Supongo que todas os acordareis perfectamente de Mr Potato. Este año cumple 65 años (se dice pronto) y nos han propuesto que pensásemos algo que probablemente le gustaría hacer antes de su cumpleaños. Así que, como las previsiones meteorológicas este verano están siendo inciertas y no sabíamos si nos lo podríamos llevar de excursión a algún sitio bonito de Asturias, decidimos que íbamos a enseñarle a cuidar una mascota, la perra de mi hermano, ahora que pasamos más tiempo con ella al estar los peques de vacaciones.
Así que nos pusimos manos a la obra y le presentamos a Mica, una preciosa husky que, aunque por su tamaño parezca algo grande, no tiene ni un año de vida. Vamos, que es un cachorro y que aún estamos intentando domesticarla un poco, ¡lo que cuesta! Creo que Mr Potato, y nosotros mismos, hemos descubierto que un animal no es como un juguete, hay que cuidarlo mucho, darle de comer, así como llevarle al veterinario, entre otras muchas cosas. Así que no es un capricho, implica muchas responsabilidades.
En el perfil de Facebook de Mr Potato, estos días se están dando muchas ideas de planes divertidos y cosas que este personaje está viviendo antes de su 65 cumpleaños para hacer sus sueños realidad. Nosotros le hemos enseñado cómo cuidar una mascota, a darle su comida, a bañarla, a jugar con ella sin hacernos daño (porque pesa un montón), a peinarla e incluso a reñirla si no hace algo bien, porque a los animales, además de cuidarles, también hay que enseñarles muchas cosas, como a los niños. Mica no mide su fuerza a la hora de jugar y pesa más que Gabriel, así que a veces le regañamos.
Y para celebrarlo y que vosotras también podáis hacer realidad los sueños de Mr. Potato, podéis llevaros a casa a Mrs. Potato.
¿Qué hacer para entrar en el sorteo?
Solamente tenéis que compartir públicamente y dejar un comentario en el enlace del sorteo en Facebook contando qué os gusta o qué os gustaba de este mítico juguete. El sorteo permanecerá activo desde hoy 12 de julio de 2017 hasta el martes 18 de julio de 2017 (incluido) y podrán participar todas las personas mayores de edad residentes en España. El sorteo se realizará a través de la web Sortea2, que elige un ganador al azar. ¡Suerte!
Que si madres arrepentidas, que si periodista diciendo que un bebé «destruye tu vida», que si presentadora escribiendo en sus redes sociales que «estamos engañadas por los mitos románticos de la procreación» y que la maternidad no debería ser imposición… ¿Engañadas?, ¿imposición?, ¿hoy en día? A ver, a ver, a ver… ¿en serio soy yo la única que pensaba que la maternidad no era fácil?, ¿en serio me dicen que en plena era de la información no sabían de qué iba el cuento?, ¿de verdad hay personas que creen que tener una criatura dependiente de ti no va a transformar tu vida? Sí, transformar, que no es una cosa así como el tener un novio con el que te va mal, que lo cambias y listo. Sí, esto es lo único que es ya para toda la vida. ¿Eso sí lo tendrán claro? Bueno, pues si me estás leyendo, te planteas ser madre y aún crees que todo es de color de rosa, voy a abrirte lo ojos:
–No vas a poder dormir del tirón: aún en el mejor de los casos, siendo un aspecto en el que me considero afortunada, no te vas a librar de estar unos meses despertándote cada cierto tiempo. Y cuando lleves ya varias semanas sin dormir 7-8 horas seguidas, creerás que no podrás sobrevivir. Y no imagino cuando llevas un año porque no me ha tocado a mí, pero te puede pasar.
–Vas a sentir dolor físico: oye, no será porque no nos dijeron toda la vida lo que duele un parto. Y sí, ahora ya tenemos la suerte de que existe la epidural pero no conozco a ninguna mujer que no haya sentido dolor en ninguna fase de todo este proceso: embarazo, parto, postparto o lactancia. Lo lógico es que, si no te toca dolor en una, te tocará en otra. Es complicado que te toque el lote de embarazo estupendo+parto estupendo+postparto estupendo+lactancia estupenda. Y oye, que con la lactancia también tenemos mucho avanzado hoy en día y si la cosa se tuerce, pues bibe al canto. Pero en alguna fase, algo te va a doler, casi seguro.
–Vas a sentir preocupación casi constante: sí, es así. Porque como descansas poco, todo te afecta un poco más. Porque te vas a dar cuenta de que el día tiene pocas horas, porque no vas a saber gestionar la rabieta de tu hijo, porque vas a estar triste y preocupada cuando esté enfermo, porque vas a disgustarte cuando no quiera ir al cole, o cuando suspenda, o cuando un amigo le haga daño, o un novio o una novia… Resumiendo, si antes lo que más te preocupaban eran cosas del curro o sentimentales, con un hijo puedes añadir una preocupación más, y de mayor calado, ya te lo digo.
Portada del libro «Madre arrepentidas»
–Vas a limpiar mucho: sí, cacas, mocos y vomitonas. Es así de poco apetecible pero es real. Antes de ser madre, si alguien expulsaba algo por la boca solía ser en las puertas de un bar y tú te alejabas. Cuando seas madre, no solo no te alejarás sino que tendrás que limpiar los restos de sábanas, pijamas, alfombras… Sí, has leído bien: vomitonas en casa.
–Vas a dejar de salir de juerga: mira, la realidad es que, aunque te puedas permitir salir de marcha porque los buenos abuelos o una niñera se queden con el churumbel, no te apetecerá demasiado por el punto número 1: estarás cansada. Así que acabarás por reservarte fechas especiales para esas escapadas en pareja o con amigos. Y si crees que no vas a poder vivir sin salir de marcha todos los fines de semana, pasa de ser madre. Salir se puede, claro, yo lo hago, pero con frecuencia es complicado.
– Viajar dejará de ser cómodo: y eso si viajas, porque depende de la criatura que te toque, o de las ganas que tengas, a lo mejor ya ni viajas. Pero vamos, que desplazarte por otros sitios podrás, nosotros no paramos, pero no se pueden comparar los viajes de antaño en pareja y con amigos a los que vas a hacer con los niños porque con ellos irás cargada, porque no podrás ver todo lo que te apetezca, porque tendrás que parar cuando a la criatura le toque comer, porque no trasnocharás, porque tendrás que buscar un alojamiento acorde con las circunstancias, porque es probable que alguna vez tengas que suspender tu viaje porque el crío se ponga enfermo.
¿Cómo lo ves? Bueno, pues estas son solo algunas de las «bondades» de ser madre. No vaya a ser que algunas digan luego que no sabían lo que era la maternidad y se arrepientan. Y ojito, esto no está reñido con tener derecho a un cabreo, a un llanto o enfado porque la situación nos supera. Que no tenemos que ser mártires de la causa, ¡faltaría más! Podemos quejarnos de que estamos cansadas, de que estamos disgustadas… aun habiendo elegido libremente. Pero mentir, no nos ha mentido nadie. Y es una elección libre. No nos presionan para esto, no nos obligan, no nos lo imponen. No en España. ¿O acaso a la señorita Abenia la han mandado de su trabajo a casa para que ahora procree?, ¿le han impedido el acceso a anticonceptivos?, ¿alguien la obliga a ser madre? Pues entonces nadie le está imponiendo nada. Y qué decir de Samanta, lo siento, pero afirmar que»tomas una decisión engañada» no se ajusta a la realidad.
¿Que te preguntan si vas a ser madre llegada una edad? Pues tampoco es raro teniendo en cuenta que 8 de cada 10 mujeres sí lo son. Llevan haciéndole la pregunta al señor Bustamante sobre si va a tener más hijos o no desde que tuvo a la primera, vamos, desde hace casi una década. Pero vamos, lo mismo que te preguntan qué vas a estudiar cuando tienes 17 años, e igual resulta que no quieres estudiar sino trabajar. Lo mismo que le preguntan a mis hermanos de 30 años si no tienen novia. Y ni ganas ni prisa. Contestas y listo, pero la presión no te la mete nadie si crees tener claro lo que quieres.
