Aquí estoy, levantándome cada día con un despertador que tiene nombre de bebé. Un niño que me acompaña a todas partes, a todas horas, todos los días. Que invade mis duchas, que deshace las camas mientras yo trato de hacerlas, que cambia el programa de la lavadora, que se agarra a mis piernas cuando cocino, que me pide que le coja en brazos cuando me siento delante del ordenador a trabajar y quiere tocar el teclado impidiendo que pueda seguir haciéndolo. Un bebé que me acompaña al supermercado y hasta a la peluquería, lugar que piso, con suerte, dos o tres veces al año. Un bebé que acaba de empezar a hacer una única siesta diaria sin hora fija y un poco breve, lo que no me permite planificar el tiempo de trabajo en casa.
Aquí estoy, preparando cada día la comida de mi marido, para que pueda volver pronto al trabajo por la tarde y llegar a casa a la hora del baño de los peques. Intentando volver a sentarme delante del ordenador otro breve rato hasta que comienzo a preparar la merienda de dos niños y un bebé, a cambiar pañales y a repasar si toca o no entrenamiento del mayor para coger las botas de fútbol, o decidir si iremos al parque, en función del clima, para llevar unos coches o un balón con los que puedan jugar con otros niños. Siendo siempre una de las últimas en llegar al colegio a recoger a los niños porque se me echa el tiempo encima. Sobrellevando las quejas de uno, los llantos de otro, las discusiones de ambos.

No importa, ésta es la vida que he elegido, no querría haber tenido otra. Pero de vez en cuando, necesito mi espacio, yo sigo siendo muchas cosas además de madre. Por eso, aún estando ahora el 95% de mi tiempo con mis hijos, quiero seguir haciendo cosas que me mantengan en el mundo real, irme a correr, salir a cenar algún fin de semana y, poco a poco, ir encontrando huecos para mis hobbys, o quizás volver a trabajar en una oficina, en una redacción o en un plató, aunque agradezco ahora mismo poder trabajar desde casa. Si de algo me siento orgullosa de mi padre es de que, además del mejor padre, fue capaz de sacar un doctorado y una cátedra mientras trabajaba y con 4 hijos. Si de algo me siento orgullosa de mi madre, además de ser la mejor madre, es de que siguiese trabajando y finalmente montase su propio negocio cuando ya éramos mayores.
Y no me siento mal si, a las siete de la tarde, lo habitual es que quiera que lleguen las 9 de la noche para que mis tres soles estén durmiendo y así poder hablar con mi marido sin interrupciones. Y no me siento extraña por necesitar desconectar un rato al día, aunque casi siempre sea imposible siquiera darse una ducha sin testigos. Porque son lo mejor que tengo, pero agotan. Porque es lo que siempre quise, pero sé que mis hijos crecerán y ya no requerirán de mí en la misma medida. Y porque yo existía antes de ser madre, de otra manera, pero ahí estaba, haciendo cosas, disfrutando también de la vida, de distinta forma. Por eso, de vez en cuando, en este caos maravilloso en el que me encuentro, conviene que no olvide que yo también cuento.



















































