Cumpleaños infantiles

Ya os he contado que este año, al ser el primero de Alfonso en el cole, iniciamos la temporada de cumpleaños. Temporada que imagino durará unos cuantos años, por lo menos hasta que cumpla 12 o 13 primaveras y me diga que invita a sus «colegas» a unas pizzas o hamburguesas en cualquier sitio menos en casa 😉 Bromas aparte, este sábado Alfonso tuvo el cumple de otra de sus compañeras de clase (por ahora sólo ha ido a eventos de féminas) y oye, el listón cada vez más alto.

Además de invitar a los peques desde mediodía (es decir, cumple con comida y merienda), tenían de todo. Así que doy también las gracias desde aquí a Gema. El castillo y la cama elástica los habían prestado otros papis; que conste que se venden desde 200 euros y si se compra entre varios padres, puede ser rentable.

Vamos, lo que ya tengo claro es que en octubre, cuando celebremos el de Alfonso, lo haremos en casa de mis padres. Nada como un jardín para que «desfoguen». Bueno, en realidad ya lo hemos celebrado allí siempre así que espero que a mis progenitores no les importe una pequeña invasión de enanos. Pero creo que por mi salud mental, lo mejor es hacerlo al aire libre y en octubre solemos tener muy buen tiempo por el norte.

En cualquier caso, desde que estoy metida en esto de la blogesfera, esto de los cumpleaños de niños me tiene anonadada. Aunque tampoco hace falta indagar mucho, desde que vi la celebración del primer cumpleaños del hijo mayor de Borja Thyssen y Blanca ya casi todo me parece poca cosa 😉 Entre el buffet con ostras y marisco incluido para los adultos, y la presencia de 40 niños, en fin… Que es cierto que el primer cumple siempre se nos va de las manos teniendo en cuenta que no se enteran de na’ pero tampoco es como para convertirlo en algo parecido a una boda gitana.

Que yo veo bien eso de currarse un poquito la decoración, llamar a un pintacaras o a alguna persona que les entretenga con un taller, encargar una tarta personalizada… pero de ahí a contratar un equipo completo de 10 animadores o un catering cuando luego ellos se tiran a los gusanitos, pues como que parece excesivo. Espero que nadie con un servicio de catering se me lance a la yugular porque son un invento estupendo, pero no necesario para niños de tres años.

Igual soy yo muy clásica, muy de lo de toda la vida pero nosotros éramos de celebrar los cumples en algún merendero y se encargaban unas tortillas y unas croquetinas, se llevaba una tarta y unas gominolas y todos tan contentos dando brincos. ¿Cómo recordáis vuestros cumpleaños de pequeñas?, ¿cómo celebráis los de vuestros peques?

Y mientras escribo esto, mi primer sobrino asoma su cabecita al mundo, tengo a mi hermano y a mi cuñada de parto, ¡qué nervios! Ya os contaré porque tengo debilidad por los recién nacidos. Y por cierto, como ya puse un vídeo dedicado a las madres el viernes, no he hecho hoy mención al Día de la Madre. Espero que lo hayáis disfrutado.

Ser madre es un plus

Hoy es el Día del Trabajador y el domingo celebraremos el Día de la Madre así que no se me ocurre un momento mejor para compartir con vosotras un vídeo que, por un lado, puso ante mis ojos una realidad que veo a mi alrededor y que de alguna manera he sentido, y que por otra, ha conseguido emocionarme por todo cuánto somos capaces de hacer las madres a diario sin darnos cuenta.

Lo verdaderamente triste es que ésto que veis en el vídeo ocurre, es más, puede que algunas de las que estáis leyendo este texto hayáis pasado por ésta u otra situación similar. No voy a hacer en este post una reivindicación del tipo «pónmelo más fácil que soy madre» porque ni quiero ni debo esperar que me regalen nada en la vida, sencillamente quiero que me valoren igual profesionalmente con independencia de que en casa cuide de dos criaturas. Vamos, sólo quiero que no me lo pongan más difícil por tener hijos.

Si nuestras capacidades y conocimientos eran buenos para alguna empresa antes de ser madres, deberían parecerles igual de positivos después de serlo. Vamos, creo que soy capaz de hacer exactamente lo mismo que hacía antes de tener hijos. Es más, aún he adquirido más competencias ya que he hecho un Máster que empecé la misma semana que dí a luz , unas prácticas, escribo un blog desde hace más de un año y colaboro en un programa de tv, no hace falta decir que sólo por esto último tengo una remuneración. Si esto no es capacidad de superación y sacrificio… Todo para seguir aprendiendo y mejorando mi condición como periodista y por no pasar por la situación que describe el vídeo de «¿qué hiciste esos años?»

