Categoría: guardería

  • Adaptación al colegio o guardería, ¿cuándo se han aclimatado?

    Adaptación al colegio o guardería, ¿cuándo se han aclimatado?

    He vivido de todo en esto de los llamados procesos de adaptación. Lo más importante es saber que cada niño tiene un ritmo y una forma de exteriorizar las situaciones que vive. Si la aclimatación de Alfonso a la guardería le llevó un par de semanas, en las que lloraba al entrar pero luego se encontraba a gusto y no supuso ningún cambio en su carácter, la de Rafa fue mucho más costosa y la exteriorizó con una etapa de rabietas, aunque no sé si sencillamente coincidió. Nunca lo sabré. Ambos empezaron a ir a la guardería semanas antes de cumplir los dos años y a punto de recibir un nuevo hermano, por lo que sus situaciones fueron muy similares y, como veis, las adaptaciones muy distintas.

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    Alfonso, a la izquierda, en su primer día de guardería. A la derecha, al final de la semana.

    Distintas formas de afrontar el inicio del colegio

    Sin embargo, el inicio del colegio para el mayor fue más duro; atravesó una temporada en la que estaba irascible y de vez en cuando montaba algún numerito, mientras que para Ricitos de Oro el comienzo del cole fue muy sencillo, sin ningún tipo de problema. Imagino que aquello estaba directamente relacionado con que tenía a su hermano mayor allí y ya conocía bien el sitio. Pero no debemos dar nada por hecho porque a veces nos sorprenden. Puede que tengas un niño super sociable y autónomo y lo pase mal al empezar el cole o guardería y, por contra, un niño tímido y aparentemente dependiente de sus padres, puede afrontar con naturalidad y total normalidad este proceso. Hay de todo.

    ¿Cuándo están «adaptados»?

    De hecho, doy por concluida la adaptación de Gabriel a la guardería y curiosamente ha sido un éxito. Sí, digo curiosamente porque me ha sorprendido, creo que de los tres ha sido y es el más enmadrado con diferencia. Por eso esperaba que fuera más complejo todo. Pero no, ha sido el más sencillo de los tres. El proceso de adaptación puede ser muy variable y puede experimentarse de muy diversas formas. No termina sólo el día que ya no lloran por ir al cole o guardería, porque algunos no lo exteriorizan a través del llanto.

    El proceso concluye cuando esos cambios de carácter y de comportamiento que se han producido a raíz del inicio del cole, desaparecen nuevamente. Mi hijo mayor lloró los primeros tres días pero su adaptación finalizó dos semanas después, cuando dejó de estar irascible y volvió a comportarse con normalidad. Para Rafa, no hubo periodo de adaptación porque se sintió como en casa desde el primer día. Si vuestros niños aún siguen pasándolo mal, tened paciencia, hablad con naturalidad del cole o guardería y pensad que es un proceso que todos hemos pasado y del que muchos ni nos acordamos. No hay una sola forma de afrontarlo. ¿Cómo ocurrió con vuestros hijos?

  • ¡Adiós, guardería! Por qué estoy contenta con la elección

    Para Rafa hoy es su último día de guardería. Una etapa que comenzó con llantos y que coincidió con la época de las rabietas, semanas antes de cumplir los dos años. Acaba con el mismo carácter fuerte de entonces (seguramente el que le acompañe toda su vida) pero lo hace muy feliz y más autónomo. Pero hoy no me voy a centrar en cómo ha cambiado Rafa sino en su escuela infantil. El mediano no ha ido a la misma guardería que su hermano mayor, no porque no estuviese contenta sino porque, en la de Alfonso, los plazos de inscripción son limitados al ser una escuela infantil municipal y, cuando supe que estaba embarazada del tercero, ya era tarde para apuntarle. Pero el caso es que me alegro. Lo digo con sinceridad, estaba contenta con la guardería de Alfonso… hasta que comparé. Aquí va una lista de cosas por las que, si algún día decido llevar a Gabriel, lo haré a la de su hermano mediano:

    Cuaderno final con DVD incluido.

    1. Flexibilidad: Habrá quien opine que una guardería debe tener un horario igual para todos; yo creo que, a esas edades, se debe ajustar a los ritmos de los padres y de los niños. Y si los padres quieren que la criatura vaya dos horas al día, o necesitan que sean 8 horas, pues lo suyo es que la escuela permita ese amoldamiento. En la de Alfonso, quizás por ser una institución municipal, había que recogerles a una hora exacta (de media o jornada completa).

