La pareja cuando llegan los hijos

Hoy me toca un post reflexivo, no siempre tengo capacidad para sacarle punta a todo. Aunque no lo creáis, tengo también mi punto serio. Hoy hace cinco años que me casé con maridín aunque sólo pasamos un año «solos»; en nuestro primer aniversario yo ya tenía un bombo de 38 semanas por lo que, para mí, es difícil hablar de matrimonio sin aludir a los hijos. Vamos, más que difícil, es casi imposible separar estas dos realidades. Han pasado cinco años desde que nos prometimos estar juntos para siempre y estamos a la espera del tercer retoño, casi nada. Sé que soy joven, que podíamos haber esperado para estar un tiempo disfrutando de «nosotros» pero creo que, como pareja, los hijos también nos han aportado mucho.

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No vamos a obviar que la paternidad no es un camino de rosas porque realmente está lleno de dificultades, pero si eres capaz de seguir queriendo y cuidando a alguien a pesar de la falta de tiempo y de «espacio» para dos, entonces sales reforzado. El día a día con hijos supone salir corriendo para llevarles al cole o guardería y después ir a trabajar o quedarte en casa cuidando de los peques y, cuando acaba la jornada, los niños te siguen reclamando (para jugar, baños, cenas) y ya casi no puedes contarle algo a tu marido.

Yo no sé las veces que le he dicho a Alfonso este verano en las comidas que me deje terminar de decir una cosa a maridín. ¡Y la de días que pasan y que no hemos hablado de otra cosa que no sean los niños!, ¡y la de fines de semana que llevamos sin salir a cenar los dos solos! No es culpa de ellos pero al final, los hijos suponen un nivel de exigencia altísimo y el cansancio hace mella. Y además, en nuestro afán por ser las mejores madres del mundo, corremos el riesgo de que otras facetas de nuestra vida fracasen y, a la larga, esas otras cuestiones pueden repercutir en nuestro ánimo y, por tanto, en nuestros hijos.

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Y por ponerle humor al tema. Que sepáis que las arrugas aumentan en función del número de hijos, ¡madre mía!

A veces, es mejor hacerles entender a nuestros hijos que, aunque los queramos con locura, no les podemos dedicar el 100% de nuestro tiempo. ¿Para qué engañarnos? Si por entregar toda mi existencia a mis niños (que además crecerán y cada día me necesitarán un poco menos), mi matrimonio se va al traste, ¿de qué me habrá servido? lo único que puedo conseguir es que los niños tengan que pasar unas temporadas con su padre y al final, aún estaré menos tiempo con ellos.

Y además, si algo tengo claro a estas alturas, es que los niños aprenden con el ejemplo y ver a unos padres que se quieren y se respetan es una de las mejores lecciones que podemos darles. Y esto no tiene nada que ver con las que deciden separarse porque ellos son unos cretinos o no ejercen como padres, ehhhh…. Yo aquí hablo de que a veces olvidamos que, además de madres, somos amigas, hijas, hermanas, profesionales… y esas facetas debemos, por lo menos, atenderlas aunque nuestra prioridad sean los peques.

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Lo mejor que tengo.

Pues eso, que hoy me he puesto un poco seria, y me ha salido un post muy formal aunque, de vez en cuando, no viene mal. Además, seguro que podéis contarme qué hacéis vosotras o vuestras parejas para intentar mantener el «espacio para dos». Y como sé que maridín entra por estos lares de vez en cuando… que sí, lo sé, soy poco cariñosa, nací con esta tara pero ¿dónde ibas a encontrar a otra como yo que te quiera tanto? 😉 ¡Buen fin de semana!

Primer día de guardería y otros dramas

Definitivamente, ya puedo decir que mis peques son unos drama-niños. ¿Que son sociables y alegres? Mucho, igual hasta son un poco exagerados cuando se ríen, de ahí que se hayan ganado el apodo de los «risitas» o «felicianos» desde bebés. Pero oye, que si hay que dramatizar, ellos también son los primeros para eso. Hace dos años, Alfonso empezó la guardería entre un mar de lágrimas; sólo un año después, le pasó lo mismo con el cole y aquel proceso duró unos cuantos días, estuve al borde del colapso con su crisis existencial.

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Alfonso, en su primer día de guardería hace dos años. Muy compungido cuando fui a buscarle después de hora y media de llantina.

