Recuerdos de infancia: El Puntal

Tener hijos es como volver a ser niña. Y no me refiero en esta ocasión a que pierdas la vergüenza por hacer determinadas cosas con los peques que ya sólo haces delante de otros adultos si vas con alguna copilla de más. No, esta vez sólo insinúo que tener niños te hace recordar muchas de las cosas que viviste en la infancia. Y no sólo es bonito sino que también te das cuenta de cosas que antes se te escapaban.

Este sábado me vinieron a la mente muchos recuerdos de cuando era pequeña; y todo porque fuimos a uno de esos lugares en el que pasé muchas jornadas con mis padres y mis hermanos: el puerto y la playa de El Puntal, en la ría de Villaviciosa. Es más, una de mis desdichas de infancia es haber pescado un cabracho y que mi padre lo devolviese al mar, aquello me hizo llorar porque yo sólo veía un pez; sin embargo, ahora le encuentro sentido, esos bichos meten miedo de lo feos que son. No le guardo rencor a mi padre por aquello 😉

Esta foto es de la web eltiempo.es. Como podéis ver, a la izquierda hay un pequeño puerto, en el centro un montón de eucaliptos y justo al otro lado una pequeña playa. Ahora entiendo porqué íbamos tanto de pequeños, mi padre podía pescar y mi madre tomar el sol. Si es que… estaba todo pensado. Y como la playa es muy recogida y está metida en la ría, no hay olas y cubre poco.

Hay pasarelas de madera para llegar con sillitas.

La playa, como veis, es pequeña. La pega es que, aunque es de arena fina, hay bastantes piedras.

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Y después del paseo nos fuimos a comer a Tazones, un pequeño pueblo marinero del que ya os hablé en otro post donde siempre comemos paella de marisco a un precio de escándalo. La verdad es que en El Puntal había un restaurante con terraza con buena pinta pero ya teníamos reservada nuestra paella, otro día probaremos.

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Alfonso se toma muy en serio su papel de hermano mayor. A veces le dice a Rafa «ten paciencia». Manda narices 😉

A Rafa lo de ver el mar le vuelve loco. Este verano me va a volver loca él a mí en la playa, voy a poder hacer de todo menos tomar el sol.

A Alfonso lo que le gusta es lanzar piedras o arena al agua.

Los domingos tenemos más suerte con el tiempo y luce el sol así que sacamos mucho partido al jardín de mis padres en el que yo también me crié porque era de mis abuelos. Si ya lo digo yo, todo vuelve y todo se repite.

Carrera de motos con el tío Miguel.

Pues así seguimos, moviéndonos por Asturias siempre que el tiempo no nos lo impida. Y voy recordando un montón de sitios en los que estuve de pequeña y a los que no estaría regresando de no ser por los peques. Creo que la maternidad agudiza el ingenio y nos hace menos perezosos, ¿o no? Y por cierto, admito sugerencias para los fines de semana.

Primera vez en el cine

No estaba entre nuestros planes, por el momento, llevar a Alfonso al cine pero hay veces que las cosas surgen, sin más. El domingo estábamos en casa de mis padres, mi hermano dijo que iba a llevar a mis primos al cine, mis primos viven en la casa de al lado de mis padres y mi marido dijo que entonces llevaba al niño. Y yo pensé que quizás no era tan pequeño, que en su clase algunos niños ya habían estado en el cine así que lo único que teníamos que perder era unos pocos euros.

La cuestión es que hoy, por primera vez, escribo un post sobre algo que no he visto. Y lo que aún es peor, sobre algo que me ha contado mi marido, es decir, un hombre. Y no es por nada pero, aunque sean padrazos, lo que viene siendo contar las cosas con todo detalle, pues como que no. Cuando llegaron del cine yo hice un cuestionario como Dios manda: ¿y qué hacía el niño?, ¿qué le pareció la película?, ¿lo veías cansado?, ¿qué merendó? y unas cuantas preguntas más. Luego llegó el turno de consultas al niño y no pude sacar mucha más información salvo que había un perro que se llamaba «Pi-no me acuerdo» (Peabody) y Selma (Sherman). Bueno, y que comió gusanitos, eso siempre es todo un acontecimiento.

Eso sí, pedí envío de fotografías durante el evento y la verdad es que se le ve concentrado.

Dicho esto y tras el interrogatorio, llegué a la conclusión de que quizás, la primera vez en el cine, tiene que ser cuando ya han cumplido 4 años. Alfonso aún no tiene tres y medio y a estas edades todavía se nota muchísimo la diferencia de medio año, espabilan mes a mes. Creo que también es importante elegir bien la película, no es que en este caso eligiéramos mal el film en sí (Las aventuras de Peabody y Sherman) si no que él no conocía esos personajes, nunca había oído hablar de ellos. Vamos, que si existiera película de Peppa Pig, el niño se habría metido más en la historia.

