Este año, debido a mi trabajo, hemos pasado sólo diez días fuera de Asturias pero ha sido el tiempo suficiente para aprender cosas nuevas. Y no me refiero al lugar donde veraneamos, Torredembarra (Tarragona). Primero, porque hace ya años que vamos al mismo sitio al tener un apartamento mis suegros allí. Y segundo, porque no hay nada que lo haga un lugar especialmente interesante o bonito, desde mi punto de vista. Eso sí, playa, toda la que queráis, llegar a la orilla es como cruzar el desierto del Sahara. A lo que íbamos, las vacaciones con niños son divertidas, a la vez que estresantes, porque descubres cosas nuevas:
- Como se te ocurra ir a un sitio con el típico trenecito turístico «la has liado»: nadie te libra de un paseo por el pueblo en cuestión y, como se pongan pesados, te toca repetir. Peor aún es tener en el paseo marítimo varios puntos con atracciones, castillos hinchables y camas elásticas. Prepárate para gastarte «las perras» porque, si en tu época costaba 100 pesetas el viajecito, ahora te «clavan» 3 euros. Ver para creer.
- Descubrir que tu hijo pequeño le tiene pánico a los chorros de la piscina y además grita «pipí» cuando se acerca a alguno: lo cual te obliga a decir bien alto «Que no hijo, que es un chorro de agua» para que la gente de la urbanización no se alarme pensando que tu peque está orinando por todos lados.
- Si tus retoños son capaces de abrir las duchas de las piscinas, harás ejercicio: básicamente, salir de la piscina una y otra vez si estás dentro, o levantarte otras tantas veces si estás tumbada en la toalla.
- Da igual que tus hijos tuviesen miedo al agua al empezar el verano porque, en cuestión de días, no querrán salir de la piscina o del mar: Y si en vez de una temperatura de 20 grados, el agua está a 25, entonces habrá disgusto asegurado porque aquello les parecerá caribeño.
- La tonalidad de piel bronceada de tus descendientes se te olvida durante el invierno: cada verano te vuelves a reencontrar con un color, casi parecido al de otra raza, que habías olvidado por completo y que crees que nunca habían tenido. Pero no, miras las fotos de los veranos anteriores y, efectivamente, estaban negros. Y eso, poniéndoles crema con protección total, de esas que te dejan el cuerpo blanco hasta cuando sales del agua.
- Y por último, descubres que cada día odias más los peajes: Sí, son caros de narices pero los aborreces porque, si el coche hace un efecto somnífero sobre los niños, los malditos peajes les despiertan. Y no sólo eso; tratas de evitar aquellos en los que hay personas con las que tienes que cruzar tres palabras (suficientes para despertar a las pequeñas fierecillas) y ahora resulta que los que son automáticos te hablan, manda… Si alguna persona de las que me está leyendo es responsable de la creación de estas máquinas, por favor, hagan los pertinentes cambios. Ningún ser humano va a contestar a un artilugio.
Y esos han sido mis nuevos descubrimientos los días que hemos pasado fuera aunque os aseguro que este verano está siendo para mí toda una revelación en cuanto a los peques. Me lo reservo para otro post. ¿Qué descubrimientos habéis hecho este verano?
























