por nosoyunadramamama | May 25, 2016 | bebes, crianza, educación, lenguaje, Maternidad y embarazo, Sin categoría
Visto lo visto, ya puedo decir que en mi casa ha habido de todo. He tenido un hijo que en sus inicios hablaba algo parecido al chino y que luego siguió un ritmo normal de aprendizaje en cuanto al idioma materno. Después llegó Rafa para demostrarme que que se puede ser un bebé y hablar como un paisano, con un vocabulario amplio y selecto que lo mismo incluía un «por cierto» que un «venga tío» a los 20 meses. Y ahora tengo un pequeño de 17 meses que no se esmera lo más mínimo en soltar prenda. Que sí, que lleva ya unos meses parloteando algo pero no dice ni una sola palabra inteligible en nuestro idioma, más allá de papá o mamá. Eso sí, el condenado lo entiendo todo. Pero hablar español, nada, que cuando quiere algo, te coge de la mano y te lleva al lugar del delito o de las galletas. Veréis que igual es de los que no dicen bien la r y menudo nombrecito tiene 😉

Os voy a decir una cosa, es algo que no me preocupa nada por el momento. Al igual que para andar, cada uno tiene su ritmo y no me inquieta que esté cerrado en banda con esto de comunicarse en castellano porque, por el momento, se hace entender a través de gestos, y además es muy teatrero. Pero ya pensando en niños más mayores, como Alfonso, hay dos cosas fundamentales para que hablen y escriban bien en el futuro, que uno se encuentra cada falta de ortografía por ahí, que duele todo 😉 Una es leer y que les leamos, tanto para escribir como para hablar correctamente; el otro día sorprendí a Alfonso leyendo un periódico con 5 años (los deportes, eso sí) y hasta me emocioné.
Y segundo, y eso ya para los mayores de 6 años, creo que es muy positivo tener el diccionario siempre a mano. Lo reconozco, he vivido media vida, desde que tengo uso de razón, pegada a un diccionario o a varios, porque el de latín me dio mucho juego, y el de inglés otro tanto de lo mismo. Pero del que nunca me separé fue del de español, no olvidaré lo que pesaba el condenado en la mochila día sí, día también. Creo que usarlo a menudo me vino muy bien a la hora de tener recursos para escribir, sobre todo de cara a encontrar sinónimos. El juego de Tabú también fue un clásico 😉
Hoy en día, mis hijos aún no están en contacto con el mundo online pero, cuando les toque, se librarán del diccionario de papel de cientos de hojas y buscarán a través de la red, como hago yo todos los días. Para mí, es una herramienta fundamental en el cole y en trabajos como el mío. Yo, por ejemplo, uso Woxikon, que lo mismo me busca un sinónimo cuando estoy espesa que me encuentra palabras que rimen entre sí, que traduce en 13 idiomas, que conjuga verbos. Vamos, un poco de todo. Para mí, el haber usado tanto el diccionario de niña, ha compensado un poco el hecho de leer poco cuando he sido más mayor, que es otro de los pilares fundamentales a la hora de escribir y hablar bien. En fin, por ahora, a los niños les dejo tranquilos que son pequeños. Pero vamos, que enseguida les encasqueto un diccionario. De momento, leemos con los mayores y le hablamos mucho al pequeño, a ver si se lanza y se esmera un poco. ¿Cómo lo llevaron vuestros hijos?, ¿hacéis algo para que hablen bien los mayores?
por nosoyunadramamama | May 24, 2016 | crianza, Maternidad y embarazo, Sin categoría
No he nacido para sufrir, y entiéndaseme bien, no para sufrir innecesariamente. La vida ya me irá dando golpes, de los de verdad; tarde o temprano, todos pasamos por pérdidas y vemos enfermedades a nuestro alrededor así que, con sinceridad os digo, no me apetece no disfrutar de lo que tengo ahora. Y eso, por supuesto, incluye la maternidad; tengo una forma de entender esta vivencia muy parecida al resto de facetas de mi vida, no me rasgo las vestiduras y entiendo que, en la medida de lo posible, no tengo porqué sufrir, más bien, lo contrario. Eso sí, parto de una premisa realista, la maternidad no es sencilla, y quien quiera llevar una vida igual siendo madre que sin serlo, desde luego, es que no se ha parado a mirar a su alrededor.
Pero bueno, una cosa es que las cosas cambien y otra que todo se convierta en un sacrificio constante, como si la máxima de mi vida fuese la felicidad de mis hijos a cualquier precio, aunque supusiese estar yo triste o amargada. Pues no, yo tengo derecho a ser feliz como madre y como mujer, porque también existo en otras facetas. He encontrado la forma de ser feliz y de que mis hijos lo sean, porque lo justo es que todos lo seamos, no sólo ellos. No me planteé una forma en concreto de criar a mis hijos, fue surgiendo aunque, de alguna manera, supongo que ha influido la forma en que me criaron a mí. Y como fui feliz y me considero una persona sana en todos los sentidos, es evidente que quiero parecerme a mis padres en muchos aspectos.

