Cuando cae uno, caen dos

Cuando tienes tu primer hijo y otras madres te hablan de la cantidad de veces que sus niños se ponen malos, crees que tu cachorrín va a tener mucha suerte y apenas caerá enfermo. Claro, como le das el pecho o está rechoncho o no va a la guardería o qué sé yo, ya das por hecho que todos sus males pasarán por un simple resfriado. Y lo que todavía es peor; como con el primer hijo te ha ido bastante bien en ese sentido y hasta los 10 meses no cogió ni un catarro, piensas que con el segundo todo va a ser coser y cantar. Error.

El segundo hijo lo coge todo, lo suyo y lo que trae el hermano de la guardería o el cole. Si Alfonso no tuvo nada hasta casi el año, Rafa ya tenía una bronquitis con poco más de un mes. Y todo porque su hermano mayor iba a la guardería, así de sencillo. Y entonces pasa que, cuando uno se pone enfermo, sabes que el otro va a ir detrás. Salvo si el mayor coge la varicela y el pequeño tiene menos de cuatro meses ya que, por lo que me contó la pediatra, los bebés están protegidos de la varicela (desconozco si pasa con más enfermedades) durante los primeros meses de vida por algo relacionado con la placenta.

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No puedo daros más información sobre este asunto, ya sabéis que tengo ciertas teorías sobre las enfermedades (todos tenemos un médico y un entrenador de fútbol interior) pero no me resulta fácil relacionar placenta y «no varicela». El caso es que Rafa, estando en casa todo el día con un enfermo de varicela, que es una de las enfermedades más contagiosas, no tuvo ni medio grano. Vamos, la tipa tenía razón.

Y aparte de que caigan los dos, está el hecho de que decidan cogerlo todo alguna temporada. Se puede decir que el año pasado fue muy bueno, hubo nueve meses en los que en casa no entró virus alguno y Alfonso no faltó a la guardería los últimos meses ni el primer trimestre de cole. Pero oye, que eso no puede durar eternamente y si tuviste buena suerte un año, el siguiente ya no puedes tener la misma. Así que en enero cogió la gripe uno y la semana siguiente el otro, y en medio yo. Y la semana pasada Alfonso estuvo con catarro y fiebre y esta semana la empieza igual Rafa.

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Y digo yo, ¿porqué no se ponen de acuerdo? Así uno no fastidia al otro. La semana pasada le tocó al pobre Rafa quedarse en casa porque Alfonso no podía salir. Ayer Alfonso se quedó sin ir al parque después del cole porque era Rafa el que tenía fiebre. Y yo alargo mi encierro muchos más días y ya sabéis lo poco amiga que soy de estar en casa. Las que tengáis hijos más mayores decidme que esto se pasa y que luego se ponen enfermos muy vez en cuando y no caen todos cual fichas de dominó. Y vuestros peques, ¿también se contagian unos a otros?, ¿no tenéis la sensación de que los niños de ahora se ponen malos más a menudo que los de nuestra generación? Tengo teoría sobre esto, que lo sepáis 😉

Qué no hacer en la planta de maternidad

Ayer leí un titular de esos que no deja indiferente a nadie: «Lo que debes hacer, y lo que no, cuando vas a visitar a un recién nacido a un hospital«. Os podéis imaginar que no tardé ni dos segundos en entrar en la noticia, me moría por saber cuáles era esas recomendaciones que, en principio, creí que serían de sentido común. No me equivoqué, muchas lo eran. Otras, desde mi punto de vista, son un poco exageradas.

1. Nada de visitas durante las primeras 24 horas desde que nace el bebé: Hombre, estamos cansadas después de un parto pero tener a mis padres sin conocer a sus nietos tantas horas es algo semejante al martirio. Es más, creo que hasta me parecería mal que no vinieran cuanto antes. En el parto de Alfonso tuve suerte para eso de descansar porque nació a las 7 de la tarde y, cuando llegué a la habitación, era ya de noche. Con el de Rafa me pasó lo contrario, di a luz a las 8 de la mañana y antes de las 11 estaba en la habitación, donde las visitas comenzaron media hora más tarde. Pero qué narices, la emoción no te deja descansar las horas posteriores al parto.

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Mis padres pudieron ver unos minutos a Alfonso mientras yo descansaba en la sala de dilatación porque conocían al ginecólogo, si no hubieran tenido que esperar al día siguiente.

2. Utilizar el móvil para mandar mensajes (ahora WhatsApp) más que para llamar: yo esto lo he cumplido siempre a rajatabla, cuando alguna amiga ha dado a luz le he escrito y, de paso, le he preguntado si podía visitarla. En mi caso, yo no cogí el teléfono durante las primeras horas después de dar a luz. Es un momento de la vida demasiado intenso y a mí lo de hablar por el móvil me aburre soberanamente.