Ayer fue Rafa el que se estrenó en esto de las clases y ¡tragedia! Que aunque yo le hablé del asunto días antes (todo lo que se le puede decir a un bebé de 22 meses), creo que no captó el mensaje. Y eso que tuvo la suerte de ir acompañado de su hermano mayor y, no sólo eso, sino que en la guardería, muy dispuestos, se ofrecieron para que se quedase Alfonso allí las dos horas y a Rafa le fuese más fácil la adaptación. Pues ni con ésas.

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Ayer, los dos juntinos. El pequeño sin saber lo que iba a pasar. El mayor ejerciendo como tal.

Entramos en el centro, los dos tan «pichis» analizando un super patio lleno de triciclos, motos y toboganes. Rafa estaba desconfiado y se acercaba a todo pero sin soltar mi mano por más que yo hice mis intentos; los críos no tienen un pelo de tontos. Allí apenas lloraba un niño porque los padres llegamos de forma escalonada y así se evitan desdichas comunitarias y contagiosas. Se despistó unos segundos y yo desaparecí; en el tiempo que me puse a hablar con la profe, ya en otra sala, le oí empezar a llorar. Mal asunto.

Y tuve, para mí SOLA,  hora y media para hacer recados, todo un lujo. Llegué a la guardería pensando que estarían felices y contentos. La cara de la profe al abrir lo dijo todo; bueno, la cara y las palabras: nunca me había pasado, no ha parado de llorar. Y efectivamente, entré y ahí estaba Rafa, desolado. El pobre Alfonso no pudo disfrutar mucho de su estancia porque no había conseguido que el enano dejase de lagrimear y estaba agobiado. Ser hermano mayor es duro, os lo digo yo. Si uno de tus hermanos pequeños monta un numerito (sea del tipo que sea), vas a ser el primero en enterarte y bajar la cabeza.

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Y así se quedan después de semejante trance.

La verdad es que no deja de sorprenderme que esto les cueste tanto cuando están muy acostumbrados a estar con gente; es cierto que hasta los casi dos años han pasado la mayor parte del tiempo conmigo pero han sido también muy independientes para jugar, dormir… y les gusta estar entre gentío, se van encantados y sin decirme ni adiós con los abuelos, tíos… En cualquier caso, ahora ya sólo espero que en poco tiempo le coja gusto a esto de la guardería, y que la vuelta de Alfonso al cole sea positiva. Os confieso que me gustaría disfrutar del final del embarazo con un poco de tiempo para mí. ¿Qué tal la vuelta al cole y los inicios de guardería de vuestros peques?

Arenal de Morís

Arenal de Morís

Alguien debería reconsiderar que el mes fuerte del verano fuese septiembre y que los peques acabasen el cole en julio y empezasen el curso en octubre. No falla, año tras año, acaba agosto y llega al norte nuestro particular verano. Y yo feliz de que haya menos turistas y las playas empiecen a vaciarse porque seguiremos apurando hasta el último día de sol al aire libre, con el mar de fondo, donde los niños se llenan de arena, se caen, se empapan, se ensucian… y a los padres nos da igual.

Y en nuestras habituales salidas de fin de semana, este sábado descubrimos una playa que, además de ser un espectáculo, para los niños es comodísima. Salimos de casa con la única idea en mente de pisar arena pero sin un destino fijo y, al final, llegamos al Arenal de Morís, en Caravia. Yo había oído que era un sitio precioso pero, por distintas razones, nunca habíamos estado, y eso que sólo está a 35 minutos de Gijón. Quizás es porque en Asturias hay otras doscientas playas, y aún así, nos quedan por conocer tres cuartas partes 😉

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Hay párking y cuesta 3 euros el día completo. Aquí podéis ver que, dependiendo de si la marea está alta o baja, parece que son dos playas distintas. Se accede a la primera por dos rampas, y a la segunda por escaleras.

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Como veis, un espectáculo para la vista. Y si le añadís uno de los días con mejor temperatura del año, el paraíso.

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Vistas de la otra zona de la playa desde el chiringuito. No tienen más de 10 platos (recomiendo los escalopines al Cabrales) pero con esta visión, poco importa. Al lado del restaurante hay un pequeño parque infantil. También hay duchas y servicios, así como servicio de Salvamento.

Semana 29, me queda una cuarta parte del embarazo. ¿Última foto de la barriga en la playa? Espero que nooooo…

Y hoy es festivo en Asturias, es el día de la Virgen de Covadonga y haremos algún plan, aún sin decidir. Y mañana Rafa empieza la guardería y Alfonso vuelve al cole el jueves, así que nos espera una semana intensa. ¿Seguís apurando y haciendo planes de verano aunque toque volver a la rutina entre semana?

La vuelta al cole, ¿un descanso para los padres?

