Si fuera por mis hijos, mi casa sería lo más parecido a un bazar. Oye, qué afán de poseer y poseer, comprar y comprar. Que no debo estar haciendo muy bien mi labor porque, por más que les digo que el dinero cuesta mucho ganarlo y que hay gente que no tiene casi nada, no están pillando el concepto. El otro día se me ocurrió llevarme a los tres a una gran superficie y oye, venga a hacer paradas por cualquier esquina. Que lo mismo me pedían un bañador mega colorido y de dibujitos (veo que tampoco están pillando el concepto de ropa clásica y discreta que estoy intentando transmitir) que la equipación de España, que unos playeros… Coime, ¡que ya tienen! Es más, mi hijo mayor se pasó media mañana tratando de convencerme de que necesitaba otros guantes de fútbol.
-Oye, rico, ya tienes unos- le digo.
-Ya, mamá, pero así los míos los usa Rafa. Yo necesito otros nuevos-
Obviamente, no pasé por el aro. Porque una cosa es que me los lleve de compras de ciento en viento y pueda «caer» alguna cosa, y otra es comprar algo que ya tienen; por ahí no paso. Y que no, leches, que yo curré ya con 13 años en el comedor del colegio poniendo y recogiendo mesas para sacarme unas pesetas, que no me apetece dárselo todo hecho a los críos. Sin embargo, maridín siempre tuvo un agujero en las manos, por eso estoy contrarrestando yo por el otro lado. Total, que me he liado. El caso es que llevarte a los niños de compras es lo más parecido a autoinmolarse porque van corriendo por todas partes y todo lo tocan, lo cogen, lo quieren. Es un no parar.
Oye, que si es por comprar, nos llevamos también un conejo a casa, manda narices.
Y si además se te ocurre pisar Decathlon con tres niños varones, es que ya la has liado pero bien. Imaginaos las caras al llegar a la zona de balones, es como si te pasas tres días sin comer y te meten en una pastelería. Estaba uno de los dependientes hinchando pelotas y, literalmente, se partía de la risa con las dotes de de comunicación de mis hijos para convencerme de que necesitaban un balón nuevo. Pero cuando al final lo consiguieron, porque tenían razón en que todos los que tenemos en casa están pinchados, te dicen el mayor: si solo llevamos un balón, vamos a discutir. Tócate la gaita, como decimos en mi tierra. De verdad, ¿no es agotador ese afán por tener de todo?
Si me preguntarais si mis padres tienen un hijo predilecto os diría que no. Nunca he percibido que lo tengan aunque sí que es cierto que, en alguna ocasión, siendo niños, alguno soltó la frasecita de marras de «es que Fulanito es tu hijo favorito». Como críos, en algún momento podemos sentir que nuestros padres son injustos con nosotros sin entender algo que es clave: la justicia no es dar a todos lo mismo. Hay quien cree que a los hijos hay que tratarlos por igual. Y no, eso no es así; y me explico. A los hijos hay que quererles por igual, y de hecho eso es algo innato, no es algo que tengas que hacer. Pero a los hijos no se les puede dar el mismo trato porque son distintos y tienen diferentes necesidades. Por esa misma razón, ni siquiera podemos exigirles lo mismo.
¿Yo tengo un hijo predilecto? Diría que no. Pero eso decimos todos. Eso no quiere decir que objetivamente no sepa cuál de los tres es más cariñoso, más listo o más guapo. Sé de sobra lo que es cada uno y no pasa nada por pensar que uno es más inteligente que otro. De hecho, es importante ser objetivos en este sentido precisamente para saber qué esperar y qué exigir de cada uno. Pero mi opinión me la guardo para mí, o la comento con maridín cuando hablamos de los niños, de lo que hacen, de cómo se han portado durante el día… los críos no tienen porqué saberlo; ellos mismos, con el tiempo, sabrán en qué destacan y en qué no. Lo importante es que crean en sus posibilidades y sepan sacar partido a sus virtudes.
¿Tenemos un hijo favorito?
Lo cierto es que muchos padres reconocen tener un hijo predilecto, y creo que es por una cuestión de afinidad. Otros no lo reconocen pero, desde fuera, se puede percibir cierta predilección por alguno de sus vástagos. Yo siempre le digo a maridín que Alfonso es su ojito derecho, y él dice que no con la boca pequeña. Pero es cierto que es con quien más trato ha tenido siempre, no sólo porque sea el mayor sino porque, cuando nació Rafa, yo obviamente pasaba más tiempo con el bebé, y mi señor esposo se encargaba más de Alfonso. Y lo mismo cuando nació Gabriel. Y si buscáis información sobre esto, algunos estudios afirman que el primogénito es el favorito en la mayoría de las familias.
Creo que no elegimos ni admitimos tener un hijo favorito pero es probable que, a lo largo de la vida, tengamos más afinidad con alguno de ellos, bien por los caracteres de cada uno o porque compartamos aficiones. O sencillamente, porque alguno dependa más de nosotros. Desde luego, creo con sinceridad que todos los padres intentamos ser lo más equitativos con nuestros hijos. Y por supuesto, sobra decir que se les quiere por igual, hasta el infinito.
También hay etapas en las que nos sentimos más unidos a uno u otro hijo. En mi caso, por cuestión de carácter, el más fácil de gestionar en general es el segundo, porque es muy cariñoso pero el que más dependencia tiene de mí es el tercero, y no por ser el pequeño sino porque es el único de los tres que tiene algo de «mamitis» y claro, se me cae la baba. Pero no, yo no podría decir que ninguno es mi favorito. ¿Qué opináis?
Visto lo visto, ya puedo decir que en mi casa ha habido de todo. He tenido un hijo que en sus inicios hablaba algo parecido al chino y que luego siguió un ritmo normal de aprendizaje en cuanto al idioma materno. Después llegó Rafa para demostrarme que que se puede ser un bebé y hablar como un paisano, con un vocabulario amplio y selecto que lo mismo incluía un «por cierto» que un «venga tío» a los 20 meses.Y ahora tengo un pequeño de 17 meses que no se esmera lo más mínimo en soltar prenda. Que sí, que lleva ya unos meses parloteando algo pero no dice ni una sola palabra inteligible en nuestro idioma, más allá de papá o mamá. Eso sí, el condenado lo entiendo todo. Pero hablar español, nada, que cuando quiere algo, te coge de la mano y te lleva al lugar del delito o de las galletas. Veréis que igual es de los que no dicen bien la r y menudo nombrecito tiene 😉
Os voy a decir una cosa, es algo que no me preocupa nada por el momento. Al igual que para andar, cada uno tiene su ritmo y no me inquieta que esté cerrado en banda con esto de comunicarse en castellano porque, por el momento, se hace entender a través de gestos, y además es muy teatrero. Pero ya pensando en niños más mayores, como Alfonso, hay dos cosas fundamentales para que hablen y escriban bien en el futuro, que uno se encuentra cada falta de ortografía por ahí, que duele todo 😉 Una es leer y que les leamos, tanto para escribir como para hablar correctamente; el otro día sorprendí a Alfonso leyendo un periódico con 5 años (los deportes, eso sí) y hasta me emocioné.
