Etiqueta: muerte fetal

  • Adiós 2017, el año que pudo serlo todo… y se convirtió en nada

    Adiós 2017, el año que pudo serlo todo… y se convirtió en nada

    Pudo ser el año más bonito de mi vida. Durante meses lo fue. En febrero vi una vez más un positivo en un test de embarazo que me llenaba nuevamente de alegría e ilusión. Mi blog crecía y era finalista en unos premios. Luego llegó la propuesta de escribir un libro. Después la noticia de que el bebé que venía era ¡una niña! Y todo iba bien, y estaba sana. Creía que ya no podía pedir nada más a la vida. Y es que ni se me ocurría pedir nada más, que todo siguiese como estaba, tal y como iba. Creía que 2017 era el año de mi vida. Y lo fue… hasta que mi sueño se truncó. Bueno, no se truncó mi sueño, se truncó una vida y a mí se me rompió el corazón. Porque yo no soñaba con tener una niña, yo la tenía ya. Desde entonces, yo ya no he vuelto a ser la que era, ni lo volveré a ser. A veces, aún creo que no pude pasar por todo lo que pasé. Pero sí, ese recuerdo ya es para siempre. Dolerá cada vez menos, pero está y estará ahí siempre.

    Qué he aprendido este año que no me hubiera gustado saber

    1. Que el dolor de una madre no lo siente nadie más: nadie, ni padre, ni hermanos, ni abuelos… El dolor desgarrador por la pérdida de un hijo, por más que una lo pueda llegar a imaginar, no lo puede entender nadie más que ella. Y ahora sé lo que debió sentir mi abuela materna cuando perdió a su único hijo varón. Sé lo que sintió mi abuela paterna cuando perdió una niña, de la que aún habla, en el quinto mes de embarazo.
    2. Que no podemos dar nada por sentado: nada, ni la salud ni el trabajo ni nada. Un segundo puede cambiarte la vida. Lo viví al escuchar «no hay latido». Mi vida pasó de ser maravillosa a no tener sentido. Y lo he visto en otras historias este año. De repente, he comprendido que lo que tenemos hoy, no necesariamente lo tendremos mañana. No se trata de vivir con miedo a perder algo sino de vivir sabiendo que lo único que tenemos es el ahora… el mañana, ya se verá. Vamos, que he aprendido que no debo planificar mi vida.
    3. Que no todo depende de nosotros: He sido toda mi vida una currante, y creo que cada cosa que he conseguido ha sido tras mucho esfuerzo. He pasado, como todo el mundo, por mejores y peores rachas pero iba solventando los problemas a base de fuerza y ganas. Y daba por hecho que mientras siguiera esforzándome, nada se estropearía. Pero no, la vida no depende sólo de lo que uno haga. La suerte, buena y mala, también existen. Yo he escuchado este año demasiadas veces que he tenido mala suerte.
    4. Que no siempre tenemos lo que merecemos: algunas cosas no se las merece nadie, y perder un bebé es una de ellas. Uno puede merecer tener problemas de salud si come mal, fuma, bebe y es sedentario. Pero supongo que no se lo merece quien decide cuidar su alimentación, quien decide hacer deporte y no fumar ni beber. Pero por desgracia, todos conocemos personas enfermas que no hicieron nada malo para estar así. No, señores, cuidarme no le libró a mi hija de morir. Por eso, no siempre tenemos lo que merecemos ni siempre merecemos lo que tenemos.
    5. Que la vida es muy frágil: yo ya sabía que a veces las cosas malas llegaban; lo he visto desde que era niña, he visto muertes antes de tiempo, he visto dolor… pero os prometo que sentía que había muchas cosas evitables. Y no, hay cosas que no lo son, hay cosas que no están en nuestras manos, ni en las mías, ni en las de un médico. Hay cosas que se nos escapan.
    6. Que en la vida también podemos sentir miedo: y eso no nos hace más vulnerables. Tener miedo al sufrimiento y al dolor es humano. Yo creía que ya no tenía miedo a casi nada pero no es verdad. Lo que ocurre es que vivimos pensando que algunas cosas no nos tocarán a nosotros. Pero si nos tocan, es normal tener miedo.
    7. Que el amor todo lo puede: nunca, jamás hubiera creído que podría echar de menos a alguien a quien solo vi unos minutos, a alguien con quien nunca tuve una conversación, alguien que no pudo mirarme a los ojos ni siquiera unos segundos. Pues os diré que no sólo se echa de menos sino que a veces hasta te falta el aire sin esa persona. El amor de verdad todo lo puede, traspasa el tiempo y el espacio. La pregunta no es para qué estoy aquí sino para quiénes estoy aquí. Ayer vimos la película Coco y uno de sus mensajes más bonitos es que la existencia de los que se han ido depende de que los recuerdos de los que seguimos viviendo. Me hubiera gustado seguir creyendo en el amor romántico, no en el que va más allá de la vida.

