Si algo he aprendido en la vida es que las experiencias duras te transforman. Unas más que otras, sin duda. Cuando vives algo extremo en tus carnes, tu propia existencia se tambalea para luego volver a su sitio pero cambiando tu perspectiva. Mi viaje a Jordania, al campo de refugiados de Za’atari, en la frontera de Siria, no ha transformado mi vida porque yo he vuelto a mi casa, con mi familia y con las circunstancias de siempre pero ha cambiado mi visión de una realidad compleja como es la de los refugiados. Personas, como podríamos ser tú y yo, que se han visto obligadas a dejar sus casas con lo puesto por una guerra, es este caso. Personas desplazadas que no han tenido otra elección que abandonar su país.

Este viaje con Unicef me ha servido para ver que estamos anestesiados, que ya hemos visto y hemos oído tanto en medios de comunicación que nada nos sorprende ni nos llama la atención. Quizás por eso, vivimos de espaldas a una realidad en la que viven millones de personas y que no hace tanto, vivieron nuestros familiares. Fijaos que haber pasado un verano, hace más de 20 años, con una niña acogida en nuestra familia, en aquel momento refugiada por causa de la guerra de Bosnia, siempre me hizo tener cierta empatía con estas personas. Pero no, hasta que no les miras a los ojos y ves cómo viven, cómo duermen o lo que comen, no eres del todo consciente y no eres capaz de ponerte en su piel. Porque desde este primer mundo en el que vivimos, todas esas personas que vemos que pasan hambre, que mueren por enfermedades que aquí ya ni existen o que viven en condiciones inhumanas son solo números, sin darnos cuenta de que tienen historias como las nuestras, hijos como los nuestros, sentimientos como los nuestros. Historias que, por qué no, podrían ser las nuestras.
Este viaje también me ha servido para ver in situ que todas esas donaciones que hacemos a Unicef sirven, y no sabéis de qué forma. La labor que teníamos en el llamado #RetoRescate era conseguir sufragar 25.000 kits con un coste de tres euros cada uno y que incluían:

El reto se consiguió en ese viaje y finalmente nos animamos a subir a los 30.000, de los que ya estamos muy cerca, así que si te animas, este es el enlace para donar, son solo tres euros que para nosotros es poco o nada pero que para otros supone cambiar o salvar la vida. Fue tremendamente emocionante ir leyendo vuestros mensajes esos días contándome vuestra enorme generosidad y la de vuestros hijos, de verdad que en ese momento fui tan consciente de todo el bien que podemos hacer a través de las redes sociales, que todas las cosas malas que veo de las redes hoy en día se quedan en una anécdota.

Quiero que sepáis que Unicef está cambiando la vida de miles de personas. Que, en concreto, en ese campo de refugiados, cientos de niños están recibiendo educación para no ser una generación perdida, que miles de niños están siendo vacunados y que las familias que están allí pueden acceder a agua potable, entre otras cosas. Así que fijaos si se está salvando la vida a mucha gente con vuestra ayuda.

Sólo puedo daros las gracias por vuestro apoyo esos días. Ir allí no era fácil por lo que implicaba ver y porque ya sabéis que debía separarme de mi bebé por primera vez y encima durante 5 días. Pero saber que he podido hacer algo bueno por otros niños que realmente lo necesitan mereció la pena. Por supuesto, no puedo olvidar a mis compañeros en este viaje: Marián, Cristina y Héctor. Fue increíble lo que que conectamos. Y por supuesto, a nuestros acompañantes de Unicef España: Belén, Aída y Alicia. Gracias.