Y por poner un ejemplo de que mi felicidad también cuenta, y además siempre lo he recalcado: yo no pude tener unas lactancias normales con mis hijos por las mastitis. Lo intenté, me asesoré, me ayudaron y la cosa nunca se solucionó del todo. Pues oye, a otra cosa mariposa. Les doy biberón y listo, y todos tan felices. Yo prefiero pensar en la suerte de que hoy en día tengamos leches de fórmula que nos permitan alimentar a nuestros bebés con seguridad en lugar de llorar porque no he podido darle la mejor. Esto de las mastitis te pasaba hace un siglo y le tenías que dar leche de vaca directamente a un recién nacido o dejar que lo amamantase otra señora que atetaba a 10 bebés más. Así que, ¿para qué amargarse? Y al contrario, últimamente he encontrado varias cuentas en Instagram de madres que confesaban sentirse completamente agotadas y sintiendo cierto rechazo al tener bebés y niños que demandan pecho de continuo y yo me pregunto: ¿no es mejor que los dos estén bien?, ¿qué hay de malo en pretender dormir dignamente?, ¿es eso egoísta? No lo creo.
Yo es que reconozco que de mártir tengo bien poco. Mi vida hubiera sido más cómoda si en lugar de tres hermanos hubiera tenido uno, o si hubiera sido la pequeña en lugar de la mayor. Pero es algo que ni me planteo, es lo que es, y con lo que he tenido he intentado disfrutar. Punto. Es más, yo sé que hay gente que me mira por la calle, me ve con tres niños y sufre pensando que yo estoy sufriendo. Y nada más lejos de la realidad, estoy disfrutando como nunca. Y si un día necesito salir a cenar con mi marido, pues voy, sin remordimientos. Y si resulta que una madre necesita trabajar para sentirse realizada, le hago la ola. Lo realmente malo es quedarse en casa porque crees que tienes que hacerlo pero en realidad no estás a gusto haciéndolo. Y al contrario. Esto no es una competición a ver quién sacrifica más por sus hijos; desde luego, yo no entiendo la maternidad como un sacrificio sino como la oportunidad más grande de disfrutar de la vida.
por nosoyunadramamama | May 9, 2016 | crianza, educación, Maternidad y embarazo, niños, Sin categoría, Uncategorized
Cuando eres madre, comienzas a entender ciertas cosas de tu infancia. De alguna manera, mirar a tus hijos es verte de nuevo a ti hace muchos años, con otras perspectivas y otra forma de entender la vida. El otro día, me llegó una foto por whatsapp de Alfonso y sus compañeros de clase; estaban en el autobús e iban de excursión a una granja. Miré la imagen una y otra vez, vi sus caras y ahí estaba reflejada esa misma ilusión que yo sentía de niña con planes así. Sólo el hecho de subirme al autocar con mis amigas ya me parecía lo más. El pasar el día con ellas sin pisar el cole, el librarme del uniforme e ir vestida con unos vaqueros, el comer de bocadillo… con tan poco, era capaz de hacerme la persona más feliz del mundo.

Y eso es lo que vi en la cara de mi hijo y en sus nervios ya el día anterior. Hice lo mismo que en su día hacía mi madre: ir a comprar patatitas con él, porque de eso no tenemos habitualmente en casa ni tampoco había en la de mis padres cuando éramos niños. Era algo que sólo se comía en ocasiones especiales y así sucede ahora con mis hijos. Cosas tan simples como ésas se convertían en algo único. Reconozco sentir cierta nostalgia; a día de hoy no necesito cosas fuera de lo común para disfrutar pero esa capacidad de goce se pierde de alguna manera cuando somos adultos. Ya no existe esa espontaneidad que veo en Rafa cuando, de repente, está dibujando y, sin ton ni son, decide coger su disfraz de Spiderman y enfundarse en él.

Es increíble pero algo tan sencillo como un colchón sin sábanas les da un juego… Cuando yo veo una cama sin cubierta, lo único que pienso es vaya faena. Cuando ellos se la encuentran sin colcha ni nada, no piensan en nada más que en subirse a ella y dar saltos como si no hubiera un mañana. Esas respuestas que tienen, esas ideas locas, esas capacidad de improvisación, de emocionarse con todo… eso es algo que perdemos. Ojo, que luego tienen lo suyo, ehhhh… Pero hoy, me quedo con esta parte recalcando que, de vez en cuando, es bueno fijarnos en ellos para no olvidar que un día fuimos así.
por nosoyunadramamama | Abr 11, 2016 | crianza, educación, Maternidad y embarazo, Sin categoría, Uncategorized
Iba por la calle, empujando el carrito de mi hijo pequeño, mirando hacia atrás a mis críos mayores, que caminaban despacio porque iban merendando su fruta. Era la hora de salida del cole, había mucho tráfico y más niños andando con sus padres por la calle. Y entonces, una señora que venía de frente a mí, me riñó por no ir mirando hacia adelante y casi chocar entre nosotras. Podría entender su cabreo si fuese contemplando el paisaje, mi móvil o si fuera corriendo. Pero no, iba a paso de tortuga controlando que mis hijos mayores no saliesen a la carretera. No creo que sea para enfadarse. Y si vienes de frente y ves el percal, te paras o cambias tu trayectoria, no es tan terrible. Yo lo hago si veo a una persona con movilidad reducida, a alguien que va cargado… no sé, por pura educación. Pero de repente, esos detalles te hacen ver la falta de empatía que hay por el mundo. Nadie se pone en el lugar del otro y entonces, todo parece molestar y la gente vive continuamente enfadada. Hemos llegado al punto en el que todo y todos estorbamos.
Y los niños, no sé por qué, especialmente. Las excusas siempre son las mismas: hacen ruido, lloran, hablan alto, a veces corren, son espontáneos y no saben comportarse. Y eso, es muy discutible. Lees la noticia de que una niña fue mordida por un perro al ir corriendo hacia él y los comentarios en torno al tema se refieren a la niña como culpable. Y no lo entiendo, es solo una cría de 3 años a la que tienes que vigilar pero no la puedes llevar amarrada sin moverse. Y te enfrascas en una absurda discusión con gente que sigue creyendo eso de «pues que no hubiera ido corriendo hacia el perro». Después, lees también que prohíben la entrada a niños en algunos restaurantes y obviamente, la idea te cabrea. Y aún te irrita más que la gente lo defienda. ¿Nos parecería igual de bien que prohibiesen la entrada a mujeres en general? pues seguro que era normal hace medio siglo y ahora nos parecería, cuando menos, un retraso. ¿Creeríamos normal prohibir la entrada a asiáticos?, ¿a grupos de más de 4 personas? Creo que no. Pero a los niños sí, lo aceptamos, todo amparándose en el derecho que tenemos los adultos a estar tranquilos en algunos sitios.
Y yo me pregunto, el que quiere estar tranquilo y que nada le turbe, ¿por qué no se queda en su casa? Que yo sepa, los niños suponen un porcentaje importante de la población mundial y, por si alguien no lo sabe, la Convención de los Derechos del Niño aprobada por Naciones Unidas en 1989 (y ratificada por España en 1990), reconoce en su artículo 31 el derecho del niño al descanso, al esparcimiento, al juego, las actividades recreativas, la vida cultural y las artes. Por tanto, este tipo de prohibiciones podrían considerarse ilegales al ser discriminatorias. Luego la gente se echa las manos a la cabeza con los colegios que separan niños y niñas, pero les parece super normal separar adultos de niños.