Dicho esto, no estaría de más que toda la sociedad valorase lo que hacemos y que el Estado, los organismos y las empresas fueran más comprensivos, no puedo mentir y negar que los niños se ponen malos de vez en cuando, que los hijos dan trabajo, que los padres y madres queremos pasar tiempo con ellos, que nos necesitan, que no podemos trabajar jornadas maratonianas… Porque señores, algún día, esos niños serán mayores, serán ellos los que trabajen y saquen adelante las empresas y para eso hay que dedicarles tiempo. ¿Es tan difícil de entender o tanto pedir?, ¿qué os ha parecido el vídeo?, ¿habéis vivido o vivís una situación similar?

Bipolaridad infantil

Tengo una teoría y es que los niños y bebés tienen un punto bipolar, pasan del llanto a la risa y viceversa en cuestión de segundos. Ya os he contado más de una vez que Alfonso es un niño muy expresivo, todo lo vive apasionadamente, lo bueno y lo malo así que su bipolaridad es aún más palpable. Cuando en su vida se produce algún acontecimiento que para él es injusto, sufre intensamente. Ayer, cuando le recogí en el cole como todos los días, le pregunté si había comido sus galletas de dinosaurios en el recreo. Primer disgusto, maridín no había puesto su nombre al paquete de galletas por la mañana y claro, esas cosas son imperdonables.

Normalmente, el crío lleva manzana pero se me había olvidado reponer el día anterior así que ayer, después de contarme lo de las galletas de dinosaurios, le dije que ya había comprado fruta y que mañana llevaría su manzana. Segundo disgusto, se paró en seco con cara compungida y me dijo que a veces se la tiran al suelo. ¿Quién te la tira?, le pregunté. Su respuesta fue «los mayores». Me agaché para abrazarle y seguí preguntando.

Nuestro paseo del cole al parque da para mucha conversación.

Los mayores son los de 4 años, vamos, sólo un curso por encima de él. Le tiran la manzana y claro, cuando la coge está un poco sucia. En ese momento me enervo y me sale la vena mamá guerrera, como la loca de la película «La mano que mece la cuna» cuando va al cole de la niña 😉 Ayyy pero la maternidad me ha hecho de un razonable… Y aunque a mí me apetezca decirle al niño «coño Alfonso, espabila y mándales a la porra», le digo que avise a la profesora y que no se preocupe. ¡Anda que no se muerde una la lengua cuando tiene hijos!

En fin, pues no me habrán toreado a mí de pequeña, y lo que habré toreado yo a otros. Yo recuerdo que no pegué ojo una noche por quitarle a una profe un tajalápiz (sacapuntas), no os digo más. Cosas de niños, no le doy más importancia porque además en el cole se ve que el niño está feliz. Eso sí, le pregunto cada día para estar al tanto de lo que le gusta y de lo que le hace pasar mal rato, porque señores, el niño es muy sufrido. Tanto, que ayer se hizo un rasguño en el parque y del disgusto (y cansancio) se quedó dormido en mis rodillas. Y vuestros peques, ¿tienen sus «problemillas» en el cole?, ¿os lo cuentan como si el mundo fuera a acabarse?

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Pues eso, que del parque el señorito volvió en la silla de su hermano y el pequeñajo andando. Y como veis, con el pañuelo en la mano porque estaba desangrándose 😉

Viajar con niños: playas de Jávea y Calpe (Alicante)

Cuando se acaban las vacaciones, vuelvo a casa con dos cosas de más: kilos y estrés. Lo primero me ha pasado toda la vida y en una semana el asunto está solucionado; lo segundo me pasa sólo desde que soy madre. Aún recuerdo cuando volvía a casa tras unos días de descanso con una sensación de sosiego y paz que ya no he vuelto a experimentar en los últimos tres años. Ya se sabe que los niños, en cuanto les sacas de sus rutinas y entorno, se desmadran. En cualquier caso, disfrutamos siempre de nuestro tiempo en familia. Y si acompaña el buen tiempo, mucho mejor.