    No quiero que éste sea un post pesimista; nunca lo he sido, no quiero serlo y trato de recuperar la persona que era, sólo en parte, porque ya nada es ni será igual. Sólo trato de que seamos realistas, de que sepamos que las cosas no tienen porqué ir bien siempre. Que los dramas de verdad llegan solos. Que hay que relativizar y dejar de quejarse por cosas que de verdad no tienen importancia.

    Que a veces, en esta vida, nos toca perder.

    En cualquier caso, y aunque creáis que este año ha sido un gran aprendizaje, os confieso que ojalá yo siguiera viviendo con esa inocencia con la que viví hasta entonces. Consciente de cuáles eran los verdaderos problemas pero sin conocer ciertas realidades. Os confieso que viviría más feliz con mi niña en brazos y sin haber tenido que aprender todo esto de la forma en que lo he hecho.

    Y como le digo cada día a ella y ya pudisteis leer en una carta que le dediqué: la quiero y la querré siempre. Solo espero que 2018 se porte mejor conmigo. Feliz Año.

  • Qué me ha ayudado a sobrellevar la pérdida de mi bebé

    Qué me ha ayudado a sobrellevar la pérdida de mi bebé

    Han pasado cuatro meses desde que dí a luz a mi hija sin vida. Si pienso en aquellos días, es como rememorar una pesadilla. Y sigue doliendo mucho, muchísimo. Y cada día lloro en algún momento, es inevitable. Es una experiencia que no podré olvidar y que no dejará de doler nunca, porque a la pérdida de un bebé que ya amaba sin haber visto pero habiéndolo sentido, se suma el terrible trance de enfrentarse a una experiencia tan brutal y antinatural como es dar a luz sabiendo que no hay vida. Es desgarrador y os prometo que durante tres meses, creí que me moría yo también. Pero a pesar de todo, ahora puedo decir que he vuelto a vivir, a respirar. Ese dolor tan terrible que me ahogaba, que no me dejaba ver la vida, se ha disipado para dejar un dolor calmado. No he superado la muerte de mi bebé pero sí he aprendido a vivir con ello. Y aunque ya sabéis que unos días soy capaz de disfrutar de las cosas y otros vuelvo a caer, después de cuatro meses, puedo decir que esto es lo que más me ha ayudado a superar esta situación:

