Primera herida «de guerra»

Sabía que, antes o después, era algo que iba a suceder; lo que ocurre es que, cuanto más tarde suceda y más mayores sean las criaturas, mucho mejor. Lo sé, lo he vivido varias veces, tener tres hermanos asilvestrados me ha servido para que casi ninguna situación me sea ajena, pero no es algo a lo que te acostumbres y además no es lo mismo vivirlo como hermana que como madre. Vamos, hay un abismo.

Uno de los sitios donde más tiempo pasan los peques estas últimas semanas es en casa de mis padres. Los dejo allí cuando tengo que grabar algún programa o hacer reportajes y la verdad es que con mi padre se quedan felices. Lo mismo están en el jardín que en el garaje, donde el abuelo tiene para ellos circuitos de trenes, de coches, bicicletas, motos y manualidades varias… es como un cuarto de juguetes a lo grande. Y allí es donde el viernes Rafa tuvo su primer accidente gordo. Yo hablaba por el móvil con maridín y de repente oí gritar a mi padre; cuando me di la vuelta el niño estaba en el suelo y sangraba por la ceja, se había dado de bruces contra una columna. Le cogí, limpié la sangre y lo vi claro: a Urgencias.

Os parecerá increíble pero, si supe que era una brecha y que necesitaba puntos, fue porque recordé una que le limpié a mi hermano cuando tenía unos 14 años. Así que cogí al peque, subimos también a Alfonso al coche porque no había nadie más en casa y mi padre condujo hasta el hospital. Rafa lloró sólo en el momento del golpe, de camino a Urgencias no se quejaba y esperando allí no sólo no protestaba sino que iba saludando a la gente como si nada, un campeón.

La tranquilidad se acabó cuando llegó el momento de ponerle los puntos. Me dijeron que era mejor que yo saliese, así que cerraron la puerta donde estaba el niño y empecé a oírle gritar. Me vine abajo y lloré, no puede evitarlo. Fueron minutos eternos, hubiera pagado por estar yo en su lugar. Cuando abrieron la puerta, le abracé como nunca, el pobre aún sudaba. De ahí nos pasaron al pediatra para hacerle una revisión, ya sabéis lo peligrosos que pueden ser los golpes. El pobre ya no quería despegarse de mí, me costó horrores que le pesaran y le auscultaran, ya no se fiaba de nadie.

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Después de los puntos, esperando al pediatra.

Salimos de allí, vi a Alfonso encaramarse a un árbol y pensé: acostúmbrate, guapina. Y al llegar a casa, Rafa ya estaba cogiendo la moto. En fin, mucho me queda por delante. Así que el fin de semana no fuimos a la playa por aquello de que, aunque los puntos los lleva medio tapados para no hurgarse la herida, no queríamos que se acabase llenando de arena. Y como os podéis imaginar, si ya el crío tiene un carácter de narices, el fin de semana estuvo agotador. Y todo esto, con visita en casa de una amiga nuestra, pero lo de las visitas lo dejo para otro post porque no hay cosa que más les guste y… les sobreexcite 😉

Ecuador del embarazo

Pues así, sin darme ni cuenta, he llegado a la semana 20 de embarazo. No os creáis que exagero con eso de «sin enterarme», el otro día sin ir más lejos me subí a los coches de choque con uno de mis primos y cuando nos dieron el primer golpe, me dí cuenta de que yo no podía subirme. Ningún embarazo es como el primero, y ¡mira que yo estuve como una rosa entonces! Pero en aquella ocasión me levantaba por la mañana pensando en el asunto, me miraba al espejo doscientas veces para ver si la barriga crecía, ya mencioné que no leí libros sobre maternidad y embarazo pero sí que es cierto que buscaba en internet los cambios que se producían semanalmente en el feto…

Con el segundo la cosa cambia, y con el tercero es que ya hasta empiezo a sentir pena y el pobre aún no ha nacido, ¡menudo abandono! En cualquier caso, por suerte, mis embarazos están siendo parecidos en cuanto a síntomas: nada de vómitos ni náuseas pero sí sueño y granos en el primer trimestre; con una energía, de momento, durante el resto de la gestación y sin ningún problema. Vamos, haciendo vida normal.

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Dicen que cada embarazo que pasa, la barriguita sale antes. Desde luego, no es mi caso, creo que llevo el mismo ritmo que en los otros dos, vamos, sin mucha tripa.

En cuanto a kilos, llevo un aumento de 3 y medio, así que creo que engordaré lo mismo que en el segundo, unos 9 ó 10. No quiero mencionar cómo me puse de gordi en el primero, ya llevaría el doble a estas alturas y así hasta ¡18 kilazos! No es que sea excesivo para muchas mujeres, pero yo no me hincho ni retengo líquidos, ni tengo un tripón, y teniendo en cuenta que Rafa pesó más que Alfonso al nacer, aquello fue una demostración de que el peso del bebé no depende de los kilos que cojas en el embarazo.