Y otra tercera cuestión a tener en cuenta es si son dormilones o no para seleccionar bien la hora. Alfonso no se durmió pero maridín me dijo que hubo algún momento en que Morfeo parecía rondar al niño. Así que para la próxima, que yo creo que ya será el próximo otoño o en Navidad, se habrá echado una buena siesta. Y me imagino que es un plan no recomendable para «hiperactivos», ¿alguna ha tenido que salir de la sala con el niño?, ¿cuándo llevasteis a vuestros peques por primera vez al cine?

Por cierto, estoy sorteando entradas para Tatolandia a través de Facebook, aquí.

 

En la playa de Gulpiyuri

Que sepáis que yo ya me puedo morir tranquila, quería conocer la playa de Gulpiyuri y ya lo he hecho. Aunque pensándolo bien, aún quiero visitar unos cuantos sitios más y, a poder ser, ir de madrina a las bodas de mis hijos 😉 así que por ahora me quedo dando la lata. El caso es que, después de dos meses sin apenas ver el sol, la idea de ir a la playa me parecía la más tentadora para un fin de semana con temperaturas veraniegas. Que nadie se piense que iba con idea de bañarme en el Cantábrico que para eso yo necesito que la mayoría del género humano esté desintegrándose.

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Como veis, no es un playa cualquiera; está situada tierra adentro, entre praos y rocas, y no se ve el mar (tal y como lo hacemos habitualmente) si no que se ve como un charco, más o menos grande dependiendo de las mareas. Nosotros fuimos con la marea bastante baja, por lo que darse un baño hubiera sido difícil. Sin embargo, si la marea está alta, es un sitio perfecto para que se bañen los niños porque apenas hay olas y no cubre mucho.

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El coche se deja a unos 200 metros de la playa, si tenéis niños o bebés que usen sillita lo mejor es que llevéis una que pese poco y se pliegue fácilmente ya que hay una parte del camino un poco rocosa (aunque conseguimos pasar la silla) y para bajar del prao a la playa el espacio es bastante estrecho. Vamos, que maridín decidió que volvía al coche a dejar la silla porque sabíamos que Rafa no iba a dormir hasta la tarde y el trayecto de la playa al coche era más corto de lo que pensábamos.

Esta foto, la de abajo y otras tantas más las tenéis en la web www.playagulpiyuri.com . Os las pongo por si decidís ir en verano para que veáis que con marea alta no cubre mucho.

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Tened también en cuenta que en esta playa, al estar protegida, no da el aire. Vamos, que es mejor no ir en días de mucho calor.

Y después de pasar la mañana en la playa, fuimos en busca de un merendero por la zona de Llanes, lo cual no resultó tarea sencilla. Desde aquí, si alguien conoce alguno, que me informe, estaré tremendamente agradecida. Y es que, con el día que teníamos, nos negábamos a meternos en un restaurante. Al final, encontramos restaurante pero con zona de merendero a pie de playa. Vamos, un lujo. La pena es que los últimos temporales nos han dejado las playas con menos arena 🙁

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Y la tarde la pasamos también en la playa, en la de Toró. Cada día lo tengo más claro, las playas de Llanes son las más bonitas.

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Disfrutando al aire libre, no se me ocurre nada mejor para los niños.

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Lo reconozco, un día de sol me da mucha energía.

Por cierto, sigue en marcha hasta el miércoles nuestro sorteo especial Día del Padre de un set de camisetas para papá y niño de Niazulito Nirosita. Podéis participar pinchando en la foto.

Os dejo la lista de las que participáis en el sorteo hasta el momento (domingo 9 de marzo). Recordad que si no estáis en la lista es posible que no hayáis compartido nuestro enlace de forma PÚBLICA en Facebook.

María González Bueno

Cova Quirós

Natalia Norniella Areces

Mariangeles Orcajada

Planeando Ser Padres

Esperanza Gimeno

Mari Ángeles Domingo

Nathalia Philipp

Sofía Gutiérrez Álvarez

María Malandi

David González Montes

Florencia AR

Alicia Moreno Quintana

Olaya Lobera Suárez

Cris Fernández Martins

Tatiana Monteserín

Sandra Uky

Alejandra Quijnard

Ángela del Valle

Raquel Hidalgo

Beatriz Pérez Morán

Graciela Granado Coto

Cristina SD (Sánchez)

Noelia Devesa

Penélope Fernández Riesgo

María Lourdes Prendes

Natalia Cuello Fanjul

Pendientes de compartir:

