Etiqueta: muerte perinatal

  • Muerte perinatal: el duelo silenciado

    Muerte perinatal: el duelo silenciado

    Con Virginia del Río, periodista.

    Si hay un duelo invisible es el que viene tras la muerte de un bebé en el útero. Nadie les ha puesto cara pero sus madres ya han conectado y han hecho un plan de vida para ellos. La pérdida de un hijo durante el embarazo, especialmente en fases avanzadas, es un golpe para las mujeres que lo sufrimos y que además debemos pasar por un parto traumático. Visibilizar, saber que esto a veces ocurre, saber acompañar a quienes pasamos por ello es algo que la sociedad debe hacer. En este episodio hablo con Virginia del Río, cuyo hijo, Uriel, falleció en la semana 39 de gestación. Desde sus redes sociales, Tengo una estrella, visibiliza esta situación por la que pasamos muchas mujeres.

    Puedes escucharlo también en:

    Google podcast
    Apple podcast
    Amazon Music

    Ivoox 

     

  • Dos años de reconstrucción tras la pérdida de Carmen

    Dos años de reconstrucción tras la pérdida de Carmen

    Han pasado dos años desde que viví el trance más duro que he tenido que pasar en mi vida hasta el momento. Dos años de auténtica reconstrucción tras la triste y dolorosa experiencia de perder a mi bebé, a mi primera hija, al final del embarazo. Cuando se para un corazón que nunca imaginas que pueda pararse, el propio se rompe. Reparar un daño en el alma nunca es un camino fácil, de hecho, es un recorrido muy doloroso. Si echo la vista atrás, se me hace un nudo en la garganta al pensar en lo vivido; la angustia y un montón de sentimientos como la rabia fueron demasiado pesados por entonces. Si vuelvo a aquellos días de shock y de lágrimas, a esos meses de dolor y de resentimiento, siento que viví en un abismo. Porque así fue y aquello me puso contra las cuerdas.

    Lo que sí tengo claro dos años después es que no cambiaría nada de lo que he hecho. Ni cómo lo vivimos ni sentimos, ni cómo hemos trasladado nuestra vivencia hacia fuera, en nuestro entorno, con nuestros hijos, ni cómo lo he abordado de forma pública aquí y en mis redes sociales, ni cómo resistí un nuevo embarazo. Y si pudiera cambiar algo de todo lo que vivimos y sufrimos, sería únicamente haber tenido valor para fotografiar la cara de mi propia hija. Pero todo lo demás, todo, lo haría exactamente igual sabiendo que mis decisiones en aquel momento tan crítico y en los meses posteriores me han hecho volver a reconstruir mi corazón y a ser una persona feliz nuevamente.

    pérdida bebé

    Pero con un trocito en el corazón que queda vacío. Si pienso en mi hija Carmen, ahora, dos años después de abrazarla y de dejarla ir para siempre, ya no lo hago con un dolor desgarrador sino desde el amor. Eso sí, desde la pena, porque cuando una ilusión y un proyecto de vida se trunca, queda un pesar para siempre. Y pena por todo lo que se perdió: unos hermanos que la hubieran vuelto loca, unos padres que la hubiéramos abrazado cada día, celebraciones de cumpleaños, primeras veces… Siento mucha tristeza cuando las personas se van antes de tiempo, cuando tienen tanto que vivir por delante, ¡y vaya si le quedaban cosas por hacer!

    Pero juro que de un golpe así se sale y la vida sigue dando motivos para ser feliz. En ese camino de reconstrucción quizás lo que más ha ayudado es la llegada de Aurora, el bebé arco iris. Siempre he dicho que ella ha sido sanación y creo que, tras perder a un bebé, el que llega después es para nosotras, sus madres, pura luz. Es, de alguna manera, como si ese nuevo bebé trajese algo del que se fue. Eso siento con Aurora, siento que ella trae algo de Carmen. Y entiendo que una existe por la otra, que están conectadas. Quizás sea una forma de consolarse, es probable pero a mí me gusta pensarlo, así no se me hace tan duro recordar que abracé a Carmen una única vez en la vida. Porque necesito saber que sigue de alguna forma. Porque es duro aceptar que no pudiste criar a una hija que estuvo en tu vientre y en tus brazos.

    Así, pequeña, que sepas que vemos una parte de ti en tu hermana, aunque seáis dos personas distintas. Que sepas que mañana te haremos llegar un globo al cielo por tu segundo cumpleaños, aunque no puedas soplar una vela. Que sepas que en esta familia te recordamos cada día aunque no podamos verte ni tocarte. Que sepas que, aunque no haya podido cuidar de ti, lo haré en otra vida. 

     

  • El embarazo tras una pérdida perinatal: cómo lo he afrontado

    El embarazo tras una pérdida perinatal: cómo lo he afrontado

    Este es un post que durante el embarazo de Aurora me pedisteis todas aquellas que pasasteis por la misma triste experiencia que yo. Pero no tenía valor para escribirlo sin saber que todo tendría un final feliz. Y tampoco me atreví porque me daba miedo que las últimas semanas fueran una pesadilla. Cómo viví mi quinto embarazo tras la pérdida de Carmen lo habéis ido viendo, aunque solo en parte. Porque obviamente, hay muchas cosas que una siente pero no es capaz de exteriorizar o prefiere guardarse. Durante todos estos meses he seguido recibiendo mensajes y mails con historias parecidas a la mía, porque es un hecho que esto sucede. He intentado contestar a todo el mundo pero también he querido abstraerme un poco, por salud mental.