La verdad es que este año, por primera vez, la Semana Santa la pasamos en un destino de sol y playa, en Jávea (Alicante). A maridín se le antojó lo de hacer barbacoas y claro, había que tirar más bien para el Sur, en este caso sureste, y eso supuso hacernos 1000 kilómetros de carretera. Eso sí, con parada nocturna en Zaragoza y así hacer el viaje más llevadero. He de decir que los gordis se portaron bastante bien en el trayecto y el DVD ayudó bastante.

 

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Merendando a nuestra llegada a la casa que alquilamos en Jávea. Cuando nos juntamos con la familia de maridín, lo de ir a hotel sale más caro y con niños es más incómodo.

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Playa de El Arenal. El primer día hizo mucho viento y por la mañana pasamos un poco de frío; en cuanto paró el aire, niños al agua. Si nosotros llevábamos media casa a cuestas, mi cuñada llevaba la casa completa e incluyó trajes de neopreno. La verdad es que el agua estaba en torno a los 17-18 grados. Vamos, yo ni harta de vino.

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Lo bueno de esta época es que las playas no están abarrotadas y los niños pueden jugar a la pelota sin molestar a nadie.

El segundo día fuimos a la playa de Calpe, donde lo más llamativo es el Peñón de Ifach. Al igual que en Jávea, más de la mitad de la población es extranjera, ¡anda que no son listos estos foráneos que vienen a España!

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Una de las tardes se nubló y fuimos a una zona donde había atracciones. En general, Jávea me parece que es un buen destino para niños y familias.

Y una vez más, las vacaciones se nos han pasado volando pero reconozco que se agradece un poco el volver a la rutina (madre mía, quién me ha visto y quién me ve). Lo que ya no agradezco tanto es lo de volver a poner abrigo 😉 ¿Qué tal vuestras vacaciones?, ¿de playa, montaña, caseras, religiosas? que conste que este año eché de menos ir a ver alguna procesión, creo que es la primera vez que no voy a ninguna. Otro año será, prometo no volver a hacer tantos kilómetros para cuatro días.

Preparando maletas

La última vez que hicimos las maletas fue en Navidad para irnos a Zaragoza. A mitad de camino me di cuenta de que había olvidado los biberones de los niños. Y señoras, este no es un olvido cualquiera. Explícale a tu suegra que vaya a la farmacia a por bibes con tetinas anatómicas de látex de la talla 2 y orificio grande L. A la mujer la dejé totalmente KO, tanto que la pobre trajo varios tipos de tetinas, que lo importante es que los niños se alimenten como Dios manda.

Por eso, cada vez que me enfrento al momento «hacer maletas» me entran sudores. Vamos por partes; primero, cachivaches. Hay que saber si el lugar de destino tiene cuna. Hay que decidir si llevar la sillita plegable o la «buena», que ocupa tres veces más. Después, por si acaso, la trona plegable porque si en algún restaurante no tienen, alguno tiene que comer con Rafa encima y no es plan, entre otras cosas, porque es un zampabollos y, si te descuidas, te deja sin comida.

Después llega el momento de decidir qué ropa llevar. Ahora en Semana Santa esto es un problema, ¿meto abrigo y bañador? Nos vamos a Alicante y digo yo que, a lo mejor, por el día estamos a 25 grados y nos apetece ir a la playa. Pero si salimos a cenar igual nos plantamos en 13 grados. Vamos, que es una de esas épocas en las que mezclas en el equipaje calcetines con playeros tipo victoria y hala, a tirar pa’alante. Y claro, si vas a la costa hay que añadir al equipaje toallas de playa. Creo que el cubo y rastrillo nos los vamos a ahorrar y que compren uno los suegros. Y por supuesto, en la maleta de la ropa, van pañales.

Creo que Alfonso moriría por una maleta como ésta,jaja…

Otro asunto, tema alimentación. Lo primero (esta vez ya no me vuelve a pasar) los biberones. Después la leche en polvo y los cereales, agua mineral y meriendas para el primer día porque no sabes en qué momento irás al supermercado cuando llegues. Fundamental también es llevar el Dalsy o Apiretal para cualquier dolor inoportuno. Y galletas en abundancia para el viaje en coche, sobre todo si vas a recorrer dos tercios de la península.

Y por último, importantísimo: los peluches de turno para que los enanos se duerman, para Rafa es fundamental, nos lo llevamos a casa de mis padres los domingos, con eso lo digo todo. Después hay que meter en la cartera las tarjetas sanitarias porque este sistema de salud que tenemos por comunidades autónomas es de risa y no vaya a ser que no atiendan a tu hijo si pasa algo. Y para el coche, el reproductor de DVD. Y creo que no se me pasa nada. Bueno, y luego maridín tiene que encajarlo todo en el maletero como si de fichas de Tetris se tratara. ¿Cómo lleváis lo de viajar con los peques?, ¿vais cargados como si os fuerais dos meses?

