Etiqueta: educación

  • Cómo poner límites con afecto

    Cómo poner límites con afecto

    Con Francisco Castaño, profesor y mediador familiar.

    Educar con firmeza no implica hacerlo desde el autoritarismo pero sí poniendo límites y normas. Es la forma en que los niños van adquiriendo responsabilidades y también es lo que les hace sentirse seguros e ir tomando decisiones. ¿Cómo poner normas?, ¿qué pasa si somos excesivamente controlares o les protegemos en exceso?, ¿por qué es más difícil educar actualmente? Fran Castaño, profesor y asesor familiar, especialista en problemas de comportamiento, nos da algunas claves para educar con firmeza pero sin castigos ni gritos, con autoridad pero sin autoritarismo.

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  • Educar en las emociones

    Educar en las emociones

    Con Andrea Zambrano, coach y divulgadora.

    Para conseguir resultados distintos, debemos hacer cosas distintas. Y por eso, en lugar de enfocarnos en que nuestros hijos cambien, debemos elegir cambiar nosotros. Cambiar el enfoque, la mirada hacia nuestros hijos y entender que son semillas que ya tienen todo para llegar a ser lo que están llamados a ser. Y por eso, es necesario hablar de emociones, saber qué les preocupa, qué les importa, qué les lleva a pegar a su hermano, qué necesitan para que nos escuchen y nos hagan caso, cómo se sienten. Con Andrea Zambrano hablamos de emociones en la infancia, de cómo relacionarnos con nuestros hijos para crear impacto y cómo hacerles preguntas interesantes.

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  • Redistribución de clases… dos años después

    Redistribución de clases… dos años después

    No pensaba sacar este tema pero, como os conté por Instagram que Rafa cambiaba por primera vez de compañeros al pasar de Infantil a Primaria, y que Alfonso volvía a cambiar este nuevo curso, muchas de las que me seguís por allí, lógicamente, me disteis vuestra opinión y algunas sentíais cierta preocupación porque les tocará a vuestros hijos. Os diré que esto es lo que yo pensaba hace dos años sobre la redistribución de clases. Yo, que me pasé toda la vida con las mismas personas, además en una clase muy reducida, en la que no recuerdo que hubiera grandes problemas y en una etapa de la que yo tengo buen recuerdo, pues lógicamente tenía mis reservas sobre el tema y, a priori, la idea no me entusiasmaba nada porque Alfonso estaba muy contento con sus amigos de Infantil.

    Redistribución de clases… dos años después

    He de decir que, cuando llegué el primer día al cole y vi la lista de nuevos compañeros de Alfonso, me «disgusté» un poco porque de su grupo de cinco amigos más cercanos, no estaba ninguno. Ya era mala suerte. Pero lo cierto es que para mí fue un descubrimiento comprobar cómo él no le dio demasiada importancia. Lo mismo que Rafa este año cuando vio que no estaban en su nueva clase sus dos mejores amigos. Se lo dices tú al ver la lista y parece que se disgustan un poco; entran en clase, ven caras conocidas y enseguida se les pasa. Porque la realidad es que en los recreos y en el tiempo de ocio se mezclan con muchos niños y todos se conocen.

    Además, en nuestro caso, se suma el fútbol que, quieras o no, ahí hacen mucha piña. Y algunos de los niños de su equipo puede que no estén en su misma clase pero ese tiempo haciendo deporte juntos se nota a la hora de configurar su grupo de amigos. Es decir, que la amistad no surge sólo en la clase, sino que abarca más ámbitos.

    Mi opinión es que los niños se adaptan muy bien a todo. Es cierto que hay niños más o menos sociables, más o menos tímidos y creo que, en algunos casos, quizás lo más adecuado sería que los padres hablasen con el centro y con los profesores para ver si en una situación concreta, la separación sería contraproducente y se pudiese evitar. Pero en la mayoría de niños veo que es positivo.

    Redistribución de clases

    Redistribución de clases, ¿por qué se hace?