    No estuve tranquila hasta que tuve a mi bebé en brazos, le oí llorar y me dijeron que estaba todo bien. No fui al parto como en las tres primeras ocasiones; además, el nacimiento de Aurora removió sentimientos y recuerdos dolorosos del anterior, aunque sentí más que nunca lo que era la felicidad.

    Pero os diré que, a pesar de todo lo vivido y del miedo, tenía la confianza de que la mayoría de las veces esto sale bien. Me convencía de que tenía que ser así y evité los pensamientos negativos en la medida de lo posible. Estoy orgullosa de cómo viví el embarazo tras una pérdida perinatal, porque no es fácil y sé de personas que nunca más quisieron volver a intentarlo siquiera, algo que puedo llegar a entender. Algunas de las que me habéis escrito estos meses reconocisteis vivir un infierno con un nuevo embarazo. No ha sido mi caso y, en algún momento, he logrado hasta disfrutar un poco.

    El embarazo tras una pérdida perinatal

    El embarazo tras una pérdida perinatal: fases

    El momento en que vi el positivo en el test lloré mucho, no de alegría sino de rabia. Sentí que traicionaba a Carmen, y es el sentimiento más normal después de un duelo; que de repente haya una buena noticia cuando tú sigues triste por una mala trae consigo sentimiento de traición, como si no pudieras permitirte ser feliz de nuevo. Y yo lo sentí, y por eso lloré, porque no quería creer que ese bebé podía sustituir a la que se me fue. Luego entendí que no era así, que conseguir ser felices debe ser una prioridad por más tortas que nos dé la vida.

    El primer trimestre no fue fácil. Si a eso le sumas que durante un mes no se lo conté ni a mi marido porque quería guardar la sorpresa para la fiesta sorpresa que le estaba preparando por su 40 cumpleaños, pues imaginaos. Eso sí, aquel mes en silencio mereció la pena y ese momento en que descubrió un sobre con una ecografía delante de su familia y amigos, no tiene precio. Ahí ya lloramos y yo descargué un poco la presión que había tenido esas semanas.

    Tardé tiempo en vincularme con el bebé; hasta que no empecé a notar que se movía, no comencé a relajarme un poco. Pero conseguí hacerlo, conseguí ilusionarme de nuevo, sin acercarme siquiera a ese estado de felicidad de mis anteriores embarazos pero, desde luego, no sufrí ansiedad, como sé que a muchas os ha pasado, y tampoco tuve que recurrir a ningún especialista, como sí tuve que hacer tras perder a Carmen. Que si hay que hacerlo, se hace, pero no lo necesité. Todos los sentimientos son normales.

    El embarazo tras una pérdida perinatal

    El embarazo tras una pérdida perinatal: qué me ayudó

    1. Estar ocupada: ha sido clave tener proyectos, el lanzamiento del libro, viajar a Madrid a eventos, escribir, cuidar de los niños. Tener la cabeza ocupada en cuestiones de este tipo es fundamental para enfrentarse a esto, si no puedes entrar en una espiral de pensamientos negativos que no conducen a nada bueno.
    2. Los movimientos del bebé: han sido mi salvación cada día. Empezar a notarlos y que el bebé se moviera tanto (yo reconozco que le ayudaba con algo dulce cada día), me mantuvieron tranquila, aunque también en alerta. No os voy a negar que he pasado momentos de intranquilidad y que una vez hasta fui a la matrona porque no lo sentía, y os garantizo que se pasa muy mal cuando tu cabeza se instala en lo que ya sucedió una vez.
    3. No saber el sexo del bebé: sé que no es una decisión habitual, ni siquiera tras casos de muerte perinatal pero estoy convencida de que tomar la decisión de no saberlo ha sido clave para vivir esto de la mejor manera posible. Varios de los mails que recibí estos meses fueron precisamente de madres que habían pasado por mi experiencia: pérdidas del bebé del sexo que tanto deseaban. Llegó un nuevo embarazo y el bebé no era del mismo sexo y eso les hizo pasar otro pequeño duelo, muy lógico en estos casos. Y yo no quería ni por un momento que el sexo de mi bebé fuera a desilusionarme (porque nunca había sido algo a lo que yo hubiera dado importancia) pero temía que esta vez pudiera pasarme. Así que no, no quise. Sabía que cuando tuviera a mi bebé en brazos, fuera niño o niña, estaría feliz y sólo querría llevármelo a casa sano. Fue una decisión que tomamos por salud mental y creo de verdad que nos ayudó.
    4. Aceptar sentimientos contradictorios: permitirme sentir en cada momento lo que llevaba dentro es lo más sano que pude hacer. Se puede seguir llorando por un bebé que has perdido aunque venga otro en camino, se puede sentir rabia, tristeza, alegría, ilusión, pena… Se pueden sentir todas esas cosas. Y yo me lo he permitido. Y me vine abajo y arriba sin pudor alguno, no tengo nada que aparentar ni que demostrar a nadie.
    5. El trato profesional durante el embarazo: contar mi historia a cada sanitario que me ha ido atendiendo a mí me ha dado tranquilidad. Suelen preguntarte qué número de embarazo es el que estás viviendo así que yo he respondido con total naturalidad que se trataba del quinto pero que perdí a mi cuarto hijo en el último trimestre de embarazo. Y os digo que eso ha conseguido empatía, el que no les parezca raro que estés agobiada, que hagas muchas preguntas, el que insistas en que te vean la variz, el que no les extrañe que vayas a Urgencias en un momento dado… A mí me ha ayudado saber que estoy más controlada.