    2. Familiaridad: Yo soy de las que piensa que, cuantos menos niños, mejor; así podrán recibir una atención más personalizada. He visto varias guarderías estos años y en una me quedé sorprendida por la cantidad de críos que había en un solo aula. No fue el caso de la de Alfonso aunque en la de Rafa son muchos menos y hasta la cocinera (fan absoluta del tragaldabas de mi hijo) se disfraza y juega con ellos. Que te envíen fotos y vídeos por Whatsapp es algo que sólo se puede hacer si no hay muchos peques. De verdad, yo agradezco la cercanía y poder escribir a la profe o a la directora en cualquier momento.

    3. Actividades: Cada viernes nos han ido entregando la cartilla en la que la profesora nos escribía las cosas que habían hecho durante la semana y las que harían la siguiente para que, en caso de que fuera necesario, llevásemos material. Ojo, que en la guardería de Alfonso se hacían muchas cosas pero en la de Rafa ha sido increíble, os juro que yo no he visto un niño que se sepa más canciones, que se haya disfrazado tanto y que conozca a Mozart.  Y a eso sumad alguna clase de yoga, de masaje y la posibilidad de que les lleven a natación un día a la semana. Y por supuesto, salidas al parque, excursión con los padres, visita a una casa de aldea con animales… Y por poner, talleres de masaje infantil y Reanimación Cardiopulmonar para los padres.

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    4. Montessori: Yo no sabía de este método hasta hace poco pero creo que es muy interesante ya que se pone el énfasis en la actividad dirigida del niño. Me quedo con uno de los principios de este método: «Concéntrate en el desarrollo de lo bueno del niño de tal manera que sencillamente no quede lugar para lo malo». Qué difícil es llevar a cabo esto. Lo que sí puedo decir es que Rafa es bastante autónomo y, como quiera hacer algo, «apaga y vámonos».

    5. Adaptación: el período de adaptación lo marcas tú, aunque ellas son las primeras que te van recomendando sobre la marcha, en función de cómo ven al peque. Es más, el primer día de Rafa, que fueron dos horas, me dijeron que se quedase también Alfonso, que aún no había empezado el cole. Recuerdo que en la guardería del mayor, el tiempo estaba super marcado: la primera semana, tantas horas; la segunda, otras tantas..y así, hasta un mes. Y no todo el mundo puede permitirse una adaptación tan larga ni todos los niños la necesitan. Los hay que van felices ya los primeros días.

    6. Comida: las dos guarderías, y aquí en Gijón todas las que he ido a ver (en torno a seis), tienen cocina propia. En la de Rafa, además, les dan de merendar.

    7. Transporte: una de las cosas por las que había descartado la guardería de Rafa en su momento es porque no está en mi zona. Y claro, imaginaos todos los días sacar el coche para recoger al mayor en el cole (obviamente sacando al bebé del automóvil) en zona urbana a tope de coches, para montarlos a los dos (sí, ya sabéis el coñazo que es colocarlos a cada uno en su silla) y recoger al tercero. Pero resulta que, por una amiga, me enteré que tenían furgoneta que se adapta un poco, en función también de otros niños, a horarios y zonas. Y es que además, con transporte incluido, el jardín de infancia me salía mejor de precio que la mayoría de guarderías que miré. Obviamente eso es lo de menos si el niño está contento y bien atendido.

    Los últimos dos puntos no son, ni mucho menos, los más importantes, pero suman, claro. En lo que sí gana por goleada la guardería de Alfonso a la de Rafa es en instalaciones. Es un edificio que se construyó hace 6 años para lo que es y, por tanto, no hay ni un sólo escalón, las aulas son acristaladas… vamos, bonita y funcional a rabiar. Insisto, yo estaba contenta con la del mayor y la recomiendo, y además a su profe la conocía de toda la vida y es encantadora. Pero creo que, en ese centro, por lo que os dije de que es municipal, se rigen por unas normas y de ahí no se salen. Y al igual que creo que son necesarias en un colegio, para mí las guarderías son otra cosa así que, si tengo que llevar a Gabriel, lo tengo claro, irá a la del mediano. Gracias Sonia. Y vosotras, ¿estáis contentas con vuestra elección?