Imagen extraída de El Mundo
¿Van a prohibir los hoteles a la gente que arrasa en los buffets con carteles de «Prohibidas las personas que comen mucho»?, ¿van a impedir el paso en los hoteles a aquellos que se quedan con las hamacas de las piscinas que luego apenas usan? Venga ya, no es una cuestión de edad. Es una cuestión de educación, y lo mismo que hay niños maleducados, hay adultos maleducados. Así que, pongan normas en sus locales y si quieren silencio, o que la gente vaya vestida de tal o cual manera, exíjanlo a mayores y niños, pero no discriminen.
Hasta donde yo sé, un restaurante es un sitio para comer, donde la gente charla y donde, por cierto, me he encontrado infinidad de veces grupos de gente mayor haciendo mucho ruido. ¿Y qué?, ¿me tengo que amargar?, ¿tengo derecho a quejarme? Si no quiero jaleo, me quedo en casa, o me voy a un spa, a una iglesia o al monte. Además, ya somos mayorcitos y de sobra sabemos en qué garitos, locales, bares, restaurantes, hoteles… hay ambiente juvenil, de pareja, de gays, o de lo que sea. Y en la entrada no te pone»Preferimos que no entren heterosexuales».
En realidad, y para aquellos que estén pensando lanzarse a mi yugular bajo el argumento de que ya hay muchos sitios donde pueden estar los niños y que menudo problemón no poder entrar en unos pocos, diré que no, no es éso lo que me molesta. Es la idea de que los niños sobran, de que fastidian, la que me entristece. ¿De verdad no podemos soportarlo? Y no, no soy la típica madre que cree que sus hijos pueden hacer lo que quieran ni que los niños tienen más derechos que los adultos, no tienen ni más ni menos. Mis hijos también tienen límites y obligaciones. Pero como niños tienen una naturaleza distinta a la de los adultos, no son mejores ni peores. Y por supuesto, he salido de algunos sitios si he visto que mis hijos se han puesto tercos o de mal café. Y no pasa nada, empatía es lo que hace falta y en vez de mirar mal, se agradecería un ¿quieres ayuda?.
Hay una gran frase de Buda que resume muy bien lo que creo que está pasando a la gente: «Todo lo que te molesta de otros seres, es solo una proyección de lo que no has resuelto de ti mismo». Luego no nos quejemos de las nuevas generaciones si construimos nuestros mundo de espaldas a los niños. ¿Qué opináis sobre esto?
por nosoyunadramamama | Mar 8, 2016 | crianza, Maternidad y embarazo, Sin categoría, Uncategorized
Aquí estoy, levantándome cada día con un despertador que tiene nombre de bebé. Un niño que me acompaña a todas partes, a todas horas, todos los días. Que invade mis duchas, que deshace las camas mientras yo trato de hacerlas, que cambia el programa de la lavadora, que se agarra a mis piernas cuando cocino, que me pide que le coja en brazos cuando me siento delante del ordenador a trabajar y quiere tocar el teclado impidiendo que pueda seguir haciéndolo. Un bebé que me acompaña al supermercado y hasta a la peluquería, lugar que piso, con suerte, dos o tres veces al año. Un bebé que acaba de empezar a hacer una única siesta diaria sin hora fija y un poco breve, lo que no me permite planificar el tiempo de trabajo en casa.
Aquí estoy, preparando cada día la comida de mi marido, para que pueda volver pronto al trabajo por la tarde y llegar a casa a la hora del baño de los peques. Intentando volver a sentarme delante del ordenador otro breve rato hasta que comienzo a preparar la merienda de dos niños y un bebé, a cambiar pañales y a repasar si toca o no entrenamiento del mayor para coger las botas de fútbol, o decidir si iremos al parque, en función del clima, para llevar unos coches o un balón con los que puedan jugar con otros niños. Siendo siempre una de las últimas en llegar al colegio a recoger a los niños porque se me echa el tiempo encima. Sobrellevando las quejas de uno, los llantos de otro, las discusiones de ambos.