    1. Ayuda profesional: Muchos pensarán que los médicos sólo están para sanar el cuerpo. Pero señoras, no hay nada peor que no sanar la cabeza o el alma. Y yo estaba descompuesta. Aunque en un primer momento pensé que no necesitaría este tipo de ayuda, que me ofreció la matrona y yo descarté, después supe que sí, que la necesitaba. No podía hacerlo sola. En mi caso fue y es una psiquiatra especialista en el dolor de la mujer y con la que contacté por una de mis mejores amigas. Y de verdad que me vino muy bien. Además, necesité algo de medicación al principio.
    2. La experiencia de quienes pasaron por lo mismo: hay quienes pensarán que estoy loca pero recuerdo que cuando pasó lo de mi hija, el mismo día que recibí el alta, estaba hablando con una desconocida por teléfono que había vivido lo mismo hace diez años. Era desconocida para mí pero su contacto me lo dio otra persona de mi entorno. Y así me pasó con varios casos, que me vi llamando a varias desconocidas por teléfono; en ellas encontré algo de paz. Me hicieron ver que el tiempo traería calma. Solo quien ha pasado algo así sabe lo que de verdad se siente y me aliviaba saber que, cuando pasase el tiempo, estaría mejor y volvería a vivir. Y así está siendo. Además, he ido a reuniones del grupo de duelo gestacional y neonatal de Asturias, Brazos Vacíos, y allí puedo hablar abiertamente sobre todo lo que voy sintiendo con mujeres que han pasado lo mismo o situaciones aún más dolorosas. Porque las hay.
    3. Mis hijos: os confesaré que tuve una reacción con mis hijos que yo creía muy extraña. Luego he sabido que es frecuente y que es absolutamente normal. Y es que al principio los «rechazaba», es decir, no me hacían feliz porque yo en lo único que pensaba era en lo que había perdido así que era como si me sobraban. Sé que suena fatal pero es cierto y creedme si os digo que me sentía mal por ello. Hubo días que sentía que mi hija me estaba alejando de mis hijos. Sin embargo, en cuanto empecé a respirar un poco, ellos han sido parte de mi medicina. Porque los niños no te dejan caer, no te dejan pensar, no te dejan parar…
    4. El tiempo: lo de que el tiempo todo lo cura no es cierto, hay cosas de las que uno nunca se puede curar, y ésta es una de ellas. Pero el tiempo alivia, mitiga, aplaca… hace que el dolor duela menos. Pero no hace que desaparezca y eso sé que será así siempre, porque he podido hablar con mujeres que lo pasaron hace diez y más años. Y les sigue doliendo. Es más, mi abuela, hoy en día, sigue hablando de una niña que perdió hace décadas en el quinto mes de embarazo.
    5. Permitirme sentir: en estos meses, me han escrito y me han dicho muchas veces que lo estoy haciendo muy bien. Yo no sé si lo estoy haciendo bien o mal, porque nadie sabe cómo enfrentarse a esta maldita situación, pero sí me he permitido sentir sin importarme lo que piense la gente. Me he permitido y me permito llorar cada día, me he permitido reír cuando se ha dado la situación, me he permitido hablar de ello cuando he querido, públicamente, en mis redes, en mi familia…  Y así seguirá siendo, no me siento culpable cuando estoy mal ni tampoco cuando estoy bien.

    Y sí, también podría aquí hablaros de amigas, familia y marido que, por supuesto, no puedo ser más afortunada y me han cuidado muchísimo y creo que han sabido respetar muy bien mis ritmos. También me ha ayudado el cariño que he encontrado en este mundo 2.0, porque he leído cosas verdaderamente preciosas estos meses. Y me ha ayudado el saber que he ayudado a los demás, el saber que de esta historia tan dolorosa, ha salido algo «bueno». Todo esto me ha hecho volver de nuevo a la vida aunque para mí hay un antes y un después desde que perdí a mi niña.

  • Fingir que no duele, duele el doble

    Fingir que no duele, duele el doble

    No voy a pasar página. No ahora. No porque la gente espere que lo haga. No tengo prisa. Hace un mes y medio que di a luz a mi bebé sin vida. Estoy triste y no quiero fingir que no lo estoy. No voy a actuar como si no hubiera pasado, como si fuese la misma, porque no lo soy ni lo seré. Estoy triste. Es como debo estar ante mi nueva realidad, como estaba alegre por la realidad que tenía entonces. Negar mi tristeza sería fingir, y no va conmigo. Me encantaría no estar así y seguir siendo la que era aunque esto, dicen, me vaya a hacer más fuerte. Y no digo que no, pero realmente yo no quería ser más fuerte, no así, no con semejante golpe. No soy valiente, no elegí esto, me ha tocado sin quererlo, sin buscarlo ni hacer nada malo para que me tocase. He aprendido que en la vida hay cosas que se nos escapan. Que por mucha ilusión y esfuerzo que pongas a todo, a veces, que los acontecimientos vayan bien no depende de ti.

