A esos abuelos que llaman a tu móvil en cualquier momento del día para preguntar dónde estás con los niños y se presentan en dos minutos.
A esos abuelos que compran linternas y láseres para salir al jardín por la noche y enseñar las estrellas y constelaciones a sus nietos.
A esos abuelos que entran en Internet e indagan hasta encontrar el tren y las vías más resistentes del mundo.
A esos abuelos que siempre se tiran al suelo para jugar con sus nietos.
A esos abuelos que aún dan patadas a un balón, montan en bicicleta y dan raquetazos para acompañar en el juego a los niños.
A esos abuelos que compran atlas y libros sobre el sistema solar para enseñar dónde estamos y de dónde venimos.
A esos abuelos que enseñan a jugar a las cartas, al ajedrez o al dominó para entretener a los pequeños.

A esos abuelos que desmontan coches, trenes y cualquier mecanismo con tal de intentar arreglar los juguetes.
A esos abuelos que cultivan manzanas, mandarinas, judías y lechugas para poder regar y recolectar con sus nietos.
A esos abuelos que vuelven de viaje siempre con algún artilugio típico de la zona.
A esos abuelos que cogen el coche y hacen 1000 kilómetros para ver a sus nietos porque tres semanas sin ellos les parecen demasiado tiempo separados.
A esos abuelos que son capaces de retener la atención de varios críos pequeños.

A esos abuelos a los que todavía se les resiste cambiar un pañal.
A esos abuelos que siguen siendo niños, que por más que pasen los años tienen algo de Peter Pan dentro que hace que nunca hayan perdido la imaginación ni la creatividad. A esos abuelos inquietos que han rejuvenecido con sus nietos. A esos abuelos que hacen mágica la infancia de sus nietos. Gracias, papá.