Silvia Linares

Raquel Fernández Areces

Rocío Alonso Álvarez

Conchi Díaz

Marta Morales

Patricia Blázquez

Virginia Nespereira

Eli Prieto

 

Carnaval frustrado

Confieso que, en los últimos años, me importaba poco si llovía o no en Carnaval porque lo de disfrazarme hace tiempo que dejó de parecerme divertido aunque, con esto de ser madre, nunca se sabe si algún día volveré por antiguos derroteros. Y es que hubo un tiempo en que disfrazarme me parecía de lo más entretenido y era capaz de enmascararme varios días seguidos. Aclaro que en Gijón siempre ha sido fiesta el martes de Carnaval, lo que implica estar sin cole cuatro días.

Oye, pero no falla. Aunque hayamos estado a veinte grados unos días antes, el Carnaval siempre va acompañado de lluvia o frío. Y este año ha sido más que lluvia, hemos tenido aguacero pero además a lo grande, por todos lados… vamos, hasta el mar nos ha invadido. Comparto este vídeo para que os hagáis una idea.

El caso es que nosotros, como buenos padres, pusimos empeño, que por lo visto es lo que cuenta. A las seis de la tarde del lunes caía «la del calamar» y decidimos no ir al desfile de carrozas. Media hora después vimos unos claros en el cielo y rápidamente disfracé a los niños. Pero en eso se quedó nuestro Carnaval, en un intento frustrado. Minutos más tarde, se suspendía el desfile y en casa tenía a un pirata, un pingüino y a Pooh. El pirata era maridín.

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Menos mal que con el asunto de los disfraces no me complico demasiado, como bien podéis ver en la foto. Hace una semana fui con Alfonso a casa de mi tía, que tiene niños y armarios (este punto es importante), y allí desplegamos el arsenal de disfraces que guarda. Yo lo vi claro, un precioso traje de caballero con su maravillosa capa y un escudo con cruz caballeresca pero… ¡nada! El crío vio ese disfraz de Winnie the Pooh, más parecido al Chapulin Colorado o a un Teletubbie, y lo tuvo cristalino. Y de esa guisa fue al cole el viernes (tenían fiesta con churros y chocolate) mientras otros iban de Spiderman o Hulk. Ya os lo digo, estará en todos los fregaos pero a cándido e ingenuo no le gana nadie.

Y poco más que contar de un fin de semana lluvioso y desapacible. Caí en la garras de un centro comercial pero es que los niños tenían cuatro días de fiesta y fue inevitable. Eso sí, hice un rastreo de ropa veraniega para los peques que os contaré en otro post. Y ayer que fue fiesta y llovió menos, nos animamos a comer fuera de casa. Y vosotros, ¿habéis podido disfrutar un poco del Carnaval con los peques?

En el Que Me Das de Gijón, donde se come genial y hay sitio para los peques.

Y breve paseo por el puerto en uno de los pocos ratos en los que no llovió.

De Comadres entre madres

Comadrear : contar indiscretamente algo privado de otra persona. En otras palabras, chismorrear, cotillear, murmurar… Lo sé, os tengo un poco desconcertadas, sobre todo a las que nos sois asturianas. Os pongo en situación: jueves noche, Alfonso ya dormido, Rafa con su padre en el salón y yo pintándome el ojo, el labio y apañando malamente la melena porque los jueves no me toca lavarla y para eso soy yo muy cuadriculada.

A las nueve y cuarto me espera en el portal de casa la madre de una compañera de cole de Alfonso (sí, habéis leído bien). Nos vamos de cena y sólo están permitidas las mujeres, entre las que se incluye una embarazada de siete meses. En Asturias y, por lo visto, en Bolivia (de qué cosas se entera una gracias a Wikipedia) celebramos “Las Comadres”, que se festeja el jueves anterior al martes de Carnaval y que consiste en la reunión de grupos de mujeres para cenar, bailar, hablar y pasarlo bien. Dicho esto, ahora ya podéis haceros cargo de la situación. Que conste que para mí era mi Bautismo como Comadre y nunca hubiera imaginado que iba a ser entre madres de los compañeros del cole de mi hijo. Pero oye, surgió el plan y no se puede una quedar en casa.

Y claro, la cosa acaba desmadrándose sí o sí porque, según entras al restaurante, te encuentras con una mesa de más de 30 mujeres que te doblan la edad (como diría mi padre de forma cariñosa: “muyeronas”) de las cuales, dos o tres te reciben a grito pelao y tienen más ganas de marcha que cualquier veinteañera. Sorprendentemente, durante la cena hablamos poco de niños aunque confieso que hubo momento “mi parto fue así o asá”. Lo bueno es que algunas nos conocemos desde hace años porque fuimos al mismo colegio aunque, al ser la peque del grupo, no coincidí en clase con ninguna. En fin, que me estoy deteniendo en explicaciones banales que no conducen a ningún lado.