    1. Se favorece que los niños socialicen y amplíen sus relaciones: esto es obvio. Con cuantos más niños compartan aula, más posibilidades hay que de amplíen su círculo de amistades.
    2. Se evitan los grupos cerrados y rivalidad entre clases: este punto no lo viví porque en mi colegio había una única clase por curso pero sí que se podía dar en colegios con dos o más clases por curso. Se ha visto que según se van haciendo mayores los alumnos,  es más probable que surjan rivalidades entre ambas clases e incluso en sus familias.
    3. Se evitan los roles: es muy típico que, en las clases, uno sea el más payasete, otro el lento, otro el que es un empollón, etc… Sin querer, ese rol que se adquiere, determina también la forma de actuar. Así que al mezclar alumnos,  esos roles tienden a desparecer, a pasar desapercibidos…

    En resumen, se cree que tiene muchas cosas positivas. Y yo de verdad creo que seguramente las tiene. ¿Qué cosas veo negativas? Pues que, como decía antes, hay niños a los que les cuesta mucho relacionarse, así que entiendo que este sistema les pueda causar inestabilidad. Ése es el motivo más complicado y cuestionable de la redistribución de clases: la inestabilidad que pueda suponer para algunos alumnos. Si queréis dejar vuestros comentarios con experiencias y opiniones para que otras madres los puedan ller cuando llegue a este post, ¡serán bienvenidos!

  • Mis hijos no me escuchan: cuando te sientes un lorito de repetición

    Mis hijos no me escuchan: cuando te sientes un lorito de repetición

    Comienza el día. Tienes que desayunar, ducharte, vestirte y hacer lo mismo con tres niños. Bueno, miento, los niños tienen que desayunar y vestirse ellos solos; si eso, sólo visto al tercero, que acaba de cumplir tres años. En cada paso que dan desde que se levantan, vas detrás como Pepito Grillo diciéndoles lo que tienen que hacer una y otra vez, ¡cómo si no supieran ya la dinámica! Al final, te das cuenta de que no se trata de que no escuchen… si sordos no son. Simplemente, llevan otro ritmo vital y se entretienen con una mosca. Ahí estás tú diciéndoles «venga, tómate la leche», «acaba la tostada», «ponte el uniforme»… decenas de veces. En mi casa, es absolutamente agotador lo del mayor. Para desayunar no suele haber problema, pero es que lo de vestirse es una continua advertencia por mi parte. Así que antes de ponerme a gritar como una loca, que oye, alguna vez ya llego a mi límite y suelto un berrido, si mis hijos no me escuchan opto por:

    1. Fuera distracciones: cualquier juguete que ande por el salón ya les sirve a ellos para olvidar que tienen que vestirse. Y ahora con la hámster que nos trajeron los Reyes, ¡para qué queremos más! Yo he tenido ya que esconder balones y cualquier objeto que sea susceptible de jugar un partido de fútbol, así como los cromos del álbum de la liga. Aún así, lo de los cromos es como una plaga, hay por todas partes y siempre encuentran algunos.
    2. Separación física: no sé vuestros hijos pero tengo la teoría de que cuando tienen público, más hacen el bobo. Así que si veo que uno se crece y los otros azuzan y aquello empieza a parecer un circo, mando al instigador a una habitación a vestirse.
    3. Salir al rellano: lo sé, esto parece de locos pero más de una vez cojo, me pongo el abrigo, abro la puerta de casa y llamo al ascensor. Oye, y algunas veces se agobian porque creen que se quedan en tierra. No es que siempre funcione pero bueno, alguna vez hay suerte.
    4. Diles las cosas poniéndote a su altura: esto es algo que parece una tontería. Además, lo lo que solemos hacer es, mientras tú acabas de arreglarte, les vas dando órdenes sin ni siquiera estar mirando para ellos. Pues error, si tu jefe te dice algo que tienes que hacer mientras pasa caminando a su despacho y ni se dirige a ti, es más probable que antes hagas otras cosas que tienes pendientes. Si tu jefe se acerca, te mira a la cara y te dice «hay que hacer esto», es más probable que te pongas a hacerlo en ese momento y que dejes para más tarde las cosas que ibas a hacer. Así que párate, mira al niño y dile las cosas tranquilamente pero con firmeza.

    Así es la vida con niños, un continuo tira y afloja. Un paso del amor a la locura, un sin vivir pero un vivir de verdad, bien intenso. Nadie dijo que fuera fácil. Y es que mis hijos no me escuchan pero ya me encargo yo de que se enteren sin tener que ponerme a dar alaridos.

  • Cómo conseguir que los niños obedezcan y recojan sus cosas, ¿realidad o ficción?

    Cómo conseguir que los niños obedezcan y recojan sus cosas, ¿realidad o ficción?

    No entraba en mis planes escribir un post sobre cómo conseguir que mis churumbeles me hagan caso, básicamente porque no he encontrado la clave. El caso es que alguien me sugirió a través de Instagram que tratase el tema, y lo voy a hacer con mi tónica habitual: sinceridad y, venga va, un poquito de humor. Si tuviera la respuesta infalible para que mis hijos me obedeciesen, ya estaría vendiendo libros. Pero no, no sé a ciencia exacta cuál es la táctica eficaz para conseguir que me hagan caso… a la primera, que de eso se trata. Porque a la décima vez que pides o dices algo, ya como que tu estado mental es más parecido al de una desquiciada. Eso es así. Se trata de que lo hagan a la primera y sin rechistar. Ummm, ¿en serio un niño nos puede obedecer así tan fácilmente?, ¿Cómo conseguir que los niños obedezcan o hagan caso?