    He vivido una situación extrema, he pasado un parto para encontrarme de cara con la muerte, ¿cómo demonios voy a estar bien? Cuando fallece el padre de una persona, a nadie se nos ocurre decir «ya llegará otro» ni «tienes ya una madre». Nadie sustituye a ninguna persona. No sé por qué cuando se muere un bebé que no ha nacido o que vivió poco tiempo tendemos a minimizar el valor de esa vida y el dolor de una madre. Una vida corta, sí, pero para una madre es toda la vida de su hijo. Estoy triste. No hay día ni noche que no vengan a mi memoria recuerdos de aquel maldito día. No hay día que no piense «ojalá tuviera el poder de retroceder en el tiempo». No hay día que no piense cuántos días me quedarían para conocerla como tenía que haberla conocido. No hay día que no me acuerde de que ya la conocí pero no como quería conocerla. Porque cuando se va alguien que ya ha vivido mucho, te quedan recuerdos. Cuando se muere alguien que apenas ha vivido, te quedan ilusiones. Pero rotas.

    muerte perinatal

    Estoy triste. Lloro varias veces al día, cuando me sale. Lloro para desahogarme, para quitarme la rabia. Lloro porque me da la gana, porque me lo pide el cuerpo, en cualquier momento. Porque llorar es lo que hay que hacer cuando la vida te da un golpe. Porque he perdido una hija. Lloro y estoy triste porque está permitido, porque es sano cuando algo te atiza o te desgarra. Lloro porque alivia. Lloro porque estoy sobreviviendo. Lloro porque estoy triste.

    Pero no significa que lloraré ni que estaré siempre triste, no significa que caeré. Significa que viviré el duelo como buenamente pueda, que sonreiré cuando me salga, que a ratos estaré bien pero también tendré recaídas. Significa que lo estoy intentando, que la vida sigue a pesar de que la mía no sea la misma. Significa que seguiré sintiendo dolor pero cada vez menos, significa que no sobreviviré sino que viviré. No voy a olvidar, voy a aprender a vivir con esto, que no es poco. Y voy a estar feliz, eso lo sé. Pero todo a su tiempo.

    «Pretender la invisibilidad del duelo es pretender la invisibilidad de la muerte, de lo perecedero, de la enfermedad; en suma, de la fragilidad de nuestra humanidad.» Freud

     

  • La maternidad que de verdad duele

    La maternidad que de verdad duele

    Me contaron y comprobé que la maternidad era bonita, fascinante, extraordinaria… También escuché y viví que la maternidad es sacrificada, dura, agotadora, ardua…. Pero nunca jamás pensé que iba a dolerme, no al menos si podía evitarlo. Y evité sufrir innecesariamente; si algo me superó, intenté buscar una solución y, si no la había, intentaba no darle demasiada importancia porque no va conmigo, soy así por naturaleza o por las circunstancias. Sí, he vivido la maternidad con sentido práctico e intentando disfrutar cada momento y desdramatizando los problemas del día a día. Sabía que el dolor real existía en algunas familias y por eso siempre tomé la firme decisión de no lamentarme por nada.

    Hasta que el dolor llegó, el de verdad. No el de las noches sin dormir, no el de los puntos del postparto, no el de las mastitis, no el de la frustración por las rabietas… que sí, que son también cosas fastidiosas y por las que sufrí de alguna manera, las he vivido, pero se pasan y no lastiman el alma. Ahora He siento el dolor real, el de la muerte, el del vacío, el de la pena, el del desconsuelo… La muerte de mi hija hace un mes ha dado un giro de 360 grados a mi vida en casi todos los sentidos. Este drama que he vivido, del que tardaré tiempo en levantarme, me ha hecho darme cuenta de que viví la maternidad como tenía que hacerlo. Esta vivencia que me ha tocado, que no es justa, ha matado una parte de mí pero sé que ha hecho salir otra que estaba escondida. Así que, como esta parte de la maternidad también es real, aquí también tendrá su hueco.

    Además, me he encontrado estas semanas con centenares (sí, centenares) de mujeres que han vivido esta experiencia (os he leído a todas sin excepción), que me han escrito contando sus historias, su dolor y el proceso de perder a un hijo que aún no había nacido al que la sociedad cree que hay que olvidar cuanto antes… así que creo que tengo derecho a hablar también de esto y a hacerlo visible, porque existe y porque desgraciadamente me ha tocado vivirlo. Y porque esos bebés existieron y merecen su lugar.

