Etiqueta: crianza

  • Jornada Optimum con «Lucía, mi pediatra»: Posparto, lactancia, crianza…

    Jornada Optimum con «Lucía, mi pediatra»: Posparto, lactancia, crianza…

    Todavía tenía pendiente publicar un post sobre mi participación en la Jornada Optimum el pasado mes de octubre. Formar parte de un coloquio con alguien como Lucía Galán, conocida por su labor divulgativa como “Lucía mi pediatra”, era una gran oportunidad que no podía rechazar. Entre otras cosas porque, como ella, soy de las que creen que cada maternidad es distinta y todas deben ser respetadas. Ni siquiera digo cada madre sino cada maternidad porque cada hijo es distinto, y eso bien lo sabemos las que tenemos varios, cada uno tiene necesidades y gustos distintos. Así que voy a intentar resumiros un poco todo lo que hablamos en la Jornada Optimum, organizada por Laboratorios Ordesa para presentarBlemil plus Optimum.

    Postparto

    Una de las cuestiones que primero se abordó en la charla fue el posparto, esa época en la que muchas coincidimos que nos pilla desprevenidas; porque la verdad es que nos preparan para el parto y para la llegada de un bebé, nos preparan para cuidarle pero no para cuidarnos ni a que nos cuiden a nosotras, en plena revolución hormonal y en muchas ocasiones, agotadas físicamente. Tan pendientes de nuestros hijos que nos olvidamos un poco de nosotras mismas. Así que muchas coincidimos en que es una época dura en la que nos solemos encontrar un poco desbordadas. A mí, desde luego, como ya os conté en más una ocasión y como cuento detalladamente en mi libro, el primer postparto me resultó duro. Los siguientes (salvo el de Carmen por motivos obvios) fueron llevaderos. La experiencia es un grado.

    Lactancia

    Otro de los temas que abordamos fue el de la alimentación infantil. Como sabéis las que me seguís desde hace años, he contado por aquí en algunas ocasiones que yo recurrí a la lactancia mixta con mis tres hijos. En un post de hace casi 4 años os cuento detalladamente cómo, a la tercera, es decir, con Gabriel, tuve la suerte de dar con una persona (matrona asesora en lactancia) con la que averigüé lo que me pasaba, aunque tampoco pudimos resolver el problema al 100%. Ya sabéis que, a cabezona no me gana nadie y haré un cuarto intento de lactancia materna pero con la tranquilidad de que, si se repite lo de las mastitis subclínicas, tendré a mi alcance la leche de fórmula para estar lo mejor posible los dos, mi bebé y yo.

    Tengo hijos con un apetito estupendo, que por suerte no han necesitado siquiera antibióticos, y si entonces tenía claro que no se acaba el mundo por no poder llegar a una lactancia materna exclusiva, ahora lo tengo cristalino. Haré lo que me vaya diciendo el instinto, como en anteriores veces. Por eso, en parte, también me interesa, como consumidora, saber qué mejoras hay en cuanto a leches de fórmula, porque las ha habido en los últimos años, como por ejemplo que el producto no tenga aceite de palma, que tenga elevado contenido en grasa láctea de alto valor nutricional, vitamina D… o la novedad de incorporar la Bifidobacterium infantis IM-1, una cepa pro biótica exclusiva que ha patentado Laboratorios Ordesa y que es característica de los bebés alimentados con leche materna. Las nuevas fórmulas, por suerte, han avanzado mucho y favorecen un óptimo crecimiento y un normal funcionamiento del sistema inmune. Y a muchas mujeres nos ha permitido vivir esta etapa con un poco más de sosiego porque es duro estar físicamente mal en un postparto, o no dar abasto al principio cuando tienes más de un hijo. Cada una tiene sus circunstancias.

    Libertad de las familias

    Junto a Lucía Galán incidimos mucho en la libertad de cada familia para llevar a cabo la crianza que consideremos y decidamos. Ella, como pediatra, intenta dar soluciones a los distintos problemas a los que se enfrentan las familias hoy en día y a su consulta llegan muchas dudas sobre nutrición, desde la lactancia hasta la alimentación complementaria, resolviendo problemas y apoyando a los padres. Se habló de tolerancia, respeto y empatía, que últimamente brilla por su ausencia con una presión social sobre cualquier decisión que toma una madre, da igual si das el bibe o el pecho, da igual si trabajas fuera de casa o no, da igual la decisión que tomes porque siempre hay alguien que cuestiona tu forma de hacerlo.