Ahora sí, lo confieso y, no sólo eso, sino que lo grito a los cuatros vientos: me uno al club de las madres que están deseando que llegue la vuelta al cole. ¡Quién me lo iba a decir! Acostumbrada yo a estar las 24 horas del día con un niño o retoño a cuestas desde hace casi cuatro años y, a la mínima, estoy deseando desertar. Que no es que ya no quiera estar tanto tiempo con los churumbeles pero es que juntos, día y noche, han resultado una mezcla explosiva. Por separado el asunto lo llevaba mucho mejor, no os voy a engañar.

El verano pasado tenía un niño de más de dos años y medio que había salido de la guardería casi como había entrado, de un dócil que para qué contaros, casi rondando la santidad. Vamos, un niño de esos que da gusto tener en casa. ¡Pobre de mí que pensaba que aquello sería así toda la vida! Fue empezar el colegio y se acabó la paz. Allí espabilan y el que era dócil ahora es un mandón. Y el que era manso, ahora es un rebelde, con mucha bondad, pero al fin y al cabo, un niño que está en fase de negación, ¡mira que les gusta decir «no» a todo!

Y el verano pasado, en mi casa, el otro inquilino tenía ocho meses y todo su desplazamiento era el gateo, y esas velocidades no son comparables a las maratones que hace hoy en día. Y ahora tengo un pequeño imitador de su hermano mayor. Lo sé, con 22 meses no debería tirarse en «plancha» al suelo, ni coger la moto y «estrellarla» contra el sofá, ni reírse cuando le hacen una zancadilla; al menos, eso era algo que Alfonso no hacía hace dos años, pero vamos, ni eso ni parecido. Pero los pequeños copian y, por desgracia, no a sus padres, sino a sus hermanos. Y si el mayor se sube a la cama o al sofá para saltar, el otro va detrás. Y si uno quiere un coche, el otro también. Y así se monta la de San Quintín. Y yo, a estas alturas, tengo la cabeza como un bombo.

Así que, desde aquí, lo digo alto y claro: las vacaciones son para los niños, no para los padres. Y casi tres meses de fiesta y jarana empiezan a parecerme un exceso. Claro que, en el caso de los hijos únicos, igual la cosa es bastante más tranquilita aunque apuesto a que acaban queriendo regresar a las clases porque en casa no hay tanta animación. Igual soy yo una exagerada por aquello del embarazo pero me da a mí que no soy la única a la que la vuelta al cole le va a sentar bien. Y vosotras, ¿sois de las que estáis deseando que empiece otra vez el colegio de los peques?, ¿notáis también que ellos necesitan más rutina y a sus amigos?

Planes con niños en Asturias: Luarca y la playa de Cueva

Planes con niños en Asturias: Luarca y la playa de Cueva

La semana pasada os contaba que las vacaciones fuera de Asturias habían dado mucho de sí. Tampoco es que el tiempo que nos quedamos aquí fuese tranquilito, tuvimos visita en casa de unos amigos con su niña y Alfonso y Rafa estuvieron a la altura, vamos, sobreexcitados y pasándolo como los indios. Aprovechamos para ir a unos cuantos sitios, algunos ya los mencioné en otros posts, así que hoy os hablo de un pueblo que hacía unos años que no visitaba y que, si venís por Asturias, tenéis que ver: Luarca.

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No podéis dejar de ver dos cosas: el puerto y el cementerio, que siempre aparece en las listas de los mejores camposantos de España porque tiene unas vistas que ya quisiéramos muchos vivos desde nuestras casas y donde está enterrado el Premio Nobel de Medicina, Severo Ochoa. Y en el puerto podréis encontrar un montón de restaurantes donde comer, yo sólo os puedo hablar de la terraza en la que estuvimos el sábado, Bitácora, donde el pulpo de «pedreru» estaba exquisito.

Y como el sol por fin lució este fin de semana, por la tarde aprovechamos para ir a la playa y conocer alguna de la zona. Estuvimos en la playa de Cueva, donde desemboca el río Esva. El acceso en coche es un poco difícil los últimos metros porque no está asfaltado y hay piedras pero vamos, nosotros llegamos bien con un coche normalito y corriente. La gran «pega» de esta playa para ir con niños es que la mayor parte es de piedras y, de hecho, me sorprendió ver a muchas familias. Allí me encontré con una conocida que va a menudo y me dijo que, cuando la marea está baja, hay muchísima arena y un montón de cuevas por las que adentrarse. Tiene pequeño chiringuito y salvamento, poco más.