Finalizada la cena, empieza el baile. Yo con esta parte no contaba, creí que el asunto era cenar y buscar un bar para tomar una copichuela pero oye, mucho mejor tener el DJ al lado de la mesa. Las señoras ya estaban moviendo el esqueleto en cuanto sonó la primera canción y nosotras optamos por formar parte de la fiesta. Allí estábamos, compartiendo pista de baile con mujeres más mayores que mi madre pero con una marcha que ya la quisiera yo a esa edad. Dos de ellas eran incombustibles, lo mismo se animaban con Rafaella Carrá que con el Gangnam Style, verlo para creerlo.

Yo estoy a la derecha y las incombustibles a mi izquierda y debajo, ¡soy fan! Además, no tuvieron problemas para posar para el blog. Y como una de ellas se dedica a adivinar el futuro, qué menos que preguntarle si voy a tener una hija algún día. Conversaciones de noche con una copa 😉

Yo no me reía tantísimo (de dolor de barriga) desde hacía tiempo. Al final, el Dj tuvo que echarnos. Sí, a unas madres que al día siguiente estábamos con el ojo abierto a las ocho de la mañana para disfrazar y pintar la cara a los pequeñajos para su fiesta de Carnaval del cole. Pero os digo una cosa: sarna con gusto no pica. ¡Y lo bien que sienta una noche así de vez en cuando! Al final, en los próximos años voy a ir a más fiestas con ellas que con muchas de mis amigas, eso sí, parrandas con gusanitos. Y vosotras, ¿tenéis relación con las mamás de los compañeros de vuestros hijos?

Excursión a los Bufones de Pría

Lo prometido es deuda. Ya sabéis que el sábado fue un día muy triste y mi mente estaba paralizada pero los niños no entienden de desdichas así que hicimos un plan que teníamos en mente desde hace semanas. Sólo estábamos esperando a que el tiempo acompañase, ¡y vaya si lo hizo! Tuvimos un fin de semana totalmente primaveral, así que el plan resultó perfecto. Además, se apuntaron unos amigos de Oviedo con sus peques y Alfonso estaba feliz.

Tanto si sois de Asturias como si nos hacéis una visita, hay un lugar que tenéis que conocer, ¡es casi obligatorio! Que conste que yo, a estas alturas de mi vida, aún no había visto los Bufones de Pría, en Llanes. Los bufones son grietas (para los niños, agujeros) en las rocas de un acantilado por las que las olas del mar empujan el agua con mucha fuerza, formando en la superficie surtidores (para los niños, chorros) de agua pulverizada visibles desde el exterior. El espectáculo es impresionante.

El del guaiiiiiiiaaaaiiiii es Alfonso, a expresivo no le gana nadie 😉

Ahora os cuento cosas a tener en cuenta. Nos dijeron que lo ideal era ir a las horas en la que la marea está alta. Nosotros lo miramos en internet dos días antes y vimos que, ni de guasa, podíamos verlo en semejante momento porque la pleamar era a las 9 de la mañana y a las 9 de la noche. Pero claro, que te salga un buen día y que la hora de la pleamar te venga bien, ya era mucho pedir. Como pudisteis ver en el vídeo, con la marea baja, pero baja del todo, vimos semejante espectáculo.

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En la foto nos acompaña Chucu, la mascota de la clase de Alfonso, que pasa cada fin de semana con un compañero distinto.

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Las vistas son espectaculares. Como es obvio, hay que tener cuidado con los niños.

Más cosas a tener en cuenta y con las que no contábamos. Vamos, ni nos podíamos imaginar que, de tanto llover el último mes, nos íbamos a encontrar obstáculos por el camino. Bueno, más que obstáculos, casi lagunas.

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Primeros charcos que pudimos superar metiéndonos por el prao. 

He aquí el «gran charco», más bien ciénaga. Setos por un lado, rocas por otro.

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Hubo que sacar a los más pequeños de las sillitas, llevarlos en brazos hasta zona segura donde esperábamos las mamás mientras los papás volvían nuevamente a por las sillas vacías para llevarlas también en brazos.

Tampoco ayudó en la aventura el que haya varios caminos. El paseo que se preveía de quince o veinte minutos resultó ser de una hora porque fuimos por donde no teníamos que ir y hubo que desandar lo andado. Pero bueno, al menos hicimos deporte. Eso sí, cuando estábamos a unos metros del acantilado vimos que había sitio para los coches, aunque con los charcos no tengo muy claro que hubiéramos podido pasar y la idea era caminar un rato. Lo que me sorprendió es que Alfonso lo aguantase tan bien, aunque creo que ayudó mucho el ir con Pablo, un año mayor que él.