     

  • Cuando tu hijo habla más de lo «normal»

    Cuando tu hijo habla más de lo «normal»

    En mi casa no somos precisamente discretos en esto del habla. El mayor ha salido a maridín, los dos hablan por los codos con cualquiera y se detienen a contar cada detalle de un acontecimiento. En esto, Alfonso se lleva la palma; como quiera contarte algo con pelos y señales, ponte a temblar porque se tira diez minutos de reloj para narrarte una jugada de fútbol del recreo del cole. Mientras tanto, el mediano y yo somos muy charlatanes pero a la vez selectivos, en cuanto a la gente a la que soltar el rollo y en cuanto al vocabulario, que ahí no escatimamos. En el post de hoy me voy a detener en el tema de Rafa porque es absolutamente asombroso y, por supuesto, divertido.

    Justo hace dos años que escribí un post sobre cómo hablaba Alfonso y me he dado cuenta de que su hermano mediano le da mil vueltas con la misma edad. ¡Ojo! cada niño a su ritmo pero oye, ahora lo que estoy viviendo es la experiencia de un crío que, con dos años y cinco meses, se expresa con la misma facilidad que un niño de 4 años (eso sí, con quien le da la gana). Dicen que entre las edades de dos y tres años, el vocabulario de un niño aumentará hasta las trescientas palabras (insisto, cada uno a su ritmo) y os aseguro que el gordi hace ya tiempo que es capaz de referirse prácticamente a cualquier cosa. Ya le sorprendió a la pediatra en la revisión de los dos años y ya nos lo dicen en la guardería. Pero vamos a lo divertido del asunto, ¿qué pasa cuándo tu hijo habla más de lo habitual?

    Las "notas" de Rafa de la guardería.
    Las «notas» de Rafa de la guardería.

    1. Utilizan expresiones de mayores, vamos, que no les pegan nada: es frecuente que empiece a contarte cosas con frases como ¿y sabes qué?. Si te da por cachondearte te salta con un ¿de qué te ríes? Y por supuesto, es muy típico que acabe una frase con un ¿sí o no?

    Ahí lo tenéis, el verano pasado, con 21 meses, hablando cual barriobajero 😉

    2. Tienen conversaciones surrealistas para llevarte a su terreno: son capaces de volverte absolutamente loca. He aquí un diálogo (de besugos) de la pasada semana.

    Yo: Rafa, ponte las zapatillas.

    Rafa: ¿Las zapatillas?

    Yo: Sí, las zapatillas.

    Rafa: ¿Las zapatillas?

    Yo: Sí, Rafa, ponte las zapatillas.

    Rafa: ¿Los playeros?

    Yo: No, las zapatillas.

    Rafa: ¿Los playeros?

    Yo: Ponte lo que te dé la gana.

    3. No te dejan hablar por el móvil: Sí, que eso es muy típico de todos los niños y bebés porque les gusta más un móvil que un caramelo. El problema es que, no sólo te lo intenta quitar, sino que mientras tú intentas tener una conversación con tu santa madre, el niño no hace otra cosa más que decir Abuelaaaaa, ¿qué tal? Y venga a hablar y hablar. El problema es que esto te lo hace un crío de 4 años, le dices que deje de charlar que si no no hay parque, y más o menos lo entiende. Con dos años, directamente se la trae al pairo.

    4. Se saben todo el repertorio de canciones infantiles existentes en el mundo: Sí, desde el Señor Don Gato hasta el Patio de mi casa, pasando por los villancicos que, en su caso, son atemporales y se cantan en cualquier situación y momento del año. No exagero si digo que, ahora mismo, ya se sabe casi completas una veintena de canciones, incluyendo el Vivir, vivir de Marc Anthony (pruebas en Facebook). Creo que Alfonso, con esta misma edad, se sabía un par, y como mucho. Esto es divertido para un rato pero a veces resulta una tortura porque me doy cuenta de que voy por la calle tarareando eso de ya lo llevan a enterrar, por la calle del pescado, maramiamiaumiaumiau…

    En fin, el tío es divertido de narices y llama la atención cuando habla, para qué os voy a engañar. No os podéis imaginar la de veces que maridín y yo nos tenemos que dar la vuelta para reírnos porque dice algo que nos deja fuera de bolos. En Instagram cuelgo de vez en cuando algunas de sus perlas (en breve le hacen club de fans). Y vuestros peques, ¿han sido precoces o se han hecho de rogar?