No importa, ésta es la vida que he elegido, no querría haber tenido otra. Pero de vez en cuando, necesito mi espacio, yo sigo siendo muchas cosas además de madre. Por eso, aún estando ahora el 95% de mi tiempo con mis hijos, quiero seguir haciendo cosas que me mantengan en el mundo real, irme a correr, salir a cenar algún fin de semana y, poco a poco, ir encontrando huecos para mis hobbys, o quizás volver a trabajar en una oficina, en una redacción o en un plató, aunque agradezco ahora mismo poder trabajar desde casa. Si de algo me siento orgullosa de mi padre es de que, además del mejor padre, fue capaz de sacar un doctorado y una cátedra mientras trabajaba y con 4 hijos. Si de algo me siento orgullosa de mi madre, además de ser la mejor madre, es de que siguiese trabajando y finalmente montase su propio negocio cuando ya éramos mayores.
Y no me siento mal si, a las siete de la tarde, lo habitual es que quiera que lleguen las 9 de la noche para que mis tres soles estén durmiendo y así poder hablar con mi marido sin interrupciones. Y no me siento extraña por necesitar desconectar un rato al día, aunque casi siempre sea imposible siquiera darse una ducha sin testigos. Porque son lo mejor que tengo, pero agotan. Porque es lo que siempre quise, pero sé que mis hijos crecerán y ya no requerirán de mí en la misma medida. Y porque yo existía antes de ser madre, de otra manera, pero ahí estaba, haciendo cosas, disfrutando también de la vida, de distinta forma. Por eso, de vez en cuando, en este caos maravilloso en el que me encuentro, conviene que no olvide que yo también cuento.
por nosoyunadramamama | Mar 4, 2016 | crianza, educación, Maternidad y embarazo, niños, preadolescencia, Sin categoría, Uncategorized
Que dicen que la preadolescencia es una etapa que se da en torno a los 9 años (yo aún los veo muy lejanos en esta casa) y resulta que mi querido hijo mayor, de 5 tiernos años, lleva una temporadita de ésas que te recuerda a un imberbe a punto de salirle granos. No es que esté insoportable, ni mucho menos, pobrecillo. Digamos, más bien, que está un poco reivindicativo, o pelín cargante, como con ganas de follón y alboroto. Sí señoras, mi ejemplar vástago, ése que no tuvo una rabieta hasta los casi tres años, ahora atraviesa por una crisis de «voy a tocar las narices un poco». ¿Cómo? Venga, que es guay imitar a mami cuando dice algo o te pide que obedezcas… Ummmm, yo tengo que respirar hondo porque la tercera vez que repite lo que yo he dicho me apetece entregarlo en adopción 😉 Y ya para qué hablar de los besos, está en modo «no me agobies con tanto cariño».

Por supuesto, mola mucho recurrir al «caca, culo, pedo, pis» y demás palabras relacionadas con lo escatológico. Y aún es más flipante poner como motos a tus hermanos pequeños, bien sea picando un poquito al mediano intentando llevarle la contraria o quitándole algo al pequeño, al que ya trata de «tú a tú» pero no penséis que el pequeñajo se amedrenta lo más mínimo… Por supuesto, mola protestar, así, sin mucha razón. «¿Qué hay para merendar?» (como si no lo supiera), me pregunta. «Pues manzana», le digo. Y venga, a indignarse porque estamos en fase de que hay que quejarse. Eso sí, luego no deja ni rastro de manzana, ni migas de bocadillo y aún pide más merienda.
Por supuesto, lo que no mola es hablar de niñas, esto ya le pasa desde hace tiempo. El otro día coincidió en el parque con una compañera y se lo pasó genial. Luego le dije: «vaya bien que te lo pasaste con Menganita». Y me puso cara de «va, tía, qué estás diciendo», porque otra cosa no, pero a expresivo no le gana nadie, para bien y para mal. Eso sí, esta etapa la estamos sufriendo en casa, porque hace poco tuvimos de tutoría con el profe y lo puso en un pedestal a todos los niveles, vamos, que el niños es casi perfecto. Tócate la gaita. Menos mal que cuando uno de los hermanos está en crisis, el otro está como la seda; no falla, es como si se quisieran ceder protagonismo para sus quejas particulares. Y suerte que es una nueva fase que se le pasará en unas semanas y que luego es un bendito. ¿Qué? ¿algún preadolescente más por ahí?
por nosoyunadramamama | Mar 1, 2016 | crianza, educación, Maternidad y embarazo, Sin categoría, Uncategorized
No hay día que no haya polémica en las redes sociales; con lo que a mí me gustan para debatir, indagar, contar experiencias, preguntar o sencillamente, entretenerme… Oye, que el viernes pasado colgué una foto de un biberón que a Gabriel le ha encantado y mientras algunas mamis se interesaban por el tamaño de la tetina por el tema de los cereales, alguien hizo un comentario poco afortunado incluyendo la frase «cebar a vuestros hijos» por darles ese alimento a nuestros churumbeles. Sin saber ni qué tipo de cereales ni si era una recomendación del pediatra, sin saber nada. Más allá de si tiene o no razón, que es absurdo al ser la dieta un cómputo de hábitos alimenticios, el comentario resultó un poco molesto por la connotación de la palabra cebar.
Yo no acostumbro a ir por la calle y decirle nada a ninguna madre que esté dando galletas o gusanitos a sus hijos. Uno, porque no me incumbe y dos, porque no sé la razón por la que se los da, no sé lo que han comido el resto del día, no sé nada de esa familia. Es probable que ni me fije en lo que meriendan el resto de niños. Una cosa es que vea a una amiga que da gominolas a los niños a diario y ni un trozo de fruta y, como amiga y por tener confianza, le puedo comentar de forma cariñosa que pruebe a darles otra cosa para merendar pero a alguien que veo de vez en cuando en el parque, ni se me ocurre. Conste que la chica en Instagram luego se disculpó y por mi parte, no hay más historia. No es la primera que me ocurre; esto pasa mucho en las redes e Internet.