Este no es un post para desanimar a nadie. Imaginaos lo grande que tiene ser la maternidad para que, a pesar de todos estos inconvenientes, a la mayoría nos compense. Pero ser madre porque toca, porque pasa el tiempo, porque luego igual no puedes, porque crees que es lo que la gente espera de ti… pues no. Es una vida de la que hablamos que, durante años, va a depender de ti. Así que, si no quieres renunciar a ciertas cosas, lo cual me parece estupendo y super lícito, no los tengas, y se acabó la historia. Por cierto, así, en general, se me ocurre que trabajar también tiene muchos inconvenientes, y estudiar, y tener pareja… En realidad, la vida no es fácil, vivir tiene muchos inconvenientes lo mires por donde lo mires pero… ¿a que compensa?
El otro día publiqué una foto en Instagram y comentaba que, desde que Alfonso ha empezado a ducharse solo, el bucle baños-cenas era mucho más llevadero. Creo que el rato que transcurre desde que empiezan los baños y hay que preparar la cena hasta que se acuestan, es uno de los momentos más agobiantes del día cuando se tienen varios hijos. Para mí, por lo menos, lo era desde que nació Gabriel hace casi dos años. Con dos hijos no recuerdo que fuese especialmente caótico pero con tres la cosa ha sido un poco de locos, aunque mi señor marido se estresaba más que yo ;- ) Por eso, ahora que el mayor se ducha solo, recoge su ropa y se pone el pijama, he visto un poco la luz. Sí, sigo bañando a los dos pequeños pero claro, pasar de tres a dos otra vez es como pisar el cielo.
Algunas me preguntabais desde cuándo el niño se ducha solo y qué edad tiene. Pues en el post de hoy respondo a la pregunta y os cuento las labores que hacen mis hijos en casa, y os oriento sobre cuáles deben hacer a cada edad. Porque los niños tienen que hacer cosas en casa, no puede ser que todo se lo demos hecho. Y ya no solo porque ayuden, sino porque es una forma de que ganen autonomía y seguridad en sí mismos. Es más, hay que aprovechar precisamente esas edades en las que se ofrecen a hacer de todo y quieren ser ellos hasta quienes limpien, para enseñarles. Lo sé, las prisas y el que rompan o manchen algo nos hacen recular y hacerlo nosotros, a mí me ha pasado decenas de veces. Pero no, hay que dejarles hacer y enseñarles cómo se hace. Luego llegan a los diez años y obviamente saben vestirse solos, pero estarán esperando a tener el plato y la mesa puesta. Y no sabrán ni cómo funciona el lavavajillas.
Qué hacen mi hijos en casa
Tener hermanos es una ventaja en esto de ayudar en las tareas. Tanto los mayores como los pequeños espabilan antes. El mayor porque ve que sus padres tienen más demandas a la vez y, al ser el más autónomo, las del primogénito suelen ser las que se atienden con menos urgencia. Y los pequeños por imitación pura y dura, aunque también he visto pequeños que se acomodan, todo sea dicho. Pero bueno, generalmente cuando hay varios hermanos y hay que repartir el tiempo entre varios hijos, los niños se hacen autosuficientes rápidamente.
6 años
Alfonso cumplió 6 años hace un mes. Y desde este verano, ha incorporado, a las que ya tenía, nuevas tareas: se ducha solo, y se enjabona más que yo, que conste; recoge y dobla el pijama por las mañanas, y pone la mesa. Recoge también su ropa y la lleva a su habitación, no llega a colgarla en las perchas y lo hago yo. Aunque desde los cuatro años se viste solo, ahora ya es capaz de ponerse hasta las espinilleras para los partidos (que tienen su complicación) y las botas de fútbol.
4 años
Rafa acaba de cumplir 4 años. Es cierto que, por imitación, ya hace cosas que podrían haber esperado ya que Alfonso no las hacía a su edad. Ayuda a poner la mesa, lleva la ropa sucia a la cesta, se viste solo aunque a veces pide ayuda con los calcetines, con los que se pelea de vez en cuando 😉 Cierto es que es muy lento para todo, nos os podéis hacer una idea de la tranquilidad con la que se toma la vida, por lo que alguna vez me estreso un poco y le ayudo a vestirse por ir más rápido. Se enjabona solo y se pone el pijama, lo de doblarlo por la mañana no se puede decir que sea doblar 😉 Recoge los platos al acabar de comer y los deja en la encimera. Tanto el mediano como el mayor saben a qué basura tienen que tirar cada residuo, ya que en casa reciclamos y hay tres papeleras.
2 años
Bueno, Gabriel aún no ha cumplido los dos años y, a pesar que que habla lo justo, entiende perfectamente las instrucciones que le damos. Se quita los zapatos y alguna vez el pantalón, recoge los juguetes (como a cualquier niño de esa edad, también se le cruza el cable y a veces dice que tararí). Come solo desde hace ya mucho tiempo (ya habéis visto los vídeos de Instagram) y me refiero a que lo hace con cubiertos, que a mí eso de que coman con las manos no me gusta, salvo las cosas lógicas como bocadillos, frutas, embutidos… Se sube solo a mi coche y se sienta en su sillita (lo sé, este vídeo en Instagram os gustó mucho). La realidad es que Gabriel es un niño super autónomo que además es ágil físicamente (cosa que no le pasaba a sus hermanos de bebés) y eso hace que, si quiere algo, mueva una silla y se encarame a cualquier estantería para coger lo que sea. Resumiendo, Gabriel es tercero y eso se nota necesariamente. Y si le das una toallita de bebé, te limpia lo que quieras 😉 Lo bueno de los pequeños es que hacen tareas a edad más temprana de la que lo hacían sus hermanos. También corren el riesgo de que, al tener hermanos mayores, se «aprovechen» de la situación. Ver, veremos.
En general, no me quejo, reconozco abiertamente que he hecho muchas cosas por ellos por ir más rápido pero creo que son niños autónomos y responsables. Es cierto que no me lo he propuesto, ha sido la situación la que ha hecho que fuese así de una forma natural. Ahora mi lucha está en que cuiden los juguetes, porque tienen muchos y creo que no los valoran. Os dejo aquí un cuadro que aparecía en una noticia en El Mundo, que quizás pueda orientaros, yo veo la lista muy lógica.
Reconozco que no es fácil hablar de este tema. No sé siquiera si el instinto maternal existe como tal, porque realmente hay muchas mujeres que deciden no ser madres, por lo que entiendo no es algo innato en la hembra humana. Sí es cierto que muchas mujeres reconocen sentir a cierta edad que aumenta su deseo de ser madre, así que entiendo que de alguna manera interviene la biología en esto. Imagino que es una mezcla en la que interviene también la sociedad en la que vivimos en la que se entiende como algo normal y natural ser madre a partir de una edad determinada en función de la cultura. No se es madre a la misma edad aquí que en otros países.
Creo que la ciencia aún no es capaz de explicar muchas cosas sobre el llamado instinto maternal, por tanto, pocas dudas puedo despejar sobre esto. Lo que sí sé es que yo, desde pequeña, sentía mucho interés por los bebés y tenía claro que quería tener varios llegado el momento así que ahora viene la pregunta del millón: ¿por qué unas decidimos que queremos seguir reproduciéndonos y otras no quieren una vez que han tenido ese anhelo cumplido?. ¿Desaparece ese instinto en unas mujeres y en otras no?, ¿por qué algunas lo tenemos desde pequeñas, otras nunca lo tienen y a otras les surge de repente? Pues sí, es complicado dar respuesta.