  • Cómo le «quitamos» el chupete a Rafa

    Cómo le «quitamos» el chupete a Rafa

    Los críos nunca dejan de sorprenderme. Das por hecho que no tendrán dificultades para según qué cosas y luego resulta que el asunto se complica más de lo esperado. Y otras veces ocurre lo contrario, que crees que vas a tener que «librar una ardua batalla» para otros menesteres, y luego no hay que llegar ni al primer asalto. Esto último es lo que nos ocurrió con la trama de Rafa y su chupete. ¡Ojo! Que no tenía prisa porque se deshiciera de él pero desde septiembre, coincidiendo con el inicio de la guardería, el crío le había cogido gusto, demasiado.

    Y era algo que me daba cierta rabia porque mis hijos nunca han sido nada «chupeteros». Han usado el chupete lo justo y necesario, es decir, para coger el sueño y en momentos de rabieta; vamos, en el caso de Alfonso, muy poco. Es más, recuerdo cuando, a punto de cumplir dos años, se encontraba el chupete en la cuna a la hora de dormir y se lo ponía en la oreja. Sí, he escrito en la oreja y habéis leído en la oreja. Cosas curiosas de bebés. Y Rafa, aunque usó algo más que su hermano el chupete, no se puede decir que lo necesitara… hasta que empezó la guardería. O al menos, coincidió que, a partir de ese momento, lo pedía también por el día. Y como fue además la época de las rabietas, pues yo no le dije que no en ningún momento.

    Primer día de guardería que le dejó agotado después de tanta lágrima

    Así que yo ya estaba temblando ante el temido momento de que dejara el chupo. Y resulta que una mañana, mientras hacía su cama, Rafa me lo pidió y yo no lo encontraba por ningún lado, ni en el suelo ni entre las sábanas; y mientras lo buscaba, le iba diciendo que no entendía nada, que no estaba por ningún sitio, que dónde estaría el dichoso chupete… Y no, no logré encontrarlo así que cogí uno que tenía guardado de cuando era bebé y que apenas había usado. Era de tetina pequeña, redonda y de silicona, es decir, justo el opuesto al que estaba usando Rafa en ese momento. Se lo metió en la boca y dijo que no quería ese chupete. Le dije que era el único que teníamos y se fue a jugar. Oye, nunca más volvió a pedirlo, como lo leéis. Y de eso, hace ya dos meses.

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    La última foto en la que aparece con chupete.

    Yo no cogí intencionadamente un chupete distinto al que usaba habitualmente. Fue casualidad, era uno que me quedaba por casa y estaba nuevo, así que se lo di por aquello de aprovecharlo. Y sin saberlo, fue la manera de que abandonase el chupete. Por cierto, el suyo apareció debajo del colchón unas semanas después, no me preguntéis cómo demonios llegó ahí mientras dormía 😉 Resumiendo, nunca sabes por dónde van a salir estos niños. Hay madres que deciden cortar la tetina para que el peque vea que está roto y que no se puede seguir usando. En el cole, cuando en Navidad viene el Príncipe Aliatar (algo así como el cartero de los Reyes Magos versión asturiana), hay niños que lo llevan para dejar su tan preciado tesoro para siempre. Habrá mil formas de hacerlo pero la nuestra fue fortuita y sin dramas. ¿Cómo lo hicisteis vosotras?

    Por cierto, he incluido este nuevo sello en el blog porque me han elegido «embajadora» de Babymoov; para mí es una de las mejores marcas de puericultura con unos productos de una calidad extraordinaria y con un diseño muy innovador. ¡Estoy encantada de que me hayan elegido!

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  • Rabietas: qué he aprendido

    Rabietas: qué he aprendido

    Hace unos días tuve una conversación con una mamá que estaba pasándolo bastante mal con los berrinches de su niña. Nos confesamos, mutuamente, que en alguna ocasión, aquello nos hacía derramar lágrimas. No es fácil enfrentarse a la pataleta de un niño o bebé. Es cierto que ellos lo pasan mal pero, ¿y nosotros, los padres? La primera vez que tuve que hacer frente a una rabieta fue hace más o menos un año, cuando Alfonso empezó el colegio y estaba a punto de cumplir tres años.