3.  Regular los tiempos de las visitas: es algo que tienen que hacer los que visitan, si ves que hay mucha gente o que la madre está cansada, saludas, ves a la criatura y poco más. Yo es que no soy muy dada a poner orden y no me sale decirle a alguien que «se pire», aunque sea de forma educada. Tampoco me molesta estar acompañada aunque he de decir que, cuando nació Alfonso, la cosa se nos fue de las manos. Con eso de que era fin de semana la habitación parecía un mercado, ¡menos mal que no había ninguna otra madre en la habitación!

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4. No visitar a un recién nacido si estás enfermo o constipado: esto es de cajón. De hecho, en los hospitales públicos no dejan entrar a niños en maternidad, lo cual me parece excesivo porque yo creo que debe ser cada madre la que decida quién entra y quién no en su habitación.

5. Ser prudentes con las tomas de los bebés: a mí esto sí que me parece importante. Hay quien piensa que, por el hecho de haber parido, no tenemos ningún reparo en enseñar las ubres. Me parece estupendo que haya mujeres que lo hagan delante de cualquiera pero no es mi caso ni el de muchas otras madres que conozco. Alguien puede decir que es lo más natural del mundo; claro que lo es, al igual que evacuar pero no por ello quiero público en semejante momento. Una vez que la lactancia está establecida, el niño se engancha y ya te apañas bien con tu ropa para cubrirte un poco, pues la cosa ya cambia.

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6. No coger en brazos al bebé: no tengo problemas con el hecho de que la gente coja al crío cuando está despierto pero, si está dormidito, intento evitarlo porque no hay cosa que más me moleste que me despierten así que a ellos seguro que tampoco les hace gracia. Hay gente que no deja tocar a los bebés, no es mi caso. Tampoco obligué a nadie a lavarse las manos previamente porque creo que la gente que me rodea tiene un mínimo de higiene. Lo que reconozco es que no me gusta nada lo de que algunos lleven dos litros de perfume porque me gusta oler a mi bebé (soy yo muy animal en este sentido) y no a Adolfo Domínguez o a Giogio Armani.

7. No dar consejos a los padres: esto es lo más difícil para las féminas, jamás le he oído a mi padre o a mi suegro decir que el niño quizás tenga hambre. Seguramente lo hacemos con la mejor intención del mundo pero no es necesario salvo que la parturienta en cuestión te pregunte cuánto tardó en subirte la leche o si te dolieron mucho los puntos. Es más, la sensibilidad después del parto está a flor de piel así que ¡cuidado!

Y a vosotras, ¿qué os parecen estos consejos?, ¿los tenéis en cuenta?, ¿tuvisteis que parar los pies a alguien cuando disteis a luz?

Carnaval frustrado

Confieso que, en los últimos años, me importaba poco si llovía o no en Carnaval porque lo de disfrazarme hace tiempo que dejó de parecerme divertido aunque, con esto de ser madre, nunca se sabe si algún día volveré por antiguos derroteros. Y es que hubo un tiempo en que disfrazarme me parecía de lo más entretenido y era capaz de enmascararme varios días seguidos. Aclaro que en Gijón siempre ha sido fiesta el martes de Carnaval, lo que implica estar sin cole cuatro días.

Oye, pero no falla. Aunque hayamos estado a veinte grados unos días antes, el Carnaval siempre va acompañado de lluvia o frío. Y este año ha sido más que lluvia, hemos tenido aguacero pero además a lo grande, por todos lados… vamos, hasta el mar nos ha invadido. Comparto este vídeo para que os hagáis una idea.

El caso es que nosotros, como buenos padres, pusimos empeño, que por lo visto es lo que cuenta. A las seis de la tarde del lunes caía «la del calamar» y decidimos no ir al desfile de carrozas. Media hora después vimos unos claros en el cielo y rápidamente disfracé a los niños. Pero en eso se quedó nuestro Carnaval, en un intento frustrado. Minutos más tarde, se suspendía el desfile y en casa tenía a un pirata, un pingüino y a Pooh. El pirata era maridín.

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Menos mal que con el asunto de los disfraces no me complico demasiado, como bien podéis ver en la foto. Hace una semana fui con Alfonso a casa de mi tía, que tiene niños y armarios (este punto es importante), y allí desplegamos el arsenal de disfraces que guarda. Yo lo vi claro, un precioso traje de caballero con su maravillosa capa y un escudo con cruz caballeresca pero… ¡nada! El crío vio ese disfraz de Winnie the Pooh, más parecido al Chapulin Colorado o a un Teletubbie, y lo tuvo cristalino. Y de esa guisa fue al cole el viernes (tenían fiesta con churros y chocolate) mientras otros iban de Spiderman o Hulk. Ya os lo digo, estará en todos los fregaos pero a cándido e ingenuo no le gana nadie.

Y poco más que contar de un fin de semana lluvioso y desapacible. Caí en la garras de un centro comercial pero es que los niños tenían cuatro días de fiesta y fue inevitable. Eso sí, hice un rastreo de ropa veraniega para los peques que os contaré en otro post. Y ayer que fue fiesta y llovió menos, nos animamos a comer fuera de casa. Y vosotros, ¿habéis podido disfrutar un poco del Carnaval con los peques?