    Cómo conseguir que los niños obedezcan

    Cómo conseguir que los niños obedezcan… o te hagan caso

    1. Lo primero, sé realista. No pretendas objetivos inalcanzables, la naturaleza de un niño es la que es, sin la maduración de un adulto. Vamos, que no puedes pedirle a un niño de 3 años lo mismo que a uno de 6, ni puedes exigir lo mismo a uno movido que a uno tranquilo. Ni tampoco puedes pretender que un niño esté sin moverse dos horas en un restaurante, por poner un ejemplo. Así que, un poquito de realidad.
    2. Centra tu energía en aquello que es importante: para mí es importante que recojan su pijama cada mañana y no lo dejen tirado. Para mí es importante que siempre, después de jugar, vuelvan a ponerlo todo en su sitio. Para mí es importante que pongan la mesa. Así que, si tengo que ponerme seria, lo haré cuando sea necesario y no malgastaré energía en aquellas cosas en las que no me vaya vida. Sino, te quemas. Ya dice el refrán que el que mucho abarca, poco aprieta. Así que más vale centrarse.
    3. Hay cosas que no son negociables: Como hemos establecido que hay unas más importantes que otras, trato de que se mentalicen de que hay cosas que se hacen sí o sí, y que no hay más discusión (salvo que puntualmente pase algo o haya algún problema) Y les mentalizo de que tienen la obligación (sí, ellos también tienen ciertas obligaciones en casa, en el cole…) de hacer algunas cosas para que la convivencia sea más llevadera. Y si no se hace, tiene consecuencias. ¿Que no recogéis? Pues no salimos de casa porque la casa tiene que estar recogida. ¿Que nos os vestís? Pues entonces no podremos ir a casa de los abuelos porque en pijama no se sale de casa. Vamos, enseñarles que todo cuanto hacen o dejan de hacer tiene consecuencias para otras cosas o personas.
    4. Mucha rutina: Para algunas cosas no funciona pero para otras sí. Muchas veces me preguntáis cómo es posible que los niños estén a las 8,30 en la cama (los días de cole). Pues es sencillo, hace años que seguimos la misma rutina y ha funcionado para todos, para el que menos duerme, para el más nervioso y para el tranquilote. Es más sencillo que nos obedezcan cuando tienen rutinas. En el fondo, a los adultos nos pasa lo mismo. Es más fácil tratar con nosotros cuando tenemos un orden y estabilidad, cuando no hay imprevistos… Pues con los niños también funciona a la hora de que lleven a cabo ciertas labores.

    Como veis, en esto de la maternidad, saber lo que hay que hacer, o creer que hay que hacer algo de una manera concreta es sencillo. Lo difícil, como todo, es llevarlo a cabo. No es fácil establecer prioridades, no es fácil mantener la calma cuando tienes un horario para llegar al colegio, no es fácil educar. Que te hagan caso a todo lo que dices es imposible, eso grábatelo a fuego en la cabeza porque si no vas darte cabezazos contra la pared. ¿Algunas ideas más para que nos hagan caso y que no sea a cambio de una gominola? 😉

  • Huelga de deberes, innecesaria

    No me gustan las huelgas, son síntoma de que el diálogo ha fracasado y tengo claro que, cuando fallan las conversaciones, entramos en terrenos pantanosos. Pero es que además, en el caso de la huelga de deberes, me parece que hay un agravante: los niños. Les estamos pidiendo a los críos que no hagan unas tareas que sus profesores les han asignado, ¿soy la única a la que esto le parece espinoso? Se supone que los maestros tienen la difícil labor de educar y formar a nuestros hijos y resulta que los mismos padres les desacreditamos delante de los niños. Les dejamos completamente atados de pies y manos a la hora de ejercer su potestad y no olvidemos que están lidiando, no solo con nuestro hijo, sino con otros veinte o veintitantos críos más.