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Por el camino te encuentras maravillas como ésta, la playa de Guadamía. 

Y de vuelta al coche, después de tanto esfuerzo, nos encontramos ¡¡¡¡un merendero!!!! Ya sabéis que soy fan de los merenderos y como la temperatura rondaba los 20 grados, no lo dudamos y decidimos comer al aire libre en pleno febrero. Los niños comen tranquilamente sin molestar a nadie, juegan con el balón… y todo mientras los adultos comemos y charlamos.

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Además, estaba todo buenísimo: cachopo, croquetas, escalopines, pollo al ajillo… son platos que les encantan. Y a diez euros por persona (los más peques llevaban purés), ¡cómo no voy a ser una entusiasta de los merenderos!

Con el post de hoy espero haberos dado una idea para algún fin de semana. La verdad es que nos encantó la excursión y comimos genial, y los críos lo pasaron como los indios. Por desgracia, yo tenía la cabeza en otro sitio pero repetiremos el plan en otra ocasión.

Ejercicio y niños, ¿incompatible?

La semana pasada vi a través de Facebook un cartel en el que aparecían juntas las palabras ejercicio y bebés. Me tuve que parar a leer detenidamente porque no daba crédito. Después me entraron dudas y pensé: ¿se considera bebé a un niño que camina? Este asunto nos puede dar para debatir en otro post pero hoy me centro en lo del ejercicio. El caso es que escribí a un mail que venía en el cartel y me dijeron que se podía ir a clases con niños de hasta 4 años. Vamos, podría ir con los dos churumbeles si quisiera, aunque desde luego, no es mi intención.

Ya sabéis que yo para esto de hacer deporte he nacido vaga, juro que he hecho mis intentos pero la pereza y el aburrimiento pueden conmigo; desde que empezó 2014 salgo algún día a correr cuando los niños se acuestan pero, para qué engañaros, no soy nada constante y sólo estamos en febrero así que, a este paso, mi propósito de año nuevo va a durar lo mismo que un caramelo en un colegio. El caso es que ayer probé una clase gratuita de Mamifit, por aquello de que soy perfectamente consciente de que hacer deporte es sano y además mi trasero seguro que lo agradece.

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Mirad la cara de susto de Rafa. Y yo sin comentarios porque el tema chándal lo encuentro muy poco favorecedor.

Y ahora me centro en la experiencia de la clase de ayer. Estábamos seis madres con seis niños, tres de ellos eran mayores, los otros dos más o menos de la edad de Rafa. El peque en su línea, si no conoce a la gente, se pega a mis piernas y no echa ni media sonrisa, éste nos ha salido vergonzoso, lo cual me sorprende teniendo en cuenta que la timidez no es precisamente lo que nos caracteriza a sus progenitores. Es más, durante algunos minutos de la clase el resto de niños socializaron un poco, Rafa pasaba “tres pueblos”. Eso sí, más pancho y tranquilo que ninguno, sentado cerca de mí, con cara de asombro mientras las madres nos movíamos y más alucinado aún cuando le cogía para hacer alguno de los ejercicios.

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Imaginaos la cara de Rafa en este momento. La mía tampoco tiene desperdicio. 

Luego está el momento en que tienes que hacer algún ejercicio de brazos con el crío. Como algunos andaban por ahí entretenidos, Rafa incluido, cambiamos niños por mancuernas. Sinceramente, mucho mejor un par de kilos que mover los brazos con los doce kilazos de Rafa. La verdad es que la clase estuvo bastante bien pero es sólo un día a la semana y me parece poco si de verdad quieres mejorar tu forma física. Y a vosotras, ¿qué os parece la idea?, ¿hacéis algo de deporte desde que sois madres?

¿De qué hablamos cuando no están los niños?

En el post del lunes os dije que lo del plan romántico merecía un capítulo aparte así que ¡vamos a ello! No penséis que en nuestra salida nocturna tuvimos algún percance o anécdota digna de ser contada, el hecho de que fuésemos a cenar en pareja ya es, en sí mismo, bastante insólito porque la última vez que salimos sin niños fue en verano. Como veis, ya llovió desde entonces… nunca mejor dicho.

La verdad es que estos planes en pareja sirven para desconectar un poco y para relajarse “un mucho”. Entrar en cualquier local sin tener que indagar si entra o no la sillita o si hay demasiados enseres a mano susceptibles de rotura, ya es como para estar más que sosegados. Sin embargo, desconectar ya es más difícil; lo conseguimos un rato pero los churumbeles acaban apareciendo, inevitablemente, en nuestras conversaciones.