    Y con esto termino porque creo que ya me he extendido mucho. Hubo un día en que este blog tuvo que abordar tristemente el tema de la muerte perinatal, la experiencia más triste que me ha traído la maternidad. Ahora, llegó el momento de la reconciliación, pude escuchar el llanto de mi bebé la última vez que di a luz y salí por fin del hospital con los brazos llenos. Los nueve meses hasta llegar ahí no fueron fáciles pero el camino ha merecido la pena. Eso sí, es un camino que desgasta muchísimo. Y aunque la vida ha vuelto, la cicatriz está ahí.

  • Un año después…

    Un año después…

    No escribo este post pensando en las que me leéis habitualmente, aunque sé que lo haréis muchas también. Hoy hace un año que mi hija murió dentro de mí. Un año de duelo que he compartido por aquí. Hoy quiero y siento que debo escribir algo por las centenares de mujeres que me habéis escrito estos últimos 12 meses al haber vivido la misma o parecida situación. Unas lo vivisteis antes, otras después, algunas la semana pasada. Así que, en parte, escribo porque siento que todas vosotras, las que lo habéis vivido, necesitáis saber que lo que sentís es normal y que, aunque no se olvida, me gustaría deciros que del túnel se sale. Nunca vuelves a ser la misma pero se vuelve a vivir.

    Ha pasado un año desde que se me rompió el corazón. Nunca antes había sentido esa sensación de vacío y dolor desgarrador. Nunca. El tiempo ha ido haciendo su trabajo estos meses y de un dolor que no me dejaba respirar he pasado a un dolor que me deja vivir, que me deja reír y que me ha permitido seguir disfrutando de las cosas bonitas que han ido pasando. Nada va a hacer que olvide lo que sucedió, y aunque mis sentimientos hayan cambiado desde entonces, tampoco quiero olvidar a Carmen.

    No me arrepiento de haber hecho público mi dolor, no me arrepiento por muchas cosas. Primero, porque sin pretenderlo, visibilizamos una realidad como es la muerte perinatal, que ocurre en uno de cada 250 embarazos. Segundo, porque conseguimos, sin pretenderlo, cambiar los protocolos en algunos hospitales. Tercero, porque conseguimos, sin pretenderlo, que algunos sanitarios tomasen conciencia de que ese momento de nuestras vidas nos deja marcadas para siempre. Recibir mensajes de agradecimiento de matronas y médicos por hacerles ver lo que se siente en ese momento, alivia. Alivia saber que has podido cambiar algo al contarlo públicamente.

    muerte perinatal

    Alivia y ayuda leer cosas así (testimonios reales):

    “Viví el embarazo de tu pequeña desde el principio y lloré junto a ti, en la sombra, su pérdida. Por aquel entonces yo estaba embarazada de mi segundo y sólo pensar en tu dolor, me hacía estremecerme y pensar en la suerte que tenía con mis hijos. El 13 de enero nació mi hijo, en la semana 39, y una hora y media después falleció. Fue entonces y solo entonces cuando entendí el grado de tu dolor. Créeme cuando te digo que menos mal que me crucé contigo antes de de que todo esto pasara porque, sin saberlo, me fui preparando para lo que vendría después. Qué suerte que eligieses ser fuerte y yo te escogiera como persona de referencia. Menos mal que contaste tu experiencia y pude aferrarme a la idea de que saldría de esto. Y menos mal que compartes tu alegría con nosotras porque das luz a todos aquellos que la necesitamos tanto en estos momento. (…)

    Nuestras historias, las historias de nuestros bebés mariposa deberían de darse a conocer más a menudo y servir de apoyo a otras familias. De nuevo gracias por tu testimonio, ahora tenemos un ángel en el cielo que nos cuida y guía, y que, en algún momento de nuestra vida, cuando nos encontremos de nuevo, le cuidaremos lo que no le pudimos cuidar aquí en la tierra”

    «Quiero felicitarte por la forma en cómo lo estás llevando. Dentro de la desgracia, me produce mucha ternura cómo hablas de tu hija y cómo le has dado el lugar que se merece. Gracias a tus escritos, tu hija tiene un lugar en el mundo y no solo para ti. También yo siento que tu hija está presente y estoy segura que muchas de las personas que te siguen lo sienten igual que yo. Sin duda le has dado voz, la has hecho visible para todos y cada uno de nosotros y le estás dando el reconocimiento que ella merece”

    “Soy X, una matrona que te sigue desde hace tiempo y a la que le gustaría darte las gracias. Desde hace unos años, colaboro con un grupo de duelo a la pérdida perinatal….Quiero que sepas que eres un apoyo para ellas, que ven que se puede hablar de su bebé estrella sin tabúes, que es un miembro más de la familia y que pase el tiempo que pase su recuerdo perdurará”

    Carmen, todo mi cariño, toda mi admiración, todo mi respeto… tu duelo y el mío por desgracia lo viven muchísimas mujeres que además no se atreven a compartirlo por temor al que dirán. Porque tristemente sigue siendo un tabú en nuestra sociedad. Gracias por tu generosidad compartiendo tu historia. Por eso he querido compartir contigo un poquito de la mía. No estás sola. Somos muchas”.