    Así que, puesto que la crianza es de los padres, las opiniones sobre cómo lo hacen los demás es mejor reservárselas. Como decía Lucía, todas compartimos miedos, alegrías y penas. Y si la decisión que tomas es te hace feliz y crees que es la mejor en tu situación y en la de tu familia, sigue adelante. E incidió en convertir la culpa en ejemplo. En que de poco sirve que estemos sintiendo una culpa enorme por algo y que cambiemos aquello que no nos gusta. Y no puedo estar más de acuerdo. La verdad es que la Jornada Optimum fue muy esclarecedora ya que pasamos mucho tiempo hablando con todas las madres que acudieron, muchas con sus bebés, y fue muy interesante escucharlas a todas ellas, sus dudas, sus miedos, sus formas de hacer las cosas… cada una a su manera.

    Así que solo puedo estar agradecida por poder compartir inquietudes y, por supuesto, por escuchar a Lucía en esta charla dedicada a destacar las distintas formas de vivir la maternidad.

  • Lo que ocurrió cuando dejé de gritar a mis hijos

    Lo que ocurrió cuando dejé de gritar a mis hijos

    No me recuerdo gritando cuando tenía un solo hijo. Quizás lo hice puntualmente pero diría que mi visión de la maternidad con una criatura era tremendamente edulcorada; superado el postparto y fracasada la lactancia sin traumas por ninguna parte, todo me pareció relativamente sencillo, el bebé comía y dormía bien y yo estaba como en una nube. No perdí tampoco los nervios cuando llegó mi segundo hijo. Porque la realidad es que mis grandes crisis como madre aparecieron en épocas de rabietas y cuando comenzaron las disputas entre hermanos. Con diferencia, fueron y son, a día de hoy, los momentos que me suscitan mayor tensión; todo lo demás creo llevarlo relativamente bien.

    Así que mis primeros recuerdos gritando con cierta frecuencia se remontan a la época en la que el mayor empezó el cole; tuvo unas semanas con berrinches y al final acababa por molestar o despertar a Rafa, que entonces era el pequeño, un bebé de menos de un año. Luego volvió la calma… hasta que llegó el verano en que el mayor terminó su primer curso en el cole, el mediano ya caminaba y yo estaba embarazada del tercero. No había día en el que no acabase de los nervios. Las rabietas de Rafa eran diarias; una llegó a durar más de una hora. En esa época aprendí a gestionar las pataletas y luego llegaron las constantes discusiones entre hermanos por cualquier juguete. Aunque en casa hubiera 20 coches, los dos querían el mismo. Y luego entró en juego el tercero. Así que rara es la hora del día en que no oiga llorar o protestar a alguno de los tres, y eso quema mucho. De ahí los gritos.

    Este verano me dije ¡basta! En vacaciones, cuando hay menos rutinas, cuando pasas tantas horas con ellos, cuando ellos también acaban hasta el gorro de sus hermanos, es cuando me di cuenta que gritaba a diario. Y a finales de agosto, al volver de nuestro viaje, me lo propuse: no podía chillar. No perdía nada intentándolo y tenía mucho que ganar. Sinceramente, creía que no iba a ser capaz pero lo he conseguido. Esto es como cualquier ejercicio, cuesta mucho al principio y luego hay que seguir entrenando; no se deja de gritar tres días y ya esté hecho. Para nada, todos los días hay que ejercitarse para conseguirlo pero también vas notando que, según pasan las jornadas, es un poco más sencillo.

    Y en parte los niños ayudan. Sí, aunque no lo creáis, es recíproco. Vale, es cierto, ellos siguen discutiendo, les llamas o les dices veinte veces algo y siguen haciendo sus cosas, continúan diciendo “no” a otras veinte mil historias pero… se vuelven menos irascibles y más receptivos. No os lo vais a creer pero, desde hace unos meses, notaba cómo mi hijo mayor contaba menos conmigo. Hay una parte que obviamente forma parte de su crecimiento, va a cumplir 6 años y cada vez es más autónomo, pero no era solo eso. Los mayores tienen mucha presión; en la mayoría de las ocasiones les toca ceder, cuando tienen varios hermanos adquieren más responsabilidad que cuando no los tienen, les toca vivir las épocas de rabietas de sus hermanos y a veces, en el día a día, no te das cuenta de que quizás cargas mucho sobre ellos, y que si pasa algo, automáticamente pides explicaciones al mayor.

