falta que sepa mucho vocabulario. Véase a mi hijo Alfonso con 21 meses, no he podido resistirme a colgar este vídeo en el que habla algo parecido al chino.

No me preguntéis porqué pero a las profesoras del comedor del colegio las llama “comedoras”, y eso que sabe sus nombres. Mis pantalones tipo cuero son pantalones “malotes”, la primera vez que lo escuché casi me caigo de la silla. Se sabe los nombres y apellidos de todos los niños de su clase pero, no sé porqué, el de Valentina no le sale, y la pobre niña es Calentina; lo sé, esto tiene que corregirlo pronto.

Tiene momentos de auténtica lucidez, aún me acuerdo que un día le pedí que me ayudara a recoger los juguetes y el tío va y me dice: “Ya sabes recoger tu sola”. Y se quedó tan ancho. Otro día, a la salida del colegio le pregunté, como siempre, qué tal el día, qué había comido, qué habían hecho… El caso es que no estaba muy hablador y en mi empeño por ser buena madre y dialogar, empecé a preguntar si habían estado ese día en clase Pepito, Menganita, Paquito… hasta que después de decir un nombre me grita:

-¡Qué no, qué no, qué no! –

-¿No fue Jaimito?- insisto yo.

– Que no me hagas tantas preguntas- me dice. Y continuamos nuestro camino al parque en silencio. Claro, ellos también tienen días en los que no tienen ganas de contarlo todo o sencillamente se ven abrumados ante padres plomizos 😉

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Este es uno de esos vídeos que dieron la vuelta al mundo. Dos gemelos hablando un idioma propio que ellos parecen entender a la perfección.

El otro día, paseando por la calle, Alfonso me señaló un paso de peatones en el que una de las líneas estaba ya despintada y me dijo que a ese paso le faltaba un peatón. Me partía de la risa. En general, habla muy bien y se le entiende todo lo que dice pero donde mayor confusión tiene, y eso creo que les pasa a casi todos a esa edad, es con los tiempos verbales: ponió, he hicido, dijir…

En fin, creo que el tema de las ocurrencias aún dará para más posts y va a durar unos años más ya que lo del vocabulario lo tiene prácticamente dominado. Mientras tanto, Rafa, con 17 meses, está empezando y dice ocho palabras: papá, mamá, ¡¡¡bien!!!, agua, hola y, no sé porqué, tres, siete y diecisiete, igual debería incluir estos número en el Euromillón 😉 Eso sí, también tiene sus conversaciones indescifrables pero es mucho más tímido que su hermano. Y vuestros peques, ¿cómo avanzan con su lenguaje?

Por cierto, os dejo este vídeo que han hecho unos amigos para los peques que estén aprendiendo el abecedario, ya sabéis que con canciones siempre aprenden mejor las cosas. A ver si a vuestros peques les gusta.

Ejercicio y niños, ¿incompatible?

La semana pasada vi a través de Facebook un cartel en el que aparecían juntas las palabras ejercicio y bebés. Me tuve que parar a leer detenidamente porque no daba crédito. Después me entraron dudas y pensé: ¿se considera bebé a un niño que camina? Este asunto nos puede dar para debatir en otro post pero hoy me centro en lo del ejercicio. El caso es que escribí a un mail que venía en el cartel y me dijeron que se podía ir a clases con niños de hasta 4 años. Vamos, podría ir con los dos churumbeles si quisiera, aunque desde luego, no es mi intención.

Ya sabéis que yo para esto de hacer deporte he nacido vaga, juro que he hecho mis intentos pero la pereza y el aburrimiento pueden conmigo; desde que empezó 2014 salgo algún día a correr cuando los niños se acuestan pero, para qué engañaros, no soy nada constante y sólo estamos en febrero así que, a este paso, mi propósito de año nuevo va a durar lo mismo que un caramelo en un colegio. El caso es que ayer probé una clase gratuita de Mamifit, por aquello de que soy perfectamente consciente de que hacer deporte es sano y además mi trasero seguro que lo agradece.

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Mirad la cara de susto de Rafa. Y yo sin comentarios porque el tema chándal lo encuentro muy poco favorecedor.

Y ahora me centro en la experiencia de la clase de ayer. Estábamos seis madres con seis niños, tres de ellos eran mayores, los otros dos más o menos de la edad de Rafa. El peque en su línea, si no conoce a la gente, se pega a mis piernas y no echa ni media sonrisa, éste nos ha salido vergonzoso, lo cual me sorprende teniendo en cuenta que la timidez no es precisamente lo que nos caracteriza a sus progenitores. Es más, durante algunos minutos de la clase el resto de niños socializaron un poco, Rafa pasaba “tres pueblos”. Eso sí, más pancho y tranquilo que ninguno, sentado cerca de mí, con cara de asombro mientras las madres nos movíamos y más alucinado aún cuando le cogía para hacer alguno de los ejercicios.

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Imaginaos la cara de Rafa en este momento. La mía tampoco tiene desperdicio. 