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Es cierto que charlamos un rato de nuestros trabajos o proyectos y nos “cabreamos” con algún que otro tema de actualidad, al fin y al cabo es necesario hablar de algo que no sean los críos. Pero al final, sin quererlo, la conversación termina en lo gracioso que es Rafa cuando le da por caminar hacia atrás, o en lo bien que se está portando Alfonso en el cole desde la famosa tutoría. Y eso que, cuando aún son pequeños, se trata de cosas sin demasiada importancia; veremos dentro de unos años cómo los asuntos de los muchachos ya son menos triviales y, por supuesto, menos graciosos.

Sinceramente, creo que no se trata de una cosa que nos pase sólo a los padres que tenemos niños pequeños si no a todos los progenitores. Da igual que tengamos 30 o 60 años, da igual que nuestros hijos sean bebés, adolescentes o peinen canas. Apuesto a que mis padres y los vuestros, cuando están solos, hablan de nosotras un buen rato, ¿no os parece? Vale, también hablan un montón de sus nietos 😉

La vena drama-mamá

A estas alturas, ya sabéis de sobra que no me considero una drama-mamá. Con lo tranquila que soy yo para el tema de las caídas, de los virus… y sin embargo, he de confesar que hay algo que me perturba bastante desde que soy madre: el ruido. En el mismo hospital, cuando di a luz, ya daba pequeñas manifestaciones de psicopatía cada vez que alguna enfermera entraba en la habitación a las seis de la mañana como si irrumpiese en un mercado en lugar de hacerlo en una habitación con una parturienta y un recién nacido. Pero claro, cualquiera les dice nada teniendo en cuenta que de ellas dependen tus analgésicos.

Tres semanas después de dar a luz a Alfonso, ya tuve un pequeño episodio de violencia verbal en la calle. Yo paseaba tan feliz con mi madre y con el pequeñajo dormido en el capazo cuando, de repente, paró un coche a nuestro lado con la música a tope y las ventanas abiertas. He de notificar que el automóvil estaba tuneado; doy este dato para que seáis consideradas conmigo.

No pude reprimirme e hice un comentario del tipo la gente no está bien de la cabeza. El susodicho me escuchó y quiso herir mi orgullo donde más duele: mi cuerpo redondo recién parido. Así que me espetó una frase que nunca se me olvidará: con menos culo también se caga. Eso, ahí, con la hormona revolucionada, las noches de insomnio y los ocho kilos de regalo que llevaba encima. Bueno, encima no, en el trasero que es a donde va a parar toda mi sobredosis de grasa.

La playa es otro de esos lugares donde puedes tener problemas. Sufro cuando, como me pasó este verano, se nos pone cerca una pandilla con pinta de haber salido del Bronx. Sí, porque llevar la gorra con la visera hacia atrás, un bañador por debajo de la rodilla y un mega casette a la playa te convierte en un incondicional del rap o el reggaetón. Y ojo, que a mí el reggaetón me parece que tiene su punto y soy la primera en bailarlo, pero hombre, en la playa como que no.

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Y si no son los del regaetton, son Paqui y su marido hablando por el móvil. Y si no, es Tino el que vende refrescos en la playa de San Lorenzo de Gijón. Él ya sabe que si pongo cara de asesina es que tengo a algún crío durmiendo. Porque claro, no sólo grita eso de “agua del Sáhara” sino que también monta numeritos y lanza hielos al aire.

En fin, con el ruido es donde me sale la vena drama-mamá. Mis gordis duermen 12 horas del tirón desde que tienen 4 meses, pero son de oído fino. ¿Y por qué os cuento hoy esto? Pues porque tengo a un vecino haciendo obras en casa y cada vez que oigo los martillazos y demás estruendos, me subo por las paredes. A vosotras, por muy despreocupadas que seáis, ¿cuándo y por qué os sale la vena drama-mamá?

El mar

Es curioso cómo la rutina hace que, en muchas ocasiones, no disfrutemos al máximo de lo que tenemos a nuestro alrededor. El sábado por la mañana, volviendo a casa en coche después de hacer algunos recados pendientes, pasamos por delante de la playa y Alfonso dijo que quería ver el mar. Pero desde el coche era difícil y a Rafa ya le tocaba comer. Y eso, el gordo no lo perdona. Otro día escribiré sobre ello porque es digno de un post.