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Vista aérea de la playa de Cueva. La Nueva España

Vista aérea de la playa de Cueva. La Nueva España

Sé que, a estas alturas, los posts de playas quizás no os sean tan útiles pero yo no doy por terminada la temporada de verano hasta octubre; aún recuerdo el calor del día que nació Alfonso, un 1 de octubre, y su primer cumpleaños en la playa a 30 grados. Eso sí, no me despisto, tengo muchos temas en mente para las próximas semanas 😉

Cosas que se aprenden en vacaciones

Cosas que se aprenden en vacaciones

Este año, debido a mi trabajo, hemos pasado sólo diez días fuera de Asturias pero ha sido el tiempo suficiente para aprender cosas nuevas. Y no me refiero al lugar donde veraneamos, Torredembarra (Tarragona). Primero, porque hace ya años que vamos al mismo sitio al tener un apartamento mis suegros allí. Y segundo, porque no hay nada que lo haga un lugar especialmente interesante o bonito, desde mi punto de vista. Eso sí, playa, toda la que queráis, llegar a la orilla es como cruzar el desierto del Sahara. A lo que íbamos, las vacaciones con niños son divertidas, a la vez que estresantes, porque descubres cosas nuevas:

  1. Como se te ocurra ir a un sitio con el típico trenecito turístico «la has liado»: nadie te libra de un paseo por el pueblo en cuestión y, como se pongan pesados, te toca repetir. Peor aún es tener en el paseo marítimo varios puntos con atracciones, castillos hinchables y camas elásticas. Prepárate para gastarte «las perras» porque, si en tu época costaba 100 pesetas el viajecito, ahora te «clavan» 3 euros. Ver para creer.
Y encima, el pequeño te hace tres veces la misma jugada: suplicar subirse a los coches para hacerlos parar en mitad del trayecto a lágrima viva.
  1. Descubrir que tu hijo pequeño le tiene pánico a los chorros de la piscina y además grita «pipí» cuando se acerca a alguno: lo cual te obliga a decir bien alto «Que no hijo, que es un chorro de agua» para que la gente de la urbanización no se alarme pensando que tu peque está orinando por todos lados.
  2. Si tus retoños son capaces de abrir las duchas de las piscinas, harás ejercicio: básicamente, salir de la piscina una y otra vez si estás dentro, o levantarte otras tantas veces si estás tumbada en la toalla.
  3. Da igual que tus hijos tuviesen miedo al agua al empezar el verano porque, en cuestión de días, no querrán salir de la piscina o del mar: Y si en vez de una temperatura de 20 grados, el agua está a 25, entonces habrá disgusto asegurado porque aquello les parecerá caribeño.

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  1. La tonalidad de piel bronceada de tus descendientes se te olvida durante el invierno: cada verano te vuelves a reencontrar con un color, casi parecido al de otra raza, que habías olvidado por completo y que crees que nunca habían tenido. Pero no, miras las fotos de los veranos anteriores y, efectivamente, estaban negros. Y eso, poniéndoles crema con protección total, de esas que te dejan el cuerpo blanco hasta cuando sales del agua.
Y además, con moreno-manguito, algo así como el moreno-obrero.
  1. Y por último, descubres que cada día odias más los peajes: Sí, son caros de narices pero los aborreces porque, si el coche hace un efecto somnífero sobre los niños, los malditos peajes les despiertan. Y no sólo eso; tratas de evitar aquellos en los que hay personas con las que tienes que cruzar tres palabras (suficientes para despertar a las pequeñas fierecillas) y ahora resulta que los que son automáticos te hablan, manda… Si alguna persona de las que me está leyendo es responsable de la creación de estas máquinas, por favor, hagan los pertinentes cambios. Ningún ser humano va a contestar a un artilugio.

Y esos han sido mis nuevos descubrimientos los días que hemos pasado fuera aunque os aseguro que este verano está siendo para mí toda una revelación en cuanto a los peques. Me lo reservo para otro post. ¿Qué descubrimientos habéis hecho este verano?

Hermanos, ¿cuándo empiezan a dormir juntos?

Como todo lo relacionado con la maternidad y con la familia, cada casa es un mundo y cada niño es distinto, así que no creo que haya una respuesta para la pregunta que planteo en el titular, como tampoco creo que la haya para muchas cuestiones relacionadas con los peques. Es más, en muchas ocasiones, serán las circunstancias las que nos vayan dando pistas de cuándo tomar una decisión u otra.