Muchas preguntas y muchos factores
Es cierto que muchas nos vemos influenciadas por nuestras experiencias pasadas; es lógico que, quienes vengamos de familias numerosas y tengamos un buen recuerdo de aquello, estemos más predispuestas a buscar lo mismo para nuestros hijos y sintamos que nuestra familia está incompleta con un solo descendiente. Al igual que, si has sido hija única y sentiste que te faltó un hermano, también sientas o tengas la necesidad de tener más de un hijo, quizás no tanto por ti sino por ellos. Quizás estabas encantada siendo hija única y no te planteas otra opción como madre, o vienes de familia numerosa y acabaste hasta el gorro de tus hermanos, por lo que no quieres repetir. Sí, las experiencias pasadas cuentan. Pero, ¿y qué más?
¿Y la edad?, ¿tener un hijo siendo joven hace que tengas más ganas de repetir? Pues quizás la edad sea un factor clave para que ese instinto maternal desaparezca, a ver si el próximo cumpleaños paso de los 34 a los 40 y aceleramos el proceso 😉 Entiendo que el componente biológico tiene mucho que decir. Igual que el cuerpo no está preparado para parir a los 15 años, no lo está a los 50. De ahí que, probablemente, no nos apetezca ser madres a los 18 pero tampoco cuando nos acercamos a los 50, aunque algunas lo hayan sido a esas edades. Hablo de lo habitual, que no significa que sea anómalo.
Y luego está el factor económico, que es por el que muchas mujeres admiten no volver a ser madres y minan ese instinto para que desaparezca hasta que la biología haga su papel. Es el componente que contradice a la mente y al cuerpo, porque la mujer quiere ser madre nuevamente pero se ha dicho que no puede ser y punto. Y lo admite pero ese instinto solo desaparece con los años. Por supuesto, repetir o no repetir en esto de la maternidad también depende de la pareja, de la proyección profesional que tengamos, de la experiencia con un primer hijo… Y a vosotras, ¿se os esfumó el instinto por alguna razón o simplemente pasó?
La maternidad no es un camino de rosas, pero lo hemos elegido por algo. No hay que estar contentas a todas horas fingiendo que somos mujeres que podemos con todo, porque las cosas no son siempre fáciles. Pero desde luego, en muchas ocasiones, son más sencillas de lo que creemos o nos empeñamos en admitir. Así que hago una lista de aquellas cosas que ayudan a ser, o al menos a intentarlo, una madre real pero feliz:
No sufras
Y me refiero a que no lo hagas sin motivo. Mucha gente se agobia cuando ve a mis hijos hacer determinadas cosas mientras yo sencillamente les observo. Lo siento, no puedo pasarme la vida prohibiéndoles hacer cosas, va en su naturaleza explorar y no intervengo salvo que considere que mis hijos corren un peligro real. No he tenido hijos para sufrir, así os lo digo. Pasé un postparto doloroso y me he venido abajo cuando he oído a mis hijos llorar en urgencias al ponerles puntos de sutura, son cosas que entran dentro de lo normal pero hasta ahí. Solo hay que mirar a nuestro alrededor para darse cuenta de la suerte con la que nos ha tratado la vida a las personas que tenemos niños sanos.
No grites
Ya os conté cómo cambió mi vida y la de mis hijos cuando tomé la decisión de dejar de gritar en casa. Y en serio, creo que sonrío más, he logrado un autocontrol brutal y estoy más tranquila y relajada. No compensa estar a gritos. Cuando lo hacemos, se produce una descarga de adrenalina que activa corazón y músculos, se liberan sustancias químicas que alteran el funcionamiento de ciertas partes del organismo. Imaginaos si esto ocurre a diario. No creo que sea bueno para la salud de nadie, y menos para la de los niños.
No te autoflageles
En serio, la perfección no existe. Como personas estamos expuestos a equivocarnos continuamente a lo largo de nuestra vida, así que como madres aún más, porque las decisiones que tomamos no sólo nos afectan a nosotras, sino también a nuestros hijos. Así que, si crees que te has equivocado, pide perdón, esfuérzate por mejorar y sigue adelante. No hay nada peor que el lastre de creer que no estamos haciendo las cosas bien. No te recrees en el dolor y cambia lo que no vaya bien.
No renuncies
Eres madre pero tienes otras facetas en la vida que probablemente te hacen o hacían muy feliz. Si crees que para tu salud física y mental, necesitas trabajar fuera de casa, ¡hazlo! Pero ya no hablo solo de trabajar o no, porque a veces no queda más remedio. Si sientes que te urge hacer deporte, ir a baile o hacer lo que te apetezca porque eso te hace más feliz, sigue con ello. No digas «no» a aquello que te hace mejor persona aunque eso implique pasar un rato sin tu familia.
Date un capricho de vez en cuando
Sí, no pasa nada porque un día vayas a comprar ropa a los niños y decidas que tú también quieres algo. O porque quieras ir de cena con tus amigas y que sea tu pareja quien se haga cargo de los niños. Vete una tarde de compras sola, o a la peluquería, ese sitio que no piso desde hace casi un año y la última vez lo hice con Gabriel. Reconozco que me he pasado la vida mirando más por los demás que por mí (es lo que tiene ser hermana mayor) y cuando me doy cuenta, mi capricho estos últimos años ha sido tomarme palmeras de chocolate, ¡no me extraña que coma tantas!Fijaos, el otro día me invitaron a una mañana de Spa en el Hotel Hacienda de Don Juan en Llanes y bien sabéis las que me seguís por Instagram que estaba emocionada, flipada, conmovida, impresionada… por estar sola, relajada y dándome un masaje en todo el cuerpo.
Llevamos tal ritmo a veces que, cuando paramos, nos preguntamos porqué no lo hacemos más a menudo. Por ponerle humor, no puede ser que la única manicura que me haya hecho en mi vida fuese para mi boda. Mis pies con esto de correr necesitan arreglo urgente y veréis cómo pasa un año hasta que vaya al podólogo, ¡mal hecho por mi parte! Con esto dejo claro que lo de darse un capricho sé que me hace más feliz pero reconozco abiertamente no tener tiempo, ¡lo lograré! Y nos viene bien a todas.
Todo en esta vida se pega, y los estados de ánimo también. De madres felices, niños felices. No hay más norma que esa, disfruta de esto y de todo cuanto tienes alrededor. Es efímero.
He vivido de todo en esto de los llamados procesos de adaptación. Lo más importante es saber que cada niño tiene un ritmo y una forma de exteriorizar las situaciones que vive. Si la aclimatación de Alfonso a la guardería le llevó un par de semanas, en las que lloraba al entrar pero luego se encontraba a gusto y no supuso ningún cambio en su carácter, la de Rafa fue mucho más costosa y la exteriorizó con una etapa de rabietas, aunque no sé si sencillamente coincidió. Nunca lo sabré. Ambos empezaron a ir a la guardería semanas antes de cumplir los dos años y a punto de recibir un nuevo hermano, por lo que sus situaciones fueron muy similares y, como veis, las adaptaciones muy distintas.
Alfonso, a la izquierda, en su primer día de guardería. A la derecha, al final de la semana.
Distintas formas de afrontar el inicio del colegio
Sin embargo, el inicio del colegio para el mayor fue más duro; atravesó una temporada en la que estaba irascible y de vez en cuando montaba algún numerito, mientras que para Ricitos de Oro el comienzo del cole fue muy sencillo, sin ningún tipo de problema. Imagino que aquello estaba directamente relacionado con que tenía a su hermano mayor allí y ya conocía bien el sitio. Pero no debemos dar nada por hecho porque a veces nos sorprenden. Puede que tengas un niño super sociable y autónomo y lo pase mal al empezar el cole o guardería y, por contra, un niño tímido y aparentemente dependiente de sus padres, puede afrontar con naturalidad y total normalidad este proceso. Hay de todo.
¿Cuándo están «adaptados»?