Ayer nos hicimos la segunda ecografía y todo está perfecto, requeteconfirmado que es niño (yo no lo dudé ni un minuto porque con los tres han acertado ya en la primera eco) y está perfecto; ya mencioné que en mi familia hay dos casos de labio leporino, lo cual no es algo muy grave pero es obvio que, cuanto mejor esté el niño, más contentos estamos. Y en esto puedo resumir mi primera mitad de este tercer embarazo, estoy como una rosa, el niño está sano y yo no sólo sigo mi ritmo sino que, entre los dos niños más el nuevo trabajo, aún llevo más acelerón del habitual.

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La influencia de los hermanos

Siempre he sabido que una de las cosas que te marca como persona, sobre todo en la infancia, es el tener o no tener hermanos. Tu niñez, tu adolescencia y, posiblemente, tu vida no hubiera sido la misma dependiendo de esa circunstancia. No es lo mismo tener hermanos que no tenerlos, tener uno o tener cinco, tener sólo hermanas o sólo hermanos; no es igual ser el mayor, el pequeño o el mediano, tener un gemelo o mellizo, llevarte diez años con tu hermano o llevarte sólo uno.

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Mi hermano Miguel y yo nos llevamos 13 meses. Eso hizo que pudiésemos hacer cosas en común desde muy pequeños.

El que yo, aparte de muñecas, jugase con el Scalextric o al balón o fuese un poco bruta, tiene mucho que ver con tener sólo hermanos varones. El que yo siempre haya sido un poco «mandona» y bastante responsable tiene que ver con ser la mayor de los cuatro. Si eres el hermano pequeño y tus hermanos mayores te sacan un montón de años, es posible que te tengan entre algodones. Si tienes varios hermanos, lo más normal es que tu madre gritase habitualmente. Vamos, desde que Alfonso está de vacaciones y están lo dos juntos en casa, tengo las cuerdas vocales más afinadas que nunca. Y cuando entre el tercero en juego, no quiero ni imaginármelo.

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No es lo mismo tener alguien en quien fijarte que alguien que se fije en ti.

Desde que soy madre me he dado cuenta de la increíble influencia que ejerce un hermano sobre otro en muchos de sus comportamientos. Rafa es protestón porque sabe que la táctica le funciona para conseguir cosas; porque, por ahora, es el pequeño y tiene claro que al mayor le toca ceder. Alfonso se ha percatado de lo gracioso que nos resulta Rafa con su forma de «hablar» y hay días en que también él llama al abuelo «abebe», la zapatilla es «patilla» y la galleta es «lleta». Así que, a veces, se comporta como un bebé, algo que no haría sino tuviese un hermano pequeño.

Nos es lo mismo comer el helado sólo que te lo dé tu hermano. No es lo mismo tener que compartir que comértelo entero 😉

Si sólo existiese Alfonso, yo tendría mucho más tiempo para él y podríamos hacer un montón de juegos de manualidades que con Rafa es materialmente imposible, todo lo coge. Si fuera hijo único, haríamos cosas y planes que, como existe Rafa, no podemos hacer. Y sin embargo, hay muchas otras cosas que puede hacer precisamente porque existe Rafa. Y si en vez de llevarse 2 años se llevasen 10, el mayor podría cuidar del pequeño y no discutirían por absolutamente todo. Porque ahora se pasan el día queriendo la misma cosa; que uno tiene balón, el otro quiere balón, pero no puede ser otro, tiene que ser el mismo. Y claro, esa lucha constante de poder marca de por vida 😉

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No es lo mismo recibir los abrazos cariñosos de mamá que los abrazos de un hermano al borde de la asfixia.

Soy plenamente consciente de que, cuando estén los tres, voy a gritar con más frecuencia, voy a quitarle importancia a determinadas cosas, voy a vivir unos años con un estrés permanente, no voy a poder estar pendiente de cada cosa que les pase a cada uno… y todo eso, forjará su carácter para bien y para mal. Lo único que quiero que tengan claro es que, aunque me altere, aunque no pueda estar tan pendiente de ellos, les voy a querer con locura, independientemente de que tuviese un hijo o cinco. ¿De qué manera os han marcado vuestros hermanos?, ¿notáis la influencia que ejerce un hijo sobre otro?

 

A la tercera, ¿va la vencida?

Me he dado cuenta que esto de los refranes da para explicar algunas cosas y,a la vez, para las contrarias; así somos los españoles, tenemos frases para todo. Porque si yo esperase una niña en este tercer embarazo, os diría eso de «A la tercera va la vencida» pero resulta que si estoy esperando un niño, se me ocurre eso de «No hay dos sin tres».