    Así que, en cuanto dejé de gritar en casa, fue en mi hijo mayor en el que primero noté los cambios, se volvió más receptivo a todo lo que le dije, empezó a ayudar más en casa, me abraza mucho más que antes… Lo noté al segundo día, para mi sorpresa. Cierto es que es un niño al que le molestan mucho los ruidos, se pone nervioso cuando sus hermanos lloran, cuando la gente grita en un partido de fútbol… de manera que por eso lo he sentido especialmente en él. Y solo por eso me ha compensado.

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    Con el mediano, dos semanas después, no puedo decir que haya notado muchos cambios; es el que me pone entre la espada y la pared y el que me causa crisis en este duro trabajo de evitar los gritos. Porque a pesar de ser el más cariñoso y divertido de los hermanos, es el que más protesta y al que se le cruza el cable con más facilidad. Así que con él, sigo haciendo un enorme ejercicio de autocontrol que, espero, dé más frutos. Pero por ahora ya me escucha cuando le entra un berrinche, que no es poco. De manera que las rabietas son menos duraderas así que creo que también me ha compensado.

    Y con el pequeño no me atrevo a decir nada por el momento, él es el bebé de 21 meses que va a su bola, que se sube solo a su sillita del coche, que se empeña en comerlo todo sin ayuda (con cubiertos, en eso le he enseñado bien 😉 ) y que tiene ya un espabile y autonomía brutal. Es aún pequeño pero entiendo que, si en casa dejamos de gritar, él no lo hará en un futuro. Como veis, he ganado mucho. No sólo porque en los niños haya notado ciertas mejorías sino porque ahora logro controlar ciertas situaciones que antes me desbordaban. Y os digo que no se pierde autoridad, que si digo no es no, porque hay cosas negociables y otras que no lo son. Y si hay un comportamiento que considero inapropiado les anticipo que, además de ser algo que no me gusta, puede tener consecuencias y se pueden quedar sin ir al parque o jugar un partido. La única diferencia ahora es el tono que usamos en casa, que a todos nos hace estar más tranquilos.

  • ¿Qué es lo mejor?

    ¿Qué es lo mejor?

    Te dijeron que lo mejor para alimentar a tu hijo es la leche materna. Y lo es. Aporta todos los nutrientes para el desarrollo sano de un bebé, previene alergias y reduce en las mujeres el riesgo de cáncer de mama y ovario en fases posteriores de la vida. Pero no soportaste el dolor de unas grietas que te hacían llorar cada vez que te acercabas al niño. Los antibióticos no consiguieron quitarte el dolor de aquella mastitis subaguda. Tu bebé no era capaz de engancharse al pecho y a los pocos días fue ingresado por desnutrición. No pudiste seguir adelante tras una mastitis que te hizo pasar por quirófano. Quizás entonces no era lo mejor. Y no pasó nada porque tu hijo no se alimentara con tu leche.

    Te dijeron que lo mejor es ser madre joven. Y lo es. A partir de los 35 años aumentan los riesgos de padecer determinadas patologías como diabetes gestacional o preeclampsia, la calidad de los óvulos disminuye con lo que existe mayor probabilidad de tener fetos con alteraciones cromosómicas y es más difícil que te quedes embarazada. Pero a los 25 años estabas comenzando tu carrera profesional. Resulta que a los 30 no conocías a la persona adecuada para dar ese paso. No te atreviste a tener un hijo porque tu trabajo era inestable. No hubo forma de quedarte embarazada antes. Quizás entonces no era lo mejor. Y no pasó nada por tener a tu hijo a los 37 años.

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    Te dijeron que lo mejor era dar a luz de forma vaginal. Y lo es. Al pasar por el canal del parto, el bebé se empapa de las bacterias de su madre, que le ayudan a fortalecer su sistema inmunitario, y recibe mayor oxigenación. También hay menos riesgos para las madres, ya que pierden la mitad de sangre que en una cesárea, y la recuperación es más rápida. Pero tu bebé no estaba en una posición óptima para un parto vaginal. El bebé empezaba a sufrir por falta de oxígeno. Estuviste 24 horas con contracciones y dolores y no había avances. Quizás entonces no era lo mejor. Y no pasó nada porque no tuvieras un parto vaginal.

