Que alguien me diga dónde está el libro de reclamaciones. Vamos a ver, que yo había pedido que mi tercer y último hijo (a priori) creciese más despacio, que todo fuese un poquito más lento porque yo quiero disfrutar, aún más si cabe, de mi bebé. Y oye, que además yo ya daba por hecho que iba a seguir un ritmo parecido al de sus hermanos. Porque es cierto que dicen que cada niño es un mundo, y eso pensé yo toda la vida. Pero claro, en esta casa, los mayores lo han hecho todo a la misma edad: dormir del tirón a los 4 meses, primer diente a la vista a los 9, gateo a los 10, andar a los 13… Salvo en lo de hablar, en lo que Rafa ha sido bastante más precoz, en lo demás es como si la genética los hubiera programado para seguir caminos similares.
Así que yo me hice a la idea de que todo sería perecido y la cosa no iba mal. Bueno, venga, lo digo en presente, no va mal. Lo sé, lo sé, estos hijos míos, en su primer año y medio de vida, han resultado ser la santidad personificada. Eso sí, que nadie más me diga eso de que así se pueden criar 10 hijos, y si no que me haga una transferencia mensual y yo sigo pariendo sin problemas 😉 Ay madre, que ya me estoy liando otra vez y me voy por los cerros de Úbeda. A lo que iba, que yo ya estaba super convencida de que todo iba a ser parecido hasta que la semana pasada lo vi, ahí, sí, en la boca de Gabriel: ¡un diente!
No, no puede ser, sólo tiene 5 meses, ¿por qué tan pronto?, me pregunté. Pero ahí estaba la realidad, diciéndome: guapina, esto es lo que hay, te fastidias, querías que fuese todo más despacio, pues hala, vamos acelerando, no te acomodes. Así que en estas me hallo, intentando asimilar que, si el tiempo con mi primer hijo pasó rápido, con el tercero ni me estoy enterando. Y rezando me encuentro para que ni se le ocurra hacer nada pronto, que tarde en todo lo demás y que no me dé estos sustos, que no estoy para esto.
Por cierto, si esperabais que diese algún consejo sobre los dientes, poco puedo aportar. El señorito no ha dicho ni pío ni ha estado rarito ni ha llorado ni na de na; eso sí, babas por doquier. Ay, pero si algo odio del tema dientes es ese momento en que un paleto sale antes que el otro. Lo sé, sólo son unos días pero los bebés tienen el aspecto de El Risitas «cuñaoooo» y me supera 😉 Y ahora contadme, ¿cómo lleváis estos procesos de cambio?
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