    Al final, aunque tires adelante y hagas un esfuerzo sobrehumano cada mañana por levantarte y por retomar tu vida, hay cosas que no se olvidan. Yo sé que esta semana tendría que hacerme ya la tercera y última ecografía de mi cuarto embarazo. Pensaba que, en cuanto los niños empezaran el cole, podría poner un poco de orden en mi casa y ultimar algunas cosas. Son cuestiones que seguiré pensando, por mucho que intente evitarlo, cada día. Y seguiré sintiendo pena al ver a otras embarazadas sólo por el hecho de que yo debería estarlo, no estoy triste por ellas sino por mí. Pero soy consciente que esa ya no es mi realidad, que no llegará en octubre mi bebé deseada. Y aunque también aquí os cuente historias como las de antes, prácticas, divertidas, alegres… no significará que esté bien sino que lo estaré intentando. Así que, si me lo permitís, seguiré aquí con mi maternidad real, que hablará de alegrías de los que están cerca pero también del dolor por la que se fue, que no debo ni quiero olvidar.

    Y desde aquí, otra vez doy las gracias por todo el cariño, por todos los comentarios, por el respeto que en general he leído, y por dedicatorias como ésta «Madres en la tierra y en el cielo» . Sólo hubo un medio de comunicación que hizo de esto algo morboso, pero ni voy a mencionarles. Mañana toca un post divertido, porque mis hijos en la tierra siguen haciendo de las suyas. Y cuando sienta que mi niña del cielo me enseñe algo, aunque ahora no sea capaz de ver nada bueno de su marcha antes de tiempo, os lo contaré.

  • El día que conocí y despedí a mi hija

    El día que conocí y despedí a mi hija

    Mi hija murió el 3 de agosto. Y nació el día 4. Morir antes de nacer, dar a luz sin vida, sobrevivir a un hijo… una maldita incongruencia, una vivencia antinatural por la que nadie, nunca, jamás, bajo ningún concepto, debería pasar. Tres semanas después de perder a mi hija en mi interior, sólo puedo deciros que el alma se queda rota y el cuerpo vacío. Porque a estas alturas yo debería estar contándoos cómo fueron nuestras vacaciones en un cámping, cómo quedó la habitación de la niña pintada de rosa, cómo estaban mis varices… pero no, estoy aquí escribiendo sobre la muerte. Una muerte que nunca pensé que pudiera ocurrir, una muerte que en realidad nunca debió ocurrir… pero que ocurrió. Aquí os conté durante meses todo sobre mi embarazo, con la mayor ilusión del mundo, y aquí hoy os cuento cómo y porqué perdí a mi hija, con la tristeza más pesada del mundo.

    Primera visita a Urgencias

    No sé en qué momento empecé a sentir que mi bebé se movía menos dentro de mí porque con las vacaciones, el calor y los cambios de rutina, me resulta imposible saber el día exacto. Pero sí sé que hubo un momento en que ya fui consciente de que llevaba 24 horas sin percibir nada así que tomamos la decisión de ir a Urgencias al Hospital Santa Tecla de Tarragona, previo paso por un ambulatorio en el que no pudieron resolver nada al no haber especialistas. En aquel trayecto en coche me puse en lo peor. Nos atendieron rápido ya que no había ninguna paciente en ginecología y ¡alivio, había latido! La ecografía mostraba que todo estaba en orden, el tamaño del bebé correspondía con las 28 semanas de gestación, la placenta estaba aparentemente bien, la frecuencia cardíaca del bebé durante la hora que estuve monitorizada era buena… Así que imaginaos la alegría. Eso sí, como había poco movimiento fetal decidieron darme cita al día siguiente (eran ya casi las 9 de la noche) para hacer otro control y una ecografía doppler.