    Te dijeron tantas cosas…

    Todos son casos reales, conoceréis otros muchos. Quizás también sea vuestra historia. Las circunstancias son las que marcan las decisiones que tomamos. Yo he dado a luz tres veces de forma vaginal porque pudo ser, no fui capaz de amamantar de forma exclusiva, como me hubiera gustado, por las mastitis y he sido madre joven porque estaba preparada y con la persona adecuada. Ninguna de estas condiciones me convierte en mejor o peor madre, las cosas surgieron así y no he sufrido por lo que no pudo ser. Aparentemente, lo mejor es lo natural, todos sabemos que la naturaleza es sabia pero… no infalible. Así que olvida si es lo normal, lo natural o lo habitual… lo mejor es aquello que tú decides en tus circunstancias, que no son las de los demás. No dejes que nadie te juzgue si consideras que tus decisiones han sido las mejores para tu familia.

  • No es lo mismo criar que educar

    No es lo mismo criar que educar

    Sé que esto de traer hijos al mundo e instruirles da lugar a muchos debates; como casi todo en la vida, hay opiniones para todos los gustos. Pero me da la sensación de que hasta en esto también hay modas, como ocurre con la ropa, que una temporada se lleva el pantalón «pitillo» y la siguiente te llenan las tiendas de «pata de elefante». Es como si hubiera ciclos, opuestos unos a otros. Si antes se castigaba a los niños por cualquier cosa, ahora no se les castiga en ningún caso; si antes no se dejaba que los niños eligieran nada, ahora lo que se lleva es dejarles decidir todo. Se cuestiona lo anterior porque sí y, con sinceridad os digo, que no le veo sentido pasar de un extremo a otro; se podrán debatir algunas cosas pero no hace falta irse al polo opuesto. Vamos, creo que nuestra generación, los que nacimos en los 80 o 70, somos gente bastante sana en todos los sentidos, física y emocionalmente. Así que tan mal no lo debieron hacer nuestros padres con nosotros, o vamos, con la mayoría de nosotros.

    ¿Que ha habido cosas que han mejorado? Por supuesto, todo es mejorable siempre. ¿Y que ahora hay más información de la que había antes? También. Pero ojo, que hay menos de la que habrá dentro de unos años, que lo que hace un tiempo era un disparate, ahora ha dejado de serlo. Y lo que ahora nos parece «de cajón», igual dentro de una década no lo es tanto. Se ha pasado de criar al margen de los niños a criar haciéndoles creer que son el centro de todo y dejando que tomen cualquier decisión que les afecte. Siempre he creído que tan terrible es que no te aprecien como que te adulen por todo.

    El otro día me acusaron en Instagram de decidir por mis hijos cuándo quitarles el pañal. El tema de que alguien me ataque en redes sociales ya me la trae al pairo, literalmente, y perdonad la expresión. Me resultó curioso, más que nada, porque nunca tuve prisa para eso precisamente; mis dos hijos mayores dejaron de usar pañal diurno con dos años y 9 meses, vamos, lo justo para empezar el colegio. Pero claro, ahora está mal visto que tomes tú ciertas decisiones por ellos. Lo que no sé es cómo no se me ocurrió llevar a mis churumbeles a todos los colegios de Gijón y que ellos me dijesen cuál les había gustado más; probablemente el mayor hubiese elegido aquel con más porterías de fútbol, aunque estuviese en la otra punta de la ciudad. Y por favor, no sé cómo no les pregunto cada día lo que quieren comer. Obviamente, tendría un problema; al ser tres hermanos, creo que debería hacer un menú para cada uno.

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    Y lo que es el colmo es que haya madres que ya no se atrevan a decir ciertas cosas en sus redes sociales. Sí, mujeres que pasan de contar que se han ido a cenar en pareja dejando a su bebé con sus abuelos o con una niñera porque van a tener que aguantar que algunas les echen en cara que dejen a sus hijos al cuidado de otros. Antes era lo más normal del mundo y ahora es un sacrilegio. Vamos, sin ir más lejos, les ha pasado a unas cuantas famosas, que se les han echado encima por algo así. Porque claro, como te has convertido en madre, tienes que estar entregada a la causa, y debes estar pegada siempre a tu hijo. Noche incluida, por supuesto.