De hecho, doy por concluida la adaptación de Gabriel a la guardería y curiosamente ha sido un éxito. Sí, digo curiosamente porque me ha sorprendido, creo que de los tres ha sido y es el más enmadrado con diferencia. Por eso esperaba que fuera más complejo todo. Pero no, ha sido el más sencillo de los tres. El proceso de adaptación puede ser muy variable y puede experimentarse de muy diversas formas. No termina sólo el día que ya no lloran por ir al cole o guardería, porque algunos no lo exteriorizan a través del llanto.
El proceso concluye cuando esos cambios de carácter y de comportamiento que se han producido a raíz del inicio del cole, desaparecen nuevamente. Mi hijo mayor lloró los primeros tres días pero su adaptación finalizó dos semanas después, cuando dejó de estar irascible y volvió a comportarse con normalidad. Para Rafa, no hubo periodo de adaptación porque se sintió como en casa desde el primer día. Si vuestros niños aún siguen pasándolo mal, tened paciencia, hablad con naturalidad del cole o guardería y pensad que es un proceso que todos hemos pasado y del que muchos ni nos acordamos. No hay una sola forma de afrontarlo. ¿Cómo ocurrió con vuestros hijos?
A esos abuelos que llaman a tu móvil en cualquier momento del día para preguntar dónde estás con los niños y se presentan en dos minutos.
A esos abuelos que compran linternas y láseres para salir al jardín por la noche y enseñar las estrellas y constelaciones a sus nietos.
A esos abuelos que entran en Internet e indagan hasta encontrar el tren y las vías más resistentes del mundo.
A esos abuelos que siempre se tiran al suelo para jugar con sus nietos.
A esos abuelos que aún dan patadas a un balón, montan en bicicleta y dan raquetazos para acompañar en el juego a los niños.
A esos abuelos que compran atlas y libros sobre el sistema solar para enseñar dónde estamos y de dónde venimos.
A esos abuelos que enseñan a jugar a las cartas, al ajedrez o al dominó para entretener a los pequeños.
A esos abuelos que desmontan coches, trenes y cualquier mecanismo con tal de intentar arreglar los juguetes.
A esos abuelos que cultivan manzanas, mandarinas, judías y lechugas para poder regar y recolectar con sus nietos.
A esos abuelos que vuelven de viaje siempre con algún artilugio típico de la zona.
A esos abuelos que cogen el coche y hacen 1000 kilómetros para ver a sus nietos porque tres semanas sin ellos les parecen demasiado tiempo separados.
A esos abuelos que son capaces de retener la atención de varios críos pequeños.
A esos abuelos a los que todavía se les resiste cambiar un pañal.
A esos abuelos que siguen siendo niños, que por más que pasen los años tienen algo de Peter Pan dentro que hace que nunca hayan perdido la imaginación ni la creatividad. A esos abuelos inquietos que han rejuvenecido con sus nietos. A esos abuelos que hacen mágica la infancia de sus nietos. Gracias, papá.
No, mis hijos aún no han abandonado el domicilio familiar. Imagino que ya lo intuíais, son jóvenes para eso 😉 Que Gabriel sea capaz de subirse solo al coche y colocarse en su silla, o que abra la puerta de casa y salga al descansillo, no significa que vaya a independizarse, pero vamos, a este paso, no tardará mucho. Total, que me lío así que voy al meollo. Yo no estoy acostumbrada a esta nueva situación que estoy viviendo. Señores, llevo 6 años criando bebés; empezaba uno la guardería justo al cumplir dos años y yo paría al siguiente. Así soy yo de cuadriculada, dando a luz siempre en otoño de año par, lo que significa que, de haber seguido el ritmo, el cuarto churumbel estaría a punto de llegar al mundo. Pero no. Ojo, que mi madre aún me supera en esto, que mis tres hermanos nacieron un 23 de septiembre. Pero esto no viene a cuento.
Total, que aún estamos en la primera semana de cole y guardería, con horarios especiales y yo ya estoy flipada con dos o tres horas sin niños cada día. Y aunque todavía no me da tiempo a mucho más que hacer algunos recados pendientes, organizar la casa y hacer la comida, yo aún no doy crédito al simple hecho de estar en el supermercado sola, a poder contestar mails por la mañana, a ducharme sin testigos… Y esperad, que en octubre ya empiezan con el horario normal y eso va a ser la pera. Sí, voy a poder salir a correr pronto, después de dejarlos en el colegio, voy a trabajar las horas que me queden después de recoger y organizar la casa. Lo que significa que, después de varios años, ya no voy a quedarme currando hasta las dos de la madrugada, que voy a poder leer libros por las noches, ver algo la televisión; aunque no lo creáis, no veo nada desde «El tiempo entre costuras», que ya llovió. Vamos, voy a hacer lo que casi todo el mundo hace después de cenar y que yo llevo años sin experimentar. Y por supuesto, dormir un poco más. Que parece mentira que tenga tres niños pequeños que pernoctan más de 10 horas seguidas y yo este desaprovechando semejante lotería.
Sí, hay vida más allá de los niños. Me cuesta hacerme a la idea pero me alegro de haber estado aquí al pie del cañón con este blog y todas las colaboraciones que han surgido gracias a él, aunque me costase muchas horas de sueño y me apeteciese abandonar. Porque ahora es mi trabajo. Me alegro de haber encontrado mi hueco como periodista a través de la red. Me alegra haber tomado la decisión hace más de un año de hacer deporte. Cuidar de los hijos y sacar adelante una casa es mucha tela, pero cuando los niños empiezan el cole hay que tener más cosas en las que centrarnos, no sólo en la casa. Y quien tenga su trabajo fuera, ¡olé! Pero si nuestro mundo eran los niños y el hogar, no queda otra que buscar más vida, que nos la merecemos. Así que ni nido vacío ni nada, a mirar el lado positivo de las cosas. Cuando me leáis, yo estaré en Barcelona en un evento en el que pienso aprender mucho para contaros por aquí. Esto no ha hecho más que empezar. ¿No os parece que nos merecemos nuestro tiempo?
No me recuerdo gritando cuando tenía un solo hijo. Quizás lo hice puntualmente pero diría que mi visión de la maternidad con una criatura era tremendamente edulcorada; superado el postparto y fracasada la lactancia sin traumas por ninguna parte, todo me pareció relativamente sencillo, el bebé comía y dormía bien y yo estaba como en una nube. No perdí tampoco los nervios cuando llegó mi segundo hijo. Porque la realidad es que mis grandes crisis como madre aparecieron en épocas de rabietas y cuando comenzaron las disputas entre hermanos. Con diferencia, fueron y son, a día de hoy, los momentos que me suscitan mayor tensión; todo lo demás creo llevarlo relativamente bien.
Así que mis primeros recuerdos gritando con cierta frecuencia se remontan a la época en la que el mayor empezó el cole; tuvo unas semanas con berrinches y al final acababa por molestar o despertar a Rafa, que entonces era el pequeño, un bebé de menos de un año. Luego volvió la calma… hasta que llegó el verano en que el mayor terminó su primer curso en el cole, el mediano ya caminaba y yo estaba embarazada del tercero. No había día en el que no acabase de los nervios. Las rabietas de Rafa eran diarias; una llegó a durar más de una hora. En esa época aprendí a gestionar las pataletas y luego llegaron las constantes discusiones entre hermanos por cualquier juguete. Aunque en casa hubiera 20 coches, los dos querían el mismo. Y luego entró en juego el tercero. Así que rara es la hora del día en que no oiga llorar o protestar a alguno de los tres, y eso quema mucho. De ahí los gritos.
