Hay dos días al año en que siento que el tiempo se me va de las manos. Curiosamente, esos días en que me paro a pensar en lo rápido que va todo, transcurren durante la Navidad, exactamente en Nochebuena y en Reyes. Hay quien reflexiona cuando comienza un nuevo año o el día de su cumpleaños. A mí, la Nochevieja me sirve para pensar sobre propósitos cumplidos o por cumplir y hacer balance de las cosas que pueden mejorar. Y en mi cumpleaños, como me pilla en pleno agosto, sólo lo celebro pero no, no es un día en el que las cifras me asusten y reflexione sobre el paso del tiempo.
Sin embargo, cuando termina el día de Reyes, me invade una extraña sensación. Ayer me daba cuenta de que ellos, mis hijos, hacen que esta percepción de fugacidad aumente. No sé si es porque con peques, el ritmo que llevamos cada día es brutal. Aunque oye, quizás no tenga que ver directamente con ellos; puede que, cuando mis hijos ya no sean pequeños y tengan 20 ó 30 años, siga sintiendo que esto va demasiado deprisa. Si dentro de 15 años sigo escribiendo el blog, que lo dudo, volveré a escribir sobre esto 😉 El caso es que llega el día de Reyes, en el que finiquitamos la Navidad, y pienso: otro año más que se acaban estas fiestas tan especiales. Y me da hasta pena.






En cualquier caso, lo importante es que las hayamos disfrutado. Eso sí, nada nuevo bajo el sol, aquí en casa tengo niños como motos, que se han acostado más tarde de lo normal, que han comido menos fruta y más azúcar del que comen habitualmente, y ahora hay que intentar volver a la rutina, aunque no empiecen el cole hasta el lunes que viene. Por mi parte, empiezo a darle un poquito más fuerte a esto del running porque soy muy lenta (creo que si digo footing alguien me va a preguntar qué es eso :-0 ) y los Reyes me han equipado muy bien para ello. Y por otro lado, se avecinan cambios en el blog, pero aún sigo dándole vueltas a varias ideas, sin pausa pero sin prisa. En cualquier caso, el objetivo es siempre ir a mejor, ¿no os parece?

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