Luego está el momento en que tienes que hacer algún ejercicio de brazos con el crío. Como algunos andaban por ahí entretenidos, Rafa incluido, cambiamos niños por mancuernas. Sinceramente, mucho mejor un par de kilos que mover los brazos con los doce kilazos de Rafa. La verdad es que la clase estuvo bastante bien pero es sólo un día a la semana y me parece poco si de verdad quieres mejorar tu forma física. Y a vosotras, ¿qué os parece la idea?, ¿hacéis algo de deporte desde que sois madres?

La vena drama-mamá

A estas alturas, ya sabéis de sobra que no me considero una drama-mamá. Con lo tranquila que soy yo para el tema de las caídas, de los virus… y sin embargo, he de confesar que hay algo que me perturba bastante desde que soy madre: el ruido. En el mismo hospital, cuando di a luz, ya daba pequeñas manifestaciones de psicopatía cada vez que alguna enfermera entraba en la habitación a las seis de la mañana como si irrumpiese en un mercado en lugar de hacerlo en una habitación con una parturienta y un recién nacido. Pero claro, cualquiera les dice nada teniendo en cuenta que de ellas dependen tus analgésicos.

Tres semanas después de dar a luz a Alfonso, ya tuve un pequeño episodio de violencia verbal en la calle. Yo paseaba tan feliz con mi madre y con el pequeñajo dormido en el capazo cuando, de repente, paró un coche a nuestro lado con la música a tope y las ventanas abiertas. He de notificar que el automóvil estaba tuneado; doy este dato para que seáis consideradas conmigo.

No pude reprimirme e hice un comentario del tipo la gente no está bien de la cabeza. El susodicho me escuchó y quiso herir mi orgullo donde más duele: mi cuerpo redondo recién parido. Así que me espetó una frase que nunca se me olvidará: con menos culo también se caga. Eso, ahí, con la hormona revolucionada, las noches de insomnio y los ocho kilos de regalo que llevaba encima. Bueno, encima no, en el trasero que es a donde va a parar toda mi sobredosis de grasa.

La playa es otro de esos lugares donde puedes tener problemas. Sufro cuando, como me pasó este verano, se nos pone cerca una pandilla con pinta de haber salido del Bronx. Sí, porque llevar la gorra con la visera hacia atrás, un bañador por debajo de la rodilla y un mega casette a la playa te convierte en un incondicional del rap o el reggaetón. Y ojo, que a mí el reggaetón me parece que tiene su punto y soy la primera en bailarlo, pero hombre, en la playa como que no.

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Y si no son los del regaetton, son Paqui y su marido hablando por el móvil. Y si no, es Tino el que vende refrescos en la playa de San Lorenzo de Gijón. Él ya sabe que si pongo cara de asesina es que tengo a algún crío durmiendo. Porque claro, no sólo grita eso de “agua del Sáhara” sino que también monta numeritos y lanza hielos al aire.

En fin, con el ruido es donde me sale la vena drama-mamá. Mis gordis duermen 12 horas del tirón desde que tienen 4 meses, pero son de oído fino. ¿Y por qué os cuento hoy esto? Pues porque tengo a un vecino haciendo obras en casa y cada vez que oigo los martillazos y demás estruendos, me subo por las paredes. A vosotras, por muy despreocupadas que seáis, ¿cuándo y por qué os sale la vena drama-mamá?

Biberón, ¿solo para bebés?

Hace una semana, mi hijo Alfonso nos pidió, después de la cena, un biberón en lugar de su habitual taza de leche con cereales. Como estaba agotado, nos pareció muy normal y accedimos. Desde entonces, nos lo pide cada noche. Sinceramente, a mí no me parece un problema alargar lo del bibe, pero bueno, como ya llevaba más de medio año sin tomarlo por las noches, le he convencido para que beba la leche en su tacita de Mickey Mouse.

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Lo de tomar bibe a los tres años no me preocupa nada, es más, Alfonso aún lo toma en el desayuno y creo que disfruta ese momento, al igual que su padre, que se lo da cada mañana. Llamadme lo que queráis pero es que ni siquiera me he planteado cuándo debe abandonarlo definitivamente. La última vez que fue a revisión al pediatra fue al cumplir dos años y no comentó nada al respecto, por lo que no me preocupé de ese asunto. Sólo intento que coman sano, si empiezan a usar el tenedor antes o después me parece secundario y, en ningún caso, determinante. Es más, Rafa hace tiempo que sabe perfectamente pinchar comida con el tenedor y llevárselo a la boca sin que yo le haya enseñado, simplemente lo ven y copian.

El caso es que a raíz de la petición del niño de biberón, busqué información. Y realmente me sorprendió encontrar artículos de algún que otro pediatra recomendando que abandonen ese hábito al año justificándolo en factores como estos:

1.Olvidarse del biberón es un signo de que empiezan a ser mayores y más autónomos.  Yo personalmente no tengo ninguna prisa en que sean mayores, no entiendo esta manía últimamente de querer acelerar todos los procesos de la infancia, de pretender que coman solos, que tomen lo mismo que los adultos. ¡Pero si los niños son tremendamente dependientes de quienes les cuidamos!