Y segundo, y eso ya para los mayores de 6 años, creo que es muy positivo tener el diccionario siempre a mano. Lo reconozco, he vivido media vida, desde que tengo uso de razón, pegada a un diccionario o a varios, porque el de latín me dio mucho juego, y el de inglés otro tanto de lo mismo. Pero del que nunca me separé fue del de español, no olvidaré lo que pesaba el condenado en la mochila día sí, día también. Creo que usarlo a menudo me vino muy bien a la hora de tener recursos para escribir, sobre todo de cara a encontrar sinónimos. El juego de Tabú también fue un clásico 😉
Hoy en día, mis hijos aún no están en contacto con el mundo online pero, cuando les toque, se librarán del diccionario de papel de cientos de hojas y buscarán a través de la red, como hago yo todos los días. Para mí, es una herramienta fundamental en el cole y en trabajos como el mío. Yo, por ejemplo, uso Woxikon, que lo mismo me busca un sinónimo cuando estoy espesa que me encuentra palabras que rimen entre sí, que traduce en 13 idiomas, que conjuga verbos. Vamos, un poco de todo. Para mí, el haber usado tanto el diccionario de niña, ha compensado un poco el hecho de leer poco cuando he sido más mayor, que es otro de los pilares fundamentales a la hora de escribir y hablar bien. En fin, por ahora, a los niños les dejo tranquilos que son pequeños. Pero vamos, que enseguida les encasqueto un diccionario. De momento, leemos con los mayores y le hablamos mucho al pequeño, a ver si se lanza y se esmera un poco. ¿Cómo lo llevaron vuestros hijos?, ¿hacéis algo para que hablen bien los mayores?
Tenía pendiente escribir sobre este tema desde hace un par de semanas, cuando leí esta noticia: los niños de entre 4 y 7 años ven más de dos horas de televisión al día. Muchos de ellos lo hacen a partir de las 10 de la noche. ¿?¿?¿?¿? A mí hay cosas que no me cuadran. O estas encuestas no son reales, y me sorprendería porque hay cantidad de estudios relacionados con este tema y coinciden en el consumo excesivo de tv, o yo no entiendo nada. ¿Se pide que salgan antes del colegio y que no haya jornada partida y luego pasan más de dos horas viendo la televisión?, ¿queremos que tengan menos deberes y luego están dos horas delante del aparato? Que no se trata de que no vean la tv pero ¿dos horas diarias?, ¿soy yo la única que encuentra que es un exceso? Y ojo, que de 7 a 12 años, según el estudio, el consumo desciende pero seguimos hablando también de más de dos horas diarias.
Mis hijos no ven la televisión entre semana, ni un minuto, salvo en vacaciones. A día de hoy no tienen deberes así que, desde que salen del cole a las cinco hasta la hora de los baños y las cenas, las alternativas pasan por ir al parque o jugar en casa si llueve, salvo los días que Alfonso entrena al fútbol. Se me ocurre que, si tuviesen jornada continua y saliesen del cole antes, a las dos o las tres, es probable que tuviese que recurrir a la tv en algún momento, quizás una hora después de comer. Así que seguirían sin salirme las cuentas de las más de horas que dicen los estudios. Por otro lado, me sorprende el dato de que a esas edades, los niños vean la tele por la noche. Por curiosidad, ¿a qué hora se acuestan los niños de 4 a 7 años? Los míos, como tarde, están dormidos a las 9 de la noche.
El sábado y domingo por la mañana es cuando suelen ver un rato de tv… La imagen no es muy real, el pequeño suele pasar olímpicamente de los dibujos 😉
Venga, supongamos que dentro de un par de años, cuando Alfonso tenga ya 7, se acuesta a las diez de la noche. Para entonces ya tendrá deberes, que hará después del cole y de merendar, de 6 a 7, 30 de la tarde (eso sin contar que habrá días que tenga fútbol o de lo que le apetezca hacer como actividad extraescolar); posteriormente se bañará y cenará y ya serán las 9 de la noche. Sí, ahí podría ver la tv pero… quizás una hora. Por tanto, siguen sin salirme los números. Puntualizo que Asturias y País Vasco son las comunidades que registran comparativamente el menor consumo televisivo por parte de los niños con menos de dos horas mientras que en Castilla-La Mancha, Andalucía y Murcia, la media es la más alta, con casi dos horas y media. Por tanto, no es una cuestión de clima, todo el mundo sabe que en el sur llueve menos que en el norte.
Por tanto, entiendo que, si estas cifras son reales, tenemos un problema. Si los niños pasan más de dos horas diarias viendo la tv, ¿es cierto que tienen tantos deberes?, ¿es cierto que pasan mucho tiempo en el cole? Porque para que estén delante de la tele, prefiero que pasen más tiempo en el colegio (como fue mi caso toda la vida), con más descansos entre clases (no con más horas lectivas) y así jugar o hacer deporte con sus amigos. Porque de verdad, no me salen las cuentas, ¿qué opináis?
Cuando eres madre, comienzas a entender ciertas cosas de tu infancia. De alguna manera, mirar a tus hijos es verte de nuevo a ti hace muchos años, con otras perspectivas y otra forma de entender la vida. El otro día, me llegó una foto por whatsapp de Alfonso y sus compañeros de clase; estaban en el autobús e iban de excursión a una granja. Miré la imagen una y otra vez, vi sus caras y ahí estaba reflejada esa misma ilusión que yo sentía de niña con planes así. Sólo el hecho de subirme al autocar con mis amigas ya me parecía lo más. El pasar el día con ellas sin pisar el cole, el librarme del uniforme e ir vestida con unos vaqueros, el comer de bocadillo… con tan poco, era capaz de hacerme la persona más feliz del mundo.