    Ahora cualquier cosa es susceptible de causar un trauma a los niños. Ya ni siquiera puedes castigarles, nunca. El día que el crío de 5 años no te ha hecho ningún caso las diez veces que le has dicho que por favor recoja sus juguetes, igual tienes que pasar al plan B y decirle que no irá al parque, a la piscina o a donde le apeteciese ir. Que el diálogo con los niños funciona a veces, pero no siempre. Y no pasa nada porque la criatura entienda que las cosas que hace tienen consecuencias y que, si no recoge, aparte de estar desordenado, lo cual no le preocupa mucho ese día, también se puede quedar sin algo que le gusta. Vamos, lo mismo que le pasará el día que tenga un curro y decida tocarse las narices y no cumplir con aquello para lo que le contrataron; que acabarán echándole. Nos hemos ido del extremo de castigar a los niños por cualquier chorrada a no castigarles por nada, porque lo que se lleva ahora es que sigan sus instintos. Ya no puedes decirles que no lloren cuando están en plena rabieta porque están frustrados. Si lo sé, lo he vivido con el mediano y puede que me toque en breve con el pequeño, pero no seré yo la que les anime a seguir llorando.

    Por eso, el término criar, que es lo que se lleva ahora, no me va. No sólo les cuido, no atiendo sólo las necesidades de mis hijos sino que intento instruirles o educarles para que sepan que la vida no va solo de lo que a ellos les apetece, que unas veces sí se puede y otras veces no, que siempre estoy ahí para lo que me necesiten pero que yo también tengo mis necesidades. Intento encontrar un equilibrio sin posturas extremas, bien saben mis hijos que entro dentro del grupo de madres permisivas (con tres varones ya no discutes por nada ;- ) ) pero si un día tengo que castigar y nos tenemos que pasar la tarde en casa o no ir al parque, lo hago. Defiendo a los niños casi siempre, los adoro, creo que tenemos mucho que aprender de ellos, pero no me va la crianza que tanto se promulga hoy en día. Igual estoy equivocada, pero a día de hoy prefiero tirar al término medio y no irme al blanco o negro, no vaya a ser que dentro de unos años se lleve otro tipo de crianza.

  • Y yo, ¿qué?

    Y yo, ¿qué?

    Aquí estoy, levantándome cada día con un despertador que tiene nombre de bebé. Un niño que me acompaña a todas partes, a todas horas, todos los días. Que invade mis duchas, que deshace las camas mientras yo trato de hacerlas, que cambia el programa de la lavadora, que se agarra a mis piernas cuando cocino, que me pide que le coja en brazos cuando me siento delante del ordenador a trabajar y quiere tocar el teclado impidiendo que pueda seguir haciéndolo. Un bebé que me acompaña al supermercado y hasta a la peluquería, lugar que piso, con suerte, dos o tres veces al año. Un bebé que acaba de empezar a hacer una única siesta diaria sin hora fija y un poco breve, lo que no me permite planificar el tiempo de trabajo en casa.

    Aquí estoy, preparando cada día la comida de mi marido, para que pueda volver pronto al trabajo por la tarde y llegar a casa a la hora del baño de los peques. Intentando volver a sentarme delante del ordenador otro breve rato hasta que comienzo a preparar la merienda de dos niños y un bebé, a cambiar pañales y a repasar si toca o no entrenamiento del mayor para coger las botas de fútbol, o decidir si iremos al parque, en función del clima, para llevar unos coches o un balón con los que puedan jugar con otros niños. Siendo siempre una de las últimas en llegar al colegio a recoger a los niños porque se me echa el tiempo encima. Sobrellevando las quejas de uno, los llantos de otro, las discusiones de ambos.

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    No importa, ésta es la vida que he elegido, no querría haber tenido otra. Pero de vez en cuando, necesito mi espacio, yo sigo siendo muchas cosas además de madre. Por eso, aún estando ahora el 95% de mi tiempo con mis hijos, quiero seguir haciendo cosas que me mantengan en el mundo real, irme a correr, salir a cenar algún fin de semana y, poco a poco, ir encontrando huecos para mis hobbys, o quizás volver a trabajar en una oficina, en una redacción o en un plató, aunque agradezco ahora mismo poder trabajar desde casa. Si de algo me siento orgullosa de mi padre es de que, además del mejor padre, fue capaz de sacar un doctorado y una cátedra mientras trabajaba y con 4 hijos. Si de algo me siento orgullosa de mi madre, además de ser la mejor madre, es de que siguiese trabajando y finalmente montase su propio negocio cuando ya éramos mayores.