    No me voy a poner en plan trascendental sobre la época en que nos criamos nosotras, las que ahora somos madres, aún sabiendo que no tenemos traumas, ni por tener deberes, ni porque lo que decían los profesores y padres, con más o menos razón, iba a misa. Porque no soy de las que estoy a favor del «aquí mando yo» o «lo que diga yo y punto». Pero como en casi todo, nos queremos ir de un extremo al otro. Y ni tanto, ni tan calvo. De lo que sí estoy segura es que padres y profesores tienen que ir de la mano, y desacreditar a unos u otros no hace ningún favor a nadie, menos a los niños, que no hacen otra cosa que tomar ejemplo de los adultos que tienen cerca.

    Deberes, ¿sí o no?

    Dicho esto, voy a dar mi opinión: querer cargarse los deberes me parece un desacierto. Primero, porque hay asignaturas que requieren de cierta memorización, es decir, de estudio. Por mucho que tu profesor sea un crack en Historia y te cuente la Revolución Francesa como si estuvieras viendo una película, hay nombres, fechas o acontecimientos que debes retener. Eso es así. Y segundo, porque los hábitos, sean los que sean, se imprimen desde pequeños. No podemos pretender que nuestros hijos estudien una carrera con 18 años sin tener un hábito de estudio, es imposible. Las que no estudiamos desde hace años, sabemos lo difícil que nos resultaría ahora hacerlo. Y aunque no vayan a pisar la Universidad, es un hábito que implica autonomía, responsabilidad y esfuerzo, por tanto, no hay nada malo en ello sino lo contrario. Además, luego dicen los estudios que los niños ven más de dos horas de televisión al día así que hay cosas que no cuadran.

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    Ahora bien, abogo por una carga de deberes asumible para cada edad. No sería de recibo que un niño de 7 años tuviese que sentarse a estudiar o hacer deberes dos horas al día, pero quizás sí lo sea para uno que el curso siguiente va a estar en la Universidad. En casa, este año nos estrenamos con los deberes. Alfonso empezó Primaria y dedica exactamente 10 minutos a hacer tareas asignadas por su profesora, que básicamente consisten en leer un texto y hacer uno o dos ejercicios. Creo que con 6 años no hace falta más. De ahí que no crea en el blanco o negro; las circunstancias, las edades, los horarios del centro escolar deben ser aspectos que dirijan un poco el trabajo a realizar en casa, y no la consigna «deberes sí, deberes no». No podemos caer en argumentos reduccionistas. Y desde luego, no seré yo, ni por asomo, la que anime a mis hijos a desobedecer a sus profesores. ¿Qué opináis?

  • Lo que ocurrió cuando dejé de gritar a mis hijos

    Lo que ocurrió cuando dejé de gritar a mis hijos

    No me recuerdo gritando cuando tenía un solo hijo. Quizás lo hice puntualmente pero diría que mi visión de la maternidad con una criatura era tremendamente edulcorada; superado el postparto y fracasada la lactancia sin traumas por ninguna parte, todo me pareció relativamente sencillo, el bebé comía y dormía bien y yo estaba como en una nube. No perdí tampoco los nervios cuando llegó mi segundo hijo. Porque la realidad es que mis grandes crisis como madre aparecieron en épocas de rabietas y cuando comenzaron las disputas entre hermanos. Con diferencia, fueron y son, a día de hoy, los momentos que me suscitan mayor tensión; todo lo demás creo llevarlo relativamente bien.

    Así que mis primeros recuerdos gritando con cierta frecuencia se remontan a la época en la que el mayor empezó el cole; tuvo unas semanas con berrinches y al final acababa por molestar o despertar a Rafa, que entonces era el pequeño, un bebé de menos de un año. Luego volvió la calma… hasta que llegó el verano en que el mayor terminó su primer curso en el cole, el mediano ya caminaba y yo estaba embarazada del tercero. No había día en el que no acabase de los nervios. Las rabietas de Rafa eran diarias; una llegó a durar más de una hora. En esa época aprendí a gestionar las pataletas y luego llegaron las constantes discusiones entre hermanos por cualquier juguete. Aunque en casa hubiera 20 coches, los dos querían el mismo. Y luego entró en juego el tercero. Así que rara es la hora del día en que no oiga llorar o protestar a alguno de los tres, y eso quema mucho. De ahí los gritos.

    Este verano me dije ¡basta! En vacaciones, cuando hay menos rutinas, cuando pasas tantas horas con ellos, cuando ellos también acaban hasta el gorro de sus hermanos, es cuando me di cuenta que gritaba a diario. Y a finales de agosto, al volver de nuestro viaje, me lo propuse: no podía chillar. No perdía nada intentándolo y tenía mucho que ganar. Sinceramente, creía que no iba a ser capaz pero lo he conseguido. Esto es como cualquier ejercicio, cuesta mucho al principio y luego hay que seguir entrenando; no se deja de gritar tres días y ya esté hecho. Para nada, todos los días hay que ejercitarse para conseguirlo pero también vas notando que, según pasan las jornadas, es un poco más sencillo.