Después caí en la cuenta. Muchas mañanas paseo con Rafa por la costa pero Alfonso, por semana, va al cole y de ahí al parque. Y los últimos fines de semana, entre que nos fuimos a Zaragoza, de rebajas, a ver la decoración navideña… pues eso, que la criatura llevaba más de dos meses sin ver el mar. Y claro, con las sesiones playeras que nos damos en verano, después no puedes tenerles en modo «secano» tanto tiempo 😉

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Rafa y su pasión por el agua. En cuanto oye abrirse un grifo en casa, va en busca de él. Y eso incluye interrumpir todas mis duchas.

Mejor ver el mar de lejos en días así …

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Porque puedes acabar como este padre y su hijo, duchaditos para casa.

La verdad es que el fin de semana no ha sido muy novedoso y es que el tiempo no ha acompañado, pero aún así, no paramos un momento. Por primera vez, Alfonso y yo hemos tenido que hacer un dibujo en común sobre nuestra familia para enseñar a los compañeros de clase. No es tarea fácil, ya me lo había dicho la profe, el crío sufre lo suyo cuando cree que no sabe hacer algo bien y no sé porqué, mi cara y los zapatos de su padre eran el motivo de su frustración. No se puede ser tan perfeccionista.

Y aprovecho el blog, ya lo hice en la tv el viernes, para comentar que el viernes me robaron la cartera. Si, es lo que yo llamo una faena que te hace sentir una impotencia enorme. Dinero, tarjetas, DNI, carnet de conducir, tarjeta sanitaria, fotos, tickets de cosas pendientes por cambiar… En fin, que la esperanza es lo último que se pierde así que, si alguien se la encuentra, obviamente ya sin dinero, que la lleve a la policía. Y así, al menos, me ahorro los papeleos varios.

Y recuerdo que tenéis hoy y mañana para participar en el sorteo de una bolsa de tela personalizada para vuestros peques. ¡Suerte!

Madre al borde de un ataque de nervios

Este fin de semana teníamos en mente seguir con nuestras ya habituales jornadas lúdico-gastronómicas por Asturias. Pero ya se sabe, a veces los planes varían y en esta ocasión los churumbeles no tuvieron nada que ver. El viernes me pidieron en la tele si podía trabajar al día siguiente y, por supuesto, yo siempre estoy dispuesta; teníamos hora de inicio pero no de fin así que, conociendo el medio, descarté comer con los pequeñajos.

Ya de paso os cuento que el sábado tenía un ensayo con mis compañeros del nuevo programa que comienza hoy en TPA. Así que, a partir de ahora, no estaré en Conexión Asturias sino en De hoy no pasa. Seguiré yendo los viernes a hablar de planes para el fin de semana, pero para todos los públicos, no sólo para peques.

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El muñeco forma parte de una sorpresa a un invitado esta tarde ya que acudiré al primer programa.

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Con Ana Blanco y José Ángel Leiras en el ensayo.

Como ya preveía, llegué a mi casa a las cuatro de la tarde, cuando mi señor marido ya estaba descansado y a mi hijo Rafa le quedaba poco de siesta. Así que enlacé trabajo y niños sin un rato de sillón. Y el plan de tarde no pudo ser más agotador: ir de tiendas. Ni se os ocurra hacerlo con niños. De vez en cuando, en mis paseos mañaneros con Rafa, entramos a alguna tienda y es como si le poseyese en mismísimo demonio. Paras la sillita y venga a protestar y hacer fuerza para salir de ella. Y cuando le sacas y te pones a mirar un trapito, te das la vuelta y te lo encuentras vaciando la estantería de los zapatos.

Si a eso le sumas niño mayor al que acabas de despertar porque se quedó dormido en el coche, tienes: churumbel que no quiere estar en la silla más niño malhumorado que sólo quiere inflarse a bollos. Y además, un marido que, de repente entra en una tienda. Yo me quedo con las dos criaturas,  el malhumorado quiere otro bollo y llora desconsoladamente. Hago amago de abandonarle en plena calle como siga con el numerito. Vuelve maridín y, por aquello de que el niño está cansado, accede a darle otro bollo mientras yo insisto en que el niño después no cenará. ¡Menos mal que entre semana estoy yo al mando!

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Un momento de tregua en la calle Corrida, que es peatonal y te deja relajarte un poco.

Eso, más una cola de narices en la que se pone mi consorte con el niño mayor, mientras yo espero en la calle con el pequeño, que ha visualizado un perro atado a una farola justo al lado de la carretera. El pobre perro tenía pinta de buenazo pero era más grande que mi hijo. Y el niño empeñado o más bien emperrado en tocar al animal.

No, sencillamente ir de tiendas no es un plan para hacer con niños. Y eso que ya os digo que desde que son pequeños, en mis paseos, además de recorrer doscientas veces el paseo de la playa de San Lorenzo, han entrado en muchas tiendas. Pero señores, cuando empiezan a andar, o estás con la silla en continuo movimiento o se encargan ellos de poner en movimiento lo que haga falta.