Ya he mencionado alguna vez que el seguimiento de mis embarazos lo han hecho únicamente por la Seguridad Social. Con tres ecografías, tres análisis de sangre, unas cinco o seis visitas a la matrona, otras tantas al tocólogo, prueba de glucosa, monitores… creo que es más que suficiente si todo va bien. Esto significa que la primera ecografía que me hice durante los embarazos fue en la semana 12. Lo reconozco, he ido siempre nerviosa porque en esa semana se detectan ciertas malformaciones y, entre otras cosas, porque tengo hermanos mellizos (varones) y eso le pone emoción al asunto.

En cualquier caso, en esa semana no suelen decirte el sexo de tu bebé pero yo soy muy preguntona e insistente y, aunque sin mojarse, siempre me han acabado diciendo algo. En la primera eco de Alfonso me dijeron eso de «tiene pinta de niño» pero esperé a la semana 20 para hacerme a la idea y, efectivamente, acertaron. En el segundo embarazo, más de lo mismo en la semana 12, «parece niño» así que lo dí por hecho y lo interioricé desde ese día, se confirmó 8 semanas después.

En esta ocasión íbamos con más presión, último cartucho para la nena porque, en principio, nos plantamos con tres criaturas. Tuvimos mucha suerte porque nos atendió un ginecólogo conocido y la que coordinaba ese día era la madre de la chica con la que compartí habitación cuando dí a luz a Rafa, así que pregunté de todo. Como en mi familia hay dos casos de una malformación, sin importancia porque se opera a los meses de nacer, se lo comenté al gine y se tomó como un reto poder averiguar si mi bebé tendría ese problema y parece que no. Total, que estuvo media hora analizando a la criatura y, cuando ya pregunté por el sexo, la frase fue muy asturiana: «esto apesta a güaje». Pues eso, otro niñooooo.

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Reconozco que, en el primer momento, me quedé un pelín mustia porque, cuando tienes dos varones, te apetece una niña, y más teniendo en cuenta que ya me crié entre «machos». Pero enseguida reaccioné y pensé: ehhh, con los dos muñecos que tengo en casa, imagínate cuando llegue le tercero. ¿Y la de veces que voy a ir de madrina de boda? 😉 , ¿y lo bien cuidada que voy a estar en casa con tres chicarrones?, ¿lo que me voy ahorrar en ropa? Y lo más importante, ¡está sano! Así que, salvo sorpresón, en mi casa no habrá lacitos y ahora no me importa nada. Seguro que conocéis a muchas familias en las que todos los hijos son del mismo sexo.

 

Donde caben dos, ¡caben tres!

Sabéis que soy muy amiga yo del refranero español, y es que el saber popular es muy sabio, aunque poco científico. Éste que titula el post es muy famoso y creo que todos lo hemos utilizado, sobre todo cuando queremos juntarnos con amigos y familiares; total, qué más da unos cuantos más si ya la cosa está animada. Ahora, si trasladamos el refrán al número de hijos por pareja, la cosa cambia bastante, lógicamente. En España hay 2,98 millones de parejas con un hijo y 2,80 millones de parejas con dos. Por su parte, el número de parejas que viven con tres o más hijos es inferior a 590.000, lo que representa el 3,2% del total de hogares. Resumiendo, hay casi 7 millones de parejas con uno o dos hijos y sólo medio millón con tres o más, vamos, estos últimos son minoría.

Vale, lo sé, me enrollo como las persianas. Me dejo de números y voy al grano: en noviembre, si todo va bien, seremos ¡¡¡¡¡familia numerosa!!!! Como os podéis imaginar, estamos muy felices, yo siempre quise tres hijos y aquí estamos, esperando el tercero con 31 años. Se llevará dos años con Rafa y cuatro con Alfonso, así que voy a tener mucha ocupación pero, ya sabéis, sarna con gusto no pica. Me ha resultado muy difícil no escribir nada estos meses sobre el embarazo pero siempre hemos preferido esperar un tiempo prudencial para contarlo; si el blog fuese anónimo, hubiera podido ir escribiendo cositas del primer trimestre pero como a mi alrededor todos saben que escribo esta bitácora, he tenido que estar calladita y ya me he plantado en la semana 16 sin enterarme.

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Primera ecografía (semana 12) aunque ya estaba de 14.

