¿Cómo están los niños? Ésa suele ser la pregunta que me hacen después de interesarse por cómo estoy yo. Así, aparentemente, os diría que mis hijos no han sufrido tras perder a su hermana, a la que nunca llegaron a conocer… Pero sabían que existía, que estaba dentro de mí y hablábamos mucho de ella, la habían sentido moverse al poner la mano en mi barriga y habíamos debatido en varias ocasiones con ilusión el nombre que ponerle, dónde dormiría e incluso ven a diario una habitación de la casa pintada de rosa. Pero con sinceridad creo que no han sufrido tal y como yo lo entiendo, sencillamente sienten cierta tristeza porque han visto que esa ilusión se nos ha ido. Y han estado tristes porque me han visto llorar a mí por ella. La muerte perinatal es difícil de entender hasta para los adultos, cómo no va a serlo para ellos.
Muerte perinatal: cómo se lo dijimos a los niños
Nosotros les contamos lo sucedido en el mismo hospital, la mañana que yo di a luz, cuando vinieron a verme. Les dijimos que la hermanita, que es así como hablamos de ella durante todo el embarazo y como seguimos llamándola ahora, había fallecido y que se había ido al cielo. Nosotros somos creyentes, aunque confieso que este episodio me mi vida me está causando una crisis de fe. Creo que hay que decirles la verdad siempre, tenían que saber que su hermana se había ido. Obviamente, la edad de cada uno les ha hecho sentirlo de distintas formas. Gabriel no se entera y en ese momento sólo estaba pendiente de escalar por la cama del hospital para sentarse conmigo. Si me ve en alguna ocasión llorar,me pregunta si es por la hermanita, porque lo ha escuchado, no porque sepa realmente que iba a tener una hermana, el embarazo es ya un concepto difícil de entender con dos años.
Rafa, que tiene una vida interior muy intensa y una sensibilidad especial, y que ya desde hace mucho habla de vez en cuando de la muerte, hizo preguntas. Fue él quien, desde entonces, cuando rezamos por la noche antes de acostarnos, empezó a decir: un beso para la hermanita. Sé que, el mismo día que se lo dijimos, después fue al parque con mis suegros y le contó lo que había pasado a un desconocido. Y fue él el primero en darme un toque de atención al preguntarme un día ¿hasta cuándo vas a estar así, mamá? Creo que hay que llorar a veces delante de los niños; el dolor y la muerte, por desgracia, forman parte de la vida. Además, si hubiera actuado como si no pasara nada, ¿qué pensarían ellos? Pues seguramente que no la quería, y si no la quería a ella, quizás a ellos tampoco. Una de las imágenes que tengo grabadas en mi cabeza de mi infancia es la de mi madre llorando al enterarse que su hermano, de 33 años, había fallecido. Pero por ellos no puedes hundirte ni pasarte los días tirada en la cama, que es lo que te pide el cuerpo las primeras semanas.

Alfonso al principio no parecía creérselo mucho, no entendía nada, ni que de repente mis padres o mi mejor amiga estuviesen en Tarragona, que es un sitio al que no les asocian. Estaba ya de por sí alterado por las vacaciones y además no exterioriza sus sentimientos, no sé porqué va de duro. Fue más adelante, ya cuando volvimos a Gijón y pasaron unos cuantos días, cuando ya empecé a verle algo triste e, incluso, le he visto desmotivado con el fútbol. A veces, me abraza la barriga, como queriendo entender porqué ahora no hay nada. Y también me dio un toque de atención:
-Mamá, ¿cuánto tiempo vas a seguir acordándote de la hermanita?
-Siempre me voy a acordar de ella.
-Pues entonces no dejarás de llorar.
-Ha pasado hace poco, estoy triste porque se ha ido pero dejaré de llorar.
Hace ya días que no me ven llorar, esas lágrimas se van espaciando, que no desapareciendo. Pero seguimos hablando de ella. En mi mesilla de noche, tengo la foto que hicimos de recuerdo a nuestra hija, una imagen maravillosa en la que se intuye el gorrito y la nariz y se ve su mano «agarrando» mi dedo. Ése es para ellos el único recuerdo de la existencia física de su hermana, a la que no quiero que olviden. Su foto la he puesto junto a otra imagen de ellos tres y a una lámina de la Virgen de Covadonga.
Así es como han vivido ellos esta experiencia que, como dice mi psicóloga, a la que más duele es a una madre, nadie más siente de la misma forma, ni tu pareja, ni tus hijos, ni el resto de familiares. Yo me alegro de que ellos no hayan sufrido, sino que simplemente hayan sentido tristeza. Y me alegro, sobre todo, de que la mencionen en algún momento, uno u otro. Porque no quiero que la olviden, sé que nos ha traído alguna enseñanza aunque todavía el dolor es dolor y no ha pasado a ser solo amor.
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