    “Dicen que nuestros hijos son los que nos eligen (…) y no puedo más que pensar en que tu pequeña te eligió a ti porque sabía que tú darías a conocer todo lo que te enseñó en tan poquito tiempo. Que tú nos enseñarías a nosotros a valorar tanto el ahora…Volverá a elegirte cuando esté preparada, tarde o temprano lo hará, volverá a ti. Admiro tu valentía aunque estoy segura que hubieras preferido ser cobarde pero con ella en brazos”.

    Honestamente, me gustaría tener a Carmen gateando por casa.

    Honestamente, me gustaría no tener una habitación pintada de rosa vacía en casa.

    Honestamente, me gustaría no tener en una caja guardadas unas toallas y algo de ropa que me habían regalado para ella.

    Honestamente, me gustaría que el recuerdo de mi último parto no fuera en el más absoluto silencio, me gustaría no saber lo que es un postparto sin bebé, me gustaría no saber lo que es parir y salir con los brazos vacíos del hospital. Me gustaría no haber conocido esta realidad tan dura.

    Honestamente, me gustaría no haber tenido que aprender de esta manera.

    Honestamente, me sigue doliendo. De otra forma, pero sigue ahí.

    Honestamente, no quiero olvidarla. Tampoco podría.

  • Nuestro quinto hijo está en camino

    Nuestro quinto hijo está en camino

    Me gustaría anunciar esto con cierta efusividad. Pero no me sale. Sé que un embarazo es motivo de alegría y así lo fue siempre para mí; bien sabéis que era de esas mujeres que disfrutaban estando embarazada y que además no tenía miedos. No los tenía porque creía, de forma errónea, que una vez pasaba el primer trimestre, nada se podía complicar. Y que si se complicaba, ya estaba la medicina para solucionarlo. Pero me di de bruces con una realidad, con la muerte perinatal, y ya nada vuelve a ser igual.

    Nada vuelve a ser igual porque perdí la inocencia y conocí una realidad que desconocía. Nada vuelve a ser igual porque me he llenado de miedos. Nada vuelve a ser igual porque los malos recuerdos se agolpan y de repente vuelves como a revivirlo todo. El lunes, cuando escuché por primera vez el latido del corazón de mi bebé, sentí alivio por un lado, pero recordé que la última vez que había escuchado ese mismo sonido fue en agosto, fue el de mi pequeña horas antes de morir. Y se me llenaron los ojos de lágrimas.

    embarazo tras muerte perinatal

    Hay una parte de mí que me dice: ilusiónate. Hay otra parte que me pide no hacerlo, por si vuelve a pasar, para no sufrir tanto. Me diréis que no tiene que volver a pasar y, obviamente, si pensara que me va a pasar, no tendría narices siquiera para volver a intentarlo. Pero sé que puede ocurrir, aunque lo más probable es que no ocurra. Si alguna vez has tenido un accidente en la carretera, no significa que no vayas a volver a tenerlo. En el momento en que te subes de nuevo en un coche, la posibilidad, por pequeña que sea, de que pase algo existe, con independencia de que hayas o no hayas tenido nunca un accidente previo. Y eso es así. Lo que me ocurrió no hace que ahora ya no me pueda pasar nada malo.

    Pero obviamente sé que la mayoría de embarazos tienen un final feliz. Y quiero creer que este lo tendrá. No entra en mis planes disfrutar de este embarazo, sólo aspiro a vivirlo con tranquilidad, que por ahora no la tengo. Supongo que es cuestión de semanas el ir relajándome y vinculándome con este bebé, que sé que también se merece que esté contenta. Y como se lo merece, lo iré consiguiendo poco a poco. Nuestro quinto hijo está en camino y sé que nos hará felices pero no viene a sustituir a nuestra hija. Cada uno tiene su lugar.

  • Adiós 2017, el año que pudo serlo todo… y se convirtió en nada

    Adiós 2017, el año que pudo serlo todo… y se convirtió en nada

    Pudo ser el año más bonito de mi vida. Durante meses lo fue. En febrero vi una vez más un positivo en un test de embarazo que me llenaba nuevamente de alegría e ilusión. Mi blog crecía y era finalista en unos premios. Luego llegó la propuesta de escribir un libro. Después la noticia de que el bebé que venía era ¡una niña! Y todo iba bien, y estaba sana. Creía que ya no podía pedir nada más a la vida. Y es que ni se me ocurría pedir nada más, que todo siguiese como estaba, tal y como iba. Creía que 2017 era el año de mi vida. Y lo fue… hasta que mi sueño se truncó. Bueno, no se truncó mi sueño, se truncó una vida y a mí se me rompió el corazón. Porque yo no soñaba con tener una niña, yo la tenía ya. Desde entonces, yo ya no he vuelto a ser la que era, ni lo volveré a ser. A veces, aún creo que no pude pasar por todo lo que pasé. Pero sí, ese recuerdo ya es para siempre. Dolerá cada vez menos, pero está y estará ahí siempre.