Y eso es lo que vi en la cara de mi hijo y en sus nervios ya el día anterior. Hice lo mismo que en su día hacía mi madre: ir a comprar patatitas con él, porque de eso no tenemos habitualmente en casa ni tampoco había en la de mis padres cuando éramos niños. Era algo que sólo se comía en ocasiones especiales y así sucede ahora con mis hijos. Cosas tan simples como ésas se convertían en algo único. Reconozco sentir cierta nostalgia; a día de hoy no necesito cosas fuera de lo común para disfrutar pero esa capacidad de goce se pierde de alguna manera cuando somos adultos. Ya no existe esa espontaneidad que veo en Rafa cuando, de repente, está dibujando y, sin ton ni son, decide coger su disfraz de Spiderman y enfundarse en él.
Es increíble pero algo tan sencillo como un colchón sin sábanas les da un juego… Cuando yo veo una cama sin cubierta, lo único que pienso es vaya faena. Cuando ellos se la encuentran sin colcha ni nada, no piensan en nada más que en subirse a ella y dar saltos como si no hubiera un mañana. Esas respuestas que tienen, esas ideas locas, esas capacidad de improvisación, de emocionarse con todo… eso es algo que perdemos. Ojo, que luego tienen lo suyo, ehhhh… Pero hoy, me quedo con esta parte recalcando que, de vez en cuando, es bueno fijarnos en ellos para no olvidar que un día fuimos así.
Iba por la calle, empujando el carrito de mi hijo pequeño, mirando hacia atrás a mis críos mayores, que caminaban despacio porque iban merendando su fruta. Era la hora de salida del cole, había mucho tráfico y más niños andando con sus padres por la calle. Y entonces, una señora que venía de frente a mí, me riñó por no ir mirando hacia adelante y casi chocar entre nosotras. Podría entender su cabreo si fuese contemplando el paisaje, mi móvil o si fuera corriendo. Pero no, iba a paso de tortuga controlando que mis hijos mayores no saliesen a la carretera. No creo que sea para enfadarse. Y si vienes de frente y ves el percal, te paras o cambias tu trayectoria, no es tan terrible. Yo lo hago si veo a una persona con movilidad reducida, a alguien que va cargado… no sé, por pura educación. Pero de repente, esos detalles te hacen ver la falta de empatía que hay por el mundo. Nadie se pone en el lugar del otro y entonces, todo parece molestar y la gente vive continuamente enfadada. Hemos llegado al punto en el que todo y todos estorbamos.
Y los niños, no sé por qué, especialmente. Las excusas siempre son las mismas: hacen ruido, lloran, hablan alto, a veces corren, son espontáneos y no saben comportarse. Y eso, es muy discutible. Lees la noticia de que una niña fue mordida por un perro al ir corriendo hacia él y los comentarios en torno al tema se refieren a la niña como culpable. Y no lo entiendo, es solo una cría de 3 años a la que tienes que vigilar pero no la puedes llevar amarrada sin moverse. Y te enfrascas en una absurda discusión con gente que sigue creyendo eso de «pues que no hubiera ido corriendo hacia el perro». Después, lees también que prohíben la entrada a niños en algunos restaurantes y obviamente, la idea te cabrea. Y aún te irrita más que la gente lo defienda. ¿Nos parecería igual de bien que prohibiesen la entrada a mujeres en general? pues seguro que era normal hace medio siglo y ahora nos parecería, cuando menos, un retraso. ¿Creeríamos normal prohibir la entrada a asiáticos?, ¿a grupos de más de 4 personas? Creo que no. Pero a los niños sí, lo aceptamos, todo amparándose en el derecho que tenemos los adultos a estar tranquilos en algunos sitios.
Y yo me pregunto, el que quiere estar tranquilo y que nada le turbe, ¿por qué no se queda en su casa? Que yo sepa, los niños suponen un porcentaje importante de la población mundial y, por si alguien no lo sabe, la Convención de los Derechos del Niño aprobada por Naciones Unidas en 1989 (y ratificada por España en 1990), reconoce en su artículo 31 el derecho del niño al descanso, al esparcimiento, al juego, las actividades recreativas, la vida cultural y las artes. Por tanto, este tipo de prohibiciones podrían considerarse ilegales al ser discriminatorias. Luego la gente se echa las manos a la cabeza con los colegios que separan niños y niñas, pero les parece super normal separar adultos de niños.
Imagen extraída de El Mundo
¿Van a prohibir los hoteles a la gente que arrasa en los buffets con carteles de «Prohibidas las personas que comen mucho»?, ¿van a impedir el paso en los hoteles a aquellos que se quedan con las hamacas de las piscinas que luego apenas usan? Venga ya, no es una cuestión de edad. Es una cuestión de educación, y lo mismo que hay niños maleducados, hay adultos maleducados. Así que, pongan normas en sus locales y si quieren silencio, o que la gente vaya vestida de tal o cual manera, exíjanlo a mayores y niños, pero no discriminen.
Hasta donde yo sé, un restaurante es un sitio para comer, donde la gente charla y donde, por cierto, me he encontrado infinidad de veces grupos de gente mayor haciendo mucho ruido. ¿Y qué?, ¿me tengo que amargar?, ¿tengo derecho a quejarme? Si no quiero jaleo, me quedo en casa, o me voy a un spa, a una iglesia o al monte. Además, ya somos mayorcitos y de sobra sabemos en qué garitos, locales, bares, restaurantes, hoteles… hay ambiente juvenil, de pareja, de gays, o de lo que sea. Y en la entrada no te pone»Preferimos que no entren heterosexuales».
En realidad, y para aquellos que estén pensando lanzarse a mi yugular bajo el argumento de que ya hay muchos sitios donde pueden estar los niños y que menudo problemón no poder entrar en unos pocos, diré que no, no es éso lo que me molesta. Es la idea de que los niños sobran, de que fastidian, la que me entristece. ¿De verdad no podemos soportarlo? Y no, no soy la típica madre que cree que sus hijos pueden hacer lo que quieran ni que los niños tienen más derechos que los adultos, no tienen ni más ni menos. Mis hijos también tienen límites y obligaciones. Pero como niños tienen una naturaleza distinta a la de los adultos, no son mejores ni peores. Y por supuesto, he salido de algunos sitios si he visto que mis hijos se han puesto tercos o de mal café. Y no pasa nada, empatía es lo que hace falta y en vez de mirar mal, se agradecería un ¿quieres ayuda?.