    Y no me siento mal si, a las siete de la tarde, lo habitual es que quiera que lleguen las 9 de la noche para que mis tres soles estén durmiendo y así poder hablar con mi marido sin interrupciones. Y no me siento extraña por necesitar desconectar un rato al día, aunque casi siempre sea imposible siquiera darse una ducha sin testigos. Porque son lo mejor que tengo, pero agotan. Porque es lo que siempre quise, pero sé que mis hijos crecerán y ya no requerirán de mí en la misma medida. Y porque yo existía antes de ser madre, de otra manera, pero ahí estaba, haciendo cosas, disfrutando también de la vida, de distinta forma. Por eso, de vez en cuando, en este caos maravilloso en el que me encuentro, conviene que no olvide que yo también cuento.

  • Algún día seré suegra

    Algún día seré suegra

    En cuanto tus hijos empiezan a ir al cole o guardería, te conviertes en la «madre de». Por ahora, soy sobre todo la mamá de Alfonso, porque esto de que te llamen así va en aumento según tus hijos vayan también sumando años… y amigos. Creo que a todas nos encanta ese papel. Sin embargo, hay otras cosas en la vida para las que una no está preparada. Con tres hijos varones, existe un 99% de probabilidades de que algún día alguien me llame suegra. Si tuviera un sólo descendiente macho, habría muchas opciones de serlo igualmente, pero con tres difícilmente me libraré de ese papel.

    No es que me preocupe ahora el asunto; espero que, como mínimo, me queden 20 años para algo así. Pero la idea no me resulta especialmente atractiva, que soy yo muy de decir lo que pienso. Y no, en la labor de suegra hay que medirse. Yo debería tomar ejemplo de mi madre que, más o menos, es discreta. Pero claro, he salido a mi abuela, que no se cortaba un pelo, fueras conocido o no. Y como tuvo cinco hijas (el único varón falleció joven), pues disfrutó de la suerte de tener yernos que, quieras o no, son más tranquilos y no generan mucho conflicto. Ojo, que yo a mi madre también le digo las cosas pero claro, expresar las cosas a una madre o que ella te las diga a ti no es lo mismo que con la suegra.

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    En esta labor de ser suegra, hay que tener en cuenta varias cosas. A ver, que me voy a meter en camisas de once varas y yo sé que la madre de maridín lee el blog. Aprovecho para decir que yo no tengo queja, ni mucho menos. Pero vamos allá con algunas cosas que hay que ir interiorizando, madres de varones que me estáis leyendo: algún día, nuestros churumbeles dejarán de serlo. No pretendáis que ninguna mujer les cuide como nosotras; yo no le hago un zumo de naranja a mi señor esposo cada mañana, como hacía su santa madre cuando su hijo era ya todo un paisano.

    Tema conflictivo: los nietos. Olvidaos de que los críen como nosotras lo hicimos. Os lo confieso, como me toque una histérica, me va a dar algo, lo estoy viendo. Habrá que contar hasta diez muchas veces porque seguramente, lo más importante, sea no abrir la boca demasiado. Que fijaos que algo tan simple como elegir el nombre de los críos puede dar lugar a mucho estrés. Que si eres de las que les gustan los nombres clásicos, de toda la vida, como Álvaro, Javier o Alfonso, y a la susodicha le da por Justin, la hemos liao. O lo contrario, que tú eres más de Jenni y le planta Macarena. Dale a tu cuerpo alegría. Habrá que tomárselo con humor, ¿o no?, ¿qué?, ¿os hacéis a la idea? ¡Yo tampoco!

  • Se acabó el verano: el antes y el después.

    Mañana día 23 de septiembre se acaba oficialmente el verano de 2014. Es cierto que los veranos, aunque tengan muchas cosas en común todos los años, también tienen otras que hacen que cada uno sea especial. Yo recordaré estos tres meses como un tiempo en el que me dí cuenta de la dificultad de criar dos hijos. No es que hasta ahora me pareciera fácil, pero reconozco que había sido muy llevadero. Durante los primeros meses de vida de Rafa, el mayor estaba en la guardería así que tuve tiempo para el pequeño; después llegaron las vacaciones pero Rafa aún no caminaba y Alfonso seguía siendo un bendito, por lo que la tranquilidad reinaba en casa. Luego llegó el cole para el mayor y, aunque fue un cambio grande y le costó, los peques sólo estaban juntos a partir de las 5 de la tarde así que se puede decir que…todo en orden. Y hasta aquí duró mi paz.