    Y en parte los niños ayudan. Sí, aunque no lo creáis, es recíproco. Vale, es cierto, ellos siguen discutiendo, les llamas o les dices veinte veces algo y siguen haciendo sus cosas, continúan diciendo “no” a otras veinte mil historias pero… se vuelven menos irascibles y más receptivos. No os lo vais a creer pero, desde hace unos meses, notaba cómo mi hijo mayor contaba menos conmigo. Hay una parte que obviamente forma parte de su crecimiento, va a cumplir 6 años y cada vez es más autónomo, pero no era solo eso. Los mayores tienen mucha presión; en la mayoría de las ocasiones les toca ceder, cuando tienen varios hermanos adquieren más responsabilidad que cuando no los tienen, les toca vivir las épocas de rabietas de sus hermanos y a veces, en el día a día, no te das cuenta de que quizás cargas mucho sobre ellos, y que si pasa algo, automáticamente pides explicaciones al mayor.

    Así que, en cuanto dejé de gritar en casa, fue en mi hijo mayor en el que primero noté los cambios, se volvió más receptivo a todo lo que le dije, empezó a ayudar más en casa, me abraza mucho más que antes… Lo noté al segundo día, para mi sorpresa. Cierto es que es un niño al que le molestan mucho los ruidos, se pone nervioso cuando sus hermanos lloran, cuando la gente grita en un partido de fútbol… de manera que por eso lo he sentido especialmente en él. Y solo por eso me ha compensado.

    gritos niños

    Con el mediano, dos semanas después, no puedo decir que haya notado muchos cambios; es el que me pone entre la espada y la pared y el que me causa crisis en este duro trabajo de evitar los gritos. Porque a pesar de ser el más cariñoso y divertido de los hermanos, es el que más protesta y al que se le cruza el cable con más facilidad. Así que con él, sigo haciendo un enorme ejercicio de autocontrol que, espero, dé más frutos. Pero por ahora ya me escucha cuando le entra un berrinche, que no es poco. De manera que las rabietas son menos duraderas así que creo que también me ha compensado.

    Y con el pequeño no me atrevo a decir nada por el momento, él es el bebé de 21 meses que va a su bola, que se sube solo a su sillita del coche, que se empeña en comerlo todo sin ayuda (con cubiertos, en eso le he enseñado bien 😉 ) y que tiene ya un espabile y autonomía brutal. Es aún pequeño pero entiendo que, si en casa dejamos de gritar, él no lo hará en un futuro. Como veis, he ganado mucho. No sólo porque en los niños haya notado ciertas mejorías sino porque ahora logro controlar ciertas situaciones que antes me desbordaban. Y os digo que no se pierde autoridad, que si digo no es no, porque hay cosas negociables y otras que no lo son. Y si hay un comportamiento que considero inapropiado les anticipo que, además de ser algo que no me gusta, puede tener consecuencias y se pueden quedar sin ir al parque o jugar un partido. La única diferencia ahora es el tono que usamos en casa, que a todos nos hace estar más tranquilos.

  • Mezclar o redistribuir a los alumnos en cada cambio de ciclo, ¿sí o no?

    Mezclar o redistribuir a los alumnos en cada cambio de ciclo, ¿sí o no?

    Este tema ha suscitado mucha polémica. A priori, la idea no me gusta. O más bien, no me gustaba, porque no sé a ciencia cierta si los argumentos favorables o contrarios son reales; he escuchado de todo y creo que, en el fondo, casi todas las partes tienen su parte de razón. Pero hasta que no lo vivan mis hijos no sabré si les ha afectado para bien o para mal, o sencillamente no les afecta. Alfonso empezará el lunes el primer curso de Primaria. Ese día, se encontrará con que sus compañeros de clase no serán los mismos que los que ha tenido los tres años de Infantil. No me asusta la idea porque es un niño super sociable y me consta que tiene trato con niños de otras clases del mismo curso, básicamente los que juegan al fútbol, pero, ¿y si no coincide ahora con ninguno de su grupo de 4-5 amigos más íntimos? Creo que a todos nos daría rabia, o pena.