    Qué he aprendido este año que no me hubiera gustado saber

    1. Que el dolor de una madre no lo siente nadie más: nadie, ni padre, ni hermanos, ni abuelos… El dolor desgarrador por la pérdida de un hijo, por más que una lo pueda llegar a imaginar, no lo puede entender nadie más que ella. Y ahora sé lo que debió sentir mi abuela materna cuando perdió a su único hijo varón. Sé lo que sintió mi abuela paterna cuando perdió una niña, de la que aún habla, en el quinto mes de embarazo.
    2. Que no podemos dar nada por sentado: nada, ni la salud ni el trabajo ni nada. Un segundo puede cambiarte la vida. Lo viví al escuchar «no hay latido». Mi vida pasó de ser maravillosa a no tener sentido. Y lo he visto en otras historias este año. De repente, he comprendido que lo que tenemos hoy, no necesariamente lo tendremos mañana. No se trata de vivir con miedo a perder algo sino de vivir sabiendo que lo único que tenemos es el ahora… el mañana, ya se verá. Vamos, que he aprendido que no debo planificar mi vida.
    3. Que no todo depende de nosotros: He sido toda mi vida una currante, y creo que cada cosa que he conseguido ha sido tras mucho esfuerzo. He pasado, como todo el mundo, por mejores y peores rachas pero iba solventando los problemas a base de fuerza y ganas. Y daba por hecho que mientras siguiera esforzándome, nada se estropearía. Pero no, la vida no depende sólo de lo que uno haga. La suerte, buena y mala, también existen. Yo he escuchado este año demasiadas veces que he tenido mala suerte.
    4. Que no siempre tenemos lo que merecemos: algunas cosas no se las merece nadie, y perder un bebé es una de ellas. Uno puede merecer tener problemas de salud si come mal, fuma, bebe y es sedentario. Pero supongo que no se lo merece quien decide cuidar su alimentación, quien decide hacer deporte y no fumar ni beber. Pero por desgracia, todos conocemos personas enfermas que no hicieron nada malo para estar así. No, señores, cuidarme no le libró a mi hija de morir. Por eso, no siempre tenemos lo que merecemos ni siempre merecemos lo que tenemos.
    5. Que la vida es muy frágil: yo ya sabía que a veces las cosas malas llegaban; lo he visto desde que era niña, he visto muertes antes de tiempo, he visto dolor… pero os prometo que sentía que había muchas cosas evitables. Y no, hay cosas que no lo son, hay cosas que no están en nuestras manos, ni en las mías, ni en las de un médico. Hay cosas que se nos escapan.
    6. Que en la vida también podemos sentir miedo: y eso no nos hace más vulnerables. Tener miedo al sufrimiento y al dolor es humano. Yo creía que ya no tenía miedo a casi nada pero no es verdad. Lo que ocurre es que vivimos pensando que algunas cosas no nos tocarán a nosotros. Pero si nos tocan, es normal tener miedo.
    7. Que el amor todo lo puede: nunca, jamás hubiera creído que podría echar de menos a alguien a quien solo vi unos minutos, a alguien con quien nunca tuve una conversación, alguien que no pudo mirarme a los ojos ni siquiera unos segundos. Pues os diré que no sólo se echa de menos sino que a veces hasta te falta el aire sin esa persona. El amor de verdad todo lo puede, traspasa el tiempo y el espacio. La pregunta no es para qué estoy aquí sino para quiénes estoy aquí. Ayer vimos la película Coco y uno de sus mensajes más bonitos es que la existencia de los que se han ido depende de que los recuerdos de los que seguimos viviendo. Me hubiera gustado seguir creyendo en el amor romántico, no en el que va más allá de la vida.

    No quiero que éste sea un post pesimista; nunca lo he sido, no quiero serlo y trato de recuperar la persona que era, sólo en parte, porque ya nada es ni será igual. Sólo trato de que seamos realistas, de que sepamos que las cosas no tienen porqué ir bien siempre. Que los dramas de verdad llegan solos. Que hay que relativizar y dejar de quejarse por cosas que de verdad no tienen importancia.

    Que a veces, en esta vida, nos toca perder.

    En cualquier caso, y aunque creáis que este año ha sido un gran aprendizaje, os confieso que ojalá yo siguiera viviendo con esa inocencia con la que viví hasta entonces. Consciente de cuáles eran los verdaderos problemas pero sin conocer ciertas realidades. Os confieso que viviría más feliz con mi niña en brazos y sin haber tenido que aprender todo esto de la forma en que lo he hecho.

    Y como le digo cada día a ella y ya pudisteis leer en una carta que le dediqué: la quiero y la querré siempre. Solo espero que 2018 se porte mejor conmigo. Feliz Año.

