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  • Cómo afrontar el miedo

    Cómo afrontar el miedo

    Escribo este post ya de noche. Los niños están acostados así que, en este instante, consigo cierto descanso mental; hay silencio, nadie esté gritando «mamá», ninguno discute por un juguete, ninguno te persigue de punta a punta de la casa, ninguno llora, ninguno te pregunta algo sobre sus tareas del cole que, por cierto, hay cosas que ni recordaba. Por fin a estas horas logro encender el ordenador. La verdad es que hubiera podido sacar un ratito para ello esta tarde pero preferí hacer deporte. Porque además, dos proyectos bonitos, uno en Madrid y otro en Francia, se han quedado en nada por el momento. Y es fácil que nos vengamos abajo ante un futuro incierto.

    Aún así, quiero continuar creando contenido en redes, y más que nunca, con el propósito de que el ánimo no decaiga. Si perdemos eso, lo habremos perdido todo. Nos enfrentamos a una situación que, como sociedad acostumbrada a tener casi todo, nos está haciendo tambalear. Aquello que nos parecía seguro, ha dejado de estar ahí. Aquello que creíamos que pasaba lejos, está ocurriendo aquí. Dos veces en mi vida estuve en un túnel, una ya sabéis que más que túnel fue agujero. Sentí que no respiraba. Lo que sucedía no tenía sentido, no tenía lógica, era antinatura y no, no podía ser real porque eso nunca crees que te va a pasar a ti.

    Cómo afrontar el miedo

    El tortazo de realidad es pistonudo. Zas, en toda la cara. Y te fastidias, porque así es la vida y no puedes pedir explicaciones a nadie. Porque te ha tocado. Y punto. Así que hay dos formas de afrontar lo malo que llega: o le haces frente o te quedas en el barro. Sentir miedo es normal en ciertos momentos; perder el control y entrar en pánico es lo que debemos evitar.

    1. Acepta: sólo cuando aceptas lo que pasa y no rehuyes, empiezas a mirar a la cara al miedo, al dolor, a la ansiedad. Hay situaciones que son así, que no las elegimos, que llegan y no puedes cambiar lo que ha ocurrido ni lo que ocurre. Aceptar no significa resignarse, es asumir que algo ha pasado y es el primer paso para tomar el control.
    2. No te recrees en pensamientos: llorar para sacar lo que llevamos dentro, sí. Recrearse en lo que podría pasar, en lo que ha sucedido o puede suceder, no. ¿Para qué imaginar, suponer, sospechar o entrar en bucle sobre qué podría ocurrir ? Sobre todo porque, aunque no nos guste, hay cosas que no dependen de nosotros.
    3. Selecciona la información y evita la sobreinformación: si sientes que necesitas continuamente saberlo todo, si quieres leer todo cuanto se publica, debes evitar la sobreinformación y evitar aquella que es negativa. Porque de verdad que Internet tiene cosas maravillosas pero cuando estás pasando por una mala experiencia, cualquier opinión, cualquier información es susceptible de que nos montemos una película o que nos pongamos en lo peor.
    4. No abandones hábitos ni aquellas cosas que te gustan: si quieres salir del bucle de los malos pensamientos, lo que nunca debes hacer es abandonarte ni abandonar tus hábitos. Date un tiempo para asumir pero no abandones por desidia o dejadez, ocupa tu tiempo. Recuerdo que en ese momento de mi vida en que estuve en el abismo, nunca me negué a esos planes que me proponían para, al menos, conseguir que cada vez llorase menos. Leer, estudiar, hacer deporte, ver la tv, bailar… pueden ser tus aliados estos días.
    5. Imagina y piensa todo aquello que quieres hacer: No sé vosotras pero si algo me ha ayudado a salir adelante en situaciones duras es pensar en todo aquello que quiero hacer en la vida. Y a mí, personalmente, se me ocurren tantas cosas.

    Os mando todo mi cariño estos días. Sé que estaréis cansadas, agobiadas, asustadas, cabreadas por todo lo que pasa, por cómo ha ocurrido todo, nerviosas por saber cómo transcurrirán las cosas. Lo que no depende de nosotras, no podemos cambiarlo. Lo que sí depende de nosotras es cómo lo afrontamos. Estos días me vienen a la memoria escenas de «La vida es bella», recordando cómo podemos hacer la vida de los demás más bonita incluso en las situaciones más complejas.

  • Miedos y otras fobias infantiles

    Miedos y otras fobias infantiles

    Creo que no hago ningún descubrimiento al decir que casi todos los niños tienen miedo a algo. Y me refiero a niños, no a bebés. Vamos, ahora mismo preferiría dejar en brazos de Papá Noel a Gabriel antes que a Alfonso. Sí, porque los bebés, y no hace falta que sean tan pequeños como el que tengo en casa, no suelen tener miedo a casi nada. Vamos, que gatean y no hacen otra cosa que ir a los sitios más peligrosos mientras que, con la edad, van «cogiendo respeto» a según qué situaciones. En cualquier caso, lo de mis hijos mayores es ya algo patológico. Sí, Alfonso y Rafa tienen miedo al ruido y, claro, eso implica muchas cosas. Eso sí, ellos ya pueden hablar y gritar a mil decibelios que eso no les molesta en absoluto.