    Y os digo una cosa, me da cierta tristeza no sólo por los críos sino también por nosotros, los padres, porque muchos hemos entablado relación a raíz de las celebraciones de cumples, de fiestas… Pero obviamente, el argumento de los adultos es lo de menos porque verdaderamente importan los niños. En nuestra época esto de redistribuir a los niños no pasaba, empezabas en Pre-escolar con unos compañeros y llegabas a COU con los mismos, salvo que se fuese algún alumno o se incorporasen otros. Pero era así, éramos los de toda la vida. Y creo que eso tiene muchas cosas buenas vinculadas precisamente a las relaciones que se forjan con las personas con las que más tiempo pasas. A mí, desde luego, me gustaba. Por tanto, este sería para mí el principal argumento en contra de la redistribución de clases. También creo que puede suponer un problema para el rendimiento de los niños ya que los cambios, a priori, descolocan un poco.

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    Por contra, creo que el principal razonamiento a favor está también asociado con las relaciones, porque se favorece que se conozcan mejor entre todos los alumnos del curso, y no sólo con los de la propia clase. Es decir, creo que Alfonso seguirá siendo amigo de ese círculo que os hablo de sus más íntimos y con ellos estará en los recreos pero, a la vez, el cambio de compañeros le hará crear nuevas relaciones. También con esta fórmula pienso que se evitan los típicos grupos «influyentes» que existen en casi todas las clases, y que muchas veces pueden ser un problema. A día de hoy, me quedo con la fórmula de nuestra época pero lo digo con la boca pequeña… no sé deciros lo que pensaré dentro de uno o varios años. ¿Qué opináis? Las que ya hayáis pasado por esto, ¿creéis que ha beneficiado o perjudicado a los niños?

  • No es lo mismo criar que educar

    No es lo mismo criar que educar

    Sé que esto de traer hijos al mundo e instruirles da lugar a muchos debates; como casi todo en la vida, hay opiniones para todos los gustos. Pero me da la sensación de que hasta en esto también hay modas, como ocurre con la ropa, que una temporada se lleva el pantalón «pitillo» y la siguiente te llenan las tiendas de «pata de elefante». Es como si hubiera ciclos, opuestos unos a otros. Si antes se castigaba a los niños por cualquier cosa, ahora no se les castiga en ningún caso; si antes no se dejaba que los niños eligieran nada, ahora lo que se lleva es dejarles decidir todo. Se cuestiona lo anterior porque sí y, con sinceridad os digo, que no le veo sentido pasar de un extremo a otro; se podrán debatir algunas cosas pero no hace falta irse al polo opuesto. Vamos, creo que nuestra generación, los que nacimos en los 80 o 70, somos gente bastante sana en todos los sentidos, física y emocionalmente. Así que tan mal no lo debieron hacer nuestros padres con nosotros, o vamos, con la mayoría de nosotros.

    ¿Que ha habido cosas que han mejorado? Por supuesto, todo es mejorable siempre. ¿Y que ahora hay más información de la que había antes? También. Pero ojo, que hay menos de la que habrá dentro de unos años, que lo que hace un tiempo era un disparate, ahora ha dejado de serlo. Y lo que ahora nos parece «de cajón», igual dentro de una década no lo es tanto. Se ha pasado de criar al margen de los niños a criar haciéndoles creer que son el centro de todo y dejando que tomen cualquier decisión que les afecte. Siempre he creído que tan terrible es que no te aprecien como que te adulen por todo.

    El otro día me acusaron en Instagram de decidir por mis hijos cuándo quitarles el pañal. El tema de que alguien me ataque en redes sociales ya me la trae al pairo, literalmente, y perdonad la expresión. Me resultó curioso, más que nada, porque nunca tuve prisa para eso precisamente; mis dos hijos mayores dejaron de usar pañal diurno con dos años y 9 meses, vamos, lo justo para empezar el colegio. Pero claro, ahora está mal visto que tomes tú ciertas decisiones por ellos. Lo que no sé es cómo no se me ocurrió llevar a mis churumbeles a todos los colegios de Gijón y que ellos me dijesen cuál les había gustado más; probablemente el mayor hubiese elegido aquel con más porterías de fútbol, aunque estuviese en la otra punta de la ciudad. Y por favor, no sé cómo no les pregunto cada día lo que quieren comer. Obviamente, tendría un problema; al ser tres hermanos, creo que debería hacer un menú para cada uno.

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    Y lo que es el colmo es que haya madres que ya no se atrevan a decir ciertas cosas en sus redes sociales. Sí, mujeres que pasan de contar que se han ido a cenar en pareja dejando a su bebé con sus abuelos o con una niñera porque van a tener que aguantar que algunas les echen en cara que dejen a sus hijos al cuidado de otros. Antes era lo más normal del mundo y ahora es un sacrilegio. Vamos, sin ir más lejos, les ha pasado a unas cuantas famosas, que se les han echado encima por algo así. Porque claro, como te has convertido en madre, tienes que estar entregada a la causa, y debes estar pegada siempre a tu hijo. Noche incluida, por supuesto.