    Y aún así, no me puedo quejar porque estoy hablando de un niño, no de un bebé, que ya había pasado por otro evento importante en su vida: la llegada de un hermano un año antes. Pero oye, era tan sumamente bueno, que la presencia de Rafa no le afectó negativamente y tenía un carácter que daba gusto. Las rabietas duraron un mes y reconozco que para mí fue duro, perdí los nervios en más de una ocasión y acababa a grito pelao o lanzando un zapato al aire cuando se negaba a que le vistiera. Aquello se le pasó de la noche a la mañana y aprendí que chillar no servía de nada.

    Con Rafa, esto de las rabietas, lo he vivido mucho antes; desde que tenía año y medio ha tenido algún que otro berrinche pero, al ser de forma ocasional, no le das importancia y lo «soportas». Lo malo es cuando entran en una etapa en la que esto sucede a diario, en cualquier momento y, en muchas ocasiones, no tienen una causa aparente que lo justifique. De repente, el crío te monta un pollo porque no quiere que los cojines estén en un sitio o porque quiere tirar la sillita al suelo. Intentas dialogar, le abrazas, le ofreces algo que le guste, un juguete, una galleta, yogur, lo que sea para que intente distraerse…pero da igual, el niño está fuera de sí y además, no sólo llora, sino que se agarra a tus piernas para que no puedas moverte. Y claro, el día que se pasa así una hora de reloj, sin exagerar, acabas por gritarle e intentas despegarle de tus piernas con un zarandeo. Y no, no es eso lo que quiero porque, cuando se me pasa el estrés de ese trago, me siento mal conmigo misma.

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    Y si encima las rabietas van acompañadas de despertares nocturnos o de que el niño o bebé, que siempre ha comido como un elefante, se niegue a zampar, pues la situación puede llegar a superarte. Eso es lo que nos ha pasado las últimas semanas con Rafa y reconozco que me he sentido abrumada nuevamente. Todo a la vez acaba haciendo mella y esas situaciones generan mucho estrés. Personalmente, asocio esta etapa con el comienzo de la guardería, quizás porque Alfonso vivió una etapa similar al empezar el cole, lo cual demuestra que, a mis hijos, lo de la adaptación les cuesta lo suyo. Hay quien dice que es por la inminente llegada de un nuevo hermanito pero yo creo que no es del todo consciente de eso.

    De cualquier manera, después de un etapa así se quedan como la seda. Yo ayer mismo alucinaba viendo a Rafa sin intentar quitarle el balón a su hermano, o de repente me abrazaba y daba besos en la barriga diciéndome «te quiero». Llevamos dos días de paz y confío en que la mala racha haya pasado. ¿Qué sentís en plena rabieta de vuestros hijos?, ¿cómo actuáis?, ¿alguna vez la situación os ha hecho perder los nervios?

  • Primer día de natación con la guardería

    Cada día tengo más claro que una de las profesiones que no está lo suficientemente bien remunerada es la de maestra en una guardería. Sí, sí… los niños y bebés son una monada y muy agradecidos pero también conllevan un trabajo bestial y, cuando lloran, no es fácil mantener la calma. Ayer Rafa fue por primera vez a natación y aquello era cual ópera de Viena: de 15 niños, 10 lloraban. Por supuesto, mi peque era uno de ellos. Aunque no tengo claro si era por la natación en sí, ya que el primer día tiene bien poco de acuático y de hecho mientras estaba en el agua permanecía calladito, o por verme allí, que aún le cuesta cada mañana despedirse de mí o de maridín.

    Observando el panorama

    Una de las ventajas que tiene la guardería de Rafa es que, durante todo el curso, pueden ir un día a la semana a natación en horario escolar. Nuestra idea inicial era apuntar a los dos peques juntos los sábados pero para Rafa no conseguimos plaza en la piscina municipal, así que optamos por la guarde. También tuvimos nuestras dudas de si era o no necesario que aprendiese ya a nadar pero, en este momento, Rafa es la sombra de Alfonso, le sigue a todas partes y monta lío si no puede hacer lo mismo que él. Y como el verano que viene, el mayor se meta en la piscina grande, ya sé a dónde va a tener que ir el otro.