De hecho, en vivo y en directo sólo he tenido un percance sobre la crianza de mis hijos. Hace tres años, viví una situación de ésas que te dejan sin palabras. Una no espera que, entablando una conversación con una conocida, intervenga una completa extraña para meterse contigo y con tu interlocutora. Rafa era un bebé de unos cinco meses y yo hablaba en una tienda de electrodomésticos con la señora que la regenta, donde por cierto iba a comprar una batidora. Como es lógico, al ser conocida, nuestro tema de conversación era el peque. Cuando empezamos a charlar sobre la lactancia, entró una señora de unos 70 años en el establecimiento. La dependienta, al contarle que ya sólo le daba biberón porque me había dolido mucho dar el pecho (tampoco entonces habían dado con mi problema), ella me contó que le tuvieron que operar por una mastitis.
En ese momento, la completa desconocida nos espetó: «No valéis para nada, yo le di el pecho a mi hijo hasta los 18 meses sin problema». Ojito, que la frase es literal, sin adornos. Nos quedamos tan bloqueadas que no supimos qué decir. Y me imagino que, como nosotras, cualquiera se hubiese quedado con cara de póquer. Como comprenderéis, me trae sin cuidado lo que opine la gente que no conozco, lo que no me gusta es la mala educación.. Con esta historia, reflexiono y me doy cuenta de ésto que me ocurrió a mí, que tan raro y tan mal nos parece, es algo que se hace de continuo en redes sociales e Internet y se acepta con normalidad.

¿Qué demonios nos hace pensar que podemos decir a alguien lo que nos parece bien o mal sobre la crianza de sus hijos?, ¿por qué entonces la gente se lanzó a la yugular de Beckham cuando su hija de 4 años apareció con chupete?, ¿por qué Coco Rocha tuvo que dar explicaciones sobre el hecho de que su bebé tomara leche de fórmula? Tengo la sensación de que en Internet y en las redes la gente dice todo lo que le apetece, todo aquello que jamás se atrevería a decir a la cara porque obviamente, no le incumbe y no se atreve. En esto de la maternidad, uno puede contar su experiencia, lo bien o mal que le ha ido con un producto, con un alimento, con lo que quiera, pero ojo con cuestionar cómo cría cada madre a su hijo. La última lapidación en Internet la ha sufrido Charlize Theron, a la que un medio calificó de mamá monstruo y en las redes sociales, la gente se encargó del resto.

Perdonad, a mí la reacción de una madre forcejeando con un niño me parece lo normal cuando tu hijo tiene una rabieta al lado de la carretera. ¿Será mejor dejarlo que se vaya corriendo y que le atropellen? En fin, que como no sabemos las circunstancias de cada familia, lo mejor es ser discretos. Detrás de cada biberón, de cada lactancia, de cada cereal o galleta, hay una madre que se ha informado, que también habrá tenido sus errores, que habrá llorado y que sólo busca tener un bebé feliz que se convierta en un adulto feliz. Nada más.
por nosoyunadramamama | Feb 15, 2016 | crianza, familia, hermano, Maternidad y embarazo, Sin categoría, Uncategorized
A mí me va la marcha y lo sabéis. Cada vez que alguien me mira con cara de agobio en determinadas situaciones, me río y pienso: coño, si yo viera esa imagen seguramente pondría el mismo careto. Porque al final, cada dos por tres, estoy metida en algunas coyunturas que, para qué negarlo, me generan cierto estrés. El día a día con tres niños seguidos tiene mucha historia. Una se organiza como buenamente puede pero sabe que hay citas ineludibles con el agotamiento.