Que paséis buena Semana Santa; servidora vuelve la próxima semana con más historias que contar y seguramente, menos relajada 😉 porque las vacaciones con niños son para todo menos para descansar. Y gracias por tantas visitas al blog, la semana pasada recibimos nada más y nada menos que 10.000, ¡abrumada es poco! Hasta la vuelta.

El cuidado de los hijos, ¿en quién recae?

Cuando uno lee «El cuidado de los hijos recae en la madre en el 82% de los casos y la abuela ya es la segunda opción« se queda, cuando menos, perplejo. Es lo malo de los titulares, que son tendenciosos. Por eso me alucina que la gente comparta enlaces en Facebook sin haberse tomado la molestia de leer los contenidos. Pero esa ya es otra historia.

Si me quedase sólo con el titular con el que inicio el post de hoy, pensaría que los hombres, como antaño, no se hacen cargo de la crianza de los hijos. Y sinceramente, no tengo yo esa sensación sino que veo a mi alrededor padres encantados con sus niños y que se implican en la educación y en el cuidado de los peques. Pero claro, hay que seguir leyendo.

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Lo primero, y para que sepáis de lo que hablo, es que los datos están extraídos del CIS (Centro de Investigaciones Científicas), por lo tanto nunca puedes saber si las respuestas que da la gente son realmente ciertas, aunque creo que tampoco tendría sentido mentir en esto. Y lo segundo es que, si al titular le añadís las palabras «mayoritariamente» y «menores de tres años», entonces las cifras van cobrando sentido. Vamos a ver, si tuvierais que decir quién se ocupa o ha ocupado mayoritariamente de vuestros niños de menos de tres años, ¿cuántas dirías que vuestra pareja? Imagino que pocas.

La realidad es que los padres de hoy en día participan de una forma muy activa en el cuidado de los niños y, cuando la madre también trabaja, comparten las tareas casi de forma equitativa, pero ese «casi» supone que cuando hay que trabajar menos, somos nosotras las que pedimos reducción de jornada o jornadas continuas para salir antes y poder estar con los niños.

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La realidad es que, en el parque, lo que veo frecuentemente son madres, aunque también algún padre. Y como ya nos conocemos, sé de sobra cuántas de ellas han renunciado a crecer profesionalmente para pasar más tiempo con sus hijos. Y no quiero decir que los padres no harían determinadas renuncias laborales por sus hijos pero, como lo hacemos las madres y se da por hecho que somos nosotras las que debemos hacerlo, pues a ellos la paternidad no les supone problema alguno en sus trabajos.

Mi experiencia es que la mayor parte del cuidado de mis hijos la llevo yo, fundamentalmente porque trabajo poco. Que conste que soy feliz pasando tanto tiempo con mis hijos, para nada me siento una profesional frustrada porque lo que más quería en este mundo era tener mi familia y la tengo. Es más, si fuese rica, trabajaría lo justo y en algo que me gustase mucho (como la tv, que es donde disfruto), me dedicaría a aprender cosas que me interesan, a mis hobbys y, como ahora, a  estar con mis hijos. Así de claro.

Y ahora me gustaría saber cuántas de vosotras habéis pedido excedencias, reducción de jornada… Cuántas sabéis que tener hijos os ha frenado profesionalmente y a cuántas de vosotras, por contra, la maternidad no ha supuesto ningún cambio en vuestro trabajo… Y por supuesto, si hay casos en los que han sido vuestras parejas las que se han hecho cargo de los niños para que vosotras crecierais profesionalmente. Mucho me temo que el CIS no anda muy desencaminado con este asunto.

Cuando llegan las notas

Os podéis imaginar que, con un niño de tres años, el momento de la entrega de notas no tiene ninguna tensión. Imagino que otro gallo cantará dentro de unos años, o igual tengo unos niños hiper listos que llegan con unas calificaciones estupendas a casa, ya se verá. En cualquier caso, y como ya nos han dicho en el colegio, las notas tienen su justa importancia, no dejan de ser unas puntuaciones orientativas sobre el aprendizaje de los niños en determinadas materias.

