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  • A esos abuelos que hacen mágica la infancia de sus nietos

    A esos abuelos que hacen mágica la infancia de sus nietos

    A esos abuelos que llaman a tu móvil en cualquier momento del día para preguntar dónde estás con los niños y se presentan en dos minutos.

    A esos abuelos que compran linternas y láseres para salir al jardín por la noche y enseñar las estrellas y constelaciones a sus nietos.

    A esos abuelos que entran en Internet e indagan hasta encontrar el tren y las vías más resistentes del mundo.

    A esos abuelos que siempre se tiran al suelo para jugar con sus nietos.

    A esos abuelos que aún dan patadas a un balón, montan en bicicleta y dan raquetazos para acompañar en el juego a los niños.

    A esos abuelos que compran atlas y libros sobre el sistema solar para enseñar dónde estamos y de dónde venimos.

    A esos abuelos que enseñan a jugar a las cartas, al ajedrez o al dominó para entretener a los pequeños.

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    A esos abuelos que desmontan coches, trenes y cualquier mecanismo con tal de intentar arreglar los juguetes.

    A esos abuelos que cultivan manzanas, mandarinas, judías y lechugas para poder regar y recolectar con sus nietos.

    A esos abuelos que vuelven de viaje siempre con algún artilugio típico de la zona.

    A esos abuelos que cogen el coche y hacen 1000 kilómetros para ver a sus nietos porque tres semanas sin ellos les parecen demasiado tiempo separados.

    A esos abuelos que son capaces de retener la atención de varios críos pequeños.

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    A esos abuelos a los que todavía se les resiste cambiar un pañal.

    A esos abuelos que siguen siendo niños, que por más que pasen los años tienen algo de Peter Pan dentro que hace que nunca hayan perdido la imaginación ni la creatividad. A esos abuelos inquietos que han rejuvenecido con sus nietos. A esos abuelos que hacen mágica la infancia de sus nietos. Gracias, papá.

  • Una reflexión sobre los abuelos

    Una reflexión sobre los abuelos

    Hace unas semanas, publiqué en Instagram un dibujo de mi hijo Alfonso que me hizo pensar. A priori, una ilustración de mi retoño no tendría nada de especial para este blog, sólo debería serlo para mí, que soy su madre. Pero creo, de verdad, que sus pinturas nos dan mucha información. El primer día de cole de este curso, su nuevo profesor les pidió que hiciesen un dibujo de sus vacaciones. Sé que lo conté en su momento, pero fue un verano en el que no paramos; cruzamos la Península en coche, conocimos muchas playas, estuvimos con muchos amigos, nos fuimos a una casa impresionante en Portugal con más amigos, subieron en barco, en Tuk-Tuk, en atracciones variadas… Y su dibujo fue el que veis. Por el momento, no le veo dotes para la pintura 😉

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    Como ninguna lo habréis descifrado (cuando me lo enseñó yo tampoco sabía qué era) os explicó lo que él me contó. El monigote es él y la línea alargada que sale de Alfonso es un láser. Está en el jardín de mis padres. Es curioso, en todo el verano sólo durmieron una noche en casa de mis padres y ése fue el dibujo de sus vacaciones. Retrata el momento en que, ya de noche, sale con su abuelo y con Rafa a ver las estrellas y constelaciones. Porque otra cosa no, pero el abuelo es para ellos una fuente de sabiduría inagotable. Que lo es, porque siendo Catedrático estudia otra carrera que nada tiene que ver con las enseñanzas que dio en la Universidad.

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    No soy de esas madres que se quejan de que los abuelos malcrían a los niños, pero oigo a muchas que sí lo hacen. No puedo juzgar cada situación pero hay que hacer un ejercicio de empatía y ponerse en su lugar, ¡quién nos verá a nosotras dentro de 30 años con un bebé o un niño! Entiendo que, si tus hijos pasan varias horas al día con sus abuelos, es lógico que se les pida que no les compren todos los días gusanitos, por poner un ejemplo. Pero hay que entender que no pueden, ni deben, ser tan estrictos o rigurosos como a veces lo somos los padres. Paraos a pensar en vuestros abuelos, en los recuerdos que tenéis de ellos y reflexionad sobre todos aquellos sitios especiales a los que os llevaban y las cosas que os compraban, eran únicas.

