Por petición popular en Instagram, aquí va la crónica de una fiesta sorpresa de cumpleaños en el que el sorprendido fue mi marido, que cumplía 40 años, y no se coscó de nada. Que de eso se trata, de mantener la sorpresa, cosa que no es fácil cuando juntas a mucha gente. Por supuesto, lo más importante es que los niños no sepan nada, no sé los vuestros pero los míos no guardan un secreto ni dormidos así que, aunque me hubiera encantado implicarles un poco, a sus edades, contarles lo que tramaba era arriesgarme a que lo soltasen. Así que mi primer consejo para organizar una fiesta sorpresa es: si quieres mantener algo en secreto, no se lo cuentes a los niños 😉
En mi caso, mi marido no usa mi móvil ni lo coge para nada pero ojito con los whatsapp y mensajes si dejáis el móvil a la persona que tiene que ser sorprendida. Por otro lado, si no os sale lo del mentir, tendréis que aprender al menos a callar. A mí es que se me pone una mala cara cuando miento que me limité durante un mes a hablar poco en casa 😉 Así que nada, discreción al poder. Dicho esto, os cuento un poco lo que comimos y lo que hice para intentar no complicarme la vida en exceso.
Organizar una fiesta sorpresa: comida y bebida
Como el mismo día del festejo (era a mediodía), no quería liarme a hacer nada en la cocina, el día anterior dejamos ya preparada una ensaladilla rusa, que luego puse en cuencos de plástico reciclable a modo de raciones pequeñitas individuales. Mi madre también hizo una fabada el día anterior, que ese mismo día solo hubo que calentar, también a modo de raciones pequeñas individuales. Aquí es muy típico en los picoteos o aperitivos en las bodas. Y luego, como para mí la tortilla de patata es fundamental y era inviable ponerme a hacer varias, las encargué porque es un plato que te preparan en muchos restaurantes para llevar a casa. Yo las encargué en una sidrería que se llama La Posada Blanca y es de las más espectaculares que hay en Gijón, y el precio es que es de risa, casi no te compensa hacerla en casa para un día normal… Además de eso, allí mismo encargamos croquetas y cogí bollinos preñaos que también es una opción muy asturiana. Eso, más patatitas y ese tipo de cosas teniendo en cuenta que éramos 20 adultos y más de 10 niños. Diré que creí que sobraría algo pero no, me faltó poner unas empanadas, todo sea dicho.

Para el postre ya visteis que quise una tarta especial con las cifras del cumpleaños. La compré en Capin Cake, que al final Silvia me regaló otra pequeñita que puse en medio de la mesa también para decorar durante la comida. Y aparte de las dos tartas, ya sabéis, muchas chuches. Así que mi recomendación es que intentéis cocinar cosas el día anterior (los fiambres caseros suelen ser también una buena opción para dejar hechos el día anterior) y si sabéis de algún bar, restaurante o sidrería que hagan algún plato rico, lo mejor es encargarlo. Luego está la opción catering, pero la verdad es que te sube el precio, aunque obviamente es infinitamente más cómodo y todo te queda más recogido después.

Lo que sí facilitó mucho la labor es que casi toda la vajilla y cubiertos eran de materiales desechables. Así que a la hora de recoger y limpiar, ganas tiempo. Lo compré todo en una nave que hay en Gijón, en la Avenida Príncipe de Asturias, y todo (vamos, platos, cubiertos, servilletas, cuencos para las raciones, etc…) no me costó más de 30 euros. He de decir en este punto también que mi hermano Alfonso se pasó la comida pendiente de ir recogiendo cosas y limpiando fuentes. Y sobre el tema bebidas, se lo encargué a mi cuñado porque vengo de la familia menos alcohólica del planeta tierra, no bebemos ni sidra ni cervezas y no entendemos ni de vino. Así que le pedí que se encargase.


Organizar una fiesta sorpresa: el sitio
Dado que nos juntábamos más de 30 personas, lo de hacer la fiesta en nuestro piso no era una opción siquiera a tener en cuenta 😉 Os he dicho alguna vez que quiero una casa con prao? jajaja.. Pero hasta que la tenga, tiramos de mis padres. Os diré que las previsiones climatológicas me volvieron loca, cada día que miraba había una previsión distinta. Eso sí, nunca anunciaban sol y calor. El jueves, ya medio chiflada, vi que además de frío, iba a hacer mucho viento y la terraza de casa de mis padres es super abierta, vamos, que nos íbamos a congelar. Llamé a mis tíos, que comparten prao con mis padres y les pregunté si podía invadir su terraza, que es recogida y tiene chimenea. Sí, el concepto chimenea (también parrilla) en terraza solo se puede dar en el norte, jaja… Añadimos una pequeña carpa que nos dejaron unos amigos y salvamos el tema de la temperatura y el viento. Luego tuvimos suerte y no llovió así que los niños pudieron jugar en la hierba.



Desde luego, en caso de no tener esta opción, hubiera tirado de merendero, que aquí son muy típicos para este tipo de saraos en los que la gente come en plan picoteo o aperitivo. Es más cómodo cuando vas con niños y seguramente de precio salga mejor que cerrar precio de menú en un restaurante. Aquí en Asturias tenemos la suerte de que, en general, se come barato.
Y dicho esto, creo que ya os he enseñado todo. hubo que contarle una trola muy grande para que fuese a casa de mis padres, donde él creía que iba a arreglar mi coche (que obviamente no estaba estropeado) pero mereció la pena. La fiesta se alargó hasta las 9 de la noche y ya por puro cansancio de los niños se acabó, sino aún estaríamos allí ;-). Sólo queda dar las gracias a mis tíos por dejarnos invadirles, a mis padres y hermanos por la ayuda para mover mesas, sillas y demás de una casa a otra, y a todos nuestros amigos por venir y acompañarnos en un día tan especial. Como os podéis imaginar, maridín disfrutó como un niño.