  • Qué me ha ayudado a sobrellevar la pérdida de mi bebé

    Qué me ha ayudado a sobrellevar la pérdida de mi bebé

    Han pasado cuatro meses desde que dí a luz a mi hija sin vida. Si pienso en aquellos días, es como rememorar una pesadilla. Y sigue doliendo mucho, muchísimo. Y cada día lloro en algún momento, es inevitable. Es una experiencia que no podré olvidar y que no dejará de doler nunca, porque a la pérdida de un bebé que ya amaba sin haber visto pero habiéndolo sentido, se suma el terrible trance de enfrentarse a una experiencia tan brutal y antinatural como es dar a luz sabiendo que no hay vida. Es desgarrador y os prometo que durante tres meses, creí que me moría yo también. Pero a pesar de todo, ahora puedo decir que he vuelto a vivir, a respirar. Ese dolor tan terrible que me ahogaba, que no me dejaba ver la vida, se ha disipado para dejar un dolor calmado. No he superado la muerte de mi bebé pero sí he aprendido a vivir con ello. Y aunque ya sabéis que unos días soy capaz de disfrutar de las cosas y otros vuelvo a caer, después de cuatro meses, puedo decir que esto es lo que más me ha ayudado a superar esta situación:

    1. Ayuda profesional: Muchos pensarán que los médicos sólo están para sanar el cuerpo. Pero señoras, no hay nada peor que no sanar la cabeza o el alma. Y yo estaba descompuesta. Aunque en un primer momento pensé que no necesitaría este tipo de ayuda, que me ofreció la matrona y yo descarté, después supe que sí, que la necesitaba. No podía hacerlo sola. En mi caso fue y es una psiquiatra especialista en el dolor de la mujer y con la que contacté por una de mis mejores amigas. Y de verdad que me vino muy bien. Además, necesité algo de medicación al principio.
    2. La experiencia de quienes pasaron por lo mismo: hay quienes pensarán que estoy loca pero recuerdo que cuando pasó lo de mi hija, el mismo día que recibí el alta, estaba hablando con una desconocida por teléfono que había vivido lo mismo hace diez años. Era desconocida para mí pero su contacto me lo dio otra persona de mi entorno. Y así me pasó con varios casos, que me vi llamando a varias desconocidas por teléfono; en ellas encontré algo de paz. Me hicieron ver que el tiempo traería calma. Solo quien ha pasado algo así sabe lo que de verdad se siente y me aliviaba saber que, cuando pasase el tiempo, estaría mejor y volvería a vivir. Y así está siendo. Además, he ido a reuniones del grupo de duelo gestacional y neonatal de Asturias, Brazos Vacíos, y allí puedo hablar abiertamente sobre todo lo que voy sintiendo con mujeres que han pasado lo mismo o situaciones aún más dolorosas. Porque las hay.
    3. Mis hijos: os confesaré que tuve una reacción con mis hijos que yo creía muy extraña. Luego he sabido que es frecuente y que es absolutamente normal. Y es que al principio los «rechazaba», es decir, no me hacían feliz porque yo en lo único que pensaba era en lo que había perdido así que era como si me sobraban. Sé que suena fatal pero es cierto y creedme si os digo que me sentía mal por ello. Hubo días que sentía que mi hija me estaba alejando de mis hijos. Sin embargo, en cuanto empecé a respirar un poco, ellos han sido parte de mi medicina. Porque los niños no te dejan caer, no te dejan pensar, no te dejan parar…
    4. El tiempo: lo de que el tiempo todo lo cura no es cierto, hay cosas de las que uno nunca se puede curar, y ésta es una de ellas. Pero el tiempo alivia, mitiga, aplaca… hace que el dolor duela menos. Pero no hace que desaparezca y eso sé que será así siempre, porque he podido hablar con mujeres que lo pasaron hace diez y más años. Y les sigue doliendo. Es más, mi abuela, hoy en día, sigue hablando de una niña que perdió hace décadas en el quinto mes de embarazo.
    5. Permitirme sentir: en estos meses, me han escrito y me han dicho muchas veces que lo estoy haciendo muy bien. Yo no sé si lo estoy haciendo bien o mal, porque nadie sabe cómo enfrentarse a esta maldita situación, pero sí me he permitido sentir sin importarme lo que piense la gente. Me he permitido y me permito llorar cada día, me he permitido reír cuando se ha dado la situación, me he permitido hablar de ello cuando he querido, públicamente, en mis redes, en mi familia…  Y así seguirá siendo, no me siento culpable cuando estoy mal ni tampoco cuando estoy bien.

    Y sí, también podría aquí hablaros de amigas, familia y marido que, por supuesto, no puedo ser más afortunada y me han cuidado muchísimo y creo que han sabido respetar muy bien mis ritmos. También me ha ayudado el cariño que he encontrado en este mundo 2.0, porque he leído cosas verdaderamente preciosas estos meses. Y me ha ayudado el saber que he ayudado a los demás, el saber que de esta historia tan dolorosa, ha salido algo «bueno». Todo esto me ha hecho volver de nuevo a la vida aunque para mí hay un antes y un después desde que perdí a mi niña.