Hace dos semanas decidimos que Alfonso y Rafa empezaran a dormir juntos en la misma habitación. En alguna ocasión, le había preguntado al grandullón si quería dormir con su hermano y dijo que sí con entusiasmo. ¿Por qué esperamos al verano? Pues simplemente porque, durante el curso, Alfonso se levantaba a las 8 de la mañana para ir al cole, y Rafa se quedaba en casa conmigo y hasta las 10 no amanecía, así que no quería «sacrificar» el descanso de uno por el otro.

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Así nos los encontramos la primera noche que durmieron juntos. Uno en la cuna y otro en la cama, pero los dos durmiendo a lo ancho, en vez de a lo largo, como para estar en contacto.

Esto no sería posible si tuviéramos una casa de dos habitaciones pero, como somos previsores y ya nos casamos con idea de tres churumbeles, pues nos vinimos a un piso grande. Por eso digo que muchas veces, las cosas dependen de las circunstancias. Y como el curso que viene, Rafa irá a la guardería, ya que en noviembre nacerá el pequeñín de la casa, los gordis se levantarán a la misma hora.

¿Cómo está siendo la experiencia de que los dos peques duerman juntos? Pues por suerte muy buena, porque si alguno se ha despertado a mitad de noche pidiendo agua o con alguna pesadilla, el otro ni se ha inmutado. Tengo la fortuna de que estos dos duermen 12 horas seguidas desde que cumplieron los 4 meses, siempre que estén a oscuras. Si pretendo que echen una siesta por ahí, lo hacen de forma breve y tienen que estar casi moribundos 😉

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Y así estaban la segunda noche, Rafa con la mano fuera tocando a su hermano y, nuevamente, los dos con las cabezas lo más cerca posible.

¿Qué hacen desde que duermen juntos? Pues lo que hacíamos todos de pequeños, charlar hasta que el primero se queda grogui, en este caso siempre es Alfonso porque no duerme siesta y llega más cansado a la noche. Eso sí, ya os podéis imaginar la charla con un bebé de 21 meses, indescifrable; aún con todo, Alfonso le sigue el «rollo» hasta que cae rendido. Es entonces cuando escucho al pobre Rafa intentar, en vano, seguir conversando. Y le oigo decir varias veces «Atete» (así llama a Alfonso) hasta que se da cuenta de que aquello ya no tiene solución y que ya toca dormirse. ¿Desde qué edades duermen vuestros peques juntos?, ¿ha sido fácil o, por el contrario, uno duerme bien y el otro mal?

Pequeño paraíso en Galicia

Aunque hemos estado en Galicia en más de una ocasión, no puedo decir que sea una tierra que conozcamos demasiado; es más, admito que he estado muchas más veces en otra de nuestras comunidades vecinas: Cantabria. En cualquier caso, desde que uno de los amigos de maridín vive allí, vamos por territorio gallego de vez en cuando y, con la excusa, descubrí las maravillosas Islas Cíes hace unos años, Santiago, Vigo y, en esta última ocasión, un pequeño paraíso llamado Mogor, una pequeña parroquia del municipio de Marín, en Pontevedra.

No os voy a engañar, «turisteo» hicimos poco pero entenderéis que no todos los días te invitan a una maravillosa casa a pie de playa. Nos juntamos tres matrimonios, un soltero y tres peques, y nuestro plan se redujo básicamente a disfrutar de la gastronomía y de la playa de Mogor, sin movernos apenas unos metros. La playa es de arena fina, hay acceso por rampa, dos chiringuitos de playa y el agua, aunque está muy fría, es muy tranquila ya que no es mar abierto sino que te bañas en la ría de Pontevedra. Para niños, es muy cómoda y además en verano, depende de la semana, en ésa y otra playa a 10 minutos, hacen un montaje para niños impresionante: hinchables en el agua, ludoteca, colchonetas, etc…en la arena.

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Playa de Mogor, de donde no nos movimos estos días de puente (el viernes fue festivo en Galicia) casi nada más que para comer. Si hace buen tiempo, puedes estar allí hasta las 10 de la noche, lo cual no solemos poder hacer en Asturias 😉

Playa de Portocello, muy cerca de la de Mogor. Fuimos allí por todo lo que hay para los peques, no está siempre en la misma playa así que preguntamos a los de Salvamento. Padre e hijo bajando. El peque se emocionó al ver aquello pero se «rajaba» por le tema de caer al agua. Piscina de bolas en la arena.
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Así va la tripa. Los kilos de más son culpa de todo lo que estoy comiendo este verano, no de la pobre criatura.

Te tienes que pelear para que se pongan un gorro y luego le «roban» el sombrero a una amiga.
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Atardeceres de escándalo en la playa. La mejor hora del día para estar allí.

