Pudo ser el año más bonito de mi vida. Durante meses lo fue. En febrero vi una vez más un positivo en un test de embarazo que me llenaba nuevamente de alegría e ilusión. Mi blog crecía y era finalista en unos premios. Luego llegó la propuesta de escribir un libro. Después la noticia de que el bebé que venía era ¡una niña! Y todo iba bien, y estaba sana. Creía que ya no podía pedir nada más a la vida. Y es que ni se me ocurría pedir nada más, que todo siguiese como estaba, tal y como iba. Creía que 2017 era el año de mi vida. Y lo fue… hasta que mi sueño se truncó. Bueno, no se truncó mi sueño, se truncó una vida y a mí se me rompió el corazón. Porque yo no soñaba con tener una niña, yo la tenía ya. Desde entonces, yo ya no he vuelto a ser la que era, ni lo volveré a ser. A veces, aún creo que no pude pasar por todo lo que pasé. Pero sí, ese recuerdo ya es para siempre. Dolerá cada vez menos, pero está y estará ahí siempre.
Qué he aprendido este año que no me hubiera gustado saber
- Que el dolor de una madre no lo siente nadie más: nadie, ni padre, ni hermanos, ni abuelos… El dolor desgarrador por la pérdida de un hijo, por más que una lo pueda llegar a imaginar, no lo puede entender nadie más que ella. Y ahora sé lo que debió sentir mi abuela materna cuando perdió a su único hijo varón. Sé lo que sintió mi abuela paterna cuando perdió una niña, de la que aún habla, en el quinto mes de embarazo.
- Que no podemos dar nada por sentado: nada, ni la salud ni el trabajo ni nada. Un segundo puede cambiarte la vida. Lo viví al escuchar «no hay latido». Mi vida pasó de ser maravillosa a no tener sentido. Y lo he visto en otras historias este año. De repente, he comprendido que lo que tenemos hoy, no necesariamente lo tendremos mañana. No se trata de vivir con miedo a perder algo sino de vivir sabiendo que lo único que tenemos es el ahora… el mañana, ya se verá. Vamos, que he aprendido que no debo planificar mi vida.
- Que no todo depende de nosotros: He sido toda mi vida una currante, y creo que cada cosa que he conseguido ha sido tras mucho esfuerzo. He pasado, como todo el mundo, por mejores y peores rachas pero iba solventando los problemas a base de fuerza y ganas. Y daba por hecho que mientras siguiera esforzándome, nada se estropearía. Pero no, la vida no depende sólo de lo que uno haga. La suerte, buena y mala, también existen. Yo he escuchado este año demasiadas veces que he tenido mala suerte.
- Que no siempre tenemos lo que merecemos: algunas cosas no se las merece nadie, y perder un bebé es una de ellas. Uno puede merecer tener problemas de salud si come mal, fuma, bebe y es sedentario. Pero supongo que no se lo merece quien decide cuidar su alimentación, quien decide hacer deporte y no fumar ni beber. Pero por desgracia, todos conocemos personas enfermas que no hicieron nada malo para estar así. No, señores, cuidarme no le libró a mi hija de morir. Por eso, no siempre tenemos lo que merecemos ni siempre merecemos lo que tenemos.
- Que la vida es muy frágil: yo ya sabía que a veces las cosas malas llegaban; lo he visto desde que era niña, he visto muertes antes de tiempo, he visto dolor… pero os prometo que sentía que había muchas cosas evitables. Y no, hay cosas que no lo son, hay cosas que no están en nuestras manos, ni en las mías, ni en las de un médico. Hay cosas que se nos escapan.
- Que en la vida también podemos sentir miedo: y eso no nos hace más vulnerables. Tener miedo al sufrimiento y al dolor es humano. Yo creía que ya no tenía miedo a casi nada pero no es verdad. Lo que ocurre es que vivimos pensando que algunas cosas no nos tocarán a nosotros. Pero si nos tocan, es normal tener miedo.
- Que el amor todo lo puede: nunca, jamás hubiera creído que podría echar de menos a alguien a quien solo vi unos minutos, a alguien con quien nunca tuve una conversación, alguien que no pudo mirarme a los ojos ni siquiera unos segundos. Pues os diré que no sólo se echa de menos sino que a veces hasta te falta el aire sin esa persona. El amor de verdad todo lo puede, traspasa el tiempo y el espacio. La pregunta no es para qué estoy aquí sino para quiénes estoy aquí. Ayer vimos la película Coco y uno de sus mensajes más bonitos es que la existencia de los que se han ido depende de que los recuerdos de los que seguimos viviendo. Me hubiera gustado seguir creyendo en el amor romántico, no en el que va más allá de la vida.
No quiero que éste sea un post pesimista; nunca lo he sido, no quiero serlo y trato de recuperar la persona que era, sólo en parte, porque ya nada es ni será igual. Sólo trato de que seamos realistas, de que sepamos que las cosas no tienen porqué ir bien siempre. Que los dramas de verdad llegan solos. Que hay que relativizar y dejar de quejarse por cosas que de verdad no tienen importancia.
Que a veces, en esta vida, nos toca perder.
En cualquier caso, y aunque creáis que este año ha sido un gran aprendizaje, os confieso que ojalá yo siguiera viviendo con esa inocencia con la que viví hasta entonces. Consciente de cuáles eran los verdaderos problemas pero sin conocer ciertas realidades. Os confieso que viviría más feliz con mi niña en brazos y sin haber tenido que aprender todo esto de la forma en que lo he hecho.
Y como le digo cada día a ella y ya pudisteis leer en una carta que le dediqué: la quiero y la querré siempre. Solo espero que 2018 se porte mejor conmigo. Feliz Año.






