Desde que Gabriel entró por la puerta de casa, el proceder de Alfonso y Rafa con él sólo se puede describir de una manera: acoso y derribo. No puedo decir que esto me haya sorprendido; eso de haber tenido un sobrino hace unos meses y ver cómo se abalanzan sobre él cada vez que le ven, me había puesto sobre aviso. Lo único que espero es que la emoción se les vaya pasando poco a poco, porque veo que corre peligro la integridad física del pequeño.
Su primer contacto fue en el hospital, pero se trató de un encuentro furtivo ya que no dejan entrar niños en la planta de maternidad. Como tuve la suerte de no compartir habitación y que además fuera la primera estancia según sales del ascensor, maridín hizo una pequeña incursión con ellos. La tranquilidad y el silencio duraron dos minutos, el tiempo que tardó Rafa en comerse un donut (que obviamente era para mí). En cualquier caso, se mostraron entusiasmados y no querían hacer otra cosa más que tocar a Gabriel. Pero insisto, el encuentro fue de lo más breve porque estaban de “ilegales”.
El primer acercamiento en casa fue más efusivo aún. Rafa empezó a tirar de la manta que envolvía al bebé y me exigió, porque Rafa sólo habla en tono exclamativo o interrogativo, que me agachase para «dar besín». Y así, entre mimos y besos, fue recibido Gabriel por sus dos hermanos, que también tienen la santa manía de tocarle la cabeza.El tema de los celos reconozco que no me preocupa ahora, ya viví esta situación hace dos años al nacer Rafa y no hubo ningún problema. Creo que los niños pequeños no ven en un recién nacido mucha competencia, al fin y al cabo, hacen poca cosa. Pero me imagino que habrá casos de todo tipo. Yo misma tengo una foto en la que aparezco con morritos cuando conocí a mis hermanos mellizos, ¡anda que no sabía yo la que se me venía encima!

Alfonso ya ha adquirido totalmente su papel de hermano mayor y reconozco que en él no me sorprende, tiene ya muchas tablas con Rafa y ha desarrollado una virtud muy importante: la paciencia. Pero el que me llama la atención es el mediano, sencillamente porque, con dos años, lo normal es que les atraigan los niños más mayores y, sin embargo, siente una fascinación irrefrenable por los bebés. Pide jugar con él y sufre cada vez que oye el llanto de Gabriel y nos llama con verdadera sensación de agobio: “Gabel tá llorando”.

Ahora, las «peleas» en casa no son sólo por los juguetes; como uno diga que quiere coger al bebé, el otro va raudo y veloz a pedir lo mismo, como si fuera un muñeco. Y así estamos, con pies de plomo porque son muy pequeños para saber qué pueden o no hacer con el churumbel. Cuando me descuido, Rafa está asomado a la minicuna para tocarle, pero vamos, que le podría dar por meterle un mendrugo de pan en la boca. Las que tenéis más de un hijo, ¿cómo fue el momento en que se conocieron?
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