Quien diga que no se nota el cambio al pasar de dos a tres hijos, miente como un bellaco. O sencillamente no tiene tres vástagos. No señores, precisamente cuando de verdad una se percata de la magnitud de tener churumbeles (en plural) es cuando pasa de dos a tres. En ese punto piensas: ¿dónde demonios me he metido? 😉 Y os lo voy a demostrar con escenas de la vida diaria; con estadísticas no es necesario, ya se sabe que tres son más que dos. Y que somos dos adultos para tres niños.
Cuando te ves con dos niños en casa por primera vez, te puede entrar un poco el pánico por aquello de que el tiempo no da para todo. Terminas de dar de comer a uno y tienes que empezar con el otro. Y así con cada actividad. Pero en cuestión de semanas, lo tienes dominado; enseguida te das cuenta de lo que es imprescindible y lo que no, lo que es prioritario y lo que no lo es. Os juro que el primer momento de verdadero estrés con dos peques lo viví cuando Rafa ya tenía año y medio. ¡Ay, mamina! Pero con tres, esto ya se eleva a la enésima potencia: cambia un pañal a uno, viste al otro, da un bibe, el pecho, prepara las cosas de natación de éste, las de fútbol de aquel y pim, pam, pum… Pero no, no voy a centrarme en esto porque aquí sí que digo que entras en una dinámica en la que, si te dejaran otro crío más, ya ni te enteras.
Cuando tienes dos hijos, estás en la siguiente situación. Si atiendes al pequeño (bibe, pecho, cambio de pañal…lo que sea), el mayor tiende a continuar con su actividad. O por contra, te sigue para ver cómo se desarrolla la operación que vas a llevar a cabo. Y así, más o menos, reina la calma. ¿Qué pasa cuando tienes tres? Pues que, en el momento en que estás en pleno desempeño de tus labores con el bebé, se quedan los otros dos «a solas». Y claro, un niño ocurrente en solitario, no suele hacer gran cosa. Pero dos niños ocurrentes juntos se incitan mutuamente. O bien se pelean por un mismo juguete (no es ninguna novedad que siempre quieran lo mismo) o uno tiene una «idea» y el otro azuza. Ya sabéis cómo es el ser humano entre las masas 😉 Y desde la otra punta de la casa, porque deciden alejarse para poder campar a sus anchas, tienes que dar voces para que paren. Y el bebé pone cara de póquer. Y si les da por estar cada uno a lo suyo, tienes dos frentes abiertos que controlar.

No se te ocurra dejar nunca a los tres juntos sin supervisión, todas lo hemos hecho porque a veces hay causas de fuerza mayor y lo que te puedes encontrar es que los mayores estén haciendo la catapulta con la hamaquita del bebé que, por supuesto, está allí sentado y, por suerte, atado. Aunque en mi casa la cordura la pone el mayor, no deja de ser un niño de 4 años. El momento baños y cenas podría obviarlo pero ese da para mucho. Porque con dos niños está clara la logística, un adulto baña y pone pijamas mientras el otro prepara cenas. Pero, ¿y con tres? Aquí ya entra un bebé en juego que puede estar llorando (Gabriel ya debe saber que ese momento no es para quejarse) o al que le toca comer. Y ahí ya no hay más opciones. Yo al bebé y maridín a los chiquillos. Y la cena, cuando se pueda hacer.
Y así funciona todo a diario, entre prisas, sofocones, agobios pero felicidad plena. Además, ya tenemos bastante controlados los tiempos. El otro día, maridín escribió un whatapp a su hermano (que acaba de tener la tercera niña) para contarle que estábamos en Los Lagos de Covadonga un domingo por la mañana. Su respuesta fue: nosotros no logramos salir de casa antes de las dos de la tarde. Casi me muero de la risa. Y por cierto, cuando pasas de dos a tres, lo más probable es que tengas que cambiar de coche. En fin, que el cambio de dos a tres es mucho más notable que de uno a dos, ¡sin ninguna duda!
Deja una respuesta