Es más, confieso que la primera vez que Alfonso llegó con notas a casa, al terminar el primer trimestre, me limité a echarles un vistazo; vi que todo eran “Adecuados” (que será algo así como el aprobado de toda la vida) y “Bienes” (que también en nuestra época existía esta calificación) dando por hecho que todos los niños tendrían parecidas puntuaciones. Unos días más tarde, una madre de uno de sus compis me dijo que también existían los “No Adecuados”, o sea, los suspensos. De cualquier manera, seguí sin darle más relevancia al asunto.

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Sin embargo, tras recibir las segundas notas en casa, me he dado cuenta de que sirven para algo. Bueno, a mí me han servido para varias cosas. Por ejemplo, para comparar lo que yo veo en casa con lo que ve su profesora. Es decir, si en casa yo percibo que el niño habla perfectamente y en el colegio, en esa “materia”, le califican con un “No Adecuado”, debería pensar que el niño, por alguna razón, no está cómodo en el centro, o con el tutor, o con los compañeros porque allí no se comunica. De alguna manera, en este sentido, las notas sirven para detectar cosas que no funcionan como deberían.

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Las notas también me sirven para ver en qué cosas mejora y en cuáles no. En nuestro caso, Alfonso ha pasado de todo “Adecuados” y “Bienes” a “Bienes” y “Excelentes” (que entiendo que es como el sobresaliente de nuestra época). Vamos, que ya hay cosas en las que destaca, de ahí que pueda ayudarle en lo que veo que puede resultarle más difícil y darme cuenta de las cosas para las que está más capacitado. Eso sí, por ahora no he podido descubrir si es de letras o ciencias 😉 porque tiene sobresalientes en materias tan distintas como Escritura y Conceptos matemáticos.

Insisto, todo ello tiene su justa importancia. Hay niños y adultos que sirven para estudiar y los hay que no, eso no es ni mejor ni peor. Los hay que estudian divinamente pero después tienen un don para otra cosa, como le ocurrió a mi tío (autor del logo del blog). Los habrá que sean más listos que el hambre pero que sean unos vagos redomados. O que les cueste horrores concentrarse en un libro y se entretengan horas con un oficio. Los habrá que saquen sobresalientes en unas materias y que no sean capaces de hacer una raíz cuadrada (así era yo).

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No concibo presionar a un niño para que estudie algo para lo que no está preparado, sí creo que hay que pedirles que se esfuercen por conseguir algo en la vida, por hacerles entender que las cosas, materiales o no, tienen detrás mucho trabajo y esfuerzo. Mi padre, con toda su buena intención, quería que yo estudiase una Ingeniería, no me digáis que no es para partirse de la risa. Menos mal que mi madre tuvo un poco más de sentido común y apoyó mi camino hacia el Periodismo, ¿qué otra cosa podría haber hecho yo que no fuera escribir o hablar? Sinceramente, poco más…

Y vosotras, ¿eráis de las que temblabais cuando teníais que llevar a casa las notas?, ¿pudisteis estudiar lo que quisisteis?, ¿cómo os tomáis los suspensos, si los hay, de vuestros hijos? Por cierto, ahora nada de trucar las notas, que nos llegan por papel y también las tenemos en internet.

 

Recuerdos de infancia: El Puntal

Tener hijos es como volver a ser niña. Y no me refiero en esta ocasión a que pierdas la vergüenza por hacer determinadas cosas con los peques que ya sólo haces delante de otros adultos si vas con alguna copilla de más. No, esta vez sólo insinúo que tener niños te hace recordar muchas de las cosas que viviste en la infancia. Y no sólo es bonito sino que también te das cuenta de cosas que antes se te escapaban.

Este sábado me vinieron a la mente muchos recuerdos de cuando era pequeña; y todo porque fuimos a uno de esos lugares en el que pasé muchas jornadas con mis padres y mis hermanos: el puerto y la playa de El Puntal, en la ría de Villaviciosa. Es más, una de mis desdichas de infancia es haber pescado un cabracho y que mi padre lo devolviese al mar, aquello me hizo llorar porque yo sólo veía un pez; sin embargo, ahora le encuentro sentido, esos bichos meten miedo de lo feos que son. No le guardo rencor a mi padre por aquello 😉

Esta foto es de la web eltiempo.es. Como podéis ver, a la izquierda hay un pequeño puerto, en el centro un montón de eucaliptos y justo al otro lado una pequeña playa. Ahora entiendo porqué íbamos tanto de pequeños, mi padre podía pescar y mi madre tomar el sol. Si es que… estaba todo pensado. Y como la playa es muy recogida y está metida en la ría, no hay olas y cubre poco.