2.Usarlo durante mucho tiempo fomenta en muchos casos la aparición temprana de caries  ya que los dientes se deterioran al exponerse a líquidos durante períodos largos de tiempo. Mi pregunta es la siguiente: ¿cuánto tiempo  tardan vuestros niños de uno, dos o tres años en tomarse un bibe? Porque en mi casa se lo toman en dos minutos. Así que entiendo que lo perjudicial es el tipo de líquido, no el soporte cuando se usa únicamente para lo que es.

3.Advierten que algunos niños que continúan con el hábito del biberón una vez cumplido el año y medio pueden padecer deficiencias en su alimentación porque podrían recibir mucha más cantidad de leche al día de la que necesitan, por lo que ya no tienen hambre a la hora de comer alimentos sólidos. Hombre, pues para algo estamos los padres, si fuera por mi hijo merendaría todos los días galletas. Y como queremos que coman sano y bien, les damos primero el sólido en la cena y después la leche en taza o bibe.

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4. El desarrollo del habla puede frenarse o ir más lento de lo habitual, ya que es complicado conseguir hablar teniendo la tetina del biberón o el chupete en la boca. Y yo me pregunto, ¿alguno de vuestros hijos sale de casa con el bibe puesto? Insisto, los míos usan el bibe para lo que es, para tomar su leche, y nada más.  Bueno, vale, de vez en cuando Rafa lo hace rodar por el suelo. El chupete ya es otra cosa que hay que controlar más cuando pasan horas usándolo. Por surte, a mis hijos nunca les ha gustado mucho y no he tenido que pasar por el trance de quitárselo, ha sido espontáneo.

Pues eso, que yo creo que este tipo de argumentos generan alarma y mucha confusión. Una cosa es que los niños tengan un vicio y otra es que les guste algo y quieran alargarlo en el tiempo. Que nadie se preocupe, que tarde o temprano, dejarán el bibe. Pero por le momento, ellos disfrutan de esos minutos en los que se juntan comida y estar en brazos de los papás. ¿Qué opináis vosotras?, ¿hay prisa en quitarles el bibe o no?

 

Madre al borde de un ataque de nervios

Este fin de semana teníamos en mente seguir con nuestras ya habituales jornadas lúdico-gastronómicas por Asturias. Pero ya se sabe, a veces los planes varían y en esta ocasión los churumbeles no tuvieron nada que ver. El viernes me pidieron en la tele si podía trabajar al día siguiente y, por supuesto, yo siempre estoy dispuesta; teníamos hora de inicio pero no de fin así que, conociendo el medio, descarté comer con los pequeñajos.

Ya de paso os cuento que el sábado tenía un ensayo con mis compañeros del nuevo programa que comienza hoy en TPA. Así que, a partir de ahora, no estaré en Conexión Asturias sino en De hoy no pasa. Seguiré yendo los viernes a hablar de planes para el fin de semana, pero para todos los públicos, no sólo para peques.

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El muñeco forma parte de una sorpresa a un invitado esta tarde ya que acudiré al primer programa.

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Con Ana Blanco y José Ángel Leiras en el ensayo.

Como ya preveía, llegué a mi casa a las cuatro de la tarde, cuando mi señor marido ya estaba descansado y a mi hijo Rafa le quedaba poco de siesta. Así que enlacé trabajo y niños sin un rato de sillón. Y el plan de tarde no pudo ser más agotador: ir de tiendas. Ni se os ocurra hacerlo con niños. De vez en cuando, en mis paseos mañaneros con Rafa, entramos a alguna tienda y es como si le poseyese en mismísimo demonio. Paras la sillita y venga a protestar y hacer fuerza para salir de ella. Y cuando le sacas y te pones a mirar un trapito, te das la vuelta y te lo encuentras vaciando la estantería de los zapatos.

Si a eso le sumas niño mayor al que acabas de despertar porque se quedó dormido en el coche, tienes: churumbel que no quiere estar en la silla más niño malhumorado que sólo quiere inflarse a bollos. Y además, un marido que, de repente entra en una tienda. Yo me quedo con las dos criaturas,  el malhumorado quiere otro bollo y llora desconsoladamente. Hago amago de abandonarle en plena calle como siga con el numerito. Vuelve maridín y, por aquello de que el niño está cansado, accede a darle otro bollo mientras yo insisto en que el niño después no cenará. ¡Menos mal que entre semana estoy yo al mando!

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Un momento de tregua en la calle Corrida, que es peatonal y te deja relajarte un poco.

Eso, más una cola de narices en la que se pone mi consorte con el niño mayor, mientras yo espero en la calle con el pequeño, que ha visualizado un perro atado a una farola justo al lado de la carretera. El pobre perro tenía pinta de buenazo pero era más grande que mi hijo. Y el niño empeñado o más bien emperrado en tocar al animal.

No, sencillamente ir de tiendas no es un plan para hacer con niños. Y eso que ya os digo que desde que son pequeños, en mis paseos, además de recorrer doscientas veces el paseo de la playa de San Lorenzo, han entrado en muchas tiendas. Pero señores, cuando empiezan a andar, o estás con la silla en continuo movimiento o se encargan ellos de poner en movimiento lo que haga falta.