Hay una gran frase de Buda que resume muy bien lo que creo que está pasando a la gente: «Todo lo que te molesta de otros seres, es solo una proyección de lo que no has resuelto de ti mismo». Luego no nos quejemos de las nuevas generaciones si construimos nuestros mundo de espaldas a los niños. ¿Qué opináis sobre esto?
Aunque no lo creáis, este fin de semana, mis hijos estuvieron por primera vez en un taller. En parte, porque somos muy de estar al aire libre (aunque obviamente hay talleres en plena naturaleza) y también porque la mayoría de los que he visto están destinados a niños mayores de 4 años, así que no es fácil llevar al mayor y no al mediano. Lo cierto es que hay dos cosas, muy opuestas, que le gustan a Alfonso; una es el fútbol, que le viene muy bien para quemar esa energía agotadora que tiene, y la otra es la pintura, que es de las pocas cosas que le hace estarse quieto. Así que lo de de ir a pintar y aprender algunos truquitos era cuestión de tiempo. Y tengo que decir que le fascinó. De Rafa no puedo decir lo mismo por dos razones: la edad (ahora ya entiendo por qué los talleres suelen estar pensados para mayores de 4 años) y, segundo, porque iba lesionado y no podía usar la mano derecha.
Fue una hora y media en la que aprendieron algunas cuestiones sobre qué mezclas de colores dan como resultado otros colores y en la que trabajaron con distintos materiales. Todo en una pequeña juguetería de Gijón, especializada sobre todo en juguetes de madera,educativos y manualidades, que se llama El Desván de la Playa. Victoria es la encargada de este taller de dibujo, que se da todos los viernes de 17,30 a 19,00 horas y los sábados de 11,00 a 12,30 y de 12,30 a 14,00 horas. Ella es pintora y profesora con muchos años de experiencia, además se ser madre de dos niños adoptados. En su tienda, también tiene canta cuentos todos los miércoles de 18,00 a 19,00 horas, que incluye una merienda. Después de Semana Santa también tendrá en su tienda un taller de tecnología, programación y robótica para niños de 6 a 12 años.
Rafa se pasó luego a la cocina
Lo dicho, para Alfonso fue una experiencia muy buena y que me ha pedido repetir, mientras que Rafa aún es pequeño para valorar o disfrutar de ciertos aspectos de la pintura. O sencillamente es que a uno le gusta mucho el dibujo y el otro no encuentra tanto entretenimiento en ello. De lo que no cabe duda es de que, para los niños, la pintura resulta un gran medio de expresión que además les ayuda a mejorar la motricidad así que creo que es bueno encontrar tiempo para dibujar. ¿Han ido vuestros peques alguna vez a algún taller?
Que dicen que la preadolescencia es una etapa que se da en torno a los 9 años (yo aún los veo muy lejanos en esta casa) y resulta que mi querido hijo mayor, de 5 tiernos años, lleva una temporadita de ésas que te recuerda a un imberbe a punto de salirle granos. No es que esté insoportable, ni mucho menos, pobrecillo. Digamos, más bien, que está un poco reivindicativo, o pelín cargante, como con ganas de follón y alboroto. Sí señoras, mi ejemplar vástago, ése que no tuvo una rabieta hasta los casi tres años, ahora atraviesa por una crisis de «voy a tocar las narices un poco». ¿Cómo? Venga, que es guay imitar a mami cuando dice algo o te pide que obedezcas… Ummmm, yo tengo que respirar hondo porque la tercera vez que repite lo que yo he dicho me apetece entregarlo en adopción 😉 Y ya para qué hablar de los besos, está en modo «no me agobies con tanto cariño».
Por supuesto, mola mucho recurrir al «caca, culo, pedo, pis» y demás palabras relacionadas con lo escatológico. Y aún es más flipante poner como motos a tus hermanos pequeños, bien sea picando un poquito al mediano intentando llevarle la contraria o quitándole algo al pequeño, al que ya trata de «tú a tú» pero no penséis que el pequeñajo se amedrenta lo más mínimo… Por supuesto, mola protestar, así, sin mucha razón. «¿Qué hay para merendar?» (como si no lo supiera), me pregunta. «Pues manzana», le digo. Y venga, a indignarse porque estamos en fase de que hay que quejarse. Eso sí, luego no deja ni rastro de manzana, ni migas de bocadillo y aún pide más merienda.
Por supuesto, lo que no mola es hablar de niñas, esto ya le pasa desde hace tiempo. El otro día coincidió en el parque con una compañera y se lo pasó genial. Luego le dije: «vaya bien que te lo pasaste con Menganita». Y me puso cara de «va, tía, qué estás diciendo», porque otra cosa no, pero a expresivo no le gana nadie, para bien y para mal. Eso sí, esta etapa la estamos sufriendo en casa, porque hace poco tuvimos de tutoría con el profe y lo puso en un pedestal a todos los niveles, vamos, que el niños es casi perfecto. Tócate la gaita. Menos mal que cuando uno de los hermanos está en crisis, el otro está como la seda; no falla, es como si se quisieran ceder protagonismo para sus quejas particulares. Y suerte que es una nueva fase que se le pasará en unas semanas y que luego es un bendito. ¿Qué? ¿algún preadolescente más por ahí?
No hay día que no haya polémica en las redes sociales; con lo que a mí me gustan para debatir, indagar, contar experiencias, preguntar o sencillamente, entretenerme… Oye, que el viernes pasado colgué una foto de un biberón que a Gabriel le ha encantado y mientras algunas mamis se interesaban por el tamaño de la tetina por el tema de los cereales, alguien hizo un comentario poco afortunado incluyendo la frase «cebar a vuestros hijos» por darles ese alimento a nuestros churumbeles. Sin saber ni qué tipo de cereales ni si era una recomendación del pediatra, sin saber nada. Más allá de si tiene o no razón, que es absurdo al ser la dieta un cómputo de hábitos alimenticios, el comentario resultó un poco molesto por la connotación de la palabra cebar.