    Segunda visita a Urgencias

    Ya no hubo tiempo a ningún control más. De madrugada, empecé a sangrar y a perder líquido. De nuevo, nos fuimos a Urgencias. Volví a tumbarme en la misma camilla en monitores, la misma matrona que me había visto horas antes empezó a buscar el latido del bebé en mi barriga y nada, fueron los segundos más angustiosos de mi vida. El mismo ginecólogo de la visita anterior vino rápidamente con el ecógrafo, no necesitó más que unos segundos para darse cuenta de que efectivamente, no había latido. Me lo dijo sin poder creer lo que estaba pasando, no olvidaré jamás aquello. Y nos dejaron solos, rotos, desconsolados, en shock, llorando la pérdida… Me ingresaron, las primeras horas las pasé conmocionada, me explicaron con mucho cariño cómo iba a ser la dinámica para dar a luz.

    muerte fetal

    Pasé el día entero tumbada en la habitación del hospital, sin comer, en shock… mientras mis padres viajaban desde Gijón en coche. Sólo hablé por teléfono con mi amiga Ceci, que lloraba más que yo y que, sin pensárselo, también cogió el coche con su marido y su hijo para hacer los 800 kilómetros que nos separaban. Y durante ese día, me pusieron prostaglandina para ir avanzando. Hablamos con el personal sobre si ver o no a nuestra hija, cosa que ellos nos recomendaron para superar el duelo. Yo tenía claro que quería conocer a mi hija.

    El parto

    ¿Cómo iba a enfrentarme a un parto así? No tenía ni idea, creo que seguía en shock. Llegó el momento y di la cara sencillamente porque no quedaba otra opción. Sobre las cuatro de la madrugada empezaron las contracciones, llamé a las enfermeras, y fui andando a dilatación, mientras lloraba y lloraba. Estaba de 5 centímetros, pedí la epidural, no quería sufrir físicamente. Después oímos llorar a un bebé que llegaba al mundo mientras escuchábamos en monitores los latidos de otros dos, pero ninguno era el corazón de nuestra hija y cada poco llorábamos. La epidural dejó de hacer efecto, me pusieron más pero creo que mi mente sufría tanto que ya no era capaz de separarse del cuerpo. Pasamos al paritorio y me pidieron que empujara, lo pienso ahora con cierta distancia y no sé cómo se puede hacer algo así sabiendo lo que vas a encontrarte. Y ella nació, la taparon, se la llevaron y yo miré el reloj de la pared, vino al mundo a las 8:10 horas aunque ya se había ido antes. Después salió la placenta y el ginecólogo que atendió el parto nos dejó caer que tenía un aspecto extraño.

    Unos minutos después, se abrió la puerta y allí nos traían a nuestra pequeña, con gorrito y envuelta en una mantita, como si estuviera dormida, preciosa, igualita a Rafa, con el que además podría haber compartido fecha de cumpleaños. Sentí tanto dolor y amor a la vez cuando la vi. En aquel espacio derramamos tantas lágrimas, la acaricié tantas veces, la besé, la quise tanto… con ese dolor tan insoportable de saber que tenía que decirle adiós para siempre. Imposible explicarlo con palabras. Nuestro recuerdo de aquel momento es una foto de su mano junto a la mía que guardaremos para nosotros siempre.

    La causa y la culpa

    Ya en el mismo hospital, en el que después de dar a luz estuve ingresada 24 horas, nos dijeron que la niña estaba sana, que algo había fallado en la placenta pero que no se pudo prever. Cada vez que pienso que sólo unas horas antes del fatal desenlace habíamos estado en Urgencias y que todo estaba aparentemente bien me pregunto porqué no fui días antes, cuando ya noté que la niña se movía menos. Aunque realmente no sé hasta qué punto hubiera podido salvarla teniendo en cuenta que su corazón latía con fuerza sólo horas antes de morir cuando ya llevaría unos días con la infección. Pero reconozco que me sentí culpable por estar pendiente sólo de mis tres hijos y no estarlo de ella. La necropsia diagnosticó «Corioamnionitis aguda», una infección de la placenta que, en este caso, no se había podido intuir porque lo normal es que haya síntomas en la madre como fiebre, dolor abdominal, taquicardia en feto o madre… pero no, ni para eso me pongo enferma, nada. Tampoco sabemos qué bacteria produjo la infección ya que todos mis análisis han dado negativo en las más comunes como toxoplasmosis, citomegalovirus. listeria… Muy mala suerte, nos han dicho tantas veces.