Caras como la que tengo ahí denotan cierto estrés 😉
Sudo la gota gorda si quiero llegar puntual a algún sitio en coche. Creo que si me quitaran el reloj sufriría un ataque de ansiedad, sería peor que si me cortasen la mano 😉 Que lo del automóvil tiene mucha tela. Primero ubico las bolsas con las cosas de los niños, después sitúo a Copito en el asiento del copiloto a contramarcha, luego pliego la sillita y la meto en el maletero, después subo a Rafa y le ato el cinturón y posteriormente hago lo propio con el mayor, aunque últimamente puede hacerlo solo pero tengo que revisar que el cinturón esté bien abrochado. Sólo al escribirlo, me he cansado. ¿Total? Cinco minutos sólo para el trance de subir al coche. Y espera, que si esa situación es para salir de casa, sólo sudo. Pero si es en la calle, y a éso sumas el típico coche que pretende esperar para aparcar en tu sitio, eso ya es el equivalente a correr 10 kilómetros. No puedo, esa sensación de presión con toda la parafernalia de subir a éstos en el coche, me supera 😉
Otra situación que me ocasiona cierto estrés, por no decir mucho, es la que vivo cada semana en los partidos de fútbol de Alfonso. Oye, y pensar que el año pasado era sencillísimo porque Gabriel solía dormir ricamente y era un bendito. Pero claro, esos días de gloria y paz llegaron a su fin hace ya un par de meses. Y ahora, no sólo tengo que controlar que el mediano no meta otro balón en el campo (porque claro, él también quiere jugar) sino que tengo que vigilar que el pequeño no entre en pleno juego y se lo lleven por delante. Porque a ver quién es la guapa que lo retiene sentado en la sillita si no es a base de ir dándole trozos de fruta, galletas y hasta un sándwich si hace falta. Pero no es plan de cebar a la criatura. Así que claro, el día que los astros se juntan y llevo sola a Alfonso a un partido, entro en modo zen y lo mismo cualquier día me baja la tensión y todo.

Carreras con el suelo mojado en el lateral de la pista
Entrar en un supermercado es otra de ésas cosas apasionantes cosas que le pueden suceder a una madre de familia numerosa. A los típicos «¿podemos comprar éso, esto, aquello y lo de más allá?» en cada pasillo, se suman las carreras de un lado para otro por el supermercado y la lucha por llevar la dichosa cesta de ruedas. Obviamente, acaba cada uno con una cesta y luego hay que ser como Salomón: no le pongas una cosa más a uno que a otro porque se tenemos lío. Pues así, a bote pronto, éstas son algunas de las situaciones que más me estresan. Pero luego están las vacaciones de verano que, en general, acaban conmigo 😉 ¿Qué os genera más ansiedad de la maternidad?
por nosoyunadramamama | Feb 8, 2016 | bebes, crianza, Maternidad y embarazo, Sin categoría, Uncategorized
Un día tienes un churumbel y, no digo yo que la cosa no haga tambalear tu vida, pero oye, la criatura come, evacúa, duerme, ríe, gatea… y tú vives medianamente tranquila. Como buena primeriza, estás deseando que eche a andar, porque realmente crees que así será más independiente. Y es que no sabes que ahí empieza la juerga, la de verdad. Ríete tú de las noches en vela. Ahora preocúpate de que no se suba al mueble, de que no salte a la carretera… que si el gateo ya le dio libertad de movimiento, lo de andar ya es la bomba, ¡emancipación total! Y aún así, tu vida transcurre dignamente.
Llega tu segundo hijo y crees que aquello va ser abrumador. Pero no, el bebé duerme, come, evacúa, ríe y gatea… y la cosa sigue su curso dignamente. Ya no tienes prisa porque el bebé eche a andar, que no eres primeriza y todo es un poco menos emocionante. Y crees que lo de ser «bimadre» es relativamente sencillo, que no es para tanto. Hasta que el segundo decide que sí, que camina. Y ahí empieza la parranda, el jolgorio, la farra… por decirlo de forma bonita. No me digáis porqué, el vástago mayor ve en ese momento que su hermanito, el bebé, ya no lo es tanto, que ya está en igualdad de condiciones y que eso de tener que aguantar que te lo cojan todo como antes ya no vale. ¡Que comienza la guerra! Y ahí es cuando dices: ostras, pues va ser que tener dos niños es un poco agotador.

Y enseguida, te quedas embarazada del tercero. Y como eres muy optimista, pues ni se te pasa por la cabeza el momento «primeros pasos». De hecho, no quieres que llegue. Pero claro, todo vuelve. Y ese bebé tan mono que ríe, evacúa, duerme, come y gatea, decide empezar a caminar. Y entonces sabes que de verdad empieza tu «pesadilla». Porque los churumbeles mayores van a dejar de verle como ese bebé tan mono que caga, ríe, duerme, gatea y come para verle como uno más, en igualdad de condiciones. Con el extra de que el pequeño ha visto, oído y «olido» las peleas y tretas de su hermanos. Vamos, que lleva la lección aprendida. Señores, empieza la marcha. Continuará…
por nosoyunadramamama | Feb 4, 2016 | crianza, educación, Maternidad y embarazo, Sin categoría, Uncategorized
Has llegado tarde a recoger a los niños, se te ha olvidado que hoy el pequeño iba en chándal al colegio y le has puesto el uniforme, no le has prestado atención cuando te contaba algo sobre el recreo, te has puesto nerviosa y has pegado un grito cuando se han puesto a jugar a lo bruto y han tirado un marco de fotos… Prisas, trabajo, comprar algo para la cena. Demasiadas cosas. Y cada día te levantas y te dices: lo voy a hacer mejor que ayer. Y al final de la jornada te das cuenta de que no eres perfecta. Pero, ¿qué demonios es la perfección?, ¿estar siempre sonriendo pase lo que pase?, ¿no alterarse nunca?, ¿no llorar?, ¿mantener siempre la calma?
Y después de intentar averiguar cómo ser perfecta, te preguntas ¿realmente es posible? Porque ves que Fulanita tiene mucha paciencia y Menganita siempre se acuerda de todo. Pero seguramente no te fijas o no reparas en que tienen otros «defectos». No, no es posible ser perfecta. Tus hijos son lo primero pero no lo único; tienes trabajo, amigos, familia y un sinfín de cosas que hacer cada día para que todo funcione y cada jornada es como una pequeña maratón. La vida es así, no podemos hacer ni tener todo lo que nos gustaría. Tú no puedes ser perfecta porque la perfección no existe. Tú tienes que ser tu mejor versión, dejar que salga lo más especial de ti. Y para reír mucho, a veces hay que llorar. Para subir, a veces hay que bajar. Para disfrutar, a veces hay que sufrir.

