Lo confieso: siempre pensé que la zona del Levante, sobre todo la Comunidad Valenciana, estaba bastante masificada. Es cierto que hay mucho turismo y que posiblemente haya existido un urbanismo «masivo» pero también tiene sus lugares con encanto, como os conté que me pareció Jávea, o playas como Oliva, una de las mejor conservadas de la costa valenciana. Un arenal enorme (en torno a 10 kilómetros), que está entre Gandía y Denia, de agua limpia, con unas dunas en el litoral que apenas te dejarán ver construcciones, aunque precisamente es una zona de casas, no hay ni un edificio.


Yo me imaginaba luchando por un hueco en la playa estas vacaciones y, así como os he dicho que en las urbanas de Jávea y especialmente en Denia había mucha gente, la de Oliva es como un oasis entre tanto barullo. Fuimos tres días a ese arenal y nunca tuvimos problemas ni de espacio ni de aparcamiento ni de accesibilidad, una maravilla. En sus 10 kilómetros hay unos 8 chiringuitos y el más conocido es Oliba-ba, al tener dos moais, famosas figuras de la Isla de Pascua. Es muy llamativo.


Otra zona que suele tener bastante turismo y además tiene localidades con muchísima construcción es la costa de Tarragona. Pero también tiene sus pueblos con encanto y pequeños oasis con menos afluencia de gente. Altafulla es un municipio costero de origen medieval donde llama la atención el Castillo de Monserrat. Este año no subimos al pueblo pero conocimos su playa. Mide algo más de un kilómetro, la ocupación es media y los accesos fáciles.



Cerca hay una cala muy bonita, la playa del Canyadell, rodeada por pequeños acantilados de roca amarilla. Se puede llegar andando de una a otra pero hay que olvidarse de sillitas, ¡nos dimos una buena paliza para bajar con los niños! Y tampoco hay aparcamiento cerca.

Como veis, también se pueden encontrar playas con poca gente y relativamente tranquilas en el Levante. Así que si algún verano os dejáis caer por Tarragona o Valencia, tomad nota de estas dos playas para ir con los peques sin agobios.