Despertar y jugar en pijama.
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Cenar al aire libre y ver la puesta de sol.

foinde mogor (Galicia)

Si no conocéis Galicia, ya os adelanto que vais a comer de lujo y barato; no hace falta dejarse el bolsillo. Aunque en esta ocasión, todo hecho en casa por los anfitriones. Soy de paladar poco exquisito y muy básica para esto de comer pero ¡madre mía!, una mariscada me hace perder el sentido.

¿Cómo va el verano? Seguro que muchos ya estáis disfrutando de la arena, y más si vivís en la costa. Y si aún no habéis podido pisar la playa, agosto está a la vuelta de la esquina así que ¡¡¡mucho ánimo!!! Y vosotras, ¿habéis estado en Galicia? Seguro que podéis recomendar muchos sitios para ir con los peques.

De boda: embarazada, con niños y después de trabajar

No digo yo que ésas sean las mejores condiciones para ir a una boda pero cuando no queda más remedio, lo haces y tan contenta. Ahora puedo corroborar que se sobrevive y que, incluso, puedes formar parte del grupo que cierra la boda a las seis de la madrugada. Pero vamos por partes.

Lo de ir de boda estando embarazada puede ser una faena para algunas futuras mamás, por ejemplo, si se sienten muy cansadas o sufren cuando no pueden beber alcohol. Yo es que con lo de las bebidas soy muy sosa, he salido a mis padres, y no me gusta ni el vino, ni la cerveza, ni la sidra… vamos, que no me sacáis del Martini, y algún combinado más. Aún así, en una boda me permito tomar algo porque sé que una copa no me va a llevar a otra.

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Alfonso, directo al aperitivo 😉

Yo sufriría tremendamente si no pudiera comer jamón, pero en los tres embarazos he tenido tres matronas estupendas que me dejan comer de todo así que en las bodas soy feliz cuando pasan bandejas de jamón una y otra vez. Y como no me siento cansada por la gestación, para mí ir de boda en estado no es un problema. Aguanto hasta que nos echan 😉

¿Ir con niños de boda? A priori, no es la mejor opción, esto es indudable. Pero sinceramente, como era la boda de mi prima y no iban a poder cuidar de ellos mis padres ni familiares (porque venían también al evento) y era un fin de semana (por las fiestas del Carmen) muy malo para que alguna amiga o conocida se quedara con ellos, decidí llevarlos. La verdad es que la experiencia es un grado así que aprendí la lección de la boda de mi hermano. Nada de dejarles dormir la siesta hasta última hora y sudar la gota gorda para vestirles, adelantamos comidas y les despertamos con tiempo para no llegar corriendo a la iglesia.

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Otra razón de peso para llevarles a la boda fue que iban todos mis primos y los peques se lo pasan genial con ellos.

Aún así, teníamos la logística muy bien organizada para los niños. Después del aperitivo, sobre las nueve de la noche, dejamos a Rafa en casa de mis tíos con la niñera que tienen habitualmente que, como es extranjera, poco le importan las fiestas locales y se quedó a dormir con el peque. Y lo de Alfonso, blanco y en botella. Tengo un padre muy poco trasnochador así que el gordo se quedó a la cena y después, se fueron abuelo y nieto tan contentos. Como veis, todo muy bien pensado para amanecer el domingo sin los niños en casa 😉 Aunque no os creáis que dormimos mucho, el domingo por la mañana nos fuimos de fiesta de «prao», vamos, de romería con los peques.

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Con mi madre y los peques. He de decir que se portaron bastante bien en la ceremonia.

Pero señores, lo peor que te puede pasar antes de una boda es tener que trabajar. Vamos, sin duda alguna. Sobre todo si tienes que levantarte a las seis de la mañana y grabar seis programas seguidos sin descanso, de pie y subida a unos tacones. Cuando me lo dijeron hace unos días, creí morir. Ah, eso sí, lo bueno es que salí maquillada y peinada del trabajo, es la ventaja de la tv.  Al final, un poco de planificación y a la hora de comer estaba en casa, me eché un ratito en la cama y aquello me dio la vida (tenía las espalda y los pies reventaditos) y me hizo aguantar hasta las seis de la mañana «dándolo todo» en la pista de baile. Así que pasé 24 horas en pie. Y os digo una cosa, a pesar de todo, lo pasé pipa. Confieso que no es la primera boda a la que voy después de trabajar, pero por entonces estaba soltera y se lleva mejor ¡qué malo es el paso del tiempo! 😉

Por cierto, sé que no es un blog de bodas pero veo que esto de los bodorrios os gusta tanto como a mí (2000 visitas ayer con el post del look y más de 2500 el día que puse fotos de la boda de mi hermano el año pasado) así que os dejo un par de fotos más del tema modelitos. ¡A ver si voy a tener que cambiar la temática del blog!