Hay pasarelas de madera para llegar con sillitas.

La playa, como veis, es pequeña. La pega es que, aunque es de arena fina, hay bastantes piedras.

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Y después del paseo nos fuimos a comer a Tazones, un pequeño pueblo marinero del que ya os hablé en otro post donde siempre comemos paella de marisco a un precio de escándalo. La verdad es que en El Puntal había un restaurante con terraza con buena pinta pero ya teníamos reservada nuestra paella, otro día probaremos.

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Alfonso se toma muy en serio su papel de hermano mayor. A veces le dice a Rafa «ten paciencia». Manda narices 😉

A Rafa lo de ver el mar le vuelve loco. Este verano me va a volver loca él a mí en la playa, voy a poder hacer de todo menos tomar el sol.

A Alfonso lo que le gusta es lanzar piedras o arena al agua.

Los domingos tenemos más suerte con el tiempo y luce el sol así que sacamos mucho partido al jardín de mis padres en el que yo también me crié porque era de mis abuelos. Si ya lo digo yo, todo vuelve y todo se repite.

Carrera de motos con el tío Miguel.

Pues así seguimos, moviéndonos por Asturias siempre que el tiempo no nos lo impida. Y voy recordando un montón de sitios en los que estuve de pequeña y a los que no estaría regresando de no ser por los peques. Creo que la maternidad agudiza el ingenio y nos hace menos perezosos, ¿o no? Y por cierto, admito sugerencias para los fines de semana.

Las cenas de los niños

No penséis por el título del post que hoy voy a poneros aquí un montón de recetas e ideas para que vuestros peques coman variado, sano y sabroso. La verdad es que después de escribirlo, una se da cuenta de lo difícil que es reunir esas tres cualidades en los platos de todos los días. De hecho, a mí lo que me ocurre es que tengo la sensación de que siempre doy las mismas cosas a los niños para cenar, ¿os pasa lo mismo?

Bueno, para que podáis darme ideas y recetas, os cuento lo que cenan Alfonso y Rafa antes de su bibe y vaso de leche. Las cenas se resumen en:

– Pechuga de pollo empanada.

– Merluza.

– Tortilla francesa con queso (este es el único plato con el que me da guerra Rafa, y eso que hoy probó por primera vez un pincho de setas y queso Cabrales y como si llevase toda la vida, oiga).

– Albóndigas con tomate.

– Croquetas.

Cuando llega el fin de semana, abro un poco la veda y pongo salchichas (las devoran), hamburguesas (Rafa se come una entera con 17 meses que tiene, prometo post sobre el misterioso caso del niño que podría pasarse la vida comiendo), palitos de merluza congelados…

Por supuesto, vía libre en cumpleaños o reuniones familiares para comer gusanitos y dulces.

El caso es que no les doy muchas más cosas porque, a mediodía, zampan casi todos los demás alimentos. Alfonso come en el cole y veo su menú en la web del centro, que incluye legumbres, pasta, paella, potajes, carnes o pescados siempre de segundo y fruta o yogur de postre. Y Rafa come a diario verduras (judías, brócoli, calabacín, zanahoria…) en los purés, en los que también meto legumbres y carne.

Un sábado por la mañana tomándose una manzana cada uno.

Además, los dos meriendan fruta todos los días, Rafa toma dos piezas en la papilla y Alfonso prefiere una pera o manzana troceada. A priori, tengo la impresión de que por el día comen bastante sano y variado. Sin embargo, con la cena no me pasa lo mismo, ¿qué dais a vuestros peques?, ¿debería también darles por la noche verduras, pasta, arroces?, ¿alguna recetina sencilla y sana? Que sea sencilla es importante porque Dios no me ha dotado con el don de los buenos cocineros.

El lenguaje de los peques

Este es uno de esos posts que disfruto especialmente al escribirlo, es más, es posible que me entre algún ataque de risa y maridín ponga cara de incredulidad desde el sofá. Hace justo un año os contaba cómo era de divertida la jerga de mi hijo Alfonso, cuando por entonces no tenía todavía dos años y medio. La verdad es que al leerlo ahora, 12 meses después, me doy cuenta de la cantidad de cosas que había olvidado, ¡ya no me acordaba de su vena afrancesada!

