Llevo toda la vida oyendo a mis padres aquello de que, cuando venía gente de visita a casa, nos poníamos como motos; la palabra que usa mi progenitor concretamente es excitación. Mis primas dicen recordar que entraban con cierto temor a nuestro hogar; yo creo que exageraban un poco con eso del pánico pero lo que sí puedo corroborar es que mis padres se acercan bastante a la realidad con sus afirmaciones porque empiezo a vivirlo en mis carnes y de verdad que estos críos me dejan alucinada.
Este fin de semana se quedó una amiga nuestra en casa y fue entrar por la puerta y las dos fierecillas debieron pensar que había fiesta. Sí, sólo una persona ajena a su mundo rutinario es suficiente para que abran la veda y se agiten más de lo habitual en ellos, que no es poco. No sé qué demonios pasa en sus cerebros en este instante que les hace interpretar que ya no hay que comer lo de siempre, que hay que irse a dormir a las mil, que pueden hablar sin descanso… Alfonso en concreto, que ya es charlatán de por sí, se convierte es un ser cuya lengua no descansa y hace todo tipo de preguntas. Y por supuesto, saca todo su arsenal de juguetes, a ver si hay suerte y juegan con él a todo.
Y todo esto recién llegados del hospital con la brecha calentita de Rafa en nuestros pensamientos. Pero da igual, para ellos es como si lo anterior no existiese. Y Alfonso se emociona tanto que, de repente, llegan los de Telepizza a casa y cree que debe informar a la invitada de tal acontecimiento aunque para ello haya que entrar en el baño donde la pobre se está duchando.
Y a ver quién saca al niño de allí sin entrar ningún adulto que acabe por perturbar totalmente a la mujer, tal cual lo cuento. Y me asomo en el baño intentando persuadir a la criatura de que lo de la ducha es algo un poco íntimo pero, sentado en la tapa del wáter, me contesta que quiere ver cómo se ducha. Esto me pasa por dejarles entrar en el baño cuando yo me acicalo.
Pero vamos, no os penséis que les pasa sólo con gente que ven poco. Mi tía tiembla cuando ve aparecer a Alfonsito porque sabe que no va a dejar descansar a nadie, sobre todo a sus hijos, es decir, a mis primos. Es verlos y ¡al ataque! Que si quieres jugar a esto, que si porqué haces lo otro, que porqué no vamos a este sitio, acompáñame aquí, allá… un «sinvivir» fruto de la agitación del momento. En fin, enseguida nos toca ir a Galicia a casa de unos amigos, que ellos vengan aquí, ir a ver a los abuelos de Zaragoza… ¿Notáis cómo se revolucionan cuándo llega gente a vuestra casa?