Este verano me dije ¡basta! En vacaciones, cuando hay menos rutinas, cuando pasas tantas horas con ellos, cuando ellos también acaban hasta el gorro de sus hermanos, es cuando me di cuenta que gritaba a diario. Y a finales de agosto, al volver de nuestro viaje, me lo propuse: no podía chillar. No perdía nada intentándolo y tenía mucho que ganar. Sinceramente, creía que no iba a ser capaz pero lo he conseguido. Esto es como cualquier ejercicio, cuesta mucho al principio y luego hay que seguir entrenando; no se deja de gritar tres días y ya esté hecho. Para nada, todos los días hay que ejercitarse para conseguirlo pero también vas notando que, según pasan las jornadas, es un poco más sencillo.
Y en parte los niños ayudan. Sí, aunque no lo creáis, es recíproco. Vale, es cierto, ellos siguen discutiendo, les llamas o les dices veinte veces algo y siguen haciendo sus cosas, continúan diciendo “no” a otras veinte mil historias pero… se vuelven menos irascibles y más receptivos. No os lo vais a creer pero, desde hace unos meses, notaba cómo mi hijo mayor contaba menos conmigo. Hay una parte que obviamente forma parte de su crecimiento, va a cumplir 6 años y cada vez es más autónomo, pero no era solo eso. Los mayores tienen mucha presión; en la mayoría de las ocasiones les toca ceder, cuando tienen varios hermanos adquieren más responsabilidad que cuando no los tienen, les toca vivir las épocas de rabietas de sus hermanos y a veces, en el día a día, no te das cuenta de que quizás cargas mucho sobre ellos, y que si pasa algo, automáticamente pides explicaciones al mayor.
Así que, en cuanto dejé de gritar en casa, fue en mi hijo mayor en el que primero noté los cambios, se volvió más receptivo a todo lo que le dije, empezó a ayudar más en casa, me abraza mucho más que antes… Lo noté al segundo día, para mi sorpresa. Cierto es que es un niño al que le molestan mucho los ruidos, se pone nervioso cuando sus hermanos lloran, cuando la gente grita en un partido de fútbol… de manera que por eso lo he sentido especialmente en él. Y solo por eso me ha compensado.
Con el mediano, dos semanas después, no puedo decir que haya notado muchos cambios; es el que me pone entre la espada y la pared y el que me causa crisis en este duro trabajo de evitar los gritos. Porque a pesar de ser el más cariñoso y divertido de los hermanos, es el que más protesta y al que se le cruza el cable con más facilidad. Así que con él, sigo haciendo un enorme ejercicio de autocontrol que, espero, dé más frutos. Pero por ahora ya me escucha cuando le entra un berrinche, que no es poco. De manera que las rabietas son menos duraderas así que creo que también me ha compensado.
Y con el pequeño no me atrevo a decir nada por el momento, él es el bebé de 21 meses que va a su bola, que se sube solo a su sillita del coche, que se empeña en comerlo todo sin ayuda (con cubiertos, en eso le he enseñado bien 😉 ) y que tiene ya un espabile y autonomía brutal. Es aún pequeño pero entiendo que, si en casa dejamos de gritar, él no lo hará en un futuro. Como veis, he ganado mucho. No sólo porque en los niños haya notado ciertas mejorías sino porque ahora logro controlar ciertas situaciones que antes me desbordaban. Y os digo que no se pierde autoridad, que si digo no es no, porque hay cosas negociables y otras que no lo son. Y si hay un comportamiento que considero inapropiado les anticipo que, además de ser algo que no me gusta, puede tener consecuencias y se pueden quedar sin ir al parque o jugar un partido. La única diferencia ahora es el tono que usamos en casa, que a todos nos hace estar más tranquilos.
Te dijeron que lo mejor para alimentar a tu hijo es la leche materna. Y lo es. Aporta todos los nutrientes para el desarrollo sano de un bebé, previene alergias y reduce en las mujeres el riesgo de cáncer de mama y ovario en fases posteriores de la vida. Pero no soportaste el dolor de unas grietas que te hacían llorar cada vez que te acercabas al niño. Los antibióticos no consiguieron quitarte el dolor de aquella mastitis subaguda. Tu bebé no era capaz de engancharse al pecho y a los pocos días fue ingresado por desnutrición. No pudiste seguir adelante tras una mastitis que te hizo pasar por quirófano. Quizás entonces no era lo mejor. Y no pasó nada porque tu hijo no se alimentara con tu leche.
Te dijeron que lo mejor es ser madre joven. Y lo es. A partir de los 35 años aumentan los riesgos de padecer determinadas patologías como diabetes gestacional o preeclampsia, la calidad de los óvulos disminuye con lo que existe mayor probabilidad de tener fetos con alteraciones cromosómicas y es más difícil que te quedes embarazada. Pero a los 25 años estabas comenzando tu carrera profesional. Resulta que a los 30 no conocías a la persona adecuada para dar ese paso. No te atreviste a tener un hijo porque tu trabajo era inestable. No hubo forma de quedarte embarazada antes. Quizás entonces no era lo mejor. Y no pasó nada por tener a tu hijo a los 37 años.
Te dijeron que lo mejor era dar a luz de forma vaginal. Y lo es. Al pasar por el canal del parto, el bebé se empapa de las bacterias de su madre, que le ayudan a fortalecer su sistema inmunitario, y recibe mayor oxigenación. También hay menos riesgos para las madres, ya que pierden la mitad de sangre que en una cesárea, y la recuperación es más rápida. Pero tu bebé no estaba en una posición óptima para un parto vaginal. El bebé empezaba a sufrir por falta de oxígeno. Estuviste 24 horas con contracciones y dolores y no había avances. Quizás entonces no era lo mejor. Y no pasó nada porque no tuvieras un parto vaginal.
Te dijeron tantas cosas…
Todos son casos reales, conoceréis otros muchos. Quizás también sea vuestra historia. Las circunstancias son las que marcan las decisiones que tomamos. Yo he dado a luz tres veces de forma vaginal porque pudo ser, no fui capaz de amamantar de forma exclusiva, como me hubiera gustado, por las mastitis y he sido madre joven porque estaba preparada y con la persona adecuada. Ninguna de estas condiciones me convierte en mejor o peor madre, las cosas surgieron así y no he sufrido por lo que no pudo ser. Aparentemente, lo mejor es lo natural, todos sabemos que la naturaleza es sabia pero… no infalible. Así que olvida si es lo normal, lo natural o lo habitual… lo mejor es aquello que tú decides en tus circunstancias, que no son las de los demás. No dejes que nadie te juzgue si consideras que tus decisiones han sido las mejores para tu familia.
Sé que esto de traer hijos al mundo e instruirles da lugar a muchos debates; como casi todo en la vida, hay opiniones para todos los gustos. Pero me da la sensación de que hasta en esto también hay modas, como ocurre con la ropa, que una temporada se lleva el pantalón «pitillo» y la siguiente te llenan las tiendas de «pata de elefante». Es como si hubiera ciclos, opuestos unos a otros. Si antes se castigaba a los niños por cualquier cosa, ahora no se les castiga en ningún caso; si antes no se dejaba que los niños eligieran nada, ahora lo que se lleva es dejarles decidir todo. Se cuestiona lo anterior porque sí y, con sinceridad os digo, que no le veo sentido pasar de un extremo a otro; se podrán debatir algunas cosas pero no hace falta irse al polo opuesto. Vamos, creo que nuestra generación, los que nacimos en los 80 o 70, somos gente bastante sana en todos los sentidos, física y emocionalmente. Así que tan mal no lo debieron hacer nuestros padres con nosotros, o vamos, con la mayoría de nosotros.
¿Que ha habido cosas que han mejorado? Por supuesto, todo es mejorable siempre. ¿Y que ahora hay más información de la que había antes? También. Pero ojo, que hay menos de la que habrá dentro de unos años, que lo que hace un tiempo era un disparate, ahora ha dejado de serlo. Y lo que ahora nos parece «de cajón», igual dentro de una década no lo es tanto. Se ha pasado de criar al margen de los niños a criar haciéndoles creer que son el centro de todo y dejando que tomen cualquier decisión que les afecte. Siempre he creído que tan terrible es que no te aprecien como que te adulen por todo.