Jugar en casa

Una lectora del blog me preguntó hace unos días qué hago para entretener a los peques en casa. Hoy os haré una confesión: es de las cosas más difíciles, por eso vamos al parque prácticamente todos los días. Muchas pensaréis que con dos niños es más sencillo ya que juegan y se entretienen entre ellos. Ya os adelanto que eso depende de la edad de los pequeños. Vamos a ver, ¿qué hace un bebé de catorce meses si ve unos bloques de construcción apilados? Efectivamente, tirarlos abajo. ¿A que ahora me habéis entendido?

Alfonso está en edad de construir, pintar, montar, apilar… sin embargo, a Rafa le pasa lo contrario, le gusta romper, destruir, quitar, sacar, lanzar… Y así es imposible hacer nada juntos que no sea correr por el pasillo, saltar en la cama o bailar, que también es divertido pero para un rato. El invierno pasado no teníamos ese problema porque Rafa era un bebé de meses que estaba tan feliz en su hamaquita y no estorbaba los movimientos de Alfonso.

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Así estaba controlado pero en cuanto empezó a gatear se acabó la paz.

Seguramente, dentro de un año, tampoco tendré ese problema porque Rafa empezará a comprender las normas del juego. Pero mientras tanto, ahí estoy, aguantando estoicamente los cabreos de ambos, uno porque  el otro no le deja coger sus juguetes, y el otro porque cada vez que monta algo de más de diez centímetros de altura es destruido por la bolina.

¿Con qué logro entretenerles un rato? Los bloques de construcción son la mejor inversión del mundo. Os diría que a partir de dos años son maravillosos, pero me he dado cuenta que a Rafa también le hacen gracia y alguna vez consigue montar una pieza sobre otra. Seguro que eso les ayuda a mejorar la psicomotricidad, que está muy de moda todo eso últimamente 😉 Dibujar siempre es otra cosa a la que podéis recurrir, bien sobre papel o en pizarras, que les encantan. Para Alfonso sigue siendo complicado porque Rafa ataca rápidamente.

Los cubos también son geniales a partir de un año. Teníamos unos de cartón numerados que Alfonso usó un montón el invierno pasado. Estos de la foto se los trajeron los Reyes a Rafa y está feliz, porque además meten bolas que bajan a través de los cubos apilados. ¡Todo un acierto!

A partir de los dos años, los puzles (muy sencillitos) les encantan aunque los acabaréis montando vosotras, eso seguro. Ahora también es inviable en mi salón porque Rafa siente atracción por las piezas, sobre todo si empiezas a unirlas, pero el invierno pasado Alfonso y yo nos pasábamos horas con el “putes”, como él los llamaba.

Estas Navidades descubrí estas piezas de colores de espuma que sirven para hacer figuritas. Son, más o menos, para usar a partir del año. Con los peques hay que tener cuidado, mi sobrina de cinco meses se metió una a la boca para chupar y le quedó toda la lengua azul, aunque no es tóxico si no colorante alimenticio.

Podéis intentar ser originales pero no sé cómo acabará la historia. Hace unos días se me ocurrió sacar mis cromos de cuando era pequeña y le expliqué a Alfonso que cada uno tenía que poner en el suelo un cromo boca abajo y después dar con la palma de la mano para intentar darles la vuelta. ¡Madre mía, la que me montó cuando gané uno de los cromos que él había puesto! Así que nunca sabes.

Si, aún los conservo. Algún día os escribiré sobre cosas que aún tengo de mi infancia.

Y por supuesto siempre están las manualidades, hay mil cosas que se pueden hacer con plastilina, botellas de agua, pinturas, papel… pero yo ahora con Rafa también estoy muy limitada para esas cosas aunque alguna vez me lío la manta a la cabeza.

Aprovechando el taller que tiene mi padre en el garaje de casa…

Me puse a dibujar un dinosaurio sobre el típico trozo como de espuma que viene para embalar muchas cosas.

Y con un aparto que andaba por allí cuyo nombre desconozco, empecé a cortar… Si alguna está interesada en más datos sobre el proceso, mi padre me saca de dudas y hago un post.

SAM_9373

Así quedó nuestro dinosaurio.  

Y el muñeco, que enseguida perdió una pierna.

Creo que el invierno que viene estaré un poco más liberada y agradeceré tener dos niños seguidos. Por ahora, Alfonso está ejercitando su paciencia y Rafa su bravura. Y yo un poco de las dos cosas. Y vosotras, ¿qué hacéis con los peques en casa?