Un niño de dos años conoce entre 20 y 200 palabras, mientras que a los tres años ya sabe 1000 vocablos, son verdaderas esponjas. En este momento, ya no nos llama la atención cómo dice las palabras Alfonso, porque le entendemos perfectamente, sino la manera en que cuenta las cosas o la confusión que tiene con el significado de algunos términos. En el punto en el que está, no hay un solo día que no me haga reír con alguna ocurrencia porque además es de los que no calla y ya se sabe, a más conversación, más posibilidades de risas.

Cuando un niño es charlatán, lo sabes desde que es pequeño, no hace falta que sepa mucho vocabulario. Véase a mi hijo Alfonso con 21 meses, no he podido resistirme a colgar este vídeo en el que habla algo parecido al chino.

No me preguntéis porqué pero a las profesoras del comedor del colegio las llama “comedoras”, y eso que sabe sus nombres. Mis pantalones tipo cuero son pantalones “malotes”, la primera vez que lo escuché casi me caigo de la silla. Se sabe los nombres y apellidos de todos los niños de su clase pero, no sé porqué, el de Valentina no le sale, y la pobre niña es Calentina; lo sé, esto tiene que corregirlo pronto.

Tiene momentos de auténtica lucidez, aún me acuerdo que un día le pedí que me ayudara a recoger los juguetes y el tío va y me dice: “Ya sabes recoger tu sola”. Y se quedó tan ancho. Otro día, a la salida del colegio le pregunté, como siempre, qué tal el día, qué había comido, qué habían hecho… El caso es que no estaba muy hablador y en mi empeño por ser buena madre y dialogar, empecé a preguntar si habían estado ese día en clase Pepito, Menganita, Paquito… hasta que después de decir un nombre me grita:

-¡Qué no, qué no, qué no! –

-¿No fue Jaimito?- insisto yo.

– Que no me hagas tantas preguntas- me dice. Y continuamos nuestro camino al parque en silencio. Claro, ellos también tienen días en los que no tienen ganas de contarlo todo o sencillamente se ven abrumados ante padres plomizos 😉

http://youtu.be/HkNsgszq4po

Este es uno de esos vídeos que dieron la vuelta al mundo. Dos gemelos hablando un idioma propio que ellos parecen entender a la perfección.

El otro día, paseando por la calle, Alfonso me señaló un paso de peatones en el que una de las líneas estaba ya despintada y me dijo que a ese paso le faltaba un peatón. Me partía de la risa. En general, habla muy bien y se le entiende todo lo que dice pero donde mayor confusión tiene, y eso creo que les pasa a casi todos a esa edad, es con los tiempos verbales: ponió, he hicido, dijir…

En fin, creo que el tema de las ocurrencias aún dará para más posts y va a durar unos años más ya que lo del vocabulario lo tiene prácticamente dominado. Mientras tanto, Rafa, con 17 meses, está empezando y dice ocho palabras: papá, mamá, ¡¡¡bien!!!, agua, hola y, no sé porqué, tres, siete y diecisiete, igual debería incluir estos número en el Euromillón 😉 Eso sí, también tiene sus conversaciones indescifrables pero es mucho más tímido que su hermano. Y vuestros peques, ¿cómo avanzan con su lenguaje?

Por cierto, os dejo este vídeo que han hecho unos amigos para los peques que estén aprendiendo el abecedario, ya sabéis que con canciones siempre aprenden mejor las cosas. A ver si a vuestros peques les gusta.

Primera vez en el cine

No estaba entre nuestros planes, por el momento, llevar a Alfonso al cine pero hay veces que las cosas surgen, sin más. El domingo estábamos en casa de mis padres, mi hermano dijo que iba a llevar a mis primos al cine, mis primos viven en la casa de al lado de mis padres y mi marido dijo que entonces llevaba al niño. Y yo pensé que quizás no era tan pequeño, que en su clase algunos niños ya habían estado en el cine así que lo único que teníamos que perder era unos pocos euros.

La cuestión es que hoy, por primera vez, escribo un post sobre algo que no he visto. Y lo que aún es peor, sobre algo que me ha contado mi marido, es decir, un hombre. Y no es por nada pero, aunque sean padrazos, lo que viene siendo contar las cosas con todo detalle, pues como que no. Cuando llegaron del cine yo hice un cuestionario como Dios manda: ¿y qué hacía el niño?, ¿qué le pareció la película?, ¿lo veías cansado?, ¿qué merendó? y unas cuantas preguntas más. Luego llegó el turno de consultas al niño y no pude sacar mucha más información salvo que había un perro que se llamaba «Pi-no me acuerdo» (Peabody) y Selma (Sherman). Bueno, y que comió gusanitos, eso siempre es todo un acontecimiento.