En el Que Me Das de Gijón, donde se come genial y hay sitio para los peques.

Y breve paseo por el puerto en uno de los pocos ratos en los que no llovió.

Ejercicio y niños, ¿incompatible?

La semana pasada vi a través de Facebook un cartel en el que aparecían juntas las palabras ejercicio y bebés. Me tuve que parar a leer detenidamente porque no daba crédito. Después me entraron dudas y pensé: ¿se considera bebé a un niño que camina? Este asunto nos puede dar para debatir en otro post pero hoy me centro en lo del ejercicio. El caso es que escribí a un mail que venía en el cartel y me dijeron que se podía ir a clases con niños de hasta 4 años. Vamos, podría ir con los dos churumbeles si quisiera, aunque desde luego, no es mi intención.

Ya sabéis que yo para esto de hacer deporte he nacido vaga, juro que he hecho mis intentos pero la pereza y el aburrimiento pueden conmigo; desde que empezó 2014 salgo algún día a correr cuando los niños se acuestan pero, para qué engañaros, no soy nada constante y sólo estamos en febrero así que, a este paso, mi propósito de año nuevo va a durar lo mismo que un caramelo en un colegio. El caso es que ayer probé una clase gratuita de Mamifit, por aquello de que soy perfectamente consciente de que hacer deporte es sano y además mi trasero seguro que lo agradece.

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Mirad la cara de susto de Rafa. Y yo sin comentarios porque el tema chándal lo encuentro muy poco favorecedor.

Y ahora me centro en la experiencia de la clase de ayer. Estábamos seis madres con seis niños, tres de ellos eran mayores, los otros dos más o menos de la edad de Rafa. El peque en su línea, si no conoce a la gente, se pega a mis piernas y no echa ni media sonrisa, éste nos ha salido vergonzoso, lo cual me sorprende teniendo en cuenta que la timidez no es precisamente lo que nos caracteriza a sus progenitores. Es más, durante algunos minutos de la clase el resto de niños socializaron un poco, Rafa pasaba “tres pueblos”. Eso sí, más pancho y tranquilo que ninguno, sentado cerca de mí, con cara de asombro mientras las madres nos movíamos y más alucinado aún cuando le cogía para hacer alguno de los ejercicios.

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Imaginaos la cara de Rafa en este momento. La mía tampoco tiene desperdicio. 

Luego está el momento en que tienes que hacer algún ejercicio de brazos con el crío. Como algunos andaban por ahí entretenidos, Rafa incluido, cambiamos niños por mancuernas. Sinceramente, mucho mejor un par de kilos que mover los brazos con los doce kilazos de Rafa. La verdad es que la clase estuvo bastante bien pero es sólo un día a la semana y me parece poco si de verdad quieres mejorar tu forma física. Y a vosotras, ¿qué os parece la idea?, ¿hacéis algo de deporte desde que sois madres?

La vena drama-mamá

A estas alturas, ya sabéis de sobra que no me considero una drama-mamá. Con lo tranquila que soy yo para el tema de las caídas, de los virus… y sin embargo, he de confesar que hay algo que me perturba bastante desde que soy madre: el ruido. En el mismo hospital, cuando di a luz, ya daba pequeñas manifestaciones de psicopatía cada vez que alguna enfermera entraba en la habitación a las seis de la mañana como si irrumpiese en un mercado en lugar de hacerlo en una habitación con una parturienta y un recién nacido. Pero claro, cualquiera les dice nada teniendo en cuenta que de ellas dependen tus analgésicos.

Tres semanas después de dar a luz a Alfonso, ya tuve un pequeño episodio de violencia verbal en la calle. Yo paseaba tan feliz con mi madre y con el pequeñajo dormido en el capazo cuando, de repente, paró un coche a nuestro lado con la música a tope y las ventanas abiertas. He de notificar que el automóvil estaba tuneado; doy este dato para que seáis consideradas conmigo.

No pude reprimirme e hice un comentario del tipo la gente no está bien de la cabeza. El susodicho me escuchó y quiso herir mi orgullo donde más duele: mi cuerpo redondo recién parido. Así que me espetó una frase que nunca se me olvidará: con menos culo también se caga. Eso, ahí, con la hormona revolucionada, las noches de insomnio y los ocho kilos de regalo que llevaba encima. Bueno, encima no, en el trasero que es a donde va a parar toda mi sobredosis de grasa.

La playa es otro de esos lugares donde puedes tener problemas. Sufro cuando, como me pasó este verano, se nos pone cerca una pandilla con pinta de haber salido del Bronx. Sí, porque llevar la gorra con la visera hacia atrás, un bañador por debajo de la rodilla y un mega casette a la playa te convierte en un incondicional del rap o el reggaetón. Y ojo, que a mí el reggaetón me parece que tiene su punto y soy la primera en bailarlo, pero hombre, en la playa como que no.