  • Carta a mi hija

    Carta a mi hija

    Me hubiera gustado dedicarte una carta como lo hice con tus hermanos: en alguno de tus cumpleaños, contando cómo eres, qué te gusta, con cuál de tus hermanos juegas más… Pero sé que no podremos soplar velas juntas, que sólo podré ir contando los años que han pasado desde que te fuiste, o imaginando qué edad tendrías en cada momento. Hoy debimos conocernos, quizás hace unos días, quizás mañana… pero yo debería escuchar tu llanto y sentir tu respiración. No debiste dejarme, ibas a ser mi refuerzo entre tanto chico, entre tanto fútbol, entre tanto coche… Ibas a unirte a ese trío maravilloso que con ilusión te esperaba y que, estoy segura, te hubiera cuidado y querido con locura. Porque no sabes la de veces que imaginé esa foto de los cuatro juntos por primera vez.

    Cuando te fuiste, deseé volver atrás, a cualquier momento en el que te sintiera dentro de mí. Ansiaba no haberte perdido, deseaba regresar a cualquiera de esos días en los que era tan feliz esperándote, sabiendo que estabas ahí para darme la plena felicidad. Pero me doliste tanto, que tiempo después deseé no haberte conocido nunca, no haberte llevado nunca en mí, no haber estado embarazada de ti. Fíjate lo dura que fue para mí tu corta vida que deseé que no hubieras existido. Y perdóname porque aún lo deseo a veces, mi niña. Porque no estaba preparada para el dolor, para este dolor. Porque aún tengo pendiente una labor muy importante contigo: convertir el dolor en amor. Ese que sentí de alguna manera cuando te tuve en brazos pero que luego trajo lágrimas y más lágrimas.

    No habrá fotos, no habrá cumpleaños que celebrar, no habrá primeras veces… Pero ¿sabes? Yo sé que estuviste conmigo, exististe aunque pocos te viéramos físicamente. Yo ya no hablo de Gabriel como el pequeño sino como el tercero. Te veo muchas veces en tu hermano Rafa. Creo que estabais conectados de alguna manera, pudisteis haber compartido fecha de cumpleaños y estos días, no hace dos meses, yo hubiera descubierto que eráis como gotas de agua. Yo sé que te hubieras partido de la risa con las tonterías y aspavientos de Alfonso.  Pero sé también que no debo fantasear porque me dolerá demasiado. Y quiero volver a ser feliz. Y sé que debo, por tus hermanos y por ti, por mí, por lo que tenga que venir…

    Pero sin olvidarte, ¿cómo iba a olvidarte, hija? Sé que viniste para algo. Tu corta vida ha salvado la de otro bebé. Y tu historia me consta que ha llegado a muchos hospitales y que llegará a muchos sanitarios dentro de unas semanas cuando cuente cómo fue el proceso aquel día que te perdí, para poder ayudar a otras mujeres a que sufran un poco, sólo un poco menos, en un trance así. Menos de 7 meses de vida y todo eso has hecho. En una vida más larga hubieses hecho cosas maravillosas, estoy segura. Tu ausencia no tiene sentido, no por hay un porqué, no debió ocurrir nunca… Ahora, dame tiempo. Quiero creer que eres un ángel y que, si pudieras hablarme, me dirías todas estas cosas que dice esta canción.

    No te olvido, pequeña. Cuando brille, brillarás. Te quiero y querré siempre.

    Mamá.

     

    0 1 2 3

  • Fingir que no duele, duele el doble

    Fingir que no duele, duele el doble

    No voy a pasar página. No ahora. No porque la gente espere que lo haga. No tengo prisa. Hace un mes y medio que di a luz a mi bebé sin vida. Estoy triste y no quiero fingir que no lo estoy. No voy a actuar como si no hubiera pasado, como si fuese la misma, porque no lo soy ni lo seré. Estoy triste. Es como debo estar ante mi nueva realidad, como estaba alegre por la realidad que tenía entonces. Negar mi tristeza sería fingir, y no va conmigo. Me encantaría no estar así y seguir siendo la que era aunque esto, dicen, me vaya a hacer más fuerte. Y no digo que no, pero realmente yo no quería ser más fuerte, no así, no con semejante golpe. No soy valiente, no elegí esto, me ha tocado sin quererlo, sin buscarlo ni hacer nada malo para que me tocase. He aprendido que en la vida hay cosas que se nos escapan. Que por mucha ilusión y esfuerzo que pongas a todo, a veces, que los acontecimientos vayan bien no depende de ti.

    He vivido una situación extrema, he pasado un parto para encontrarme de cara con la muerte, ¿cómo demonios voy a estar bien? Cuando fallece el padre de una persona, a nadie se nos ocurre decir «ya llegará otro» ni «tienes ya una madre». Nadie sustituye a ninguna persona. No sé por qué cuando se muere un bebé que no ha nacido o que vivió poco tiempo tendemos a minimizar el valor de esa vida y el dolor de una madre. Una vida corta, sí, pero para una madre es toda la vida de su hijo. Estoy triste. No hay día ni noche que no vengan a mi memoria recuerdos de aquel maldito día. No hay día que no piense «ojalá tuviera el poder de retroceder en el tiempo». No hay día que no piense cuántos días me quedarían para conocerla como tenía que haberla conocido. No hay día que no me acuerde de que ya la conocí pero no como quería conocerla. Porque cuando se va alguien que ya ha vivido mucho, te quedan recuerdos. Cuando se muere alguien que apenas ha vivido, te quedan ilusiones. Pero rotas.

    muerte perinatal

    Estoy triste. Lloro varias veces al día, cuando me sale. Lloro para desahogarme, para quitarme la rabia. Lloro porque me da la gana, porque me lo pide el cuerpo, en cualquier momento. Porque llorar es lo que hay que hacer cuando la vida te da un golpe. Porque he perdido una hija. Lloro y estoy triste porque está permitido, porque es sano cuando algo te atiza o te desgarra. Lloro porque alivia. Lloro porque estoy sobreviviendo. Lloro porque estoy triste.