Yo no acostumbro a ir por la calle y decirle nada a ninguna madre que esté dando galletas o gusanitos a sus hijos. Uno, porque no me incumbe y dos, porque no sé la razón por la que se los da, no sé lo que han comido el resto del día, no sé nada de esa familia. Es probable que ni me fije en lo que meriendan el resto de niños. Una cosa es que vea a una amiga que da gominolas a los niños a diario y ni un trozo de fruta y, como amiga y por tener confianza, le puedo comentar de forma cariñosa que pruebe a darles otra cosa para merendar pero a alguien que veo de vez en cuando en el parque, ni se me ocurre. Conste que la chica en Instagram luego se disculpó y por mi parte, no hay más historia. No es la primera que me ocurre; esto pasa mucho en las redes e Internet.
De hecho, en vivo y en directo sólo he tenido un percance sobre la crianza de mis hijos. Hace tres años, viví una situación de ésas que te dejan sin palabras. Una no espera que, entablando una conversación con una conocida, intervenga una completa extraña para meterse contigo y con tu interlocutora. Rafa era un bebé de unos cinco meses y yo hablaba en una tienda de electrodomésticos con la señora que la regenta, donde por cierto iba a comprar una batidora. Como es lógico, al ser conocida, nuestro tema de conversación era el peque. Cuando empezamos a charlar sobre la lactancia, entró una señora de unos 70 años en el establecimiento. La dependienta, al contarle que ya sólo le daba biberón porque me había dolido mucho dar el pecho (tampoco entonces habían dado con mi problema), ella me contó que le tuvieron que operar por una mastitis.
En ese momento, la completa desconocida nos espetó: «No valéis para nada, yo le di el pecho a mi hijo hasta los 18 meses sin problema». Ojito, que la frase es literal, sin adornos. Nos quedamos tan bloqueadas que no supimos qué decir. Y me imagino que, como nosotras, cualquiera se hubiese quedado con cara de póquer. Como comprenderéis, me trae sin cuidado lo que opine la gente que no conozco, lo que no me gusta es la mala educación.. Con esta historia, reflexiono y me doy cuenta de ésto que me ocurrió a mí, que tan raro y tan mal nos parece, es algo que se hace de continuo en redes sociales e Internet y se acepta con normalidad.
¿Qué demonios nos hace pensar que podemos decir a alguien lo que nos parece bien o mal sobre la crianza de sus hijos?, ¿por qué entonces la gente se lanzó a la yugular de Beckham cuando su hija de 4 años apareció con chupete?, ¿por qué Coco Rocha tuvo que dar explicaciones sobre el hecho de que su bebé tomara leche de fórmula? Tengo la sensación de que en Internet y en las redes la gente dice todo lo que le apetece, todo aquello que jamás se atrevería a decir a la cara porque obviamente, no le incumbe y no se atreve. En esto de la maternidad, uno puede contar su experiencia, lo bien o mal que le ha ido con un producto, con un alimento, con lo que quiera, pero ojo con cuestionar cómo cría cada madre a su hijo. La última lapidación en Internet la ha sufrido Charlize Theron, a la que un medio calificó de mamá monstruo y en las redes sociales, la gente se encargó del resto.
Perdonad, a mí la reacción de una madre forcejeando con un niño me parece lo normal cuando tu hijo tiene una rabieta al lado de la carretera. ¿Será mejor dejarlo que se vaya corriendo y que le atropellen? En fin, que como no sabemos las circunstancias de cada familia, lo mejor es ser discretos. Detrás de cada biberón, de cada lactancia, de cada cereal o galleta, hay una madre que se ha informado, que también habrá tenido sus errores, que habrá llorado y que sólo busca tener un bebé feliz que se convierta en un adulto feliz. Nada más.
Has llegado tarde a recoger a los niños, se te ha olvidado que hoy el pequeño iba en chándal al colegio y le has puesto el uniforme, no le has prestado atención cuando te contaba algo sobre el recreo, te has puesto nerviosa y has pegado un grito cuando se han puesto a jugar a lo bruto y han tirado un marco de fotos… Prisas, trabajo, comprar algo para la cena. Demasiadas cosas. Y cada día te levantas y te dices: lo voy a hacer mejor que ayer. Y al final de la jornada te das cuenta de que no eres perfecta. Pero, ¿qué demonios es la perfección?, ¿estar siempre sonriendo pase lo que pase?, ¿no alterarse nunca?, ¿no llorar?, ¿mantener siempre la calma?
Y después de intentar averiguar cómo ser perfecta, te preguntas ¿realmente es posible? Porque ves que Fulanita tiene mucha paciencia y Menganita siempre se acuerda de todo. Pero seguramente no te fijas o no reparas en que tienen otros «defectos». No, no es posible ser perfecta. Tus hijos son lo primero pero no lo único; tienes trabajo, amigos, familia y un sinfín de cosas que hacer cada día para que todo funcione y cada jornada es como una pequeña maratón. La vida es así, no podemos hacer ni tener todo lo que nos gustaría. Tú no puedes ser perfecta porque la perfección no existe. Tú tienes que ser tu mejor versión, dejar que salga lo más especial de ti. Y para reír mucho, a veces hay que llorar. Para subir, a veces hay que bajar. Para disfrutar, a veces hay que sufrir.
Pero es que además, tus hijos no necesitan una madre perfecta. ¿Qué sería de la vida si siempre estuvieras en una nube?, ¿si ellos no supieran que hay días grises?, ¿si no vieran que los adultos también lloran? Los niños tienen que saber que la vida va de emociones, y también de errores. Y si un día gritas, les pides perdón y les cuentas lo que te molesta. Si un día se te olvida algo importante, hablas con ellos y propones comprar una pizarra donde apuntar las cosas. Y les dices que a ti también se te olvidan muchas cosas, y que no eres perfecta. Porque no lo eres, ni lo serás. Pero siempre serás la mejor madre, nadie les conoce mejor que tú y nadie hará lo que tú haces por ellos. Pide perdón, intenta mejorar en lo que sepas que realmente necesitas mejorar. Pero no te empeñes en ser perfecta. Las madres perfectas no existen. Lo dice una imperfecta.
Creo, y lo digo con sinceridad, que podría incluir varias cosas en la lista de aspectos negativos que trae la maternidad. Porque no nos engañemos, ser madre no es un camino de rosas y hay que hablar de ello con naturalidad aunque intentando siempre dar la justa importancia a las cosas, vamos, sin ponernos a llorar. Todas sabemos que las cosas buenas compensan todo lo malo. El caso es que me da la sensación de que siempre nos referimos a las mismas situaciones cuando pensamos en las peores cosas de ser madres: los embarazos con problemas, los partos y postpartos dolorosos, las lactancias «fracasadas», el cansancio, menos tiempo para nosotras, las carreras del trabajo a casa y viceversa. Y ojo, que todo ello es difícil y creo que es necesario tratar estos temas y darles visibilidad, eso sí, sin perspectivas catastrofistas, a poder ser.