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Y si no son los del regaetton, son Paqui y su marido hablando por el móvil. Y si no, es Tino el que vende refrescos en la playa de San Lorenzo de Gijón. Él ya sabe que si pongo cara de asesina es que tengo a algún crío durmiendo. Porque claro, no sólo grita eso de “agua del Sáhara” sino que también monta numeritos y lanza hielos al aire.

En fin, con el ruido es donde me sale la vena drama-mamá. Mis gordis duermen 12 horas del tirón desde que tienen 4 meses, pero son de oído fino. ¿Y por qué os cuento hoy esto? Pues porque tengo a un vecino haciendo obras en casa y cada vez que oigo los martillazos y demás estruendos, me subo por las paredes. A vosotras, por muy despreocupadas que seáis, ¿cuándo y por qué os sale la vena drama-mamá?

Sorteo por nuestro primer aniversario

A finales de este mes de febrero, No soy una drama mamá cumple su primer año, ¿quién me lo iba a decir? Nunca imaginé que podría estar tanto tiempo contando las aventuras y desventuras de mis churumbeles, así como mi visión «descomplicada», que no agotadora, de la maternidad.

Más de 115.000 visitas, nuestra inclusión en el ránking de los 10 mejores blogs de maternidad del diario 20 minutos, un puesto 24 en Madresfera, donde hay más de 1300 blogs, más de 600 seguidores en Facebook y, sobre todo, vuestros comentarios siempre tan cariñosos agradeciendo las historias que cuento en este rincón… en fin, no puedo estar más contenta con este blog.

Así que para celebrarlo, este mes tendremos dos sorteos especiales. Hoy empezamos con el de tutete.com, que ya me imagino que conoceréis de sobra porque son líderes en el mercado de los chupetes personalizados aunque también tienen más de 2500 productos de diseño.

Un ya famoso bebé con su chupete personalizado de Tutete.com (Martín, hijo de Sara Carbonero e Iker Casillas)

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Alfonso hace ya un tiempo con su chupete. Menos famoso pero sin nada que envidiar al peque de Carbonero y Casillas 😉

Así que, desde hoy 11 de febrero y hasta el día 18 de este mes incluido, podéis participar en el sorteo de un pack de chupetes personalizados de Tutete.com con el texto y colores que queráis, así como el tamaño y el material de la tetina. Para ello, tenéis que:

1. Dejar un comentario en este post del blog.

2. Ser fans de nuestra página en Facebook, aquí.

3. Una vez que estais en Facebook, compartid el enlace de nuestro sorteo de forma pública. Es lo primero que aparece en nuestro muro, así que es fácil.

Gracias a todos por pasar por este rincón todos estos meses. Espero seguir a la altura durante mucho tiempo. Y espero que Alfonso y Rafa me den muchos días memorables.

Cuidado con el nombre de tu hijo

La semana pasada, una amiga mía colgó en Facebook una foto de la página del periódico en la que aparecen los nombres de los bebés que cada día inscriben en el registro civil. Ya os podéis imaginar que, si hizo algo así, es porque había un nombre un tanto peculiar o, por lo menos, poco común: Alcapone. Sí, tal cual lo leéis; lo cierto es que los apellidos no eran españoles así que decidimos ser buenas. La verdad es que, una de las cosas que a algunos padres trae de cabeza durante el embarazo, es elegir el nombre de sus retoños. En ese sentido, yo no he tenido muchos problemas, yo elegí el nombre de Alfonso y mi marido el de Rafa, y creo que, como nos gustan a los dos los nombres clásicos, no iba a llegar la sangre al río.

Hombre, sé que a él no le hubiera importado ponerle a uno de sus hijos su nombre, José María, pero yo por los compuestos no paso, que no tengo nada contra ellos pero los veo de un formal… Quise poner la excusa de que no me gusta lo de repetir el nombre de los padres pero es que no cuela dado mi empeño en ponerle el nombre de Carmen a una hija, que a estas alturas dudo mucho que vaya a  tener. En fin, lo de los nombres da para mucho. Para eso, los gitanos son lo más. Aún recuerdo que una tal Iloveny pasó por la consulta de una amiga. Cuando le preguntaron de dónde venía el nombre, les dijo que de una camiseta. Aquí tenéis la clave.

Y si los gitanos son la leche para eso, mi padre no se queda corto. Yo le quiero con locura pero su nombre, Aquilino, no se puede decir que esté en el grupo de mis preferidos. Añado que el hermano de mi padre se llama Longinos, también se llamaba así mi abuelo. Ya de paso os cuento que Longinos fue el centurión que le clavó la lanza a Jesucristo en la cruz. Y tras esta aportación histórica os explico a qué viene hablar de los nombres de Aquilino y Longinos.

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Si alguna zamorana me está leyendo, me podrá decir que Longinos no es un nombre raro. Y es que en Zamora tienen un paso dedicado al centurión.

Resulta que, cuando nació mi hermano Miguel, fue mi padre el que acudió al registro a inscribir a la criatura, como es normal, vamos. El caso es que a mi padre le seguía apeteciendo aquello de poner nombres familiares y allí que plantificó Longinos detrás de Miguel. Así que tengo un hermano llamado Miguel Longinos, como de tele novela, oiga.

Pero no contento con eso, volvió a hacerle la misma jugada a mi madre cuando nacieron los mellizos y a Alfonso le cayó el nombre de Aquilino como segundo. Es decir, también tenemos un Alfonso Aquilino en la familia. Y Juan se libró porque ya no había más nombres que poner. Y ahora ya pongo sobre aviso a mi cuñada, que en mayo tendrá a un Jorge siempre que mi hermano Miguel (Longinos) no haya heredado la costumbre de mi padre y decida a última hora añadir algún nombre más. Bueno, y ahora confesad, ¿qué nombres peculiares se oyen en vuestras familias? Y como esto da para mucho, habrá más posts sobre el asunto…

Mentiras piadosas al doctor

Parece mentira que lleve casi un año escribiendo este blog y aún no haya hecho mención a ninguna de nuestras visitas al pediatra. Ya sé yo que sabéis de sobra lo que pasa en una revisión, porque sólo el primer año de vida de los peques hay que ir unas siete veces, y eso siempre que la criatura no se ponga enferma de nada. Y la verdad que en las primeras visitas de madre primeriza, les contamos al dedillo cada detalle e, incluso, exageramos un poco.

Pero oye, cuando el crío va creciendo te enfrentas a estas visitas casi como a un examen, pero no para examinarte a ti sino a tu retoño, y vamos, lo que sea porque el crío apruebe; si hay que hacer uso de la oratoria para convencer al pediatra o enfermera de que tu hijo hace lo que tiene que hacer para su edad, pues se hace uso de la palabrería.

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Ayer fui a la revisión de los 15 meses con Rafa y lo primero que me preguntó la enfermera, según entramos por la puerta, es si Rafa ya caminaba. Pues menos mal que sí, porque de lo contrario, ¡vaya presión! Otra cuestión que me generó cierta confusión fue la pregunta ¿te imita? Ufff, pues las cosas que hace está claro que las copia, pero no sé si quiere imitarme o las hace porque no tiene otra cosa mejor que hacer. Ella quiso ser más concreta: Si te ve limpiando con la escoba, ¿te imita? A lo que no me quedó más remedio que contestar que el crío directamente quiere quitarme la escoba, la fregona o el aspirador, lo que sea. Pero no precisamente para limpiar.

Otra pregunta a partir del año es: ¿Entiende las órdenes que le das? Pues mire, depende; si le digo “vamos a comer” va raudo y veloz dirección cocina pero cuando le digo que no toque algo, no suele hacer caso. Así que creo que las entiende pero luego hace lo que le da la gana, y con 15 meses le regaño lo justo y necesario.

Después llega el tema alimentación y aquí tengo mis dudas sobre si contar todo con pelos y señales, porque oye, de vez en cuando el niño le pega un mordisco a mis donuts. Ayer, que se ve que tenía yo el día sincero, salí tranquila sabiendo que no pasa nada porque el gordo coma canelones algún día, que ya come verduras, carne y legumbres a diario, no pasa nada por cambiarle el menú de vez en cuando. Por cierto, yo hasta ahora no me había enterado pero tampoco es bueno poner zanahoria en todos los purés del niño. Y desde luego, yo no lo hacía para que los críos se pongan morenos, que eso lo llevan en los genes y en el apellido.

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Este dibujo de mi tío Juan para la revista Child, del que os hablé en otro post, me viene que ni al pelo.

Resumiendo, que el niño no dice adiós con la mano porque no le da la gana, pero tonto no parece. Y en cuanto al físico, tenemos otro torete con un peso en el percentil 75% y de altura en el 90%. Y supongo que, mientras siga más o menos así, la pediatra no me reñirá. Aunque me ha insistido en lo de darle la vitamina D a diario y tuve que confesarle que, a veces, se me olvida.

Que conste que no me quejo, eh. Ellos hacen su trabajo y tienen que preguntar, que para eso son los profesionales. Y las mentirijillas o exageraciones de las madres siempre son piadosas. Que dramáticas ya somos cuando los niños no están bien. Y vosotras, ¿os ahorráis algún detalle o tenéis una relación 100% sincera con el pediatra?

Por cierto, me han escrito unos chicos que han desarrollado una aplicación con el objetivo de ayudar a los niños a ser autónomos, pensando también en peques con dificultades de aprendizaje, como trastornos del espectro autista o trastornos de déficit de atención con/sin hiperactividad. De momento, la aplicación está disponible para iPhone y iPad, y han lanzado una campaña de micro mecenas para financiar la versión Android. Si alguna estáis interesada, podéis pinchar aquí.