El otro día me acusaron en Instagram de decidir por mis hijos cuándo quitarles el pañal. El tema de que alguien me ataque en redes sociales ya me la trae al pairo, literalmente, y perdonad la expresión. Me resultó curioso, más que nada, porque nunca tuve prisa para eso precisamente; mis dos hijos mayores dejaron de usar pañal diurno con dos años y 9 meses, vamos, lo justo para empezar el colegio. Pero claro, ahora está mal visto que tomes tú ciertas decisiones por ellos. Lo que no sé es cómo no se me ocurrió llevar a mis churumbeles a todos los colegios de Gijón y que ellos me dijesen cuál les había gustado más; probablemente el mayor hubiese elegido aquel con más porterías de fútbol, aunque estuviese en la otra punta de la ciudad. Y por favor, no sé cómo no les pregunto cada día lo que quieren comer. Obviamente, tendría un problema; al ser tres hermanos, creo que debería hacer un menú para cada uno.
Y lo que es el colmo es que haya madres que ya no se atrevan a decir ciertas cosas en sus redes sociales. Sí, mujeres que pasan de contar que se han ido a cenar en pareja dejando a su bebé con sus abuelos o con una niñera porque van a tener que aguantar que algunas les echen en cara que dejen a sus hijos al cuidado de otros. Antes era lo más normal del mundo y ahora es un sacrilegio. Vamos, sin ir más lejos, les ha pasado a unas cuantas famosas, que se les han echado encima por algo así. Porque claro, como te has convertido en madre, tienes que estar entregada a la causa, y debes estar pegada siempre a tu hijo. Noche incluida, por supuesto.
Ahora cualquier cosa es susceptible de causar un trauma a los niños. Ya ni siquiera puedes castigarles, nunca. El día que el crío de 5 años no te ha hecho ningún caso las diez veces que le has dicho que por favor recoja sus juguetes, igual tienes que pasar al plan B y decirle que no irá al parque, a la piscina o a donde le apeteciese ir. Que el diálogo con los niños funciona a veces, pero no siempre. Y no pasa nada porque la criatura entienda que las cosas que hace tienen consecuencias y que, si no recoge, aparte de estar desordenado, lo cual no le preocupa mucho ese día, también se puede quedar sin algo que le gusta. Vamos, lo mismo que le pasará el día que tenga un curro y decida tocarse las narices y no cumplir con aquello para lo que le contrataron; que acabarán echándole. Nos hemos ido del extremo de castigar a los niños por cualquier chorrada a no castigarles por nada, porque lo que se lleva ahora es que sigan sus instintos. Ya no puedes decirles que no lloren cuando están en plena rabieta porque están frustrados. Si lo sé, lo he vivido con el mediano y puede que me toque en breve con el pequeño, pero no seré yo la que les anime a seguir llorando.
Por eso, el término criar, que es lo que se lleva ahora, no me va. No sólo les cuido, no atiendo sólo las necesidades de mis hijos sino que intento instruirles o educarles para que sepan que la vida no va solo de lo que a ellos les apetece, que unas veces sí se puede y otras veces no, que siempre estoy ahí para lo que me necesiten pero que yo también tengo mis necesidades. Intento encontrar un equilibrio sin posturas extremas, bien saben mis hijos que entro dentro del grupo de madres permisivas (con tres varones ya no discutes por nada ;- ) ) pero si un día tengo que castigar y nos tenemos que pasar la tarde en casa o no ir al parque, lo hago. Defiendo a los niños casi siempre, los adoro, creo que tenemos mucho que aprender de ellos, pero no me va la crianza que tanto se promulga hoy en día. Igual estoy equivocada, pero a día de hoy prefiero tirar al término medio y no irme al blanco o negro, no vaya a ser que dentro de unos años se lleve otro tipo de crianza.
Si fuera por mis hijos, mi casa sería lo más parecido a un bazar. Oye, qué afán de poseer y poseer, comprar y comprar. Que no debo estar haciendo muy bien mi labor porque, por más que les digo que el dinero cuesta mucho ganarlo y que hay gente que no tiene casi nada, no están pillando el concepto. El otro día se me ocurrió llevarme a los tres a una gran superficie y oye, venga a hacer paradas por cualquier esquina. Que lo mismo me pedían un bañador mega colorido y de dibujitos (veo que tampoco están pillando el concepto de ropa clásica y discreta que estoy intentando transmitir) que la equipación de España, que unos playeros… Coime, ¡que ya tienen! Es más, mi hijo mayor se pasó media mañana tratando de convencerme de que necesitaba otros guantes de fútbol.
-Oye, rico, ya tienes unos- le digo.
-Ya, mamá, pero así los míos los usa Rafa. Yo necesito otros nuevos-
Obviamente, no pasé por el aro. Porque una cosa es que me los lleve de compras de ciento en viento y pueda «caer» alguna cosa, y otra es comprar algo que ya tienen; por ahí no paso. Y que no, leches, que yo curré ya con 13 años en el comedor del colegio poniendo y recogiendo mesas para sacarme unas pesetas, que no me apetece dárselo todo hecho a los críos. Sin embargo, maridín siempre tuvo un agujero en las manos, por eso estoy contrarrestando yo por el otro lado. Total, que me he liado. El caso es que llevarte a los niños de compras es lo más parecido a autoinmolarse porque van corriendo por todas partes y todo lo tocan, lo cogen, lo quieren. Es un no parar.
Oye, que si es por comprar, nos llevamos también un conejo a casa, manda narices.
Y si además se te ocurre pisar Decathlon con tres niños varones, es que ya la has liado pero bien. Imaginaos las caras al llegar a la zona de balones, es como si te pasas tres días sin comer y te meten en una pastelería. Estaba uno de los dependientes hinchando pelotas y, literalmente, se partía de la risa con las dotes de de comunicación de mis hijos para convencerme de que necesitaban un balón nuevo. Pero cuando al final lo consiguieron, porque tenían razón en que todos los que tenemos en casa están pinchados, te dicen el mayor: si solo llevamos un balón, vamos a discutir. Tócate la gaita, como decimos en mi tierra. De verdad, ¿no es agotador ese afán por tener de todo?
Visto lo visto, ya puedo decir que en mi casa ha habido de todo. He tenido un hijo que en sus inicios hablaba algo parecido al chino y que luego siguió un ritmo normal de aprendizaje en cuanto al idioma materno. Después llegó Rafa para demostrarme que que se puede ser un bebé y hablar como un paisano, con un vocabulario amplio y selecto que lo mismo incluía un «por cierto» que un «venga tío» a los 20 meses.Y ahora tengo un pequeño de 17 meses que no se esmera lo más mínimo en soltar prenda. Que sí, que lleva ya unos meses parloteando algo pero no dice ni una sola palabra inteligible en nuestro idioma, más allá de papá o mamá. Eso sí, el condenado lo entiendo todo. Pero hablar español, nada, que cuando quiere algo, te coge de la mano y te lleva al lugar del delito o de las galletas. Veréis que igual es de los que no dicen bien la r y menudo nombrecito tiene 😉
Os voy a decir una cosa, es algo que no me preocupa nada por el momento. Al igual que para andar, cada uno tiene su ritmo y no me inquieta que esté cerrado en banda con esto de comunicarse en castellano porque, por el momento, se hace entender a través de gestos, y además es muy teatrero. Pero ya pensando en niños más mayores, como Alfonso, hay dos cosas fundamentales para que hablen y escriban bien en el futuro, que uno se encuentra cada falta de ortografía por ahí, que duele todo 😉 Una es leer y que les leamos, tanto para escribir como para hablar correctamente; el otro día sorprendí a Alfonso leyendo un periódico con 5 años (los deportes, eso sí) y hasta me emocioné.