Para mí, en ese sentido, los dos momentos más duros como madre fueron el postparto del mayor y las rabietas del mediano poco antes de cumplir dos años y estando al final del embarazo del pequeño, sin olvidar algún que otro verano al borde del colapso 😉 Pero lo cierto es que, me paro a pensar y esas crisis que tuve son cosas que ocurrieron durante espacios cortos de tiempo. Y ahora me doy cuenta de que, desde hace ya mucho, me enfrento a un problema que a veces me hace perder los nervios y que, lejos de mejorar, creo que lo lógico es que vaya a más en los próximos años.
Hablo de los conflictos entre hermanos. En esta casa, no hemos pasado por los celos pero creo que ése sería el primer gran problema que puede surgir en una casa con varios niños. Pero yo hoy voy más allá y hablo de las peleas entre hermanos; y no me refiero solo a cuando se empujan o se dan algún que otro mamporro, sino a las disputas por tener y querer siempre las mismas cosas. Esto empezó a ocurrir en nuestra casa cuando Rafa comenzó a caminar con 13 meses; Alfonso acababa de cumplir tres años así que estaba en una edad en la que no entendía muy bien porqué su hermano le «molestaba». Aún así, lo llevó bastante bien. De hecho, los mayores se acostumbran a esa situación. Cuando los hermanos pequeños tienen menos de dos años y no son capaces de razonar muchas cosas, a los mayores les toca ceder. Pero, ¿hasta dónde? Buena pregunta, yo no lo sé y es ahí dónde a veces descubro que no sé ser jueza. Porque ése es el papel más difícil de ser madre: ser justa en función de las necesidades de cada hijo sin que ninguno sienta que queda de lado. Tela marinera.
Aquí están jugando. Eso sí, a lo bruto. Gabriel tiene el cielo ganado, es que no se queja por nada!
Los hermanos pequeños tienen el gran problema de que quieren hacer, tener, comer, tocar el botón del ascensor, entrar en casa y, si se tercia, hacer sus necesidades cuando lo hacen los hermanos mayores. Yo ya he visto a Ricitos de Oro enfadarse por querer utilizar el mismo váter que Alfonso cuando su hermano está en plena «evacuación». Y es muy frustrante. Ah, excepto cuando haces un viaje en coche, que entonces uno quiere ver Cars y el otro Buscando a Nemo y acabas poniéndoles Dumbo por no generar problemas. Pero bueno, esto se queda en mera anécdota comparado con el tema juguetes o objetos de entretenimiento porque ahí llega la guerra de verdad. «Alfonso, déjaselo un rato», digo. Y todo por no oír protestar al mediano, que lo hace de una forma muy irritante, es decir, llorando. Porque esa «táctica» les ha funcionado muy bien desde bebés; es lo que tiene nacer y ya tener «competencia», tiene cierta lógica. Mientras, el mayor suda la gota gorda pensando en deshacerse de su amado objeto. Por ponerle humor, tipo Gollum en El Señor de los Anillos. Y ya sabéis, a partir de ese momento: «es que lo tenía yo primero», «es que es mío», «es que antes me pegó», «es que lo quiero yo» y un sinfín de frases del estilo.
El caso es que, cuando me paro a reflexionar sobre esto, me doy cuenta de que esto va para largo y seguramente irá a más, por mucho que se quieran, se necesiten y se defiendan a muerte frente a los demás. Y esperad, que a Gabriel le quedan dos telediarios para entrar en el meollo así que… continuará. ¿Veis?, ¿a qué ahora lo del parto no os parece tan horrible? 😉 ¿Cómo lleváis vosotras este tema de las broncas entre hermanos?
¡Soy un desastre! Apenas leo libros, salvo infantiles, desde que escribo este blog. Lo sé, debería buscar huecos ya pero, durante la noche, cuando los niños duermen, es el momento en que yo puedo dedicarme a escribir mis posts, a contestar vuestros comentarios, a leer otros blogs, a buscar información… Eso sí, tampoco hojeo las revistas que se me van acumulando ni enciendo la televisión, la última serie que vi fue «El tiempo costuras»… ¡con eso lo digo todo! Total, que me estoy liando para contaros que las dos últimas semanas hice un esfuerzo y me empapé del libro «El cerebro del niño explicado a los padres», del doctor Álvaro Bilbao.
Aunque podría hacer varios posts sobre el tema, porque da para mucho y el libro ayuda muchísimo a ponernos en el lugar de nuestros hijos, me voy a detener en los aspectos que más llamaron mi atención.
1. Por lo menos, el 50% de la inteligencia de nuestros hijos viene determinada por sus genes. Es decir, hay ciertos rasgos que son los que son. Pero, sin el apoyo de padres y maestros que les guíen y les ayuden a satisfacer sus necesidades dentro de los límites que establece el respeto a los demás, el niño está perdido.
2. La estimulación temprana no tiene impacto alguno en la inteligencia de niños sanos; lo único demostrado es que en los primeros años de vida, el niño tiene mayor capacidad de desarrollar el oído absoluto. Es decir, es más útil que tus hijos vean las pelis o dibujos en versión original que el que vaya a clases de inglés. Pero vamos, que no esperéis que por apuntarles y enseñarles mil cosas, van a aprenderlas todas.
3. Ser padre o madre es más que una responsabilidad, es un privilegio. Si sueles agobiarte por la responsabilidad del cuidado de tus hijos, intenta dirigir tu atención hacia algo positivo. Pasar una noche en vela porque el niño no se encuentra bien o le están saliendo los dientes significa estar a su lado cuando lo está pasando mal. Yo soy muy optimista con esto de la maternidad así que no suele pasarme lo de agobiarme.
4. El suelo de tu casa es la plataforma más privilegiada desde la que observar y participar en el desarrollo cerebral del niño. Así que ya sabes. Siempre he dicho que ponernos a su altura nos ayudará a entenderles y a que ellos nos comprendan mejor.