    Pero no significa que lloraré ni que estaré siempre triste, no significa que caeré. Significa que viviré el duelo como buenamente pueda, que sonreiré cuando me salga, que a ratos estaré bien pero también tendré recaídas. Significa que lo estoy intentando, que la vida sigue a pesar de que la mía no sea la misma. Significa que seguiré sintiendo dolor pero cada vez menos, significa que no sobreviviré sino que viviré. No voy a olvidar, voy a aprender a vivir con esto, que no es poco. Y voy a estar feliz, eso lo sé. Pero todo a su tiempo.

    «Pretender la invisibilidad del duelo es pretender la invisibilidad de la muerte, de lo perecedero, de la enfermedad; en suma, de la fragilidad de nuestra humanidad.» Freud

     

  • La maternidad que de verdad duele

    La maternidad que de verdad duele

    Me contaron y comprobé que la maternidad era bonita, fascinante, extraordinaria… También escuché y viví que la maternidad es sacrificada, dura, agotadora, ardua…. Pero nunca jamás pensé que iba a dolerme, no al menos si podía evitarlo. Y evité sufrir innecesariamente; si algo me superó, intenté buscar una solución y, si no la había, intentaba no darle demasiada importancia porque no va conmigo, soy así por naturaleza o por las circunstancias. Sí, he vivido la maternidad con sentido práctico e intentando disfrutar cada momento y desdramatizando los problemas del día a día. Sabía que el dolor real existía en algunas familias y por eso siempre tomé la firme decisión de no lamentarme por nada.

    Hasta que el dolor llegó, el de verdad. No el de las noches sin dormir, no el de los puntos del postparto, no el de las mastitis, no el de la frustración por las rabietas… que sí, que son también cosas fastidiosas y por las que sufrí de alguna manera, las he vivido, pero se pasan y no lastiman el alma. Ahora He siento el dolor real, el de la muerte, el del vacío, el de la pena, el del desconsuelo… La muerte de mi hija hace un mes ha dado un giro de 360 grados a mi vida en casi todos los sentidos. Este drama que he vivido, del que tardaré tiempo en levantarme, me ha hecho darme cuenta de que viví la maternidad como tenía que hacerlo. Esta vivencia que me ha tocado, que no es justa, ha matado una parte de mí pero sé que ha hecho salir otra que estaba escondida. Así que, como esta parte de la maternidad también es real, aquí también tendrá su hueco.

    Además, me he encontrado estas semanas con centenares (sí, centenares) de mujeres que han vivido esta experiencia (os he leído a todas sin excepción), que me han escrito contando sus historias, su dolor y el proceso de perder a un hijo que aún no había nacido al que la sociedad cree que hay que olvidar cuanto antes… así que creo que tengo derecho a hablar también de esto y a hacerlo visible, porque existe y porque desgraciadamente me ha tocado vivirlo. Y porque esos bebés existieron y merecen su lugar.

    Al final, aunque tires adelante y hagas un esfuerzo sobrehumano cada mañana por levantarte y por retomar tu vida, hay cosas que no se olvidan. Yo sé que esta semana tendría que hacerme ya la tercera y última ecografía de mi cuarto embarazo. Pensaba que, en cuanto los niños empezaran el cole, podría poner un poco de orden en mi casa y ultimar algunas cosas. Son cuestiones que seguiré pensando, por mucho que intente evitarlo, cada día. Y seguiré sintiendo pena al ver a otras embarazadas sólo por el hecho de que yo debería estarlo, no estoy triste por ellas sino por mí. Pero soy consciente que esa ya no es mi realidad, que no llegará en octubre mi bebé deseada. Y aunque también aquí os cuente historias como las de antes, prácticas, divertidas, alegres… no significará que esté bien sino que lo estaré intentando. Así que, si me lo permitís, seguiré aquí con mi maternidad real, que hablará de alegrías de los que están cerca pero también del dolor por la que se fue, que no debo ni quiero olvidar.

    Y desde aquí, otra vez doy las gracias por todo el cariño, por todos los comentarios, por el respeto que en general he leído, y por dedicatorias como ésta «Madres en la tierra y en el cielo» . Sólo hubo un medio de comunicación que hizo de esto algo morboso, pero ni voy a mencionarles. Mañana toca un post divertido, porque mis hijos en la tierra siguen haciendo de las suyas. Y cuando sienta que mi niña del cielo me enseñe algo, aunque ahora no sea capaz de ver nada bueno de su marcha antes de tiempo, os lo contaré.

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies