A estas alturas, ya sabéis de sobra que no me considero una drama-mamá. Con lo tranquila que soy yo para el tema de las caídas, de los virus… y sin embargo, he de confesar que hay algo que me perturba bastante desde que soy madre: el ruido. En el mismo hospital, cuando di a luz, ya daba pequeñas manifestaciones de psicopatía cada vez que alguna enfermera entraba en la habitación a las seis de la mañana como si irrumpiese en un mercado en lugar de hacerlo en una habitación con una parturienta y un recién nacido. Pero claro, cualquiera les dice nada teniendo en cuenta que de ellas dependen tus analgésicos.
Tres semanas después de dar a luz a Alfonso, ya tuve un pequeño episodio de violencia verbal en la calle. Yo paseaba tan feliz con mi madre y con el pequeñajo dormido en el capazo cuando, de repente, paró un coche a nuestro lado con la música a tope y las ventanas abiertas. He de notificar que el automóvil estaba tuneado; doy este dato para que seáis consideradas conmigo.
No pude reprimirme e hice un comentario del tipo la gente no está bien de la cabeza. El susodicho me escuchó y quiso herir mi orgullo donde más duele: mi cuerpo redondo recién parido. Así que me espetó una frase que nunca se me olvidará: con menos culo también se caga. Eso, ahí, con la hormona revolucionada, las noches de insomnio y los ocho kilos de regalo que llevaba encima. Bueno, encima no, en el trasero que es a donde va a parar toda mi sobredosis de grasa.
La playa es otro de esos lugares donde puedes tener problemas. Sufro cuando, como me pasó este verano, se nos pone cerca una pandilla con pinta de haber salido del Bronx. Sí, porque llevar la gorra con la visera hacia atrás, un bañador por debajo de la rodilla y un mega casette a la playa te convierte en un incondicional del rap o el reggaetón. Y ojo, que a mí el reggaetón me parece que tiene su punto y soy la primera en bailarlo, pero hombre, en la playa como que no.
Y si no son los del regaetton, son Paqui y su marido hablando por el móvil. Y si no, es Tino el que vende refrescos en la playa de San Lorenzo de Gijón. Él ya sabe que si pongo cara de asesina es que tengo a algún crío durmiendo. Porque claro, no sólo grita eso de “agua del Sáhara” sino que también monta numeritos y lanza hielos al aire.
En fin, con el ruido es donde me sale la vena drama-mamá. Mis gordis duermen 12 horas del tirón desde que tienen 4 meses, pero son de oído fino. ¿Y por qué os cuento hoy esto? Pues porque tengo a un vecino haciendo obras en casa y cada vez que oigo los martillazos y demás estruendos, me subo por las paredes. A vosotras, por muy despreocupadas que seáis, ¿cuándo y por qué os sale la vena drama-mamá?



















