    Ahora cualquier cosa es susceptible de causar un trauma a los niños. Ya ni siquiera puedes castigarles, nunca. El día que el crío de 5 años no te ha hecho ningún caso las diez veces que le has dicho que por favor recoja sus juguetes, igual tienes que pasar al plan B y decirle que no irá al parque, a la piscina o a donde le apeteciese ir. Que el diálogo con los niños funciona a veces, pero no siempre. Y no pasa nada porque la criatura entienda que las cosas que hace tienen consecuencias y que, si no recoge, aparte de estar desordenado, lo cual no le preocupa mucho ese día, también se puede quedar sin algo que le gusta. Vamos, lo mismo que le pasará el día que tenga un curro y decida tocarse las narices y no cumplir con aquello para lo que le contrataron; que acabarán echándole. Nos hemos ido del extremo de castigar a los niños por cualquier chorrada a no castigarles por nada, porque lo que se lleva ahora es que sigan sus instintos. Ya no puedes decirles que no lloren cuando están en plena rabieta porque están frustrados. Si lo sé, lo he vivido con el mediano y puede que me toque en breve con el pequeño, pero no seré yo la que les anime a seguir llorando.

    Por eso, el término criar, que es lo que se lleva ahora, no me va. No sólo les cuido, no atiendo sólo las necesidades de mis hijos sino que intento instruirles o educarles para que sepan que la vida no va solo de lo que a ellos les apetece, que unas veces sí se puede y otras veces no, que siempre estoy ahí para lo que me necesiten pero que yo también tengo mis necesidades. Intento encontrar un equilibrio sin posturas extremas, bien saben mis hijos que entro dentro del grupo de madres permisivas (con tres varones ya no discutes por nada ;- ) ) pero si un día tengo que castigar y nos tenemos que pasar la tarde en casa o no ir al parque, lo hago. Defiendo a los niños casi siempre, los adoro, creo que tenemos mucho que aprender de ellos, pero no me va la crianza que tanto se promulga hoy en día. Igual estoy equivocada, pero a día de hoy prefiero tirar al término medio y no irme al blanco o negro, no vaya a ser que dentro de unos años se lleve otro tipo de crianza.

  • Una reflexión sobre los abuelos

    Una reflexión sobre los abuelos

    Hace unas semanas, publiqué en Instagram un dibujo de mi hijo Alfonso que me hizo pensar. A priori, una ilustración de mi retoño no tendría nada de especial para este blog, sólo debería serlo para mí, que soy su madre. Pero creo, de verdad, que sus pinturas nos dan mucha información. El primer día de cole de este curso, su nuevo profesor les pidió que hiciesen un dibujo de sus vacaciones. Sé que lo conté en su momento, pero fue un verano en el que no paramos; cruzamos la Península en coche, conocimos muchas playas, estuvimos con muchos amigos, nos fuimos a una casa impresionante en Portugal con más amigos, subieron en barco, en Tuk-Tuk, en atracciones variadas… Y su dibujo fue el que veis. Por el momento, no le veo dotes para la pintura 😉

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    Como ninguna lo habréis descifrado (cuando me lo enseñó yo tampoco sabía qué era) os explicó lo que él me contó. El monigote es él y la línea alargada que sale de Alfonso es un láser. Está en el jardín de mis padres. Es curioso, en todo el verano sólo durmieron una noche en casa de mis padres y ése fue el dibujo de sus vacaciones. Retrata el momento en que, ya de noche, sale con su abuelo y con Rafa a ver las estrellas y constelaciones. Porque otra cosa no, pero el abuelo es para ellos una fuente de sabiduría inagotable. Que lo es, porque siendo Catedrático estudia otra carrera que nada tiene que ver con las enseñanzas que dio en la Universidad.

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    No soy de esas madres que se quejan de que los abuelos malcrían a los niños, pero oigo a muchas que sí lo hacen. No puedo juzgar cada situación pero hay que hacer un ejercicio de empatía y ponerse en su lugar, ¡quién nos verá a nosotras dentro de 30 años con un bebé o un niño! Entiendo que, si tus hijos pasan varias horas al día con sus abuelos, es lógico que se les pida que no les compren todos los días gusanitos, por poner un ejemplo. Pero hay que entender que no pueden, ni deben, ser tan estrictos o rigurosos como a veces lo somos los padres. Paraos a pensar en vuestros abuelos, en los recuerdos que tenéis de ellos y reflexionad sobre todos aquellos sitios especiales a los que os llevaban y las cosas que os compraban, eran únicas.