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La embarazada y la mamá reciente. Su vestido es de Try, Gijón.

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Otro vestido que me gustó mucho fue el de la hermana del novio, de Hoss Intropia.

Me hubiera encantado poner más fotos pero ya sabéis que no todo el mundo quiere salir en blogs y redes sociales, una pena porque la novia iba espectacular. Y que sepáis que ya estoy preparando post de ropa de niños para ir a una boda, por si os sirve de ayuda aunque ya digo una y otra vez que no soy experta en enlaces ni protocolo ni nada, es sencillamente gusto personal.

Cuando recibes visitas en casa

Llevo toda la vida oyendo a mis padres aquello de que, cuando venía gente de visita a casa, nos poníamos como motos; la palabra que usa mi progenitor concretamente es excitación. Mis primas dicen recordar que entraban con cierto temor a nuestro hogar; yo creo que exageraban un poco con eso del pánico pero lo que sí puedo corroborar es que mis padres se acercan bastante a la realidad con sus afirmaciones porque empiezo a vivirlo en mis carnes y de verdad que estos críos me dejan alucinada.

Este fin de semana se quedó una amiga nuestra en casa y fue entrar por la puerta y las dos fierecillas debieron pensar que había fiesta. Sí, sólo una persona ajena a su mundo rutinario es suficiente para que abran la veda y se agiten más de lo habitual en ellos, que no es poco. No sé qué demonios pasa en sus cerebros en este instante que les hace interpretar que ya no hay que comer lo de siempre, que hay que irse a dormir a las mil, que pueden hablar sin descanso… Alfonso en concreto, que ya es charlatán de por sí, se convierte es un ser cuya lengua no descansa y hace todo tipo de preguntas. Y por supuesto, saca todo su arsenal de juguetes, a ver si hay suerte y juegan con él a todo.

Y todo esto recién llegados del hospital con la brecha calentita de Rafa en nuestros pensamientos. Pero da igual, para ellos es como si lo anterior no existiese. Y Alfonso se emociona tanto que, de repente, llegan los de Telepizza a casa y cree que debe informar a la invitada de tal acontecimiento aunque para ello haya que entrar en el baño donde la pobre se está duchando.

Y a ver quién saca al niño de allí sin entrar ningún adulto que acabe por perturbar totalmente a la mujer, tal cual lo cuento. Y me asomo en el baño intentando persuadir a la criatura de que lo de la ducha es algo un poco íntimo pero, sentado en la tapa del wáter, me contesta que quiere ver cómo se ducha. Esto me pasa por dejarles entrar en el baño cuando yo me acicalo.

Pero vamos, no os penséis que les pasa sólo con gente que ven poco. Mi tía tiembla cuando ve aparecer a Alfonsito porque sabe que no va a dejar descansar a nadie, sobre todo a sus hijos, es decir, a mis primos. Es verlos y ¡al ataque! Que si quieres jugar a esto, que si porqué haces lo otro, que porqué no vamos a este sitio, acompáñame aquí, allá… un «sinvivir» fruto de la agitación del momento. En fin, enseguida nos toca ir a Galicia a casa de unos amigos, que ellos vengan aquí, ir a ver a los abuelos de Zaragoza… ¿Notáis cómo se revolucionan cuándo llega gente a vuestra casa?

Torturas innecesarias: ir de rebajas con niños

Lo haces una vez y juras que será la última. Sin embargo, acabas asumiendo que, o vas de tiendas con los niños, o no vas en la vida así que te armas de valor y ¡al toro! Es posible que algunas, o muchas, tengáis suerte y podáis «encasquetar» niños para tales menesteres, pero yo lo tengo un poco difícil. Madre trabajadora, suegros a 600 kilómetros y padre del que ya abuso cuando me toca trabajar así que, si tengo que ir a depilarme, o al dentista, o a la matrona, me planto con ellos. Y lo que tenga que pasar, que pase.

Yo sé que ayer unas cuantas se apiadaron de mí en cuanto bajé las escaleras de Zara y los niños se pusieron a subirlas. A muchas otras les parecían graciosísimos, porque oye, los críos lo estaban pasando como los indios y venga a reírse, venga subir, venga bajar, venga saludar al personal… Pero os aseguro que yo sólo sudaba y lo que es peor, cogí no sé cuántas cosas sin mirar ni la talla.