    La última coyuntura en la que el temor les paralizó fue el viernes pasado durante un partido de fútbol de Alfonso. Allí estábamos la «family» al completo chupando frío (a cubierto pero en exterior) en uno de esos días en lo que cayeron chuzos de punta y los rayos y truenos daban pavor. Vamos, con deciros que yo me había puesto hasta calcetines térmicos… De repente, empezó a caer una granizada del demonio y la cubierta de chapa de la pista de fútbol hacía un ruido un tanto atronador pero tampoco como para que uno de mis hijos se pusiera a llorar y el otro se tapara los oídos.Ver a un portero con las manos pegadas a las orejas resulta extraño 😉

    A Alfonso le dije que la cubierta de la pista era vieja y por eso hacía mucho ruido y más o menos se tranquilizó. Eso hasta que sonó un trueno tremendo y el pobre salió corriendo y llorando de la pista para subirse a los brazos de su padre. Los demás niños se quedaron un poco paralizados pero ninguno se fue del campo cual torbellino. Menos mal que quedaban sólo unos minutos de partido. Y mientras tanto, Rafa lloraba en brazos de mi padre. Se pasó el partido entero diciendo «llueve mucho» y «Rafa asustan truenos». Una vez, nos dijeron en la guardería que el niño es «constante» cuando quiere algo. No, la palabra para definir al niño es pesado 😉 Y cuando se le mete algo en la cabeza puede pasarse media hora diciendo lo mismo. No exagero. Pero ni un pelo estoy adornando esto de que el niño repite las cosas.

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    Cara de susto previa a la tragedia al notar que suben los decibelios hace un año y medio…

     

    Lo del miedo de mis hijos ya no me sorprende, no me impactan sus reacciones porque les pasa a menudo. En verano, cada vez que vamos a una fiesta de prao y hay voladores, ya tenemos el drama montado y hay veces que hay que alejarse del «peligro» para hacer terapia. Por no hablar del hecho de que Alfonso no quiera ir al estadio de fútbol a ver al Sporting porque le da miedo. Lo dice abiertamente: es que la gente grita. Fue una vez hace más de un año y aún lo tiene en mente, no hemos vuelto. Y yo tengo en la cabeza la de veces que me pedía ir al baño con tal de no tener gente gritando alrededor.

    Y Rafa más de lo mismo en según qué sitios. Es entrar en los típicos salones del niño (tipo Mercaplana) y querer salir huyendo. O en sitios donde hay muchas atracciones. En la Semana Negra de Gijón el verano pasado, su cara era un poema. En fin, no sé a quién han salido estos niños porque servidora, de temerosa, no tenía nada de pequeña. Y los vuestros, ¿a qué tienen miedo?

    Recordad que seguimos de sorteo hasta el domingo.

  • Cuándo llevar a los bebés a la piscina

    Este fin de semana llevamos a Rafa por primera vez a la piscina, obviamente cubierta. Una cosa es que haga buen tiempo y otra es meter a los críos en el agua al aire libre en abril. A Alfonso también le llevamos por primera vez a la piscina cuando tenía cinco meses. En su momento, lo hicimos por aquello de hacer cosas nuevas con el peque, no pretendíamos que aprendiese a nadar a esas alturas de su vida.

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    Alfonso, por primera vez en la piscina, año 2011.

    Su reacción fue muy buena; no quiero decir con esto que se lo pasase bomba, pero no lloró ni cuando decidimos sumergirle la cabeza en el agua. Simplemente puso cara de susto, parecía preguntarse qué narices hacía allí. Repetimos otras dos veces aquella primavera, enseguida llegó el verano y descubrimos que Alfonso sentía pasión por el agua. Le poníamos en la orilla y cada vez que llegaba una ola y le cubría se partía de la risa. Y en cuanto empezó a gatear, se iba solo hacia el mar. Llamaba la atención de los paseantes.

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    Alfonso en la playa, uno de los sitios que más disfrutó en su primer verano.

    No sabemos si tuvo algo que ver el hecho de llevarle pronto a la piscina con su pasión por meterse en el agua, pero el caso es que con Rafa hemos repetido. Su reacción este fin de semana fue la misma que la de Alfonso en su momento, cara de alucinado y ni un llanto al meterle la cabeza en el agua. Me imagino que ese contacto temprano con el medio acuático les ayuda a perder el miedo.

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    Alfonso y Rafa, este sábado.

    Es más, con Alfonso viví el susto más grande de mi vida el pasado verano, cuando se cayó vestido y sin manguitos en la piscina de unos amigos. Me lancé a por él, vestida y embarazada de casi siete meses, y cuando le saqué lloraba; enseguida me di cuenta que había llorado por el susto, no por el agua, y es que, a los pocos minutos, quería meterse otra vez. Mi objetivo para el verano que viene es que Alfonso aprenda a nadar sin manguitos. Y confío en que Rafa reaccione en el mar tan bien como lo hizo Alfonso la primera vez.

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