Lo mejor de ponerme a su altura son los «ataques» que recibo 😉
Ahora me voy a detener en una idea fundamental que traslada el libro, así que comienzo con una metáfora que ayuda mucho a entender cómo funciona la cabeza de un niño. Digamos que tenemos tres cerebros en uno:
1. Cerebro reptiliano: el más primitivo, el que nos permite luchar por nuestra supervivencia. Hasta el año de vida, los padres debemos interaccionar con esta parte del cerebro del niño. No sirve de nada razonar con un bebé, lo único que quiere es que se satisfagan sus necesidades cuando tiene hambre, sueño o frío.
2. Cerebro emocional: Es una parte del cerebro que se activa para evitar sensaciones desagradables y peligros o amenazas, y para buscar buscar emociones agradables. A partir del primer año de vida, la parte emocional convive con la reptiliana así que hay que buscar estrategias para ser capaces de ayudarle a conseguir lo que quiere, a conformarse con lo que no puede tener, a empatizar….
3. Cerebro racional: Es el que distingue al resto de los animales de los seres humanos, que nos permite tener consciencia de nosotros mismos, de razonar, tomar decisiones basadas en la lógica…Es a partir del tercer año cuando esta parte del cerebro cobra importancia en la vida de los niños y es capaz de controlar sus instintos más básicos aunque aún cuando esté cansado o hambriento, por ejemplo, su cerebro primitivo puede guiar su comportamiento.
Sobre las recompensas
Todos hemos caído alguna vez en eso de si te comes toda la fruta, te doy galletas después. A ver, que tampoco es nada extraño que les hagamos saber a los niños que lo mejor es que coman primero lo más sano, y así estarán más llenos para comer otras cosas que les apetezcan más. Pero claro, las recompensas materiales llega un momento en que no son efectivas. Si cuando hace las cosas bien, le compras algo, entenderá que tener cosas es algo valioso en la vida. Es más recomendable estimular a nuestros hijos con una recompensa social como, por ejemplo, sentarse a jugar con ellos, darle una responsabilidad que les haga ilusión, felicitarles…
Y podría seguir contando más y más cosas pero este post se extenderá demasiado. Quizás más adelante me anime a escribir algunas cosas más super interesantes de este libro porque creo que puede ser muy útil divulgar esta información. De todas formas, siempre lo digo, la teoría es fácil pero el día a día a veces no nos permite pararnos en estos detalles y pedimos más a los niños de lo que deberíamos, ¿no os parece?
En esto de la maternidad no hay fórmulas mágicas; quien diga lo contrario, miente. Cualquiera que sea madre de varios hijos sabe que cada uno es de una manera, aun teniendo los hermanos muchas similitudes entre ellos y aunque, en algunos aspectos, nos funcione lo mismo con unos y otros, que también ocurre. Pero no, no hay ningún consejo, ni fórmula que sirva para todos los niños. Eso sí, hay cosas que pueden ir bien a muchos de ellos. Por pura lógica. Y aun así, tampoco funcionan siempre. Pero por si sirve a alguien, aquí van dos cosas que intento hacer siempre que mis hijos entran en trance o pierden los papeles y están a punto de hacer que yo los pierda:
1. Ponerse a su altura: y no me refiero a ponerse a gritar, a llorar o a patalear como hacen ellos. Ojo, como plan de choque puede funcionar. Vamos, sé de unos que se puedan quedar con los ojos como platos si me pongo a berrear o me tiro al suelo pero, con sinceridad, a la tercera, me mandarían al carajo y no me tomarían en serio. Me refiero a que, lo primero que hay que hacer cuando un niño está en fase “muñeco diabólico” es hablar con ellos a su misma altura, que tengan contacto visual directo con nosotros. Uno, porque los adultos rebajamos el tono de voz cuando nos agachamos para hablar con los críos. Y dos, porque el niño siente cercanía y se vuelven más receptivos. Y no, no es ninguna chorrada.
Imaginaos que tratáis de discutir, convencer, disuadir a alguien muy alto, no a quien te saca diez centímetros sino a alguien a quien no sois capaces de alcanzar por mucho que estiréis el brazo y a quien tenéis que hacer esfuerzos por verle los ojos. Pues más o menos esa es la proporción con los niños pequeños. Esto funciona a veces, otras no. Pero desde luego, si quieres dialogar o relajar a un niño que está enrabietado, desde la distancia y a gritos, es difícil conseguir algo. Y lo sé por experiencia, que soy la primera que a veces pierde los nervios.
2. Distraerles: creo que esto es de cajón pero que en momentos de caos ni te planteas. El otro día teníamos a Rafa obcecado con un juguete de Alfonso que acababan de regalarle por el cumple. Antes os diré que Ricitos de Oro es muy absorbente con su hermano mayor y que no le da un respiro. El caso es que se cierra en banda, pide las cosas llorando y la verdad es que resulta molesto. A nosotros y al pobre Alfonso, que tiene una paciencia infinita. Así que, cuando no ha funcionado el punto que mencioné anteriormente, paso a la segunda fase: llevármelo a otro sitio donde estemos solos y buscar algo que pueda hacerle olvidar aquello por lo que estaba sufriendo. Justo ese día que os cuento, había globos colgados de un árbol y funcionó y no volvió a acordarse del juguete. No siempre hay algo a mano y no siempre les interesa lo que les ofreces. A Rafa consigo distraerle con algo de comida, ahí tiene su punto débil 😉 Pero lo dicho, no es infalible.
Si es una rabieta, de las que se pueden pasar minutos y minutos berreando a pleno pulmón, y una vez fracasado el diálogo y el intento de distracción, lo mejor es alejarles de sus hermanos u otras personas y esperar con ellos a que se les pase. Y si no es rabieta, muy a mi pesar, llego a la tercera fase de advertir que habrá castigo, que básicamente es dejar de hacer algo que les gusta. Hace tiempo que no llego a esta fase, creo que estoy mejorando. También ayuda la vuelta al cole y a las rutinas 😉 ¿Qué hacéis vosotras cuando la cosa se va de madre?
La primera gran crisis que tuve como madre fue hace casi dos años, cuando Alfonso comenzó el colegio; aquella situación me pilló por sorpresa y, al principio, me costó creerlo porque no le había afectado ni el nacimiento de Rafa casi un año antes y además era un niño buenísimo. La segunda crisis que sufrí en mi vida maternal fue a finales del verano pasado. Situación: embarazada de 7 meses, con un bebé de casi dos años en plena etapa de rabietas y un pobre niño de casi 4 años, espectador pasivo de los berrinches de su hermano. Aquello me superó, porque las pataletas eran fruto de la etapa que Rafa estaba viviendo, sin explicación alguna y sin mediación posible.
