Cuando uno piensa en Navidad y en niños, le suelen venir a la mente términos como ilusión, diversión, alegría… Todo muy bonito y emocionante para padres y niños. Sin embargo, hay otra palabra más que añadir que, hasta ahora, no había experimentado en mis carnes: agitación. ¡Dios bendito! Alfonso en Nochebuena parecía haberse tomado algún tipo de estupefaciente estimulante. Venga reírse, venga saltar, venga correr y, sobre todo, venga parlotear, ¡menudo loro!
El que haya más niños, también hace que la agitación aumente. Se soltó tanto la melena que hizo su coreografía del villancico “El burrito sabanero”. Y a Rafa le entraban ataques de risa. ¡Era para verlos!
En la vida el crío se había acostado a las dos de la mañana; vamos, ni en la boda de mi hermano. Pero tengo que reconocer que, gracias a él, mis primos, tíos, padres, hermanos, marido y servidora nos reímos sin parar; ¡estuvo sembrado!
Imposible hacerse una foto decente con ellos. Y era tanta la agitación de Alfonso, que creo que bebió de todos los vasos de agua que se encontró por el salón.
Y como en todo evento con niños que se precie, los padres andamos pelín estresados. Cenamos en casa de mis padres una veintena de personas, en plan buffet, y el pobre Rafa iba de un lado para otro mendigando comida, como si no se hubiera tomado un pedazo de biberón. Eso, y el peligro de tirar copas de vino, de subir las escaleras, de tirar de los manteles… Vamos, que a las diez y media le metí en la cuna porque yo ya estaba sudando la gota gorda 😉 Esa noche, los peques se quedaron en casa de mis padres.
El único momento de paz fue cuando se puso a mirar su nuevo libro de Peppa Pig.
Y el día de Navidad, tuvimos comida en un restaurante de Oviedo con mi abuela, primos y tíos por parte de mi padre. Otras personas no reparan en ello, pero las madres sí; tuvimos una suerte enorme al no tener a nadie en las mesas de alrededor, además de un espacio super amplio donde los niños jugaron un montón. Y además, encontraron una cosa con la que se entretuvieron mucho.
Unas cortinillas que les tuvieron ensimismados durante buen rato. Y luego nosotros pensando cómo entretenerles.
Hasta que pasó lo que tenía que pasar, que se cayeron. No vayáis a pensar que mis hijos están asilvestrados, hasta algún adulto con un poco de arte las hubiera tirado abajo. Y por supuesto, las arreglamos.
En fin, que son días para disfrutar y para dejar que los niños olviden un poco los horarios y la comida sana, como lo hacemos los mayores. Eso sí, ellos también tienen “resaca”; menudo humor se gastaba Alfonso el día de Navidad. Y el lunes nos toca hacer maletas para pasar la segunda parte de las fiestas en Zaragoza, ¡esto es un no parar! Seguiré informando. ¿Cómo van vuestras Navidades?

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