Biberón, ¿solo para bebés?

Hace una semana, mi hijo Alfonso nos pidió, después de la cena, un biberón en lugar de su habitual taza de leche con cereales. Como estaba agotado, nos pareció muy normal y accedimos. Desde entonces, nos lo pide cada noche. Sinceramente, a mí no me parece un problema alargar lo del bibe, pero bueno, como ya llevaba más de medio año sin tomarlo por las noches, le he convencido para que beba la leche en su tacita de Mickey Mouse.

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Lo de tomar bibe a los tres años no me preocupa nada, es más, Alfonso aún lo toma en el desayuno y creo que disfruta ese momento, al igual que su padre, que se lo da cada mañana. Llamadme lo que queráis pero es que ni siquiera me he planteado cuándo debe abandonarlo definitivamente. La última vez que fue a revisión al pediatra fue al cumplir dos años y no comentó nada al respecto, por lo que no me preocupé de ese asunto. Sólo intento que coman sano, si empiezan a usar el tenedor antes o después me parece secundario y, en ningún caso, determinante. Es más, Rafa hace tiempo que sabe perfectamente pinchar comida con el tenedor y llevárselo a la boca sin que yo le haya enseñado, simplemente lo ven y copian.

El caso es que a raíz de la petición del niño de biberón, busqué información. Y realmente me sorprendió encontrar artículos de algún que otro pediatra recomendando que abandonen ese hábito al año justificándolo en factores como estos:

1.Olvidarse del biberón es un signo de que empiezan a ser mayores y más autónomos.  Yo personalmente no tengo ninguna prisa en que sean mayores, no entiendo esta manía últimamente de querer acelerar todos los procesos de la infancia, de pretender que coman solos, que tomen lo mismo que los adultos. ¡Pero si los niños son tremendamente dependientes de quienes les cuidamos!

2.Usarlo durante mucho tiempo fomenta en muchos casos la aparición temprana de caries  ya que los dientes se deterioran al exponerse a líquidos durante períodos largos de tiempo. Mi pregunta es la siguiente: ¿cuánto tiempo  tardan vuestros niños de uno, dos o tres años en tomarse un bibe? Porque en mi casa se lo toman en dos minutos. Así que entiendo que lo perjudicial es el tipo de líquido, no el soporte cuando se usa únicamente para lo que es.

3.Advierten que algunos niños que continúan con el hábito del biberón una vez cumplido el año y medio pueden padecer deficiencias en su alimentación porque podrían recibir mucha más cantidad de leche al día de la que necesitan, por lo que ya no tienen hambre a la hora de comer alimentos sólidos. Hombre, pues para algo estamos los padres, si fuera por mi hijo merendaría todos los días galletas. Y como queremos que coman sano y bien, les damos primero el sólido en la cena y después la leche en taza o bibe.

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4. El desarrollo del habla puede frenarse o ir más lento de lo habitual, ya que es complicado conseguir hablar teniendo la tetina del biberón o el chupete en la boca. Y yo me pregunto, ¿alguno de vuestros hijos sale de casa con el bibe puesto? Insisto, los míos usan el bibe para lo que es, para tomar su leche, y nada más.  Bueno, vale, de vez en cuando Rafa lo hace rodar por el suelo. El chupete ya es otra cosa que hay que controlar más cuando pasan horas usándolo. Por surte, a mis hijos nunca les ha gustado mucho y no he tenido que pasar por el trance de quitárselo, ha sido espontáneo.

Pues eso, que yo creo que este tipo de argumentos generan alarma y mucha confusión. Una cosa es que los niños tengan un vicio y otra es que les guste algo y quieran alargarlo en el tiempo. Que nadie se preocupe, que tarde o temprano, dejarán el bibe. Pero por le momento, ellos disfrutan de esos minutos en los que se juntan comida y estar en brazos de los papás. ¿Qué opináis vosotras?, ¿hay prisa en quitarles el bibe o no?

 

Madre al borde de un ataque de nervios

Este fin de semana teníamos en mente seguir con nuestras ya habituales jornadas lúdico-gastronómicas por Asturias. Pero ya se sabe, a veces los planes varían y en esta ocasión los churumbeles no tuvieron nada que ver. El viernes me pidieron en la tele si podía trabajar al día siguiente y, por supuesto, yo siempre estoy dispuesta; teníamos hora de inicio pero no de fin así que, conociendo el medio, descarté comer con los pequeñajos.

Ya de paso os cuento que el sábado tenía un ensayo con mis compañeros del nuevo programa que comienza hoy en TPA. Así que, a partir de ahora, no estaré en Conexión Asturias sino en De hoy no pasa. Seguiré yendo los viernes a hablar de planes para el fin de semana, pero para todos los públicos, no sólo para peques.

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El muñeco forma parte de una sorpresa a un invitado esta tarde ya que acudiré al primer programa.

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Con Ana Blanco y José Ángel Leiras en el ensayo.