Ahí, recibiendo a la gente y diciendo «hola» a todo quisqui.

Al llegar al probador, coges ubicación, es decir, te sitúas al final del pasillo, así molestan sólo a unos pocos. Cuando te das cuenta, tienes a uno abriendo el probador de enfrente y ¡salvaste! es una conocida. Pues menos mal, así ya no tienes que montarle el numerito al niño para parecer una madre super responsable y preocupada porque tus hijos se porten bien cuando la realidad es que, mientras tu puedas probarte los trapitos, te da igual la que estén liando.

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Ahí los tenéis, partiéndose de la risa cuando la pobre chica abrió la cortinilla. Además, en el probador tiras de tu último cartucho para retenerles y sacas el tupperware con la manzana troceada, pero claro, les dura dos asaltos. 

La dependienta del probador te mira con cara de odio y te apetece mandarla a la porra y decirle: chica, esto es lo más divertido que te va a pasar en toda la mañana así que sonríe. En Oysho (con pisar dos tiendas te puedes dar por satisfecha) la chica re reía con ellos y me decía que le recordaban a los suyos, uffff, qué alivio saber que a algunas esta situación les resulta hasta entrañable cuando a ti te está pareciendo algo semejante a una tortura. En fin, os diría que no volveré a hacerlo pero mentiría. Eso sí, ya os digo que para repetir tiene que pasar un tiempo. Si queréis un consejo, aprovechad las que tenéis niños que todavía no caminen 😉 Por cierto, ¡¡felicidades a las Cármenes!!

Primera herida «de guerra»

Sabía que, antes o después, era algo que iba a suceder; lo que ocurre es que, cuanto más tarde suceda y más mayores sean las criaturas, mucho mejor. Lo sé, lo he vivido varias veces, tener tres hermanos asilvestrados me ha servido para que casi ninguna situación me sea ajena, pero no es algo a lo que te acostumbres y además no es lo mismo vivirlo como hermana que como madre. Vamos, hay un abismo.

Uno de los sitios donde más tiempo pasan los peques estas últimas semanas es en casa de mis padres. Los dejo allí cuando tengo que grabar algún programa o hacer reportajes y la verdad es que con mi padre se quedan felices. Lo mismo están en el jardín que en el garaje, donde el abuelo tiene para ellos circuitos de trenes, de coches, bicicletas, motos y manualidades varias… es como un cuarto de juguetes a lo grande. Y allí es donde el viernes Rafa tuvo su primer accidente gordo. Yo hablaba por el móvil con maridín y de repente oí gritar a mi padre; cuando me di la vuelta el niño estaba en el suelo y sangraba por la ceja, se había dado de bruces contra una columna. Le cogí, limpié la sangre y lo vi claro: a Urgencias.

Os parecerá increíble pero, si supe que era una brecha y que necesitaba puntos, fue porque recordé una que le limpié a mi hermano cuando tenía unos 14 años. Así que cogí al peque, subimos también a Alfonso al coche porque no había nadie más en casa y mi padre condujo hasta el hospital. Rafa lloró sólo en el momento del golpe, de camino a Urgencias no se quejaba y esperando allí no sólo no protestaba sino que iba saludando a la gente como si nada, un campeón.

La tranquilidad se acabó cuando llegó el momento de ponerle los puntos. Me dijeron que era mejor que yo saliese, así que cerraron la puerta donde estaba el niño y empecé a oírle gritar. Me vine abajo y lloré, no puede evitarlo. Fueron minutos eternos, hubiera pagado por estar yo en su lugar. Cuando abrieron la puerta, le abracé como nunca, el pobre aún sudaba. De ahí nos pasaron al pediatra para hacerle una revisión, ya sabéis lo peligrosos que pueden ser los golpes. El pobre ya no quería despegarse de mí, me costó horrores que le pesaran y le auscultaran, ya no se fiaba de nadie.

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Después de los puntos, esperando al pediatra.

Salimos de allí, vi a Alfonso encaramarse a un árbol y pensé: acostúmbrate, guapina. Y al llegar a casa, Rafa ya estaba cogiendo la moto. En fin, mucho me queda por delante. Así que el fin de semana no fuimos a la playa por aquello de que, aunque los puntos los lleva medio tapados para no hurgarse la herida, no queríamos que se acabase llenando de arena. Y como os podéis imaginar, si ya el crío tiene un carácter de narices, el fin de semana estuvo agotador. Y todo esto, con visita en casa de una amiga nuestra, pero lo de las visitas lo dejo para otro post porque no hay cosa que más les guste y… les sobreexcite 😉