Pero es que además, tus hijos no necesitan una madre perfecta. ¿Qué sería de la vida si siempre estuvieras en una nube?, ¿si ellos no supieran que hay días grises?, ¿si no vieran que los adultos también lloran? Los niños tienen que saber que la vida va de emociones, y también de errores. Y si un día gritas, les pides perdón y les cuentas lo que te molesta. Si un día se te olvida algo importante, hablas con ellos y propones comprar una pizarra donde apuntar las cosas. Y les dices que a ti también se te olvidan muchas cosas, y que no eres perfecta. Porque no lo eres, ni lo serás. Pero siempre serás la mejor madre, nadie les conoce mejor que tú y nadie hará lo que tú haces por ellos. Pide perdón, intenta mejorar en lo que sepas que realmente necesitas mejorar. Pero no te empeñes en ser perfecta. Las madres perfectas no existen. Lo dice una imperfecta.
por nosoyunadramamama | Ene 25, 2016 | crianza, familia, Maternidad y embarazo, Sin categoría, Uncategorized
Hasta hace poco más de dos años, no sabía lo que era el colecho. Creo que, en el lenguaje ordinario, la gente se expresa de una forma más coloquial con frases como «el bebé duerme en nuestra cama» o «dormimos con el niño». Como ya sabréis, porque ahora sí que usa más este término en medios y blogs, es una práctica que consiste en que los bebés o niños pequeños duerman con el padre, la madre o ambos. Es habitual en algunas culturas y, como todo, tiene pros y contras. Yo no me voy a detener mucho en ello porque hay decenas de webs que enumeran estas cosas. Cada uno valora, en función de sus circunstancias personales, laborales o vitales, lo que le conviene o no. En mi casa, hemos compartido cama con los niños en casos puntuales, si han estado enfermos o se han desvelado alguna noche (sin ir más lejos, el pasado viernes con Gabriel, y me levanté como si me hubieran dado una paliza), pero nada más. ¿Por qué no compartimos cama con los peques?
1. No lo necesitamos: Por suerte para nosotros, nuestros peques han sido y son dormilones. Desde el primer día, los he acostado en su cuna (los primeros meses compartiendo habitación) y han dormido bien en ella. Como cualquier recién nacido, han hecho sus tomas nocturnas pero, poco a poco, cada vez han ido durmiendo más y más horas hasta que, en torno a los cuatros meses, los tres dormían ya casi todas las noches más de 10 horas seguidas. Por tanto, si todos descansábamos, ¿para qué cambiar? Comprendo que, por falta de sueño y si los niños se despiertan mucho, no apetezca levantarse o ir a otra habitación varias veces.
2.Es incómodo: Sé que hay gente a la que no le importa compartir cama con los peques pero yo no puedo. Es más, sólo empecé a descansar cuando los cambiamos a otra habitación. La explicación es tan sencilla como que tienes activos los mecanismos de alarma. Es decir, que aunque no se despertasen, en cuanto se movían en su cuna u oía cualquier ruido… yo ya me despertaba. Y al final, cada noche podían ser varias veces, mientras que el niño no se despertaba ninguna. Por no hablar del miedo a aplastares cuando son pequeños o de que te aplasten ellos cuando no son tan bebés; vamos, es que podríamos acabar lisiados compartiendo cama con cualquiera de nuestros hijos. Sé que lo que se mueven los míos es excesivo, pero cierto es que muchos de los que practican el colecho confiesan que cómodo, lo que se dice cómodo, no es. Es más, yo duermo mejor incluso cuando no está mi marido. Cualquier día pongo dos camas juntas en lugar de matrimonial 😉