Como ya preveía, llegué a mi casa a las cuatro de la tarde, cuando mi señor marido ya estaba descansado y a mi hijo Rafa le quedaba poco de siesta. Así que enlacé trabajo y niños sin un rato de sillón. Y el plan de tarde no pudo ser más agotador: ir de tiendas. Ni se os ocurra hacerlo con niños. De vez en cuando, en mis paseos mañaneros con Rafa, entramos a alguna tienda y es como si le poseyese en mismísimo demonio. Paras la sillita y venga a protestar y hacer fuerza para salir de ella. Y cuando le sacas y te pones a mirar un trapito, te das la vuelta y te lo encuentras vaciando la estantería de los zapatos.

Si a eso le sumas niño mayor al que acabas de despertar porque se quedó dormido en el coche, tienes: churumbel que no quiere estar en la silla más niño malhumorado que sólo quiere inflarse a bollos. Y además, un marido que, de repente entra en una tienda. Yo me quedo con las dos criaturas,  el malhumorado quiere otro bollo y llora desconsoladamente. Hago amago de abandonarle en plena calle como siga con el numerito. Vuelve maridín y, por aquello de que el niño está cansado, accede a darle otro bollo mientras yo insisto en que el niño después no cenará. ¡Menos mal que entre semana estoy yo al mando!

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Un momento de tregua en la calle Corrida, que es peatonal y te deja relajarte un poco.

Eso, más una cola de narices en la que se pone mi consorte con el niño mayor, mientras yo espero en la calle con el pequeño, que ha visualizado un perro atado a una farola justo al lado de la carretera. El pobre perro tenía pinta de buenazo pero era más grande que mi hijo. Y el niño empeñado o más bien emperrado en tocar al animal.

No, sencillamente ir de tiendas no es un plan para hacer con niños. Y eso que ya os digo que desde que son pequeños, en mis paseos, además de recorrer doscientas veces el paseo de la playa de San Lorenzo, han entrado en muchas tiendas. Pero señores, cuando empiezan a andar, o estás con la silla en continuo movimiento o se encargan ellos de poner en movimiento lo que haga falta.

Jugar en casa

Una lectora del blog me preguntó hace unos días qué hago para entretener a los peques en casa. Hoy os haré una confesión: es de las cosas más difíciles, por eso vamos al parque prácticamente todos los días. Muchas pensaréis que con dos niños es más sencillo ya que juegan y se entretienen entre ellos. Ya os adelanto que eso depende de la edad de los pequeños. Vamos a ver, ¿qué hace un bebé de catorce meses si ve unos bloques de construcción apilados? Efectivamente, tirarlos abajo. ¿A que ahora me habéis entendido?

Alfonso está en edad de construir, pintar, montar, apilar… sin embargo, a Rafa le pasa lo contrario, le gusta romper, destruir, quitar, sacar, lanzar… Y así es imposible hacer nada juntos que no sea correr por el pasillo, saltar en la cama o bailar, que también es divertido pero para un rato. El invierno pasado no teníamos ese problema porque Rafa era un bebé de meses que estaba tan feliz en su hamaquita y no estorbaba los movimientos de Alfonso.

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Así estaba controlado pero en cuanto empezó a gatear se acabó la paz.

Seguramente, dentro de un año, tampoco tendré ese problema porque Rafa empezará a comprender las normas del juego. Pero mientras tanto, ahí estoy, aguantando estoicamente los cabreos de ambos, uno porque  el otro no le deja coger sus juguetes, y el otro porque cada vez que monta algo de más de diez centímetros de altura es destruido por la bolina.

¿Con qué logro entretenerles un rato? Los bloques de construcción son la mejor inversión del mundo. Os diría que a partir de dos años son maravillosos, pero me he dado cuenta que a Rafa también le hacen gracia y alguna vez consigue montar una pieza sobre otra. Seguro que eso les ayuda a mejorar la psicomotricidad, que está muy de moda todo eso últimamente 😉 Dibujar siempre es otra cosa a la que podéis recurrir, bien sobre papel o en pizarras, que les encantan. Para Alfonso sigue siendo complicado porque Rafa ataca rápidamente.

Los cubos también son geniales a partir de un año. Teníamos unos de cartón numerados que Alfonso usó un montón el invierno pasado. Estos de la foto se los trajeron los Reyes a Rafa y está feliz, porque además meten bolas que bajan a través de los cubos apilados. ¡Todo un acierto!

A partir de los dos años, los puzles (muy sencillitos) les encantan aunque los acabaréis montando vosotras, eso seguro. Ahora también es inviable en mi salón porque Rafa siente atracción por las piezas, sobre todo si empiezas a unirlas, pero el invierno pasado Alfonso y yo nos pasábamos horas con el “putes”, como él los llamaba.

Estas Navidades descubrí estas piezas de colores de espuma que sirven para hacer figuritas. Son, más o menos, para usar a partir del año. Con los peques hay que tener cuidado, mi sobrina de cinco meses se metió una a la boca para chupar y le quedó toda la lengua azul, aunque no es tóxico si no colorante alimenticio.