Desde ahora, incluiré más contenidos relacionados con el embarazo; siendo el tercero ya soy casi una experta pero no os fiéis de mí que yo esto lo llevo muy bien y soy la tranquilidad personificada 😉 Y como os comenté en el post anterior, tengo que agradecer que me hayan cogido en la productora Zebrastur para el trabajo del programa en Telemadrid. Cuando hice el cásting hace dos semanas, no era público mi embarazo. En cuanto me eligieron y me ofrecieron el puesto, lo conté y, aún así, decidieron contar conmigo. Es cierto que es un trabajo, por ahora, temporal y que no había mucho tiempo para cambios, pero quizás podrían haberse echado atrás, presentadoras hay muchas. El tema trabajo y embarazo también dará para otro post.

Pues hala, ya lo he dicho, ya puedo sacar el tema en el blog, qué descanso 😉 Y como esta semana ya ha sido de muchas noticias, me reservo el sexo del bebé para otro día. Como sé que me leen algunas amigas, que a nadie se le ocurra desvelarlo en un comentario, ¿eh? 😉

Clasificación de niños… comiendo

No os creáis que voy a hacer aquí una super clasificación de los niños en función de cómo y cuánto comen. Es más, se trata de un catálogo muy clásico, mi propia madre haría una división parecida en este sentido así que vamos allá:

1. Niños que comen mal: no requiere mucha explicación. Admiro muchísimo, de una manera que no os podéis imaginar, a los padres que tenéis paciencia en este sentido; imagino que la habéis ido desarrollando poco a poco y que, si te toca, no queda otra. Aquí en este grupo incluyo a mi sobrina y reconozco que ver cómo hace una bola con cada trozo que se mete en la boca es sencillamente desesperante. Por suerte, no lo he vivido en casa porque lo considero una… faena así que ánimo.

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2.  Niños que comen regular: también llamados niños «selectivos», es decir, aquellos que comen unas cosas pero descartan otras. Creo que  no habría mucho problema si a esos peques les gustasen las frutas, verduras, legumbres, pescados y carnes y odiasen los chocolates, las galletas, los macarrones con tomate o las salchichas. Pero no sé porqué me da que suele ser al revés así que otra… faena. Eso sí, siempre es mejor esto que lo anterior porque, aunque puede que no les gusten las lentejas, a lo mejor adoran las manzanas.

3. Niños que comen bien: Los padres tenemos una gran suerte si nuestros hijos comen prácticamente de todo. Les puedes dar fruta, legumbres, pescado, croquetas, purés… lo que sea, ellos no dejan de comer nunca. Eso sí, como todos, tienen sus preferencias. Es el caso de mi hijo Alfonso este último año (antes estaba en el grupo que os explicaré después). Come de todo pero si le dices que hay pasta le das un alegría, y si les dices que hay pescado, te va a decir que no lo quiere. Pero se sienta en la mesa y lo come sin problemas.

4. Niños zampabollos: Son esos niños que comerían a todas horas, da igual el qué, lo mismo les da ocho que ochenta. Es el caso de mi hijo Rafa, le das una manzana y se la come a mordiscos desde los 15 meses, con pepitas incluidas, no hace distinciones. ¿Que le das por primera vez un albaricoque? que tal cual se lo zampa como si llevase toda la vida comiendo frutas veraniegas.

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Sí, tenía 15 meses y ya estábamos así con la fruta, no chupándola ni deshaciéndola sino mordiéndola.

Tengo que confesar que, cuando llegamos de paseo a mediodía, se pone tan nervioso sabiendo que le toca comer que no le meto en casa, vamos, que le dejo frente al ascensor el minuto que me lleva calentar el puré. Si te pones a cocinar cualquier cosa y oye el microondas desde la otra punta de casa, corre a la cocina a pedir algo (tengo vídeos que os sorprenderían). En el parque, se arrima a cualquiera que lleve comida, o directamente intenta robar a los pobres niños. Da igual que yo le haya dado su papilla con dos piezas de fruta y unas galletas, es como si no hubiera vida más allá de la comida. Y lo último ha sido darle un jarabe a su hermano con jeringuilla (con la que todos sabemos que nadie come) y venir como un loco a pedir también medicamento.

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Secuencia del verano pasado. Así seguimos hoy.

«¿No sabéis que no se pueden dejar restos de comida?», estaría pensando él. Si algún día ve este blog me matará por poner una foto en la que se come las migas del suelo.

Menos mal que Alfonso era parecido y ahora es un niño al que puedo llevar a cualquier sitio con gente civilizada 😉 Eso sí, os digo una cosa, prefiero que se lancen a la comida que «pelearme» con ellos para que coman. Y vuestros peques, ¿de qué grupo son?, ¿algún consejo para las mamis con peques que comen mal?