    Cómo me siento

    Pues como la sinceridad sí es mi fuerte, aquí va una dosis de realidad: destrozada. El dolor de algo así es imposible de explicar. Para muchos, hay que pasar página y ese bebé cae en el olvido porque no lo han conocido. Pero yo sí la vi, pasé meses sintiéndola dentro, imaginándola… la traje al mundo, la besé y amé, como cualquiera de vosotras cuando disteis a luz y visteis a vuestros hijos, que no hacen falta más de dos segundos para que esa persona se convirtiese en vuestro universo. La gran diferencia es que yo tuve que despedirme de ella en ese momento, lo cual hace ese amor que sentí más grande, si es que se puede. Ella existió aunque solo sus padres y unos médicos pudieran verla. Y soy madre de cuatro, madre en la tierra y en el cielo.

    Creo que la vida ha sido cruel conmigo. La maternidad es para mí lo más grande, lo supe desde siempre, nací para esto. Y he deseado cada hijo que he tenido, nunca he pedido demasiado a la vida, sólo quería que vinieran al mundo sanos. Pero reconozco que perder mi única hija ha sido especialmente desalmado… Después de tres niños, la ilusión de una niña, con la que no contaba hace unos meses, pero que llegó como un regalo, me tenía emocionada. Quizás tenía ahora una vida demasiado perfecta, y eso se ve que no es posible, que por algún lado te tiene que caer. A veces me pregunto si es que quería demasiado, ya tuve tres embarazos perfectos, tres hijos estupendos y me empeñé en tener un cuarto bebé porque creí que aún seríamos más felices pero, ¿es malo acaso querer más familia?

    En estas semanas me he visto a ratos fuerte, hundida, conmocionada, con ganas de salir adelante, con ganas de mandar todo a la porra, me he visto llorando a diario sin consuelo, con rabia, con impotencia… Mi mente sigue imaginando cómo debería estar todo si no hubiese sufrido este palo. Pero no, mi realidad es que vivo un postparto sin bebé, que he parido 4 veces y que a mi lado solo tengo a tres de mis hijos, mi realidad dista mucho de ser la que estaba prevista. Pensé en abandonar el blog porque no sé cómo enfrentarme ahora a contaros cosas sobre la maternidad cuando he vivido uno de los golpes más fuertes que se puede vivir como madre. Pero luego me di cuenta de todo el trabajo que llevo haciendo estos años, en los frutos que desde hace un tiempo estoy recogiendo, de la gente que he conocido a través de este mundo, del cariño que he recibido tantas veces… así que seguiré, no sé de qué manera porque no sé si la Carmen que era volverá, o será más fuerte, o más vulnerable, o más triste.

    Agradecimientos

    No puedo terminar este post sin agradecer tantas cosas a tantas personas. A mi marido, por no separarse y porque sé que no me va a dejar caer en este proceso, por las conversaciones que tuvimos en aquel hospital sobre la vida, por ser mi todo. A mis padres, por estar a mi lado en todo momento. A mis suegros, por cuidar de mis tres hijos. A mis hermanos, sobre todo a Alfonso, por estar tan pendiente de mí. A mis mejores amigas Ana, Ana María y Ceci, que viajó 800 kilómetros para estar a mi lado, y a todas las que estuvisteis esos días abrazándome en la distancia. A mis amigas de redes, Isabel, Andrea, Paloma… y otras tantas que me enviasteis un enorme cariño… Y a las miles de personas que me escribisteis estas semanas, a las que cada día seguís escribiendo preguntando cómo estoy, a las que me habéis escrito cosas preciosas… Y gracias a aquellas que vivisteis esta terrible situación y la habéis compartido conmigo, que habéis sido decenas, como María y Ana.

    Y gracias al increíble equipo médico del Hospital Santa Tecla de Tarragona. Por el afecto, el cariño, las palabras, los abrazos, los besos… no tengo palabras. Gracias al doctor Jordi por su profesionalidad y servicio, gracias a Irene por su cariño, gracias a Mar por sus besos y lágrimas, gracias a Dolores por sus palabras y gracias a Mariela por el mimo y afecto durante el parto. Gracias porque no he visto un equipo humano semejante y me sentí querida en el drama que viví.

    Y no sé cuánto, no sé cuánto voy a soportarlo 
    Y no sé dónde, no sé dónde voy a dar sin ti 
    Y no sé cómo, no sé cómo lograré olvidarte 
    No sabes cuánto me duele este adiós

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