    Mis recuerdos de infancia pasan por las hogueras que hacíamos con mi abuelo en el jardín tras haber recogido las hojas caídas de los árboles; mis memorias de niña pasan por las tardes de agosto en la Feria de Muestras de Asturias con mi abuela, que nos compraba todos los abalorios habidos y por haber a mis primas y a mí. Y ahora veo a mis peques, emocionados especialmente con mi padre y pienso que tienen que disfrutarse mutuamente. Que no hay ninguna necesidad de que ellos les eduquen como lo hago yo y que deben ser flexibles (que no blandos). Porque resulta que, parte de los recuerdos de infancia de nuestros hijos, van a ser forjados por nuestros padres. Y así me lo hizo saber Alfonso con su dibujo.

  • Se acabó el curso

    Aunque el tiempo pasa siempre a la misma velocidad, nuestra percepción cambia bastante dependiendo de lo vivido. Desde que soy madre, me aterra pensar en lo rápido que todo sucede a mi alrededor, sobre todo lo que tiene que ver con los peques. Ayer recogí a Alfonso en el cole por última vez este curso y pensé: su primer año ha volado y yo casi ni me he dado cuenta. Así que voy con un pequeño resumen de los cambios que he visto en estos diez meses en el peque, que ya cada vez es menos peque:

    A lágrima viva empezó el cole, y le duró el disgusto una temporada

    1. Sabe escribir todas las letras del abecedario, por lo que si le deletreas una palabra, la anotará. Sin embargo, si le dices la palabra al completo, no lo hará, salvo escribir su nombre, mamá, papá y, es curioso, el nombre de algunos de sus compañeros de clase.

    2. En la guardería no tenía inglés así que este año ha tenido su primer contacto con el idioma anglosajón. Ya sé que no es nada del otro mundo, pero me hace gracia escucharle cuando dice “orange” con una pronunciación que ya quisiera yo. Y aparte de los colores y números, ha aprendido cosas tan típicas como big, small, happy, sad, sunny, cloudy… Vamos, lo normal, digo yo.

    Aún recuerdo que aprendíamos inglés en el cole con ayuda de Big Muzzy

    3. Se relaciona menos con las féminas, o eso dice porque hasta ahora sólo ha ido a cumples de compañeras 😉 : Hasta este año, nunca le había escuchado cosas como “no quiero que Pepita se siente a mi lado” y tan ancho se queda. Yo no sé en qué consiste pero es cierto que las niñas tienen mejores  amigas y los niños mejores amigos, si es que Dios nos cría…

    4. Ha pasado de ser un niño exageradamente bueno, dócil diría yo, a ser un mandón e incluso con un punto rebelde: ahora que tengo a Rafa, puedo decir que Alfonso fue un santo, muy obediente, tranquilo, sin rabietas. Ya os conté que el inicio del cole le costó mucho, estuvo en crisis ¡un mes! Y ahí tuvo una temporada de berrinches importantes, se le acabó pasando pero ya no volvió a ser el beato del pasado. Ahora da órdenes, reacciona en cuanto le empujan, y de vez en cuando hasta contesta en plan resabiado. “Pues me chivo”, «sois malos» y “hala, pues no te invito a mi cumple” (lleva meses con la frasecita y aún le queda hasta octubre para cumplir años, jaja) son algunas de las expresiones estrella.

    5. Ha ampliado su vocabulario aunque es cierto que empezó el colegio hablando bastante bien, es decir, se le entendía todo. Y en esa ampliación de vocabulario entran también términos como culo, pedo y chorradas varias. No le tolero los insultos y, aún así, el otro día entrábamos en el portal y le dijo “caraculo” a la vecina más insulsa y tonta de la urbanización. No digo que justo esa señora no se lo merezca pero obviamente yo le tuve que reñir y no ha vuelto a decirlo desde entonces.

    6. Ha hecho nuevos amigos y serán para toda la vida: Eso es, sin duda, lo mejor de todo. Haber conocido a amigos que compartirán con él desde salidas nocturnas (me entran escalofríos al pensarlo) hasta el día de su boda (si la hay).

    Y así, sin callar, cargado de cosas, salió ayer del cole.

    Y ahora nos quedan las actuaciones de fin de curso, ya estoy nerviosa por ver cómo se desenvuelve con público 😉 ¿Notáis muchos cambios cada curso?, ¿es el primer año de cole en el que más se notan?, ¿será la adolescencia cuando realmente advierta la verdadera transformación? Temblando estoy 😉

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