Parto en casa/cesárea a la carta

Últimamente veo posturas muy enfrentadas en esto de la maternidad y la crianza de los niños. La “disputa” más relevante en este sentido suelo encontrarla en el asunto pro-lactancia/pro-biberón. Sobre este tema no voy a hablar hoy, creo que todas las madres sabemos los beneficios de la lactancia materna y quienes decidimos optar por biberones, antes o después, lo hicimos por motivos que consideramos suficientemente relevantes (mastitis, vuelta al trabajo…). Así que no voy a entrar en este debate.

Una de las últimas campañas en favor de la lactancia materna.

Lo que leo últimamente (esta noticia que publicaba ABC ayer me hizo escribir hoy este post) es que las futuras madres se interesan cada vez más, por un lado, por un parto en casa y, por el contrario, por cesáreas programadas; esto último sabéis que está muy de moda entre las famosas. Sin ser matrona, ginecóloga ni nada semejante, tengo la sensación de que hay cosas que sólo necesitan un poco de sentido común. Vamos a ver, imagino que todas sabéis que una cesárea es una operación de cirugía mayor en la que se abre un órgano (en este caso útero) y que requiere anestesia, ¿no? Supongo que, sabiendo esto, todas coincidimos en que, si no es por motivos de salud, lo mejor es un parto natural.

Con esto quiero decir que hacerse una cesárea por motivos estéticos o porque te viene bien el día me parece una soberana frivolidad. Adelantar un mes el nacimiento de tu hijo a través de una cesárea porque no quieres engordar o por aprovechar la anestesia para hacerte unos retoques denota poco conocimiento. En el primer caso, porque no es bueno para tu hijo y, en el segundo, porque no debe ser muy recomendable andar haciéndote arreglitos internos cuando tu cuerpo acaba de «crear» una nueva vida.

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Sobre los partos en casa, más de lo mismo. Parir es una cosa natural, sí, pero no está exenta de riesgos. Me da igual que a tu casa vayan cinco matronas, gines o lo que sea a atenderte y que el hospital esté a 10  minutos. No tiene porqué pasar nada en un parto pero eso no significa que no vaya a pasar. Que también puede haber complicaciones en un paritorio, pero siempre habrá más medios para hacer frente a cualquier imprevisto. En España, quien puede “financiarse” un parto en casa, imagino que también podrá elegir un buen hospital con buenos profesionales a los que les puedes dar indicaciones sobre evitar episiotomía, estar en ésta u otra postura, o tener una habitación estupenda.

Eso no quita para que los hospitales tengan que mejorar muchas cosas, entre otras, que las plantas de maternidad sean algo más acogedoras porque, al fin y al cabo, las parturientas no somos enfermas. O que en los partos se intervenga menos (esto ya se está haciendo en muchos centros hospitalarios). Pero señores, la medicina y los profesionales están aquí para algo y por eso nuestra calidad y esperanza de vida ha mejorado tanto de unas décadas a esta parte. Se trata de recurrir a los avances médicos pero sin pasarse, vamos, ni lo uno ni lo otro, ¿qué opináis vosotras?

Reacciones ante un recién nacido

Es curioso cómo los recién nacidos generan sentimientos muy distintos en unas u otras personas. Hay a quienes estos pequeños les parecen aburridos y lo cierto es que no hacen gran cosa ni interactúan con nosotros. Sin embargo, a otras personas nos parecen unos seres tremendamente especiales y a la vez alucinantes.  El caso es que ayer Alfonso y Rafa conocieron por fin a su nuevo primo. No sé si ocurre en todos los hospitales públicos pero, aquí en Gijón, los niños pequeños no pueden entrar en la planta de maternidad así que tuvimos que esperar a que le dieran el alta.

Me ha sorprendido muchísimo la reacción de los dos peques. La verdad es que estaba deseando que llegase ese momento sobre todo para ver el comportamiento de Alfonso. Y es que, cuando nació Rafa, acaba de cumplir dos años y no fue muy consciente de su llegada, la primera vez que le vio apenas se inmutó, curioseó y poco más, hasta que poco a poco fue dándose cuenta de su papel de hermano mayor y ya no podía vivir sin él. Ayer me alegró mucho ver la ilusión con la que tocaba al bebé, cómo sonreía al verlo en brazos de maridín, cómo decía su nombre una y otra vez, vamos, ha sido totalmente consciente de lo que es un recién nacido.

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Con lo que no contaba fue con la reacción de Rafa. Ya os adelanto que nos reímos muchísimo. Yo creía que iba a mirar para él y poco más, en plan «menudo coñazo de criatura, con lo divertido que soy yo». Madre mía, nada más lejos de la realidad, fue sacar del carro al peque y empezó a gritar «bebeeeeeeeeeeeeee». Maridín tenía al nene en brazos y Rafa venga a gritar e intentar meter la pezuña, así que decidí coger yo al crío pensando que se le pasaría pero ¡¡¡qué va!!! Vino detrás de mí y venga a gritar hasta que se lo puse en las narices, le dije que le diera un beso y el gordo tan feliz. Se iba medio minuto y volvía gritando «bebeeeeeeeeeeee» y vuelta a darle otro beso al pobre Jorge. En fin, no paramos de reírnos aunque temíamos por la integridad física del recién nacido.

