Han pasado dos años desde que viví el trance más duro que he tenido que pasar en mi vida hasta el momento. Dos años de auténtica reconstrucción tras la triste y dolorosa experiencia de perder a mi bebé, a mi primera hija, al final del embarazo. Cuando se para un corazón que nunca imaginas que pueda pararse, el propio se rompe. Reparar un daño en el alma nunca es un camino fácil, de hecho, es un recorrido muy doloroso. Si echo la vista atrás, se me hace un nudo en la garganta al pensar en lo vivido; la angustia y un montón de sentimientos como la rabia fueron demasiado pesados por entonces. Si vuelvo a aquellos días de shock y de lágrimas, a esos meses de dolor y de resentimiento, siento que viví en un abismo. Porque así fue y aquello me puso contra las cuerdas.
Lo que sí tengo claro dos años después es que no cambiaría nada de lo que he hecho. Ni cómo lo vivimos ni sentimos, ni cómo hemos trasladado nuestra vivencia hacia fuera, en nuestro entorno, con nuestros hijos, ni cómo lo he abordado de forma pública aquí y en mis redes sociales, ni cómo resistí un nuevo embarazo. Y si pudiera cambiar algo de todo lo que vivimos y sufrimos, sería únicamente haber tenido valor para fotografiar la cara de mi propia hija. Pero todo lo demás, todo, lo haría exactamente igual sabiendo que mis decisiones en aquel momento tan crítico y en los meses posteriores me han hecho volver a reconstruir mi corazón y a ser una persona feliz nuevamente.

Pero con un trocito en el corazón que queda vacío. Si pienso en mi hija Carmen, ahora, dos años después de abrazarla y de dejarla ir para siempre, ya no lo hago con un dolor desgarrador sino desde el amor. Eso sí, desde la pena, porque cuando una ilusión y un proyecto de vida se trunca, queda un pesar para siempre. Y pena por todo lo que se perdió: unos hermanos que la hubieran vuelto loca, unos padres que la hubiéramos abrazado cada día, celebraciones de cumpleaños, primeras veces… Siento mucha tristeza cuando las personas se van antes de tiempo, cuando tienen tanto que vivir por delante, ¡y vaya si le quedaban cosas por hacer!
Pero juro que de un golpe así se sale y la vida sigue dando motivos para ser feliz. En ese camino de reconstrucción quizás lo que más ha ayudado es la llegada de Aurora, el bebé arco iris. Siempre he dicho que ella ha sido sanación y creo que, tras perder a un bebé, el que llega después es para nosotras, sus madres, pura luz. Es, de alguna manera, como si ese nuevo bebé trajese algo del que se fue. Eso siento con Aurora, siento que ella trae algo de Carmen. Y entiendo que una existe por la otra, que están conectadas. Quizás sea una forma de consolarse, es probable pero a mí me gusta pensarlo, así no se me hace tan duro recordar que abracé a Carmen una única vez en la vida. Porque necesito saber que sigue de alguna forma. Porque es duro aceptar que no pudiste criar a una hija que estuvo en tu vientre y en tus brazos.
Así, pequeña, que sepas que vemos una parte de ti en tu hermana, aunque seáis dos personas distintas. Que sepas que mañana te haremos llegar un globo al cielo por tu segundo cumpleaños, aunque no puedas soplar una vela. Que sepas que en esta familia te recordamos cada día aunque no podamos verte ni tocarte. Que sepas que, aunque no haya podido cuidar de ti, lo haré en otra vida.
Deja una respuesta