La maternidad cambia las cosas, da un giro inesperado para bien… y para, digamos, «no tan bien». Pero son esas cosas que ya no te importan, que quizás al principio te descolocaron pero que que ya no sufres por ellas. Sabes que tienes excusa, que ya, si eso, volverán a ser como antes dentro de unos años:
–Nunca el desorden te preocupó menos: pues sí, has terminado por asumirlo. Siempre hay alguna pelota o bola de uno o varios de los juguetes de tus hijos danzando por casa, o un coche, o piezas de juegos… La estantería de la habitación de los niños es lo más parecido a un museo de los inventos. Pero no sufres, te conformas con que el suelo esté despejado.
– La suciedad ha empezado a ser relativa: Manos en los cristales, migas en el suelo que te esmeras en hacer desaparecer pero que visualmente ya no te afectan como antes. «No es para tanto», piensas. Recuerdo cuando estaba embarazada por primera vez y vinieron unos amigos con sus dos hijos a pasar unos días a nuestra casa. Taquicardias me daban cuando entraban con arena de la playa 😉 Y ojito, que con la arena aún soy muy maniática. Pero lo demás, lo paso por alto.
–La puntualidad es tu asignatura pendiente: Bueno, vale, a mí me cuesta horrores no ser puntual, porque creo que esa costumbre de hacer esperar a la gente siempre es una falta de respecto pero vamos, digamos que si antes llegábamos antes a los sitios, ahora nunca llegamos pronto ni tranquilamente, sino a la carrera.
– La comida fría o las sobras te parecen un manjar: ¿recuerdas cuando dedicabas un buen rato a prepararte un plato suculento? Y lo digo yo que he sido toda la vida de elaboración mínima y lo de suculento se me queda grande. Pues el día que no tienes que cocinar para las criaturas, que para eso sí que te esmeras un poco por aquello de que lleven una alimentación variada, ese día que comes sola, ni cocinar ni nada. Lo que pilles por la nevera.
– Las gominolas y caprichitos, a escondidas: Mamá, ¿qué estás comiendo?- «¿Yo?, nada, hijo», mientras masticas a toda velocidad unas gominolas, unas patatitas o un poco de chocolate…Vamos, esas cosas que antes comías tranquilamente en el sofá de casa sin que nadie te las robase.
– La ducha, siempre acompañada… o accidentada: lo sé, es un clásico, ducharse está sobrevalorado. Opción A: meterte en el baño con la criatura que, si es un bebé, te hará salir porque llora; si es un bebé-gateador, te vaciará los cajones y la liará con la escobilla; y si es bebé-andador, se subirá al váter y vete a saber qué más… Opción B: dejarle pulular por la casa y ¡sálvese quien pueda! La última de Gabriel fue vaciar entero el árbol de Navidad y quitarles el ganchito metálico a tooodas las bolas.
– Tu coche, un festín para seres vivos o convertido en arca de los tesoros: ¿cuándo fue la última vez que limpiaste tu coche?, ¿qué encontraste? Coches, monedas, un guante y cantidades ingentes de migas que podrían alimentar a la mitad de gaviotas de Gijón. ¿En serio alguna vez pensaste, cuando no tenías hijos, que podrías acumular semejante cantidad y variedad de cosas?
Y al final, te das cuenta de que todo es relativo, de que algún día tu casa volverá a parecer una casa y no una guardería, de que alguna vez todas tus duchas transcurrirán en calma, que llegarás pronto a los sitios porque salir sola de casa no te llevará más de cinco minutos… Todo llegará pero, mientras tanto, ¡bendito descontrol!

Deja una respuesta