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¿Y qué puedo decir de mí? Nada que ya no sepa a estas alturas, que tengo un instinto maternal bestial, que muero por esas pequeñas criaturas, que aunque hayas pasado por eso, las cosas se olvidan. Se olvida cómo coger a un recién nacido cuando ya llevas meses colocándote a tu pequeña bestia en la cintura, apoyado sobre la cadera, como si de un saco de patatas de tratara. Se olvidan esos gestos que sólo ellos tienen porque luego ya tienen otro tipo de expresiones. Y se olvida porque es un periodo muy breve. ¿Os gustan los recién nacidos?, ¿os parecen aburridos? Cuando estáis con uno, ¿os vienen a la mente recuerdos de vuestros hijos?

Recordad que seguimos con el sorteo de un conjunto de baño de Neños a alegir en el post anterior.

Familias numerosas, ¿y qué?

Ayer la noticia salía en muchos medios de comunicación: Raúl González y su mujer van a tener su sexto hijo. A la mayoría de nosotras esa cifra nos hace soltar un woooow pero en ningún caso vemos algo negativo en ello, al menos yo no lo veo. Horas después se supo que Borja Thyssen y su mujer van a  tener el cuarto retoño. Pues mira qué bien, porque además se lo pueden permitir.

No es que tenga yo mucho interés en la vida de los personajes públicos pero el caso es que, en cada medio en el que veía la noticia, me encontraba comentarios de lo más hirientes y, porqué no decirlo, machistas, incluso de algunas mujeres. Lo primero que me sorprende es que se llame a una mujer «coneja» por el hecho de tener seis hijos. ¿Pero en qué narices está pensando la gente? A estas alturas, creo que a nadie se le escapa cómo se queda una mujer embarazada y vivimos una época en la que, quien quiera, puede acceder a métodos anticonceptivos muy variados, y esto es algo que no sucedía antes. Además, tenemos la suerte de que podemos quedarnos en casa cuidando de nuestros hijos o podemos trabajar sin que a la mayoría le sorprenda (salvo a cuatro marujas), y antes sólo existía la primera posibilidad. Entonces, ¿qué hay que opinar sobre alguien que decide tener seis criaturas?, ¿a quién puede molestar eso?, ¿alguien cree todavía que se tienen hijos porque eso es para lo único que estamos destinadas?

Schalke's Spanish striker Raul who is leaving the club and his children thank the fans after the German first division Bundesliga football match FC Schalke 04 vs Hertha BSC Berlin in Gelsenkirchen, western Germany, on April 28, 2012. Schalke won the match 4-0. AFP PHOTO / PATRIK STOLLARZ RESTRICTIONS / EMBARGO - DFL LIMITS THE USE OF IMAGES ON THE INTERNET TO 15 PICTURES (NO VIDEO-LIKE SEQUENCES) DURING THE MATCH AND PROHIBITS MOBILE (MMS) USE DURING AND FOR FURTHER TWO HOURS AFTER THE MATCH. FOR MORE INFORMATION CONTACT DFL. TELETIPOS_CORREO:SPO,SPO,%%%,%%%

Pues qué queréis que os diga, yo les veo una familia totalmente feliz.

Después están los comentarios de «con la pasta que tienen, así cualquiera». Hombre, no es lo mismo que tengan seis críos Raúl y Mamen que Carmen y Chema pero honestamente, ¿cuántas tendríamos seis hijos con su cuenta corriente? Porque yo reconozco que cuatro o cinco no me importaría nada pero a seis no llegaría ni aunque me tocase el Euromillón. Es más, ¿cuántos famosos tienen cuentas corrientes de no sé cuántos ceros y tienen uno o dos hijos? Pues mira, prefiero que se lo gasten en traer prole a este país, que falta nos hace, que en comprarse Ferraris. Así de claro.

Ayer en el parque tuve momento colapso. Primero Alfonso chocó con una niña y fui a consolarle, en ese momento Rafa se cayó y solté a uno para ir a por el otro. El comentario de turno fue: ¿Y tú quieres tener un tercero? menuda moral. En serio, cuándo llegará el día en que nadie juzgue si tienes muchos o pocos hijos. So soy yo quien va a cuidar de ellos y además mis hijos no son una carga, ¿qué tiene que opinar la gente?, ¿os ha pasado que os juzguen por no tener hijos?, ¿por tener más de los que socialmente están «aceptados»?