    Mis recuerdos de infancia pasan por las hogueras que hacíamos con mi abuelo en el jardín tras haber recogido las hojas caídas de los árboles; mis memorias de niña pasan por las tardes de agosto en la Feria de Muestras de Asturias con mi abuela, que nos compraba todos los abalorios habidos y por haber a mis primas y a mí. Y ahora veo a mis peques, emocionados especialmente con mi padre y pienso que tienen que disfrutarse mutuamente. Que no hay ninguna necesidad de que ellos les eduquen como lo hago yo y que deben ser flexibles (que no blandos). Porque resulta que, parte de los recuerdos de infancia de nuestros hijos, van a ser forjados por nuestros padres. Y así me lo hizo saber Alfonso con su dibujo.

  • Clasificación de abuelos

    Clasificación de abuelos

    Hace exactamente cuatro años que perdí a mi abuela materna. Hoy dedico este post a todos los abuelos y abuelas, a los que clasifico en dos grupos: los que consienten y los que no lo hacen. No es ni malo ni bueno que los abuelos “malcríen”, siempre que no sea excesivo. Tampoco tiene nada de malo que decidan ser como unos padres y que regañen las veces que haga falta.

    Está claro que, cuando eres pequeño, prefieres a los que te compran muchas cosas y te permiten dejar la comida que no te gusta. En ese grupo entra mi abuela paterna, que nos sacaba de paseo y volvíamos a casa llenos de regalitos, nunca se trataba de grandes cosas pero te ibas tan feliz… También nos dejaba dormir con ella en su cama y pedir pizza para cenar, entre otras muchas cosas.

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    Mi abuela paterna con Alfonso. Obviamente, con 90 años, no se encarga de bisnietos pero sé que les dejaría hacer de todo.

    En este grupo, desde que soy madre, incluyo también a mi padre, obviamente con mis hijos; con nosotros hizo la labor que le tocaba, la de padre. Siente debilidad por Alfonso y Rafa, y se queda con ellos cuando yo tengo alguna cosa que hacer, pero no puedo pedirle que les dé la merienda y la comida porque no se ve capacitado para sentarles en la mesa y hacerles comer un puré o un plátano. Su cometido es entretenerles, y punto.

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    Mi padre con Rafa.

    En el otro grupo de abuelos, en el de los que riñen y ponen orden, estaban mis abuelos paternos, especialmente mi abuela. Era una de esas mujeres que marca, con una personalidad arrolladora y de las que no se callaba nada de lo que pensaba. Aún recuerdo cuando hice un comentario sobre mi abultado trasero en una de las pruebas de mi vestido de novia y ella dijo: la verdad es que no sé de quién lo habrás heredado. Genio y figura.

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     Mi abuela tenía razón, no sé de quién he heredado el trasero grande, de ella seguro que no 😉

    Era exigente y reñía si tenía que hacerlo. Y aún así, la queríamos con locura. Perdió a su único hijo varón a los 33 años, y ese es un golpe por el que no debería pasar ningún padre o madre del mundo. Y en este grupo, incluyo a mi madre porque sé que mis hijos no la van a “torear” fácilmente y que si no deben hacer algo porque yo no les dejo, mi madre tampoco lo va a admitir.

    Son dos clases de abuelos y abuelas distintos. Es obvio que prefieres tenerlos del primer grupo cuando eres niño pero, cuando ya eres más mayor, agradeces ciertas regañinas y valoras mucho todo lo que te dijeron los del segundo. Lo que está claro es que se les quiere,¡ y mucho!

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