Y segundo, y eso ya para los mayores de 6 años, creo que es muy positivo tener el diccionario siempre a mano. Lo reconozco, he vivido media vida, desde que tengo uso de razón, pegada a un diccionario o a varios, porque el de latín me dio mucho juego, y el de inglés otro tanto de lo mismo. Pero del que nunca me separé fue del de español, no olvidaré lo que pesaba el condenado en la mochila día sí, día también. Creo que usarlo a menudo me vino muy bien a la hora de tener recursos para escribir, sobre todo de cara a encontrar sinónimos. El juego de Tabú también fue un clásico 😉
Hoy en día, mis hijos aún no están en contacto con el mundo online pero, cuando les toque, se librarán del diccionario de papel de cientos de hojas y buscarán a través de la red, como hago yo todos los días. Para mí, es una herramienta fundamental en el cole y en trabajos como el mío. Yo, por ejemplo, uso Woxikon, que lo mismo me busca un sinónimo cuando estoy espesa que me encuentra palabras que rimen entre sí, que traduce en 13 idiomas, que conjuga verbos. Vamos, un poco de todo. Para mí, el haber usado tanto el diccionario de niña, ha compensado un poco el hecho de leer poco cuando he sido más mayor, que es otro de los pilares fundamentales a la hora de escribir y hablar bien. En fin, por ahora, a los niños les dejo tranquilos que son pequeños. Pero vamos, que enseguida les encasqueto un diccionario. De momento, leemos con los mayores y le hablamos mucho al pequeño, a ver si se lanza y se esmera un poco. ¿Cómo lo llevaron vuestros hijos?, ¿hacéis algo para que hablen bien los mayores?
No he nacido para sufrir, y entiéndaseme bien, no para sufrir innecesariamente. La vida ya me irá dando golpes, de los de verdad; tarde o temprano, todos pasamos por pérdidas y vemos enfermedades a nuestro alrededor así que, con sinceridad os digo, no me apetece no disfrutar de lo que tengo ahora. Y eso, por supuesto, incluye la maternidad; tengo una forma de entender esta vivencia muy parecida al resto de facetas de mi vida, no me rasgo las vestiduras y entiendo que, en la medida de lo posible, no tengo porqué sufrir, más bien, lo contrario. Eso sí, parto de una premisa realista, la maternidad no es sencilla, y quien quiera llevar una vida igual siendo madre que sin serlo, desde luego, es que no se ha parado a mirar a su alrededor.
Pero bueno, una cosa es que las cosas cambien y otra que todo se convierta en un sacrificio constante, como si la máxima de mi vida fuese la felicidad de mis hijos a cualquier precio, aunque supusiese estar yo triste o amargada. Pues no, yo tengo derecho a ser feliz como madre y como mujer, porque también existo en otras facetas. He encontrado la forma de ser feliz y de que mis hijos lo sean, porque lo justo es que todos lo seamos, no sólo ellos. No me planteé una forma en concreto de criar a mis hijos, fue surgiendo aunque, de alguna manera, supongo que ha influido la forma en que me criaron a mí. Y como fui feliz y me considero una persona sana en todos los sentidos, es evidente que quiero parecerme a mis padres en muchos aspectos.
Y por poner un ejemplo de que mi felicidad también cuenta, y además siempre lo he recalcado: yo no pude tener unas lactancias normales con mis hijos por las mastitis. Lo intenté, me asesoré, me ayudaron y la cosa nunca se solucionó del todo. Pues oye, a otra cosa mariposa. Les doy biberón y listo, y todos tan felices. Yo prefiero pensar en la suerte de que hoy en día tengamos leches de fórmula que nos permitan alimentar a nuestros bebés con seguridad en lugar de llorar porque no he podido darle la mejor. Esto de las mastitis te pasaba hace un siglo y le tenías que dar leche de vaca directamente a un recién nacido o dejar que lo amamantase otra señora que atetaba a 10 bebés más. Así que, ¿para qué amargarse? Y al contrario, últimamente he encontrado varias cuentas en Instagram de madres que confesaban sentirse completamente agotadas y sintiendo cierto rechazo al tener bebés y niños que demandan pecho de continuo y yo me pregunto: ¿no es mejor que los dos estén bien?, ¿qué hay de malo en pretender dormir dignamente?, ¿es eso egoísta? No lo creo.
Yo es que reconozco que de mártir tengo bien poco. Mi vida hubiera sido más cómoda si en lugar de tres hermanos hubiera tenido uno, o si hubiera sido la pequeña en lugar de la mayor. Pero es algo que ni me planteo, es lo que es, y con lo que he tenido he intentado disfrutar. Punto. Es más, yo sé que hay gente que me mira por la calle, me ve con tres niños y sufre pensando que yo estoy sufriendo. Y nada más lejos de la realidad, estoy disfrutando como nunca. Y si un día necesito salir a cenar con mi marido, pues voy, sin remordimientos. Y si resulta que una madre necesita trabajar para sentirse realizada, le hago la ola. Lo realmente malo es quedarse en casa porque crees que tienes que hacerlo pero en realidad no estás a gusto haciéndolo. Y al contrario. Esto no es una competición a ver quién sacrifica más por sus hijos; desde luego, yo no entiendo la maternidad como un sacrificio sino como la oportunidad más grande de disfrutar de la vida.
Cuando eres madre, comienzas a entender ciertas cosas de tu infancia. De alguna manera, mirar a tus hijos es verte de nuevo a ti hace muchos años, con otras perspectivas y otra forma de entender la vida. El otro día, me llegó una foto por whatsapp de Alfonso y sus compañeros de clase; estaban en el autobús e iban de excursión a una granja. Miré la imagen una y otra vez, vi sus caras y ahí estaba reflejada esa misma ilusión que yo sentía de niña con planes así. Sólo el hecho de subirme al autocar con mis amigas ya me parecía lo más. El pasar el día con ellas sin pisar el cole, el librarme del uniforme e ir vestida con unos vaqueros, el comer de bocadillo… con tan poco, era capaz de hacerme la persona más feliz del mundo.
Y eso es lo que vi en la cara de mi hijo y en sus nervios ya el día anterior. Hice lo mismo que en su día hacía mi madre: ir a comprar patatitas con él, porque de eso no tenemos habitualmente en casa ni tampoco había en la de mis padres cuando éramos niños. Era algo que sólo se comía en ocasiones especiales y así sucede ahora con mis hijos. Cosas tan simples como ésas se convertían en algo único. Reconozco sentir cierta nostalgia; a día de hoy no necesito cosas fuera de lo común para disfrutar pero esa capacidad de goce se pierde de alguna manera cuando somos adultos. Ya no existe esa espontaneidad que veo en Rafa cuando, de repente, está dibujando y, sin ton ni son, decide coger su disfraz de Spiderman y enfundarse en él.
Es increíble pero algo tan sencillo como un colchón sin sábanas les da un juego… Cuando yo veo una cama sin cubierta, lo único que pienso es vaya faena. Cuando ellos se la encuentran sin colcha ni nada, no piensan en nada más que en subirse a ella y dar saltos como si no hubiera un mañana. Esas respuestas que tienen, esas ideas locas, esas capacidad de improvisación, de emocionarse con todo… eso es algo que perdemos. Ojo, que luego tienen lo suyo, ehhhh… Pero hoy, me quedo con esta parte recalcando que, de vez en cuando, es bueno fijarnos en ellos para no olvidar que un día fuimos así.
