Nací en 1982. La Guerra de Bosnia comenzó en el 92 y finalizó en el 95. Yo no tenía por qué saber nada sobre aquel conflicto, era una cría de 10 años cuando estalló la contienda. Sin embargo, supe bastante. Os preguntareis a qué viene esto ahora, en un blog de maternidad en el que prima el sentido del humor. No voy a poner en este post esa maldita foto que desde hace dos días no me quito de la cabeza. Sí, esa imagen de un niño muerto en la orilla de la playa que ya todos habéis visto y que ha despertado conciencias. Sólo imaginar que podría ser uno de mis hijos hace que se me revuelvan las entrañas.
Recuerdo perfectamente, hace ya dos décadas, un domingo en misa con mis padres y hermanos en una parroquia cercana a casa en la que vimos un papel en el que se solicitaba ayuda para acoger a menores víctimas de la guerra de Bosnia. Mis padres no lo dudaron ni un segundo y se apuntaron a la iniciativa. Sí, teniendo ya cuatro hijos, sin mucho tiempo, trabajando los dos y, aún así, fueron a las numerosas reuniones previas para el acogimiento. Pero ellos son así, tremendamente generosos. Meses después llegó ella, una niña morena, en un día de verano bastante lluvioso; creo recordar que tenía mi edad, unos 12 años. Ella, varios de sus hermanos y otros compatriotas se bajaron del autobús en el que habían recorrido media Europa, delgados y con ropa vieja.

Una de las primeras cosas que hicimos fue llevarla de compras. Mucha gente de nuestro entorno nos cedió también prendas para ella y, al final de su estancia en Gijón, se llevó también cosas para su familia. Era musulmana y creo que hablaba bosnio así que entendernos con ella no fue sencillo; nos dejaron en la parroquia una lista de palabras en bosnio para intentar facilitar algo la comunicación. E imaginaos lo difícil que debe ser para una niña separarse temporalmente de su familia para estar con gente que no conoce, aunque fuera para vivir un verano especial, lejos de su campo de refugiados y de la pobreza. Una de las cosas que no olvidaré fue ver cómo se quedaba dormida en una caja mientras jugábamos. Tampoco se me olvidará nunca el día que se fue; vi llorar a mi padre en público por primera vez. No volvimos a verla. Se llamaba Suhreta Mehic.

Si algo tengo claro es que, acoger durante un tiempo a una niña refugiada de la guerra de Bosnia en nuestra casa, me hizo sensible a estas cosas. Tanto, que dos veranos después me fui con Cooperación Internacional de voluntariado durante unas semanas a un Centro de Menores a Oporto. Y tanto, que hubo un tiempo en que quise ser reportera de guerra; también fue porque en la Universidad conocí la historia de Miguel Gil, un periodista que murió en Sierra Leona. Lo sé, no hubiera durado dos asaltos y al final el instinto maternal que siempre he tenido me quitó aquella idea de la cabeza. Pero siempre he sido muy impresionable ante las injusticias y, por eso, aunque quiero por encima de todo que mis hijos sean felices, me interesa mucho que no vivan de espaldas a un mundo que está lleno de dramas. Y además quiero que relativicen y no se quejen por cosas que no son verdaderamente importantes. Yo lo intento pero no siempre lo consigo.
Sobre la crisis actual, me niego a creer que haya que construir muros. La historia de la humanidad está plagada, por desgracia, de guerras en las que millones de personas se han tenido que desplazar de unas naciones a otras. Sé que todo es mucho más complejo que esto pero la solución no pasa por dejar que esto se solucione solo mientras la gente muere en la huida. Por cierto, si de verdad queremos ayudar desde nuestra humilde posición, hay muchas ONGS que están trabajando por esas personas. Pues esta es la historia de una niña a la que no le faltaba nada importante y que se hizo amiga de una niña que lo había perdido casi todo. Ojalá esté bien, allá donde se encuentre.