    Todos en el borde de la piscina, en la misma en la que yo aprendí a nadar. Todo se repite 😉

    Y vuelvo a la crónica de ayer porque aquello era para armarse de paciencia. Lo bueno es que es en un sitio deportivo muy conocido de Gijón así que los padres podemos ir allí a vestirles y a ayudar; por suerte para las profes, éramos unos cuantos, sobre todo mamás y abuelos. Pero claro, en cuanto les dejas preparados en el vestuario, los adultos nos vamos a verles desde la grada. Rafa, de primeras, ya no quería ponerse el gorro. Después su guerra fue con los manguitos, acostumbrado a ellos todo el verano y miraba para mí con lágrimas de cocodrilo para decirme que no los quería.

    Fin de la clase, fin de los nervios. Luego le tocó llorar para volver a la guardería, quería venirse conmigo.

    Con tanta llantina, les pusieron a todos sentados y cantaron una canción. Y luego les dieron a cada uno una regadera con agua para que jugaran. Enseguida les sentaron a todos en el borde de la piscina para que se mojaran los pies mientras dos monitores iban metiéndoles uno a uno en el agua. Ya os digo que Rafa, dentro de la piscina genial, pero el resto del tiempo lo pasó estresado. Entre estar en un sitio que no conocen, que varios lloraban y que servidora ya no estaba pegada a él… pues para qué quería más 😉 En fin, una odisea para ellos.

    No tengo muy claro que acabe el curso sabiendo nadar pero todo lo que avance de cara a que en verano esté más seguro, mejor. Son tres peques a los que no voy a quitar el ojo y no será fácil. ¿A qué edad llevasteis a vuestros peques a natación?, ¿os ofrecen esta actividad en guarderías y colegios?

  • Fin de una etapa

    Ya me vais conociendo y sabéis que soy una madre instintiva, no leo libros sobre el embarazo ni cómo cuidar bebés y hago lo que considero mejor para mis niños en cada momento. Intento no volverme loca a la hora de tomar decisiones y, por supuesto, no dramatizo. Pero oye, de vez en cuando me sale la vena «sensiblona» y ayer me dio pena recoger a Alfonso en la guardería por última vez.

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    Ayer salió con su carpeta llena de recuerdos. Y con esta pinta de niño mayor.

    No sé si es porque cogí cariño a su profesora, que casualmente fue mi vecina durante muchos años y sus hijos y yo compartimos juegos. No sé si es porque veía que Alfonso lo pasaba muy bien allí con sus compañeros. Podría ser. Sin embargo, tengo la sensación de que lo que más tristeza me da es saber que ya tengo un bebé menos en casa. En el momento en que pasan al colegio ya son niños.

    Empezó su aventura en la guardería hace diez meses cuando tenía ocho dientes y le quedaba un mes para celebrar su segundo cumpleaños. Ahora no tiene huecos en la boca. Entró llorando y ha salido sonriendo. Cuando emprendió su viaje a la guardería, su mamá (la que aquí escribe) tenía una enorme tripa y ahora tiene un hermano del que ya no puede prescindir.

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    Su primer día no fue fácil acostumbrado como estaba a mamá.Y su aspecto era de bebé, ahora ya no lo tiene

    Comenzó con cuatro pelos y ahora tiene melenaza; aunque no lo creáis, aún no le he cortado el pelo desde que nació, pero no os preocupéis que es genético, yo tampoco tenía mucho pelo de pequeña y ahora lo tengo estupendamente. Así que evitad cualquier comentario sobre el corte de pelo y su posterior «fortalecimiento» 😉 Empezó la guardería acostumbrado a una única compañera de juegos diarios (servidora) y ha terminado con una legión de nuevos amigos. Y lo que más se nota es el cambio en su lenguaje, apenas usaba una decena de palabras cuando empezó y ahora tenemos muchísimas conversaciones con él.

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    A final de curso llegan las notas, en la guardería son especiales y nos dicen todo lo que ya hace nuestro peque.

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    Y nos entregan en una carpeta todos aquellos trabajos que ha ido haciendo el artista.

    Comenzó con pañal y… mañana me pongo en serio con ese asunto. En fin, muchos cambios en poco tiempo, de ahí que siempre quiera disfrutar de mis niños. Dentro de nada, sin haberme dado cuenta, tendré adolescentes que no querrán que les achuche públicamente. Así que os dejo que voy a besuquearles un poco ahora que todavía se dejan. ¡Buen fin de semana!

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