Eso sí, pedí envío de fotografías durante el evento y la verdad es que se le ve concentrado.

Dicho esto y tras el interrogatorio, llegué a la conclusión de que quizás, la primera vez en el cine, tiene que ser cuando ya han cumplido 4 años. Alfonso aún no tiene tres y medio y a estas edades todavía se nota muchísimo la diferencia de medio año, espabilan mes a mes. Creo que también es importante elegir bien la película, no es que en este caso eligiéramos mal el film en sí (Las aventuras de Peabody y Sherman) si no que él no conocía esos personajes, nunca había oído hablar de ellos. Vamos, que si existiera película de Peppa Pig, el niño se habría metido más en la historia.

Y otra tercera cuestión a tener en cuenta es si son dormilones o no para seleccionar bien la hora. Alfonso no se durmió pero maridín me dijo que hubo algún momento en que Morfeo parecía rondar al niño. Así que para la próxima, que yo creo que ya será el próximo otoño o en Navidad, se habrá echado una buena siesta. Y me imagino que es un plan no recomendable para «hiperactivos», ¿alguna ha tenido que salir de la sala con el niño?, ¿cuándo llevasteis a vuestros peques por primera vez al cine?

Por cierto, estoy sorteando entradas para Tatolandia a través de Facebook, aquí.

 

Cuando cae uno, caen dos

Cuando tienes tu primer hijo y otras madres te hablan de la cantidad de veces que sus niños se ponen malos, crees que tu cachorrín va a tener mucha suerte y apenas caerá enfermo. Claro, como le das el pecho o está rechoncho o no va a la guardería o qué sé yo, ya das por hecho que todos sus males pasarán por un simple resfriado. Y lo que todavía es peor; como con el primer hijo te ha ido bastante bien en ese sentido y hasta los 10 meses no cogió ni un catarro, piensas que con el segundo todo va a ser coser y cantar. Error.

El segundo hijo lo coge todo, lo suyo y lo que trae el hermano de la guardería o el cole. Si Alfonso no tuvo nada hasta casi el año, Rafa ya tenía una bronquitis con poco más de un mes. Y todo porque su hermano mayor iba a la guardería, así de sencillo. Y entonces pasa que, cuando uno se pone enfermo, sabes que el otro va a ir detrás. Salvo si el mayor coge la varicela y el pequeño tiene menos de cuatro meses ya que, por lo que me contó la pediatra, los bebés están protegidos de la varicela (desconozco si pasa con más enfermedades) durante los primeros meses de vida por algo relacionado con la placenta.

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No puedo daros más información sobre este asunto, ya sabéis que tengo ciertas teorías sobre las enfermedades (todos tenemos un médico y un entrenador de fútbol interior) pero no me resulta fácil relacionar placenta y «no varicela». El caso es que Rafa, estando en casa todo el día con un enfermo de varicela, que es una de las enfermedades más contagiosas, no tuvo ni medio grano. Vamos, la tipa tenía razón.

Y aparte de que caigan los dos, está el hecho de que decidan cogerlo todo alguna temporada. Se puede decir que el año pasado fue muy bueno, hubo nueve meses en los que en casa no entró virus alguno y Alfonso no faltó a la guardería los últimos meses ni el primer trimestre de cole. Pero oye, que eso no puede durar eternamente y si tuviste buena suerte un año, el siguiente ya no puedes tener la misma. Así que en enero cogió la gripe uno y la semana siguiente el otro, y en medio yo. Y la semana pasada Alfonso estuvo con catarro y fiebre y esta semana la empieza igual Rafa.

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Y digo yo, ¿porqué no se ponen de acuerdo? Así uno no fastidia al otro. La semana pasada le tocó al pobre Rafa quedarse en casa porque Alfonso no podía salir. Ayer Alfonso se quedó sin ir al parque después del cole porque era Rafa el que tenía fiebre. Y yo alargo mi encierro muchos más días y ya sabéis lo poco amiga que soy de estar en casa. Las que tengáis hijos más mayores decidme que esto se pasa y que luego se ponen enfermos muy vez en cuando y no caen todos cual fichas de dominó. Y vuestros peques, ¿también se contagian unos a otros?, ¿no tenéis la sensación de que los niños de ahora se ponen malos más a menudo que los de nuestra generación? Tengo teoría sobre esto, que lo sepáis 😉