Las que me seguís por Instagram ya lo sabéis. Esta es una escena habitual en mi casa. Maridín les lee un cuento y se queda con ellos hasta que se duermen, cada uno en su sitio y… un rato después, Rafa en la cama de Alfonso y Alfonso en el suelo… ¡Decenas de posiciones posibles!
3. Recomendación de la Asociación Española de Pediatría: Según la AEP, «la forma más segura de dormir para los lactantes menores de seis meses es en su cuna, boca arriba, cerca de la cama de sus padres. Existe evidencia científica de que esta práctica disminuye el riesgo de SMSL en más del 50%». A ver, que yo esto lo desconocía cuando nacieron los mayores y muchas veces, hay cosas que no son posibles. Quiero decir que la AEP recomienda lactancia materna exclusiva los seis primeros meses y yo no pude y tampoco pasa nada, como no creo que pase nada por dormir con un bebé de forma segura. Pero está bien tenerlo en cuenta.
4. Tiempo para la pareja, hobbys o descanso: que sí, que aquí me van a decir muchas que hay vida carnal más allá de la cama pero… ¡tengo tres hijos! Y siempre estoy pegada, por lo menos, a uno (salvo cuando duermen), así que a partir de las nueve de la noche (conluido el bucle baños-cenas) es nuestro rato de charla diaria, de salir a correr si me apetece, de tener una cena tranquila… Y con sinceridad, con el ritmo diario que tenemos, agradezco tener un rato al día para nosotros o para mí sola.
En fin, que en esta casa cada uno tiene su espacio aunque, para mi hijo Alfonso, cualquier espacio sea apropiado para dormir, sea el suelo o el trasero de su hermano. Creo sinceramente que el descanso es una cuestión de salud, las noches sin dormir durante meses y más meses pasan factura a los adultos y, por tanto, a muchas facetas de su vida. De manera que creo que es importante que cada familia encuentre la manera de descansar el mayor tiempo posible, de la forma que sea. También es fundamental para los niños, sobre todo cuando ya tienen que ir al colegio. No hace falta decir que hay numerosos estudios que demuestran la importancia de un buen descanso en el cerebro de los niños. ¿Compartís cama con los niños?, ¿por necesidad o porque dormís bien así?
por nosoyunadramamama | Ene 18, 2016 | crianza, educación, hermano, Maternidad y embarazo, Sin categoría, Uncategorized
Creo, y lo digo con sinceridad, que podría incluir varias cosas en la lista de aspectos negativos que trae la maternidad. Porque no nos engañemos, ser madre no es un camino de rosas y hay que hablar de ello con naturalidad aunque intentando siempre dar la justa importancia a las cosas, vamos, sin ponernos a llorar. Todas sabemos que las cosas buenas compensan todo lo malo. El caso es que me da la sensación de que siempre nos referimos a las mismas situaciones cuando pensamos en las peores cosas de ser madres: los embarazos con problemas, los partos y postpartos dolorosos, las lactancias «fracasadas», el cansancio, menos tiempo para nosotras, las carreras del trabajo a casa y viceversa. Y ojo, que todo ello es difícil y creo que es necesario tratar estos temas y darles visibilidad, eso sí, sin perspectivas catastrofistas, a poder ser.
Para mí, en ese sentido, los dos momentos más duros como madre fueron el postparto del mayor y las rabietas del mediano poco antes de cumplir dos años y estando al final del embarazo del pequeño, sin olvidar algún que otro verano al borde del colapso 😉 Pero lo cierto es que, me paro a pensar y esas crisis que tuve son cosas que ocurrieron durante espacios cortos de tiempo. Y ahora me doy cuenta de que, desde hace ya mucho, me enfrento a un problema que a veces me hace perder los nervios y que, lejos de mejorar, creo que lo lógico es que vaya a más en los próximos años.
Hablo de los conflictos entre hermanos. En esta casa, no hemos pasado por los celos pero creo que ése sería el primer gran problema que puede surgir en una casa con varios niños. Pero yo hoy voy más allá y hablo de las peleas entre hermanos; y no me refiero solo a cuando se empujan o se dan algún que otro mamporro, sino a las disputas por tener y querer siempre las mismas cosas. Esto empezó a ocurrir en nuestra casa cuando Rafa comenzó a caminar con 13 meses; Alfonso acababa de cumplir tres años así que estaba en una edad en la que no entendía muy bien porqué su hermano le «molestaba». Aún así, lo llevó bastante bien. De hecho, los mayores se acostumbran a esa situación. Cuando los hermanos pequeños tienen menos de dos años y no son capaces de razonar muchas cosas, a los mayores les toca ceder. Pero, ¿hasta dónde? Buena pregunta, yo no lo sé y es ahí dónde a veces descubro que no sé ser jueza. Porque ése es el papel más difícil de ser madre: ser justa en función de las necesidades de cada hijo sin que ninguno sienta que queda de lado. Tela marinera.

Aquí están jugando. Eso sí, a lo bruto. Gabriel tiene el cielo ganado, es que no se queja por nada!
Los hermanos pequeños tienen el gran problema de que quieren hacer, tener, comer, tocar el botón del ascensor, entrar en casa y, si se tercia, hacer sus necesidades cuando lo hacen los hermanos mayores. Yo ya he visto a Ricitos de Oro enfadarse por querer utilizar el mismo váter que Alfonso cuando su hermano está en plena «evacuación». Y es muy frustrante. Ah, excepto cuando haces un viaje en coche, que entonces uno quiere ver Cars y el otro Buscando a Nemo y acabas poniéndoles Dumbo por no generar problemas. Pero bueno, esto se queda en mera anécdota comparado con el tema juguetes o objetos de entretenimiento porque ahí llega la guerra de verdad. «Alfonso, déjaselo un rato», digo. Y todo por no oír protestar al mediano, que lo hace de una forma muy irritante, es decir, llorando. Porque esa «táctica» les ha funcionado muy bien desde bebés; es lo que tiene nacer y ya tener «competencia», tiene cierta lógica. Mientras, el mayor suda la gota gorda pensando en deshacerse de su amado objeto. Por ponerle humor, tipo Gollum en El Señor de los Anillos. Y ya sabéis, a partir de ese momento: «es que lo tenía yo primero», «es que es mío», «es que antes me pegó», «es que lo quiero yo» y un sinfín de frases del estilo.
El caso es que, cuando me paro a reflexionar sobre esto, me doy cuenta de que esto va para largo y seguramente irá a más, por mucho que se quieran, se necesiten y se defiendan a muerte frente a los demás. Y esperad, que a Gabriel le quedan dos telediarios para entrar en el meollo así que… continuará. ¿Veis?, ¿a qué ahora lo del parto no os parece tan horrible? 😉 ¿Cómo lleváis vosotras este tema de las broncas entre hermanos?