 

El cuidado de los hijos, ¿en quién recae?

Cuando uno lee «El cuidado de los hijos recae en la madre en el 82% de los casos y la abuela ya es la segunda opción« se queda, cuando menos, perplejo. Es lo malo de los titulares, que son tendenciosos. Por eso me alucina que la gente comparta enlaces en Facebook sin haberse tomado la molestia de leer los contenidos. Pero esa ya es otra historia.

Si me quedase sólo con el titular con el que inicio el post de hoy, pensaría que los hombres, como antaño, no se hacen cargo de la crianza de los hijos. Y sinceramente, no tengo yo esa sensación sino que veo a mi alrededor padres encantados con sus niños y que se implican en la educación y en el cuidado de los peques. Pero claro, hay que seguir leyendo.

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Lo primero, y para que sepáis de lo que hablo, es que los datos están extraídos del CIS (Centro de Investigaciones Científicas), por lo tanto nunca puedes saber si las respuestas que da la gente son realmente ciertas, aunque creo que tampoco tendría sentido mentir en esto. Y lo segundo es que, si al titular le añadís las palabras «mayoritariamente» y «menores de tres años», entonces las cifras van cobrando sentido. Vamos a ver, si tuvierais que decir quién se ocupa o ha ocupado mayoritariamente de vuestros niños de menos de tres años, ¿cuántas dirías que vuestra pareja? Imagino que pocas.

La realidad es que los padres de hoy en día participan de una forma muy activa en el cuidado de los niños y, cuando la madre también trabaja, comparten las tareas casi de forma equitativa, pero ese «casi» supone que cuando hay que trabajar menos, somos nosotras las que pedimos reducción de jornada o jornadas continuas para salir antes y poder estar con los niños.

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La realidad es que, en el parque, lo que veo frecuentemente son madres, aunque también algún padre. Y como ya nos conocemos, sé de sobra cuántas de ellas han renunciado a crecer profesionalmente para pasar más tiempo con sus hijos. Y no quiero decir que los padres no harían determinadas renuncias laborales por sus hijos pero, como lo hacemos las madres y se da por hecho que somos nosotras las que debemos hacerlo, pues a ellos la paternidad no les supone problema alguno en sus trabajos.

Mi experiencia es que la mayor parte del cuidado de mis hijos la llevo yo, fundamentalmente porque trabajo poco. Que conste que soy feliz pasando tanto tiempo con mis hijos, para nada me siento una profesional frustrada porque lo que más quería en este mundo era tener mi familia y la tengo. Es más, si fuese rica, trabajaría lo justo y en algo que me gustase mucho (como la tv, que es donde disfruto), me dedicaría a aprender cosas que me interesan, a mis hobbys y, como ahora, a  estar con mis hijos. Así de claro.

Y ahora me gustaría saber cuántas de vosotras habéis pedido excedencias, reducción de jornada… Cuántas sabéis que tener hijos os ha frenado profesionalmente y a cuántas de vosotras, por contra, la maternidad no ha supuesto ningún cambio en vuestro trabajo… Y por supuesto, si hay casos en los que han sido vuestras parejas las que se han hecho cargo de los niños para que vosotras crecierais profesionalmente. Mucho me temo que el CIS no anda muy desencaminado con este asunto.

Las cenas de los niños

No penséis por el título del post que hoy voy a poneros aquí un montón de recetas e ideas para que vuestros peques coman variado, sano y sabroso. La verdad es que después de escribirlo, una se da cuenta de lo difícil que es reunir esas tres cualidades en los platos de todos los días. De hecho, a mí lo que me ocurre es que tengo la sensación de que siempre doy las mismas cosas a los niños para cenar, ¿os pasa lo mismo?

Bueno, para que podáis darme ideas y recetas, os cuento lo que cenan Alfonso y Rafa antes de su bibe y vaso de leche. Las cenas se resumen en:

– Pechuga de pollo empanada.

– Merluza.

– Tortilla francesa con queso (este es el único plato con el que me da guerra Rafa, y eso que hoy probó por primera vez un pincho de setas y queso Cabrales y como si llevase toda la vida, oiga).

– Albóndigas con tomate.

– Croquetas.

Cuando llega el fin de semana, abro un poco la veda y pongo salchichas (las devoran), hamburguesas (Rafa se come una entera con 17 meses que tiene, prometo post sobre el misterioso caso del niño que podría pasarse la vida comiendo), palitos de merluza congelados…

Por supuesto, vía libre en cumpleaños o reuniones familiares para comer gusanitos y dulces.