    El día de la fiesta de fin de curso de Alfonso, el último día de relativa paz para mí
    El día de la fiesta de fin de curso de Alfonso no sabía la que se me venía encima.

    En junio de este año tenía de vacaciones a un niño que había pasado su primer curso en el cole, con su consecuente rebeldía, y un medio bebé que espabilaba a pasos agigantados. Para ellos, pasar 24 horas al día pegados era una novedad así que este verano ha sido el de su unión y, por supuesto, discusión. Y esto último, para mí ha significado que sea el verano del estrés (mucho me temo que va a haber unos cuantos más). Porque siempre quieren lo mismo; que uno coge la moto, el otro de repente también la quiere aunque hasta es momento ni se acordara, y si el mayor se sube al sofá, el pequeño, que no tiene edad para andar dando brincos, lo hace. Y el mayor, que ve como el pequeño se ríe con todas las chorradas que hace, no mide y piensa que está jugando con uno de sus compañeros de clase, con la diferencia de que el otro aún no tiene ni su destreza ni su fuerza… Luego pasa lo que pasa, que llega la primera visita a urgencias para coserle la ceja al pequeño.

    Y todo esto, mientras tú tratas de hacer camas, dejar comida preparada y vestirles, que empieza a convertirse en una odisea cuando no quieren. Acabas con tal cabreo porque el mayor se niega a que le pongas el zapato, que lo lanzas (al zapato, no al niño 😉 ) a la otra punta del salón «amenazando» con que no irán a casa de los abuelos en un mes. No tienes tiempo ni para depilarte, porque cuando te «aprovechas» de tu padre, es por trabajo, ¡como para andar pidiendo que se quede más tiempo con los niños para otros menesteres! Y te los llevas hasta hacer las compras de la vuelta al cole y acabas casi con un ataque de ansiedad. Con sinceridad, ha habido días que he estado desbordada. Eso sí, a mí esto no me pilla por sorpresa porque he sido la hermana mayor con tres fierecillas por detrás que , de todo, menos tranquilos.

    Y todo, mientras la barriga sigue creciendo y la movilidad decreciendo ;-)
    Y todo, mientras la barriga sigue creciendo y la movilidad decreciendo 😉

    Y mientras para mí ha sido un verano estresante (y no por ello ha dejado de ser también bonito), para Rafa estos meses han sido como un cursillo acelerado en absolutamente todo. Ese afán de imitación a su hermano que siempre tienen los pequeños, sumado a 24 horas al día pegados el uno al otro, le ha hecho tener una picardía que jamás tuvo Alfonso hasta hace bien poco. Pero para mí, el gran cambio de Rafa ha estado en el lenguaje. Ha pasado, con 20 meses, de decir medio centenar de palabras, y algunas a su manera, a hablar prácticamente todo con 23 meses que cumple hoy. Os aseguro que, a estas alturas, con Alfonso no teníamos una conversación con frases completas, que si «quiero agua fría», «quiero ir a casa abuelo», «a mimir con oso y pete (chupete)», «hasta luego», «mamá, dame toawa (toalla)» y palabras como «chiquitines», «malalenas (magdalenas)», «chaqueta», chacla (chancla)»…. De hecho, es capaz de repetir cualquier término (no científico o técnic0, claro) que le digas salvo pelota, a la cual está empeñado en llamar patata, y Alfonso, que es Atoto. Y por si alguien no me cree, dejé constancia en Instagram con este vídeo, que ya no e sólo lo que dice sino cómo lo dice.

    Para Alfonso, éste no ha sido un verano de grandes cambios, ya que a estas edades empiezas a notar que los avances son más pequeños. Ver Oliver y Benji por primera vez ha supuesto que juegue al fútbol a cámara lenta, narre jugadas durante varios minutos y le haga zancadillas ficticias a su hermano. También ha sido el tiempo en que se ha hecho consciente de que va a tener otro hermano, supongo que al notar que mi barriga ha crecido. ¿Y que he hemos hecho para despedir el verano como Dios manda? Pues playa y más playa, y familia. ¿Cómo ha sido el verano para vuestros peques?, ¿ha sido especial en algún sentido?

    Casi los últimos en irnos de la playa de San Lorenzo el sábado. Casi los primeros en llegar el domingo a la playa de Estaño, de la que ya os hablé en otro post.

     

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