Lo reconocí en su momento aquí en el blog, lo pasé mal. Alguna vez me encerré en el baño porque lo que me apetecía era gritar o darle un meneo al crío. Y claro, ¿de qué sirve dar un alarido a un niño de menos de dos años que está fuera de sí? No sabía cómo gestionar esas rabietas que, en alguna ocasión, duraban casi una hora y que no se le pasaban ni ofreciéndole comida al niño. Y cualquiera que conozca a Rafa sabe que todo drama se le olvida si le das comida 😉 Por suerte, y si alguna os encontráis en esa etapa, eso se acaba pasando y en nuestro caso, duró un mes. Ahora mismo, el mediano, aun teniendo carácter y siendo muy impaciente, es muy cariñoso y simpático y gracioso a más no poder. En Instagram tiene su grupo de fans 😉
Y si os cuento esto es porque el sábado lidié con mi ¿tercera crisis maternal? Siendo un día puntual creo que la próxima semana ya me habré olvidado del asunto. El caso es que yo no sé qué demonios les ocurría a mis hijos mayores (el pequeño está a punto de ser santificado en El Vaticano) pero me convertí en una loca. En realidad, el que me puso como una moto fue Alfonso. Sí, ya estamos en plan pre-adolescente, así como contestatario. Y oye, que no hay nada que me ponga de peor humor que lo de decir diez veces que hagan algo y que me tomen por el pito del sereno. Porque la quinta vez que dices algo, subes el tono de voz; a la sexta, lo elevas más y, a la décima, se entera todo el vecindario.
Cuando tienen el día torcidín, te sacan de tus casillas. Que le digas al retaco de 4 años que se va a quedar sin ir a la piscina y te salte con «pues ya no voy a ayudarte nunca», «eres mala», «pues me da igual»… ufff, me pone de los nervios. Y os lo confieso, ganas no me faltaron de dar algún cachete pero no, me lo prometí a mí misma; si no le doy un guantazo a ningún adulto (y todos sabemos que más de uno se lo merece), no lo voy a hacer con mis hijos, ni quiero ni debo. Eso sí, gritos dí unos cuantos cual loca de la pradera. Lo pienso a posteriori y me pregunto ¿fue para tanto?
Pues mirad, no lo sé pero el caso es que chillé porque ¿qué hacer en estas situaciones? Es difícil, son niños, sí, pero ya saben lo que está bien y no, entienden los mensajes que les damos y ya pueden razonar muchas cosas. ¿Cómo hacerles entender que no siempre pueden hacer lo que les apetezca? Para mí, esta labor es, sin duda, la más complicada. Cada día lo tengo más claro, educar a los hijos se complica cada vez más, según van creciendo. A mí dadme cinco bebés como Gabriel y os juro que seré la madre happy del barrio. De hecho, cuando estoy sola con el peque e, incluso con dos, estoy en un estado de relajación total. En fin, la de días tontos que me quedan por delante… ¿Cómo gestionáis las crisis con vuestros hijos?, ¿alguna más entra en estado de enajenación mental cual niña de El Exorcista?
Hoy hace 4 años que Alfonso vino al mundo para transformar mi vida. Llegó en un parto inducido, relativamente corto siendo primeriza (5 horas) y sin dolor alguno gracias a la epidural (el postparto ya fue otra cosa). Lo recuerdo como un momento increíble, en el que me pareció que se paraba el mundo y no quería separarme de él. Desde entonces, viví en un continuo enamoramiento y tuve la suerte de que, cuando nació Rafa, nada cambió en él así que dupliqué mi amor de madre. Pero no voy a engañar a nadie, cada año que cumplen, los «problemas» también van aumentando.
Celebrando sus cumpleaños
Cuando son bebés, te agota el no dormir bien, que si dar el pecho, que si luego no paran cuando empiezan a andar, que si rabietas sin sentido… pero da lo mismo, precisamente porque siguen siendo bebés a los que mimas de continuo y rara vez te puedes «pillar» un cabreo con ellos. Ésa fue mi situación con Alfonso los tres primeros años, se puede decir que tuve suerte porque con dos años otros ya tienen un carácter de narices y son más movidos, como le pasa a Rafa.
Por un lado, cuando van creciendo, ganas en comodidad; se pueden hacer más planes con ellos, tienen ya horarios y rutinas, dialogas cuando les pasa algo, cada vez son capaces de hacer más cosas solos y todo se va simplificando… ¿Todo? Bueno, casi todo. No nos engañemos, luego van llegando otras preocupaciones. Ayer mismo Alfonso pegó a un compañero de clase y no puedes hacer otra cosa que cabrearte y castigarle. Ya no hablamos de bebés, sino de niños que ya distinguen y saben perfectamente lo que está bien y lo que no, aunque les resulte difícil controlar sus emociones e impulsos.
Y esto no ha hecho nada más que empezar. Discusiones entre hermanos, en el colegio con amigos, que si no quiero ir aquí o allí, que si la profe me tiene manía, que si hoy nos han metido 5 goles y estoy de mal humor, que si no quiero estudiar, que si esta chica pasa de mí…y así, suma y sigue lo que nos espera. Para mí, este ha sido sin duda el año en que he notado que perdía cualquier ápice que tenía de bebé; y es que, cuando cumplen tres años, aún tienen cierta inocencia. A los cuatro, son ya niños, que te retan, que te ponen al límite, que van «independizándose» de alguna manera… aunque obviamente habrá niños más tranquilos que otros y no lo manifiesten de la misma forma.
Cuatro años que han pasado en un suspiro.
Lo bueno que tenemos las madres es que vamos asumiendo todo esto como parte de sus vidas y de las nuestras. Que es cierto que les vemos cumplir años pero que, de alguna manera, siempre vemos a ese bebé que nos tuvo enamoradas. Y no es que no lo esté ahora, porque lo estaré toda mi vida de mis hijos, sencillamente es que ellos, poco a poco, van buscando la manera de «emanciparse», necesitan reafirmarse como personas que cada vez dependen menos de nosotros. Sé que es pronto para hablar de independencia pero es un proceso que, sin darnos cuenta, va llegando en pequeños gestos. En cualquier caso, nos lo pongan más o menos fácil, vamos a celebrar por todo lo alto que cumplen años y que están sanos. ¡Felicidades Alfonso!
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