El caso es que no les doy muchas más cosas porque, a mediodía, zampan casi todos los demás alimentos. Alfonso come en el cole y veo su menú en la web del centro, que incluye legumbres, pasta, paella, potajes, carnes o pescados siempre de segundo y fruta o yogur de postre. Y Rafa come a diario verduras (judías, brócoli, calabacín, zanahoria…) en los purés, en los que también meto legumbres y carne.

Un sábado por la mañana tomándose una manzana cada uno.

Además, los dos meriendan fruta todos los días, Rafa toma dos piezas en la papilla y Alfonso prefiere una pera o manzana troceada. A priori, tengo la impresión de que por el día comen bastante sano y variado. Sin embargo, con la cena no me pasa lo mismo, ¿qué dais a vuestros peques?, ¿debería también darles por la noche verduras, pasta, arroces?, ¿alguna recetina sencilla y sana? Que sea sencilla es importante porque Dios no me ha dotado con el don de los buenos cocineros.

El lenguaje de los peques

Este es uno de esos posts que disfruto especialmente al escribirlo, es más, es posible que me entre algún ataque de risa y maridín ponga cara de incredulidad desde el sofá. Hace justo un año os contaba cómo era de divertida la jerga de mi hijo Alfonso, cuando por entonces no tenía todavía dos años y medio. La verdad es que al leerlo ahora, 12 meses después, me doy cuenta de la cantidad de cosas que había olvidado, ¡ya no me acordaba de su vena afrancesada!

Un niño de dos años conoce entre 20 y 200 palabras, mientras que a los tres años ya sabe 1000 vocablos, son verdaderas esponjas. En este momento, ya no nos llama la atención cómo dice las palabras Alfonso, porque le entendemos perfectamente, sino la manera en que cuenta las cosas o la confusión que tiene con el significado de algunos términos. En el punto en el que está, no hay un solo día que no me haga reír con alguna ocurrencia porque además es de los que no calla y ya se sabe, a más conversación, más posibilidades de risas.

Cuando un niño es charlatán, lo sabes desde que es pequeño, no hace falta que sepa mucho vocabulario. Véase a mi hijo Alfonso con 21 meses, no he podido resistirme a colgar este vídeo en el que habla algo parecido al chino.

No me preguntéis porqué pero a las profesoras del comedor del colegio las llama “comedoras”, y eso que sabe sus nombres. Mis pantalones tipo cuero son pantalones “malotes”, la primera vez que lo escuché casi me caigo de la silla. Se sabe los nombres y apellidos de todos los niños de su clase pero, no sé porqué, el de Valentina no le sale, y la pobre niña es Calentina; lo sé, esto tiene que corregirlo pronto.

Tiene momentos de auténtica lucidez, aún me acuerdo que un día le pedí que me ayudara a recoger los juguetes y el tío va y me dice: “Ya sabes recoger tu sola”. Y se quedó tan ancho. Otro día, a la salida del colegio le pregunté, como siempre, qué tal el día, qué había comido, qué habían hecho… El caso es que no estaba muy hablador y en mi empeño por ser buena madre y dialogar, empecé a preguntar si habían estado ese día en clase Pepito, Menganita, Paquito… hasta que después de decir un nombre me grita:

-¡Qué no, qué no, qué no! –

-¿No fue Jaimito?- insisto yo.

– Que no me hagas tantas preguntas- me dice. Y continuamos nuestro camino al parque en silencio. Claro, ellos también tienen días en los que no tienen ganas de contarlo todo o sencillamente se ven abrumados ante padres plomizos 😉

http://youtu.be/HkNsgszq4po

Este es uno de esos vídeos que dieron la vuelta al mundo. Dos gemelos hablando un idioma propio que ellos parecen entender a la perfección.

El otro día, paseando por la calle, Alfonso me señaló un paso de peatones en el que una de las líneas estaba ya despintada y me dijo que a ese paso le faltaba un peatón. Me partía de la risa. En general, habla muy bien y se le entiende todo lo que dice pero donde mayor confusión tiene, y eso creo que les pasa a casi todos a esa edad, es con los tiempos verbales: ponió, he hicido, dijir…

En fin, creo que el tema de las ocurrencias aún dará para más posts y va a durar unos años más ya que lo del vocabulario lo tiene prácticamente dominado. Mientras tanto, Rafa, con 17 meses, está empezando y dice ocho palabras: papá, mamá, ¡¡¡bien!!!, agua, hola y, no sé porqué, tres, siete y diecisiete, igual debería incluir estos número en el Euromillón 😉 Eso sí, también tiene sus conversaciones indescifrables pero es mucho más tímido que su hermano. Y vuestros peques, ¿cómo avanzan con su lenguaje?

Por cierto, os dejo este vídeo que han hecho unos amigos para los peques que estén aprendiendo el abecedario, ya sabéis que con canciones siempre aprenden mejor las cosas. A ver si a vuestros peques les gusta.