Podéis intentar ser originales pero no sé cómo acabará la historia. Hace unos días se me ocurrió sacar mis cromos de cuando era pequeña y le expliqué a Alfonso que cada uno tenía que poner en el suelo un cromo boca abajo y después dar con la palma de la mano para intentar darles la vuelta. ¡Madre mía, la que me montó cuando gané uno de los cromos que él había puesto! Así que nunca sabes.

Si, aún los conservo. Algún día os escribiré sobre cosas que aún tengo de mi infancia.

Y por supuesto siempre están las manualidades, hay mil cosas que se pueden hacer con plastilina, botellas de agua, pinturas, papel… pero yo ahora con Rafa también estoy muy limitada para esas cosas aunque alguna vez me lío la manta a la cabeza.

Aprovechando el taller que tiene mi padre en el garaje de casa…

Me puse a dibujar un dinosaurio sobre el típico trozo como de espuma que viene para embalar muchas cosas.

Y con un aparto que andaba por allí cuyo nombre desconozco, empecé a cortar… Si alguna está interesada en más datos sobre el proceso, mi padre me saca de dudas y hago un post.

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Así quedó nuestro dinosaurio.  

Y el muñeco, que enseguida perdió una pierna.

Creo que el invierno que viene estaré un poco más liberada y agradeceré tener dos niños seguidos. Por ahora, Alfonso está ejercitando su paciencia y Rafa su bravura. Y yo un poco de las dos cosas. Y vosotras, ¿qué hacéis con los peques en casa?

Un paraíso para los niños

El plan de este sábado estaba «cantado»; frío, viento y nubes amenazantes en el horizonte, por un lado, y penúltimo día en Asturias estas Navidades, por otro lado. Pues eso, que teníamos que ir a Mercaplana sí o sí y ¡menudo acierto! El año pasado no estuvimos, y el anterior Alfonso tenía 14 meses, así que no se enteraba de mucho y además podía hacer pocas cositas.

Pero sí, este año por fin ha descubierto que el paraíso debe ser lo más parecido a Mercaplana. Y como él, todos los niños que estaban por allí, que no eran pocos. Una cosa que hay que tener clara cuando uno va a este tipo de sitios es que, como le cojan gusto a una atracción o actividad, te puedes «tirar» la tarde entera sin moverte del sitio.

Ovejas, cabras, burrito, cerditos, vaca…

Una de las cosas que más le gustó fue la granja, donde podía tocar a los animales. La lluvia nos impidió estar allí más de cinco minutos pero aún nos quedaba mucho por hacer…

Otra de las cosas que hay que tener en cuenta si vas con dos niños es que son necesarios dos adultos. Primero, porque en dos segundos te despistas y has perdido a alguno de los niños, que fue lo que les pasó a unos conocidos que nos encontramos, y eso que sólo estaban al tanto de un niño. Y segundo, que es probable que uno de los críos quiera subirse en el tren y el otro quiera ir al castillo hinchable. Y es que, dependiendo de las edades, tienen una u otras preferencias.

Como es obvio, Alfonso se decantó por el tema de dar saltos»…

Y Rafa estuvo en la «bebéteca», donde también había un pequeño castillo hinchable. Hicimos el intento de meterle allí pero creo que, como había niños de dos años saltando, se sintió algo inestable 😉

Una cosa a la que yo no esperaba sacarle ningún partido fue a la mini-disco. Estaréis pensando que Alfonso se puso bailón, ¡pues no! Alfonso lo que encontró fue un hinchable con tobogán incluido y de ahí no había quién lo moviera. Así que yo me senté en el suelo con Rafa sin saber que iba a empezar el espectáculo justo delante de nuestras narices.

De repente, sale una animadora y empiezan a poner música. Como veis, la escena empieza con una decena de niños.

Rafa se levanta y empieza merodear por ahí. Mientras tanto, los padres se dedican a hacer fotos a sus niños, que cada vez son más.

La escena concluye con todo el barullo que veis detrás, del que tengo que sacar a Rafa. La animadora les dice a los niños que saquen a bailar a su padres y allí que salen todos a hacer la coreografía de «soy una taza, una tetera»… No os avergoncéis si sabéis el baile y la letra, allí nos lo sabíamos todos.

En realidad, los padres volvieron a su sitio cuando acabó esa canción pero oye, pusieron a Paulina Rubio y ahí que me puse yo con Rafa a darlo todo, que tengo un mono de baile que no os imagináis. Y bueno, que Rafa al final se convirtió en un danzarín más; verlos bailar a esa edad en la que todavía caminan como patitos se convierte en una atracción. Así que, tengo que confesar, que me lo pasé pipa. Eso sí, cuando llagamos a casa y Alfonso me preguntó ¿jugamos? casi me da un mal… ¿Son o no agotadores estos enanos?