Lo conté en Instagram la pasada semana y lo escribo en este post: nos encantó Peñíscola. No fue nunca un destino que nos planteáramos, por puro desconocimiento. Si teníamos que hacer casi 1000 kilómetros desde Asturias, pues ya nos íbamos a Andalucía, porque siempre hay algo que ver. Pero este año nos contactaron para conocerlo (y de paso hacer unas grabaciones) y vaya sorpresa nos llevamos con esta pequeña ciudad de la provincia de Castellón, ¡nos gustó muchísimo por varias cosas! Estuvimos seis días de los cuales, en dos yo tuve que grabar para televisión, por lo que nos hubiera gustado ver muchas más cosas, pero también tenía que descansar un poco. Os cuento que el turismo es fundamentalmente nacional y familiar, de manera que todo está muy pensado para los niños.

Lo mejor de Peñíscola
La playa
Bueno, en realidad, Peñíscola tiene varias playas. Aquí me voy a referir a la playa Norte, me pareció impresionante. Más de cinco kilómetros de arena fina que llega hasta la ciudad vecina, Benicarló, y con un agua super limpia y un color precioso. De hecho, cuenta con los certificados de Calidad ISO y AENOR, y por supuesto, bandera Azul. Para mí, la playa perfecta, sin agobios de gente, con viento que hace que no pases calor pero que no molesta, con el mar un poco movido. A ver, nada que ver con el Cantábrico pero no es típica orilla como una balsa. Para eso, pensando en niños pequeñitos, es perfecta la Playa Sur, situada junto al Puerto Pesquero, es más pequeña y precisamente destaca por la tranquilidad de sus aguas debido al muro que forma el espigón.

El casco histórico
Esta fue mi segunda sorpresa. Si no esperaba un playa así, no imaginaba un casco histórico tan bonito y con tanta magia. Para mí, es visita indispensable, especialmente de noche. Desde las impresionantes murallas que mandó construir Felipe II al Castillo Templario, sus calles estrechas y con adoquines (ojo con los carritos de bebé, lo llevamos pero no es lo más cómodo del mundo, mejor portear). También en el casco histórico de Peñíscola se encuentra la Iglesia de Santa María, que conserva un tesoro de extraordinario valor entre el que cabe resaltar una Cruz procesional de Benedicto XIII, un cáliz del Papa Luna y un Relicario de Clemente VIII. Y por supuesto, muchísimas tiendas de comercio artesanal, pequeños bares, mesas en la calle… De verdad, una maravilla.


Entre otras cosas, también destaco su clima. Es perfecto porque no hace demasiado calor, su temperatura media en verano es de 25 grados. No puedo olvidar que, dado que es un destino familiar, en el paseo de la playa hay muchas actividades pensadas para los niños, sobre todo representaciones teatrales.
El Jardín del Papagayo
Esta fue la visita que decidimos hacer estando allí. Se trata de un jardín subtropical con más de 50 especies de papagayos. Tiene voladeros para que los niños puedan interactuar con muchas especies, darles de comer, que se posen sobre ellos… Tiene numerosas especies como cacatúas, flamencos, mariposas y canguros, lo cual no esperaba y obviamente, fue la primera vez que vimos unos en directo. Durante la visita, además también se pueden hacer circuitos de aventura accesibles para los niños.


Resumiendo, destino completamente recomendable para ir en familia aunque os diré que incluso en pareja, porque ese casco histórico merece parar a tomar algo relajadamente en algunas terrazas 😉 Definitivamente habrá que repetir. Sobre el alojamientos en los Hoteles Mediterráneo os hablaré en otro post, que habéis preguntado varias cosas.






































4. Hay cafeterías y restaurantes pero, sinceramente, el parque tiene vistas tan bonitas que recomiendo comer al aire libre. Además, se puede hacer prácticamente en todo el recinto. Nosotros elegimos un banco debajo de un árbol precioso y estuvimos encantados comiendo bocadillos.

