Iba por la calle, empujando el carrito de mi hijo pequeño, mirando hacia atrás a mis críos mayores, que caminaban despacio porque iban merendando su fruta. Era la hora de salida del cole, había mucho tráfico y más niños andando con sus padres por la calle. Y entonces, una señora que venía de frente a mí, me riñó por no ir mirando hacia adelante y casi chocar entre nosotras. Podría entender su cabreo si fuese contemplando el paisaje, mi móvil o si fuera corriendo. Pero no, iba a paso de tortuga controlando que mis hijos mayores no saliesen a la carretera. No creo que sea para enfadarse. Y si vienes de frente y ves el percal, te paras o cambias tu trayectoria, no es tan terrible. Yo lo hago si veo a una persona con movilidad reducida, a alguien que va cargado… no sé, por pura educación. Pero de repente, esos detalles te hacen ver la falta de empatía que hay por el mundo. Nadie se pone en el lugar del otro y entonces, todo parece molestar y la gente vive continuamente enfadada. Hemos llegado al punto en el que todo y todos estorbamos.
Y los niños, no sé por qué, especialmente. Las excusas siempre son las mismas: hacen ruido, lloran, hablan alto, a veces corren, son espontáneos y no saben comportarse. Y eso, es muy discutible. Lees la noticia de que una niña fue mordida por un perro al ir corriendo hacia él y los comentarios en torno al tema se refieren a la niña como culpable. Y no lo entiendo, es solo una cría de 3 años a la que tienes que vigilar pero no la puedes llevar amarrada sin moverse. Y te enfrascas en una absurda discusión con gente que sigue creyendo eso de «pues que no hubiera ido corriendo hacia el perro». Después, lees también que prohíben la entrada a niños en algunos restaurantes y obviamente, la idea te cabrea. Y aún te irrita más que la gente lo defienda. ¿Nos parecería igual de bien que prohibiesen la entrada a mujeres en general? pues seguro que era normal hace medio siglo y ahora nos parecería, cuando menos, un retraso. ¿Creeríamos normal prohibir la entrada a asiáticos?, ¿a grupos de más de 4 personas? Creo que no. Pero a los niños sí, lo aceptamos, todo amparándose en el derecho que tenemos los adultos a estar tranquilos en algunos sitios.
Y yo me pregunto, el que quiere estar tranquilo y que nada le turbe, ¿por qué no se queda en su casa? Que yo sepa, los niños suponen un porcentaje importante de la población mundial y, por si alguien no lo sabe, la Convención de los Derechos del Niño aprobada por Naciones Unidas en 1989 (y ratificada por España en 1990), reconoce en su artículo 31 el derecho del niño al descanso, al esparcimiento, al juego, las actividades recreativas, la vida cultural y las artes. Por tanto, este tipo de prohibiciones podrían considerarse ilegales al ser discriminatorias. Luego la gente se echa las manos a la cabeza con los colegios que separan niños y niñas, pero les parece super normal separar adultos de niños.
Imagen extraída de El Mundo
¿Van a prohibir los hoteles a la gente que arrasa en los buffets con carteles de «Prohibidas las personas que comen mucho»?, ¿van a impedir el paso en los hoteles a aquellos que se quedan con las hamacas de las piscinas que luego apenas usan? Venga ya, no es una cuestión de edad. Es una cuestión de educación, y lo mismo que hay niños maleducados, hay adultos maleducados. Así que, pongan normas en sus locales y si quieren silencio, o que la gente vaya vestida de tal o cual manera, exíjanlo a mayores y niños, pero no discriminen.
Hasta donde yo sé, un restaurante es un sitio para comer, donde la gente charla y donde, por cierto, me he encontrado infinidad de veces grupos de gente mayor haciendo mucho ruido. ¿Y qué?, ¿me tengo que amargar?, ¿tengo derecho a quejarme? Si no quiero jaleo, me quedo en casa, o me voy a un spa, a una iglesia o al monte. Además, ya somos mayorcitos y de sobra sabemos en qué garitos, locales, bares, restaurantes, hoteles… hay ambiente juvenil, de pareja, de gays, o de lo que sea. Y en la entrada no te pone»Preferimos que no entren heterosexuales».
En realidad, y para aquellos que estén pensando lanzarse a mi yugular bajo el argumento de que ya hay muchos sitios donde pueden estar los niños y que menudo problemón no poder entrar en unos pocos, diré que no, no es éso lo que me molesta. Es la idea de que los niños sobran, de que fastidian, la que me entristece. ¿De verdad no podemos soportarlo? Y no, no soy la típica madre que cree que sus hijos pueden hacer lo que quieran ni que los niños tienen más derechos que los adultos, no tienen ni más ni menos. Mis hijos también tienen límites y obligaciones. Pero como niños tienen una naturaleza distinta a la de los adultos, no son mejores ni peores. Y por supuesto, he salido de algunos sitios si he visto que mis hijos se han puesto tercos o de mal café. Y no pasa nada, empatía es lo que hace falta y en vez de mirar mal, se agradecería un ¿quieres ayuda?.
Hay una gran frase de Buda que resume muy bien lo que creo que está pasando a la gente: «Todo lo que te molesta de otros seres, es solo una proyección de lo que no has resuelto de ti mismo». Luego no nos quejemos de las nuevas generaciones si construimos nuestros mundo de espaldas a los niños. ¿Qué opináis sobre esto?
Aquí estoy, levantándome cada día con un despertador que tiene nombre de bebé. Un niño que me acompaña a todas partes, a todas horas, todos los días. Que invade mis duchas, que deshace las camas mientras yo trato de hacerlas, que cambia el programa de la lavadora, que se agarra a mis piernas cuando cocino, que me pide que le coja en brazos cuando me siento delante del ordenador a trabajar y quiere tocar el teclado impidiendo que pueda seguir haciéndolo. Un bebé que me acompaña al supermercado y hasta a la peluquería, lugar que piso, con suerte, dos o tres veces al año. Un bebé que acaba de empezar a hacer una única siesta diaria sin hora fija y un poco breve, lo que no me permite planificar el tiempo de trabajo en casa.
Aquí estoy, preparando cada día la comida de mi marido, para que pueda volver pronto al trabajo por la tarde y llegar a casa a la hora del baño de los peques. Intentando volver a sentarme delante del ordenador otro breve rato hasta que comienzo a preparar la merienda de dos niños y un bebé, a cambiar pañales y a repasar si toca o no entrenamiento del mayor para coger las botas de fútbol, o decidir si iremos al parque, en función del clima, para llevar unos coches o un balón con los que puedan jugar con otros niños. Siendo siempre una de las últimas en llegar al colegio a recoger a los niños porque se me echa el tiempo encima. Sobrellevando las quejas de uno, los llantos de otro, las discusiones de ambos.
No importa, ésta es la vida que he elegido, no querría haber tenido otra. Pero de vez en cuando, necesito mi espacio, yo sigo siendo muchas cosas además de madre. Por eso, aún estando ahora el 95% de mi tiempo con mis hijos, quiero seguir haciendo cosas que me mantengan en el mundo real, irme a correr, salir a cenar algún fin de semana y, poco a poco, ir encontrando huecos para mis hobbys, o quizás volver a trabajar en una oficina, en una redacción o en un plató, aunque agradezco ahora mismo poder trabajar desde casa. Si de algo me siento orgullosa de mi padre es de que, además del mejor padre, fue capaz de sacar un doctorado y una cátedra mientras trabajaba y con 4 hijos. Si de algo me siento orgullosa de mi madre, además de ser la mejor madre, es de que siguiese trabajando y finalmente montase su propio negocio cuando ya éramos mayores.
Y no me siento mal si, a las siete de la tarde, lo habitual es que quiera que lleguen las 9 de la noche para que mis tres soles estén durmiendo y así poder hablar con mi marido sin interrupciones. Y no me siento extraña por necesitar desconectar un rato al día, aunque casi siempre sea imposible siquiera darse una ducha sin testigos. Porque son lo mejor que tengo, pero agotan. Porque es lo que siempre quise, pero sé que mis hijos crecerán y ya no requerirán de mí en la misma medida. Y porque yo existía antes de ser madre, de otra manera, pero ahí estaba, haciendo cosas, disfrutando también de la vida, de distinta forma. Por eso, de vez en cuando, en este caos maravilloso en el que me encuentro, conviene que no olvide que yo también cuento.
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